lunes, 5 de marzo de 2018

Diatribas del viejo Filoxides



Sentado sobre una roca casi desnudo dejando que las aguas del mar besen sus pies,  allí está el viejo Filoxides, piensa en la enorme cantidad de huellas que esas aguas han borrado, huella eternas aunque invisibles a los ojos del hombre, huellas barridas por el agua y el viento que mece la arena de la playa.

Curtido de soledad mira hacia el horizonte, hasta más allá de la luz de poniente de dónde llega el viento que acaricia su piel.  Allí está la morada de los Dioses, lo afirmaba el bardo con su melancólica canción mientras tañía su vieja cítara que le acompañaba desde siempre.

No recuerda la letra solo algunos acordes y la nostalgia que le produjo. ¡Ay de aquel no se estremezca ante un poeta! Pues la poesía es el alimento del alma y aquel que no la siente como algo suyo es un corazón muerto.

La marea arrastra pequeños crustáceos, algas y conchas a los pies del viejo, este permanece inamovible, lleva tiempo con la mirada fija en el horizonte, ese inmenso espectro azul que cubre el mar a la vez que lo aviva. Su mirar  supera lo visible, ensimismado en la grandiosidad del infinito recrea su atención mientras sus pensamientos están muy lejos de allí, quizás añora lo prístino y sueña con los orígenes de las cosas.

El mar lleva allí muchos siglos, tantos como el hombre puede recordar, sus perfiles pueden haber cambiado cicatrizando las costas y playas pero su grandiosidad sigue impoluta.
Un cangrejo se desplaza de lado sobre sus curvas patas, sigue con su tarea sin percatarse del anciano como si este fuera parte de la roca sobre la que está sentado, unas gaviotas revolotean sobre unos pobres peces varados en la arena, estos se contonean precipitadamente intentando volver a su mundo acuático para no ser devorados por las hambrientas aves.

Este es el principio y el fin de todo, la vida puede durar un instante o miles de años pero todo comienza y acaba, nada es perenne ni el mar durara para siempre y todos los seres, las rocas, las aguas el viento lo saben, están presentes como una ilusión para los ojos del hombre sabiendo que este observador desaparecerá, como ellos.

El sol va cayendo pronto desaparecerá sumergido en el mar, las sombras cubren el templo que se halla a la espalda de Filoxides, un viejo templo ruinoso, enmohecido por la humedad y ennegrecido por las hogueras de los pescadores que se refugian bajo su techo.

Se dice que el templo fue dedicado a Mithra, algunas señales aún no borradas por los siglos y la necedad del hombre así lo atestiguan. Allí probablemente se iniciaba al Nymphus o Cryphius. Filoxides ha visitado muchos Mitreos semejantes, ha pernoctado en ellos, dormido en los mehrab y bebido el Ahoma sagrado, sabe que el paso  inexorable de los años borra todos los vestigios físicos de tantas y tantas tradiciones, solo perduran en el corazón de los “miles”  o soldados de Mithra.

La noche hace acto de presencia, el divino Sol permanecerá oculto unas horas para reaparecer con toda su grandiosidad a la espalda del Mitreo. El viejo Filoxides sueña con vidas pasadas, como un Heliodromo alado recorre el pasado desde los orígenes hasta los confines de Ahriman, cruzando por valles y montañas, mares y volcanes, fuerzas vivas de una naturaleza divina que vibra en el espacio infinito al ritmo de una melodía sagrada. Es el cantar de los sueños, se dice que se produce en el Monte Hara, es decir el monte espiritual, más allá de la bóveda celeste, es la morada de Ahura Mazda, que desde el monte sagrado observa el devenir de reyes y hombres, imperios y naciones, más abajo en las negras cuevas de la base se haya Ahriman.

Filoxides sueña con alcanzar algún día la cima del Monte, sabe que solo un hombre lo ha conseguido, un hombre lleno de sabiduría llamado Zaratustra, él es el amigo de los animales del mundo y de las aves del cielo y mantendrá por Eras el sagrado recuerdo de Mihtra.

El cuervo le avisa de la salida del Sol, el león ruge todos se postran ante la magnificencia solar. Filoxides sale del templo con dirección al camino que le conducirá a la ciudad, se mezclará con los hombres, soportará sus gritos y pasiones, sus vanalidades y lo peor su enfermiza ignorancia. 
Él ha oído al poeta, ha soñado en el templo, ha dormido entre serpientes y roedores, ha visto la mirada sabia del cuervo, ha presentido al Maestro de la Senda rondando por allí, ha visto tornarse los colores del cielo, el esplendor de las estrellas, se ha bañado en la luz de Venus y  ha recorrido en sueños el camino de Sirio.

“Aquel que coma de mi cuerpo y beba de mi sangre se hará uno conmigo y yo con él……” Zaratustra
Un mendigo que conoció a Filoxides el Crítico

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