Sentado sobre una roca casi desnudo dejando que las aguas del mar
besen sus pies, allí está el viejo
Filoxides, piensa en la enorme cantidad de huellas que esas aguas han borrado,
huella eternas aunque invisibles a los ojos del hombre, huellas barridas por el
agua y el viento que mece la arena de la playa.
Curtido de soledad mira hacia el horizonte, hasta más allá de la luz
de poniente de dónde llega el viento que acaricia su piel. Allí está la morada de los Dioses, lo
afirmaba el bardo con su melancólica canción mientras tañía su vieja cítara que
le acompañaba desde siempre.
No recuerda la letra solo algunos acordes y la nostalgia que le
produjo. ¡Ay de aquel no se estremezca ante un poeta! Pues la poesía es el
alimento del alma y aquel que no la siente como algo suyo es un corazón muerto.
La marea arrastra pequeños crustáceos, algas y conchas a los pies del
viejo, este permanece inamovible, lleva tiempo con la mirada fija en el
horizonte, ese inmenso espectro azul que cubre el mar a la vez que lo aviva. Su
mirar supera lo visible, ensimismado en
la grandiosidad del infinito recrea su atención mientras sus pensamientos están
muy lejos de allí, quizás añora lo prístino y sueña con los orígenes de las
cosas.
El mar lleva allí muchos siglos, tantos como el hombre puede recordar,
sus perfiles pueden haber cambiado cicatrizando las costas y playas pero su
grandiosidad sigue impoluta.
Un cangrejo se desplaza de lado sobre sus curvas patas, sigue con su
tarea sin percatarse del anciano como si este fuera parte de la roca sobre la
que está sentado, unas gaviotas revolotean sobre unos pobres peces varados en
la arena, estos se contonean precipitadamente intentando volver a su mundo
acuático para no ser devorados por las hambrientas aves.
Este es el principio y el fin de todo, la vida puede durar un instante
o miles de años pero todo comienza y acaba, nada es perenne ni el mar durara
para siempre y todos los seres, las rocas, las aguas el viento lo saben, están
presentes como una ilusión para los ojos del hombre sabiendo que este
observador desaparecerá, como ellos.
El sol va cayendo pronto desaparecerá sumergido en el mar, las sombras
cubren el templo que se halla a la espalda de Filoxides, un viejo templo ruinoso,
enmohecido por la humedad y ennegrecido por las hogueras de los pescadores que
se refugian bajo su techo.
Se dice que el templo fue dedicado a Mithra, algunas señales aún no borradas
por los siglos y la necedad del hombre así lo atestiguan. Allí probablemente se
iniciaba al Nymphus o Cryphius. Filoxides ha visitado muchos Mitreos
semejantes, ha pernoctado en ellos, dormido en los mehrab y bebido el Ahoma
sagrado, sabe que el paso inexorable de
los años borra todos los vestigios físicos de tantas y tantas tradiciones, solo
perduran en el corazón de los “miles” o
soldados de Mithra.
La noche hace acto de presencia, el divino Sol permanecerá oculto unas
horas para reaparecer con toda su grandiosidad a la espalda del Mitreo. El
viejo Filoxides sueña con vidas pasadas, como un Heliodromo alado recorre el
pasado desde los orígenes hasta los confines de Ahriman, cruzando por valles y
montañas, mares y volcanes, fuerzas vivas de una naturaleza divina que vibra en
el espacio infinito al ritmo de una melodía sagrada. Es el cantar de los sueños,
se dice que se produce en el Monte Hara, es decir el monte espiritual, más allá
de la bóveda celeste, es la morada de Ahura Mazda, que desde el monte sagrado
observa el devenir de reyes y hombres, imperios y naciones, más abajo en las
negras cuevas de la base se haya Ahriman.
Filoxides sueña con alcanzar algún día la cima del Monte, sabe que
solo un hombre lo ha conseguido, un hombre lleno de sabiduría llamado
Zaratustra, él es el amigo de los animales del mundo y de las aves del cielo y
mantendrá por Eras el sagrado recuerdo de Mihtra.
El cuervo le avisa de la salida del Sol, el león ruge todos se postran
ante la magnificencia solar. Filoxides sale del templo con dirección al camino
que le conducirá a la ciudad, se mezclará con los hombres, soportará sus gritos
y pasiones, sus vanalidades y lo peor su enfermiza ignorancia.
Él ha oído al
poeta, ha soñado en el templo, ha dormido entre serpientes y roedores, ha visto
la mirada sabia del cuervo, ha presentido al Maestro de la Senda rondando por
allí, ha visto tornarse los colores del cielo, el esplendor de las estrellas,
se ha bañado en la luz de Venus y ha
recorrido en sueños el camino de Sirio.
“Aquel que coma de mi cuerpo y beba de mi sangre se hará uno conmigo y
yo con él……” Zaratustra
Un
mendigo que conoció a Filoxides el Crítico