Hace ya una eternidad
de la llegada a Buitrago de un joven cordobés con muchas ilusiones adentro y
poco bagaje a la espalda.
Respondía a aún
responde al nombre de Tomás Resín Alfalaque aunque sus más cercanos y los que
dejó allá en Lucena le conocen por “Parrita”. Apodo que le dejó su abuelo como
única herencia aparte de una casucha que se demolió por vieja.
Parrita llegó a Madrid
allá por los setenta, venía para hacer la “mili” en Alcalá de Henares se quebró
por una moza que de asistenta de la mujer del coronel trabajaba, fue un romance
sonado pues Tomás era un gallardo y esbelto muchacho y Aurora una lindísima
jovencita. Ultimaron los detalles para celebrar la boda una vez que Tomás se
licenció y comenzó a trabajar en una fábrica de plásticos en Torrejón de Ardoz,
cuatro años de noviazgo y boda en cuanto tuvieron los cuartos para poder
celebrarla.
De esto ya ha llovido y
sequias han pasado, la muerte le dejo solo hace ya muchos años, volvió a Lucena
un tiempo, allí no quedaba nadie, unos había emigrado hacía Alemania, los otros
en España habían quedado pero lejos de Lucena, tan lejos que el nombre no le
encajaba.
En invierno vareaba
desde Lucena hasta Andujar y de aquí dónde tocara, hasta que harto de frío en
las invernadas y del tórrido calor que le quemaba, partió un día de vuelta a
Madrid en madrugada, no le dijo nada a nadie solo al perro del guarda de la
finca en dónde Parrita trabajaba.
Pasado ya los cuarenta,
el futuro algo negro le aguardaba. Llego en coche de línea a Madrid anochecido,
paso la noche en la estación sobre un banco hasta que el día despuntará y de
allí hacía Alcalá o dónde aquel “trasto” le llevara.
Ahora, después de
tantos requiebros al igual que su abuelo se sienta bajo una parra mirando
correr las aguas que a su paso por el pueblo trae en su cauce el Jarama.
De esto le viene el
mote de “Parrita” pues su abuelo sesteaba bajo una parra en las tardes de
verano, allí se adormilaba y dejaba que el reloj corriera y “la calor se
pasara”.
Cómo todo cordobés que
se precie Tomás tiene algo de Seneca y cómo buen lucentino un poco de Francisco
Lopez “Parejito”, torero valiente de allá por los años treinta del que su
abuelo le hablaba maravillas. A Tomas el arte de Cuchares no le agrada, le
gustaba ver a los toros correr por las dehesas pero no en una plaza, es más le
repugnaba la sangre y más si esta derivaba de una “faena” por mucho arraigo que
esto tenía en su tierra.
Como dije, de Parejito
había heredado esa valentía que tiene los hombres nobles y cabales. Cuentan en
su actual pueblo que más de una vez Parrita se ha enfrentado a la autoridad si
con ello defendía un ultraje o una afrenta que él consideraba injusta.
De su infancia los
recuerdos se le borran con el paso de los años, solo ciertos pasajes le
sorprenden en la noche cuando en la soledad de su dormitorio los fantasmas se
apoderan de su mente.
El Sol, ese sol
penetrante, a veces hiriente de su Andalucía natal, el frescor de las tardes-
noches, su madre limpiando lentejas, su padre llegando cansado del campo, de
trabajar catorce horas, de su viejo abuelo, arreglando enseres o tumbado en la
hora de la siesta bajo aquella enorme parra que regentaba el corral, sus baños
en el río con los chicos de su edad, el cambio de cromos con sus compañeros de
la escuela, sus primeros amoríos, Carmencita la hija del boticario niña algo
casquivana para aquellos tiempos, su Córdoba querida, con su equipo al que nunca vio jugar pero del
que era un forofo de……… al final se quedaba dormido.
Hoy todo es distinto, Parrita
se ha hecho viejo como sus recuerdos pero mantiene las buenas costumbres de sus
años mozos, no le niega el saludo a nadie, invita a sus amigos y conocidos si
los ve entrar en la taberna de la plaza dónde se sienta a leer el periódico y
tomar su cafelito con leche, luego sobre las doce se da un buen paseo por las
murallas que protegen Buitrago, respira hondo el viento que llega de
Somosierra, viento limpio del Norte que penetra en sus quemados pulmones que la
nicotina ha ennegrecido, después almuerza como dicen en su tierra allá por el
sur en un pequeño restaurante cerca de su casa, no falta una taza de salmorejo
cordobés que Carmen la cocinera le prepara desde que llegó al pueblo y una
tortillita o un pescado a la plancha son sus manjares diarios, la pensión no da
para más, un vaso de vino y un café y a la siesta en el patio de su casa, luego
sobre las seis baja al hogar del pensionista a jugar al mus con unos amigos
jubilados como él. Paseo a continuación por la plaza hasta el castillo y para
casa lo de cenar depende del día, a primeros de mes cena todas las noches luego
a partir del día diez le toca irse a la cama sin cenar, la pensión no da para
tanto y aunque la casera le dice que pase a cenar con ella y su marido el
orgullo de Parrita se lo impide.
Jornalero de oficio y
de ánimo soporta su soledad ente vecinos y antiguos compañeros de la tahona dónde
trabajó los últimos veinte años, de Córdoba solo tiene el mote y el estilo,
estilo fino de honrado trabajador como hay miles por aquellas tierras y que la
pobreza obligó a buscarse la vida lejos de ella.
Cuando Parrita no esté
Buitrago notará el vacio de haber perdido de entre sus hijos adoptivos a este
cordóbes de pro llamado Tomás y apodado Parrita.
Filoxides el Crítico