jueves, 4 de enero de 2018

Un Cordobés en Castilla





Hace ya una eternidad de la llegada a Buitrago de un joven cordobés con muchas ilusiones adentro y poco bagaje a la espalda.

Respondía a aún responde al nombre de Tomás Resín Alfalaque aunque sus más cercanos y los que dejó allá en Lucena le conocen por “Parrita”. Apodo que le dejó su abuelo como única herencia aparte de una casucha que se demolió por vieja.

Parrita llegó a Madrid allá por los setenta, venía para hacer la “mili” en Alcalá de Henares se quebró por una moza que de asistenta de la mujer del coronel trabajaba, fue un romance sonado pues Tomás era un gallardo y esbelto muchacho y Aurora una lindísima jovencita. Ultimaron los detalles para celebrar la boda una vez que Tomás se licenció y comenzó a trabajar en una fábrica de plásticos en Torrejón de Ardoz, cuatro años de noviazgo y boda en cuanto tuvieron los cuartos para poder celebrarla.

De esto ya ha llovido y sequias han pasado, la muerte le dejo solo hace ya muchos años, volvió a Lucena un tiempo, allí no quedaba nadie, unos había emigrado hacía Alemania, los otros en España habían quedado pero lejos de Lucena, tan lejos que el nombre no le encajaba.

En invierno vareaba desde Lucena hasta Andujar y de aquí dónde tocara, hasta que harto de frío en las invernadas y del tórrido calor que le quemaba, partió un día de vuelta a Madrid en madrugada, no le dijo nada a nadie solo al perro del guarda de la finca en dónde Parrita trabajaba.

Pasado ya los cuarenta, el futuro algo negro le aguardaba. Llego en coche de línea a Madrid anochecido, paso la noche en la estación sobre un banco hasta que el día despuntará y de allí hacía Alcalá o dónde aquel “trasto” le llevara.

Ahora, después de tantos requiebros al igual que su abuelo se sienta bajo una parra mirando correr las aguas que a su paso por el pueblo trae en su cauce el Jarama.
De esto le viene el mote de “Parrita” pues su abuelo sesteaba bajo una parra en las tardes de verano, allí se adormilaba y dejaba que el reloj corriera y “la calor se pasara”.

Cómo todo cordobés que se precie Tomás tiene algo de Seneca y cómo buen lucentino un poco de Francisco Lopez “Parejito”, torero valiente de allá por los años treinta del que su abuelo le hablaba maravillas. A Tomas el arte de Cuchares no le agrada, le gustaba ver a los toros correr por las dehesas pero no en una plaza, es más le repugnaba la sangre y más si esta derivaba de una “faena” por mucho arraigo que esto tenía en su tierra.

Como dije, de Parejito había heredado esa valentía que tiene los hombres nobles y cabales. Cuentan en su actual pueblo que más de una vez Parrita se ha enfrentado a la autoridad si con ello defendía un ultraje o una afrenta que él consideraba injusta.

De su infancia los recuerdos se le borran con el paso de los años, solo ciertos pasajes le sorprenden en la noche cuando en la soledad de su dormitorio los fantasmas se apoderan de su mente.

El Sol, ese sol penetrante, a veces hiriente de su Andalucía natal, el frescor de las tardes- noches, su madre limpiando lentejas, su padre llegando cansado del campo, de trabajar catorce horas, de su viejo abuelo, arreglando enseres o tumbado en la hora de la siesta bajo aquella enorme parra que regentaba el corral, sus baños en el río con los chicos de su edad, el cambio de cromos con sus compañeros de la escuela, sus primeros amoríos, Carmencita la hija del boticario niña algo casquivana para aquellos tiempos, su Córdoba querida,  con su equipo al que nunca vio jugar pero del que era un forofo de……… al final se quedaba dormido.

Hoy todo es distinto, Parrita se ha hecho viejo como sus recuerdos pero mantiene las buenas costumbres de sus años mozos, no le niega el saludo a nadie, invita a sus amigos y conocidos si los ve entrar en la taberna de la plaza dónde se sienta a leer el periódico y tomar su cafelito con leche, luego sobre las doce se da un buen paseo por las murallas que protegen Buitrago, respira hondo el viento que llega de Somosierra, viento limpio del Norte que penetra en sus quemados pulmones que la nicotina ha ennegrecido, después almuerza como dicen en su tierra allá por el sur en un pequeño restaurante cerca de su casa, no falta una taza de salmorejo cordobés que Carmen la cocinera le prepara desde que llegó al pueblo y una tortillita o un pescado a la plancha son sus manjares diarios, la pensión no da para más, un vaso de vino y un café y a la siesta en el patio de su casa, luego sobre las seis baja al hogar del pensionista a jugar al mus con unos amigos jubilados como él. Paseo a continuación por la plaza hasta el castillo y para casa lo de cenar depende del día, a primeros de mes cena todas las noches luego a partir del día diez le toca irse a la cama sin cenar, la pensión no da para tanto y aunque la casera le dice que pase a cenar con ella y su marido el orgullo de Parrita se lo impide.

Jornalero de oficio y de ánimo soporta su soledad ente vecinos y antiguos compañeros de la tahona dónde trabajó los últimos veinte años, de Córdoba solo tiene el mote y el estilo, estilo fino de honrado trabajador como hay miles por aquellas tierras y que la pobreza obligó a buscarse la vida lejos de ella.

Cuando Parrita no esté Buitrago notará el vacio de haber perdido de entre sus hijos adoptivos a este cordóbes de pro llamado Tomás y apodado Parrita.
Filoxides el Crítico