Señores diputados:
Siento mucho no tener
más remedio que hacer un discurso doctrinal, de aquellos precisamente que el
señor Companys, en las primeras que pronunció el otro día, se apresuraba a
querer extirpar de esta cuestión. Según el señor Companys, a la hora del debate
constitucional se hicieron cuantos discursos doctrinales eran menester sobre el
problema catalán y sobre su Estatuto, y se hicieron –añadía– porque los
parlamentarios catalanes habían tenido buen cuidado de dibujar, de prefijar en
el texto constitucional cuantos temas afectan al presente Estatuto. Y yo no
pongo en duda que esta intervención de los parlamentarios catalanes fuese un
gambito de ajedrez bastante ingenioso, pero no tanto que quedemos para siempre
aprisionados dentro de él, hasta el punto de que no podamos hacer hoy, con
alguna razón, con buen fundamento, sobre el problema catalán, sobre este
enjundioso problema, algún discurso doctrinal.
Porque acontece que el
debate constitucional en su realidad no coincide, ni mucho menos, con el
recuerdo que ha dejado en la memoria del señor Companys. Tan no coincide, que
ni yo, ni creo que ningún otro señor diputado recordará, antes de la
intervención del señor Maura, ningún discurso en el cual se tratase a fondo y
de frente el problema de las aspiraciones de Cataluña. Se ha hablado
ciertamente, en general, de unitarismo y federalismo, de centralismo y
autonomía, de las lenguas regionales; pero sobre el problema catalán, sobre lo
que se llama el problema catalán, estoy por decir que yo no he oído un solo
discurso, ni siquiera una parte orgánica de un discurso, como no consideremos
tales las constantes salidas expectorativas a que nos tiene acostumbrados la
bellida barba de don Antonio Royo Villanova. Se han hecho discursos sobre el
pacto de San Sebastián, que es un tema que no tolera ni mucha doctrina ni muy
buena, y que, por otra parte, no pretenderá resumir un problema viejo de demasiados
siglos. Por tanto, yo ruego al señor Companys que no vea en esta justificación
mía, a que él mismo me ha obligado, que no vea en ella enojo para él ni para
sus compañeros; es exactamente la respuesta adecuada a la intención con que,
como al desgaire y casi de pasada, obturaba el paso a intervenciones que
presumía irremediablemente doctrinales, como la mía. Porque piensen el señor
Companys y los demás señores diputados qué pueden ser mis discursos, si no son
doctrinales, representando yo una fuerza política cuantitativamente
imperceptible y siendo, por mi persona, hombre de escasísimo arranque. Yo no
puedo ofrecer otra cosa a la vida pública de mi país que la moneda
divisionaria, menos aún, la calderilla de unas cuantas reflexiones sobre los
problemas en ella planteados. Nadie puede pedirme que dé más de lo que tengo;
pero nadie tampoco puede estorbarme que contribuya con lo que poseo. Porque la
República necesita de todas las colaboraciones, las mayores y las ínfimas,
porque necesita – queráis o no– hacer las cosas bien, y para eso todos somos
pocos. Sobre todo en estos dos enormes asuntos que ahora tenemos delante, la
reforma agraria y el Estatuto catalán, es preciso que el Parlamento se resuelva
a salir de sí mismo, de ese fatal ensimismamiento en que ha solido vivir hasta
ahora, y que ha sido causa de que una gran parte de la opinión le haya retirado
la fe y le escatime la esperanza. Es preciso ir a hacer las cosas bien, a
reunir todos los esfuerzos. El político necesita de una imaginación peculiar,
el don de representarse en todo instante y con gran exactitud cuál es el estado
de las fuerzas que integran la total opinión y percibir con precisión cuál es
su resultante, huyendo de confundirla con la opinión de los próximos, de los
amigos, de los afines, que, por muchos que sean, son siempre muy pocos en la
nación. Sin esa imaginación, sin ese don peculiar, el político está perdido.
Ahí tenemos ahora España,
tensa y fija su atención en nosotros. No nos hagamos ilusiones: fija su
atención, no fijo su entusiasmo. Por lo mismo, es urgente que este Parlamento
aproveche estas dos magnas cuestiones para hacer las cosas ejemplarmente bien,
para regenerarse en sí mismo y ante la opinión. Quién no os lo diga así, no es
leal. (Muy bien.) Y en medio de esta situación de ánimo, vibrando España entera
alrededor, encontramos aquí, en el hemiciclo, el problema catalán. Entremos en
él sin más y comencemos por lo más inmediato, por lo primero de él con que nos
encontramos. Y ¿qué es lo más inmediato, concreto y primero con que topamos del
problema catalán? Se dirá que si queremos evitar vaguedades, lo más inmediato y
concreto con que nos encontramos del problema catalán es ese proyecto de
Estatuto que la Comisión nos presenta y alarga; y de él, el artículo 1º del primer
título. Yo siento discrepar de los que piensan así, que piensan así por no
haber caído en la cuenta de que antes de ese primer artículo del primer título
hay otra cosa, para mí la más grave de todas, con la que nos encontramos. Esa
primera cosa es el propósito, la intención con que nos ha sido presentado este
Estatuto, no sólo por parte de los catalanes, sino de otros grupos de los que
integran las fuerzas republicanas. A todos os es bien conocido cuál es ese
propósito. Lo habéis oído una y otra vez, con persistente reiteración, desde el
advenimiento de la República. Se nos ha dicho: «Hay que resolver el problema
catalán y hay que resolverlo de una vez para siempre, de raíz. La República
fracasaría si no lograse resolver este conflicto que la monarquía no acertó a
solventar».
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