Pueden qué en la profundidad del otoño las dudas y los demonios se
apoderen de nosotros. Tanto el frío como el excesivo calor nos dejan expuestos
a enemigo externos de los que nos cuesta liberarnos. Poco a poco el frío y con él la destemplanza
se va apoderando de mis sentidos, me cuesta mucho liberarme de esta sensación
de temblor que recorre mi cuerpo a ciertas horas del día o de la noche, es una
extraña percepción que me confunde y provoca en mí desaliento y cansancio, noto
que el cuerpo se debilita y me resulta más largo el otoño cada año que pasa. Me
decía un viejo amigo que este era un mal síntoma, junto a la sensación de
debilidad se une la del conformismo trágico, ya nada importa, todo da igual, no
queda tiempo para solucionar nada, para enfrentarte a nada y miras a la “nada” con indiferencia y
cansancio.
¡Fui un luchador! ¿Dónde quedó mi furor juvenil? Pregunta absurda si
te quedas un instante fijo delante de un espejo, este se ha convertido en uno
de esos cristales de feria que deforman la realidad o puede que la magnifiquen
de una manera incomprensible ¿Dónde quedó mi valor? ¿Cómo me puedo enfrentar a
mis enemigos ahora? La cuestión no es si tienes las fuerzas suficientes para
presentar batalla sino saber quién es el enemigo, pues este ha ido variando en
las formas y el discurso hasta hacerse irreconocible. Antaño las cosas
resultaban más simples, más lógicas, por lo tanto más sencillas, el enemigo se
presentaba a cara descubierta, sin dobleces, exponía su discurso abiertamente,
lo que le hacía reconocible con facilidad, era un adversario leal, no mentía,
su retórica acompañaba a sus hechos o al contrario. Pero esto ha cambiado
también por esta causa es más difícil defenderse, su camaleónico proceder se acompaña
de mí debilidad y esto me hace sentirme más desprotegido.
El otoño suele ser un mal consejero, sus amaneceres brumosos
distorsionan la realidad, la visión confunde al ojo y este engaña de una manera
inocente al cerebro ¿Será mejor cerrar los ojos hasta que los rayos de sol
atraviesen la grisácea niebla? ¡No lo sé! Prefiero la distorsión a la
oscuridad, esta última me produce vértigo, me provoca escalofríos.
Ahora los enemigos visten ropajes diferentes, se han humanizado. Grita
el predicador de las buenas costumbres desde el púlpito de la igualdad. ¡El
diablo me libre de estos fornicadores del espíritu, les desprecio tanto o más
que a mi más cruel enemigo! A muchos les conviene esta transformación, va unida
al renunciamiento del gusano, pretende esconderse enroscándose en sí mismo,
huyendo de una realidad que le aplastará tarde o temprano por pura física, sin
más.
A esto antes se le denominaba vileza, ahora hasta los términos han
cambiado, unos lo llaman supervivencia mientras otros, los más intelectuales,
lo clasifican como “capacidad de adaptación”
Entonces de que preocuparse, adaptémonos o ese punto de concordia será el contrato con
los que sin tardar mucho nos van a degollar sin remedio.
Filoxides
el Crítico