jueves, 4 de mayo de 2017

Las Cuevas de Sésamo, recuerdos de juventud.



      
De vez en cuando nos da por remover armarios, abrir baúles,  revisar papeles con la finalidad de hacer limpieza u organizar todo lo que has ido acumulando durante años. Ayer me puse a ello con cierta pereza pues cada vez me cuesta más el poner unas cosas sobre otras o moverlas de sitio para aparentar que se ha hecho limpieza.

Abrí un pequeño baúl que aparte de objeto decorativo sirve para llenarlo de fotografías, cartas, papeles de todo tipo, revistas y un sinfín de trastos que te dan pena tirar y que acumulas sin darte cuenta hasta que el baúl está a punto de reventar.

Encontré, casi en el fondo, una caja con fotografías en color sepia de mi padre con compañeros de trabajo, en el servicio militar y unas muy especiales que nos hicimos, pues yo me encuentro en ella, en las Cuevas de Sésamo, está fechada y pone Febrero del 1962, es decir que yo andaba por los doce años. Estoy junto a mis padres y dos matrimonios más, uno de ellos recuerdo que el marido trabajaba en la misma empresa que mi padre y el otro creo que era un asesor de la empresa o algo parecido. Al fondo se ve a un señor de espaldas tocando el piano, el mismo que aún existe en el establecimiento.

A mí me encantaba ir con mi padre a aquel local, no es que fuera muy saludable pues el humo de los cigarros puros, de tabaco de pipa y de cigarrillos llenaban el aire hasta el punto que al salir me tiraba un buen rato tosiendo, posiblemente por ello no he fumado en mi vida. Mi padre tenía mucha confianza con el pianista y cada vez que este veía entrar en el  local a mi padre tocaba Lili Marlén, o la Cumparsita, dos temas que le encantaban.

Se reunían allí una vez al mes varios amigos, normalmente el miércoles que era el día que mi padre libraba y yo me apuntaba tantas veces como podía para acompañarle y disfrutar de las conversaciones, la música y el ambiente que respiraba el local.

En aquellos años la mayoría de los hombres entre cuarenta y sesenta años eran germanófilos o al menos aquellos que yo conocía, en el grupo se debatía sobre literatura, el local había creado los premios Sésamo y sobre todo de política, en esto se dividían en dos grupos antagónicos pero que se respetaban totalmente, nunca presencié una discusión por encima de lo normal, ni un insulto y menos aún algo que pudiera tomarse como un enfrentamiento entre adversarios, todos eran conscientes de los errores del pasado, de los problemas del presente y se ilusionaban hablando del futuro. 

Yo escuchaba con suma atención todo aquello que aquellas personas decían, sentado a un lado de mi padre me mantenía en silencio, solo escuchando todo aquello que era historia, historia viva, sufrida por aquellos hombres que con toda tranquilidad hoy debatían sin ningún resentimiento ni rencor hacía los que no pensaban como ellos. Algunas veces me preguntaban sobre mi opinión y yo me limitaba a responder aquello que me habían enseñado en el colegio sobre historia o lo que se tratara.

Allí conocí a diversos personajes que por distintos motivos eran conocidos por mi padre, gente singular, algunos muy conocidos por entonces y que al presentarme a ellos y estrechar su mano yo me quedaba anonadado y al día siguiente lo contaba con sumo orgullo en el colegio a todos mis compañeros con cierta maldad pues el trato de mi padre conmigo no era muy corriente entre mis compañeros de clase.

Coloqué las fotos en un archivo diferente junto a ciertas pertenencias que guardo de mi padre, sus gruesas gafas, su colección de pipas, un viejo reloj, y un paquete de tabaco picado para pipa que aún conserva el aroma propio que llenaba la casa dónde me crié.

He vuelto muchas veces a Sésamo pero el ambiente ha cambiado mucho, ahora está lleno de turistas por lo general extranjeros, bebiendo sangría o sea vino barato con limón o gaseosa, el ruido es infernal, y aunque ya no dejen fumar en el local el olor es una mezcolanza extraña y casi imposible de catalogar. El ambiente artístico, existencialista de los setenta y hasta casi el actual siglo ha desaparecido, grupos de turistas chillones, saciados de vino malo y de otras sustancias le llenan hasta la madrugada, el ambiente me resulta insoportable y dejé de ir hace bastantes años.

Es lo que tienen los recuerdos, estos se quedan anclados en el pasado y aunque pretendamos remozarlos resulta imposible, todo ha cambiado aunque parezca que sigue igual, probablemente se deba a que nosotros hemos cambiado al igual que las cosas y los lugares o el entorno, pero aunque un establecimiento siga teniendo la misma decoración, presuma de sus premios, mantenga el viejo Petrof para ser tocado una y otra noche, ya nada es igual. Allí ya no veo ni las sombras de aquellos que cantaban canciones guerreras, vendían sus oleos por un bocadillo, te soltaban una parrafada sobre su última novela o bien te incitaban a una nueva revolución, esa revolución que nunca llega y que queda pendiente para otra generación, o a la siguiente y así hasta el infinito.

Guardo nuevamente el archivo, lo coloco en el baúl y cierro este hasta que un nuevo día me entre la nostalgia de aquellos tiempos, lo vuelva a abrir, coloque otra vez las cosas en el mismo orden, se me salten las lágrimas como ahora y lo cierre de nuevo.

Filoxides de Ursalia