Vivir en un
pueblo pequeño, tiene algunas desventajas: solo hay cine en verano, no tenemos
teatro, solo un grupo aficionado que hace alguna representación esporádica en
el Salón del Puente, y hemos de esperar
al verano para que los dos kioscos que hay junto al rio nos amenicen las noches
con conciertos de blues, rock, jazz y como no de nuestro flamenco. Quizás sea
esto lo que hace especial al pueblo, sus desventajas. A esto hay que añadir su Iglesia, su puente romano, sus raices árabes y visigodas con estelas incluidas, su Morabito, en fin con cuatro pero muy dignos monumentos para un pueblo de solo dos mil quinientos vecinos, algo más en verano.
Uno acostumbrado a vivir (vivir es un decir, para un
viajante) en Madrid por más de sesenta años, el venir a vivir a Talamanca fue
un renacer, coincidió con mi prejubilación por lo que comencé a disfrutar de un
tiempo libre que no había tenido hasta ese momento. He viajado por España y
Portugal muchos años, casi cuarenta con alguna salida a otros países de nuestro
entorno. Alemania y Austria con más asiduidad y Francia esporádicamente, solo
he cruzado el charco en dos ocasiones una para ir a Centro América, Costa Rica
y Panamá fueron mi destino y una visita técnica a Miami donde solo pase un día
y medio al resto del continente americano solo fui, por motivos de trabajo, a
Santiago de Chile, allí estuve casi dos semanas. Pero el territorio patrio me
lo he “pateado” muchos años.
Ahora “exiliado” en Talamanca junto a los míos, con
mis nietos, mi mujer, mis hijos y mi fiel Morgan disfruto de lo que se podría
dar como gran vida, una vida modesta pues mi economía no es para muchos
dispendios aunque mi pensión si no se la “cargan” los políticos es bastante
decente para dos personas y mi perro, aunque el mayor gasto como es lógico lo
tengo con mis nietos a los que adoro.
No tenemos al cabo del año una temperatura extrema, el
otoño suele ser bastante lluvioso y templado, el verano y el invierno no suelen
ser extremos y la primavera no existe como en toda la Región de Madrid. Así que
solemos disfrutar de un apacible y largo otoño y un soportable verano casi todo
el año.
Mi integración en el pueblo se debe más que nada a mi
mujer la cual al poco tiempo de llegar ya conocía a medio pueblo y me sorprendía
el que la saludaran cada vez que íbamos a comprar o a pasear una de cada tres personas. ¡Hemos caído bien,
me dije! Y creo que es cierto, el pueblo aunque pequeñito tiene ese encanto de
los pueblos de Castilla, gente sería pero amable cuando se la requiere y un
ambiente en los locales públicos de verdadera camaradería. Me siento a gusto o
mejor dicho nos sentimos muy bien.
No han dejado de tocar los grupos en los dos kioscos
del rio cuando ya estamos esperando con ansiedad el próximo verano para seguir
escuchando jazz, blues o rock. Mi amigo Stev lo ha dejado, desconozco los
motivos pero tanto Ramón como Patri o el que se haga cargo del barecito de
Steven seguirán con la costumbre que hace del pueblo un San Sebastián en
pequeño con sus jornadas de jazz.
Mientras tanto el Mesón, Plácido y alguno más que
ahora no recuerdo hacen que el tiempo no se alargue en demasía y mientras mis
nietos van creciendo y nosotros nos vamos haciendo más viejos.
Filoxides
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