De vez en cuando nos da por remover armarios,
abrir baúles, revisar papeles con la
finalidad de hacer limpieza u organizar todo lo que has ido acumulando durante
años. Ayer me puse a ello con cierta pereza pues cada vez me cuesta más el
poner unas cosas sobre otras o moverlas de sitio para aparentar que se ha hecho
limpieza.
Abrí un pequeño baúl que aparte de objeto
decorativo sirve para llenarlo de fotografías, cartas, papeles de todo tipo,
revistas y un sinfín de trastos que te dan pena tirar y que acumulas sin darte
cuenta hasta que el baúl está a punto de reventar.
Encontré, casi en el fondo, una caja con
fotografías en color sepia de mi padre con compañeros de trabajo, en el
servicio militar y unas muy especiales que nos hicimos, pues yo me encuentro en
ella, en las Cuevas de Sésamo, está fechada y pone Febrero del 1962, es decir
que yo andaba por los doce años. Estoy junto a mis padres y dos matrimonios más,
uno de ellos recuerdo que el marido trabajaba en la misma empresa que mi padre
y el otro creo que era un asesor de la empresa o algo parecido. Al fondo se ve
a un señor de espaldas tocando el piano, el mismo que aún existe en el
establecimiento.
A mí me encantaba ir con mi padre a aquel
local, no es que fuera muy saludable pues el humo de los cigarros puros, de
tabaco de pipa y de cigarrillos llenaban el aire hasta el punto que al salir me
tiraba un buen rato tosiendo, posiblemente por ello no he fumado en mi vida. Mi
padre tenía mucha confianza con el pianista y cada vez que este veía entrar en
el local a mi padre tocaba Lili Marlén,
o la Cumparsita, dos temas que le encantaban.
Se reunían allí una vez al mes varios amigos,
normalmente el miércoles que era el día que mi padre libraba y yo me apuntaba
tantas veces como podía para acompañarle y disfrutar de las conversaciones, la
música y el ambiente que respiraba el local.
En aquellos años la mayoría de los hombres
entre cuarenta y sesenta años eran germanófilos o al menos aquellos que yo conocía,
en el grupo se debatía sobre literatura, el local había creado los premios
Sésamo y sobre todo de política, en esto se dividían en dos grupos antagónicos
pero que se respetaban totalmente, nunca presencié una discusión por encima de
lo normal, ni un insulto y menos aún algo que pudiera tomarse como un
enfrentamiento entre adversarios, todos eran conscientes de los errores del
pasado, de los problemas del presente y se ilusionaban hablando del futuro.
Yo escuchaba con suma atención todo aquello
que aquellas personas decían, sentado a un lado de mi padre me mantenía en
silencio, solo escuchando todo aquello que era historia, historia viva, sufrida
por aquellos hombres que con toda tranquilidad hoy debatían sin ningún
resentimiento ni rencor hacía los que no pensaban como ellos. Algunas veces me
preguntaban sobre mi opinión y yo me limitaba a responder aquello que me habían
enseñado en el colegio sobre historia o lo que se tratara.
Allí conocí a diversos personajes que por
distintos motivos eran conocidos por mi padre, gente singular, algunos muy
conocidos por entonces y que al presentarme a ellos y estrechar su mano yo me
quedaba anonadado y al día siguiente lo contaba con sumo orgullo en el colegio
a todos mis compañeros con cierta maldad pues el trato de mi padre conmigo no
era muy corriente entre mis compañeros de clase.
Coloqué las fotos en un archivo diferente
junto a ciertas pertenencias que guardo de mi padre, sus gruesas gafas, su
colección de pipas, un viejo reloj, y un paquete de tabaco picado para pipa que
aún conserva el aroma propio que llenaba la casa dónde me crié.
He vuelto muchas veces a Sésamo pero el
ambiente ha cambiado mucho, ahora está lleno de turistas por lo general
extranjeros, bebiendo sangría o sea vino barato con limón o gaseosa, el ruido
es infernal, y aunque ya no dejen fumar en el local el olor es una mezcolanza
extraña y casi imposible de catalogar. El ambiente artístico, existencialista
de los setenta y hasta casi el actual siglo ha desaparecido, grupos de turistas
chillones, saciados de vino malo y de otras sustancias le llenan hasta la
madrugada, el ambiente me resulta insoportable y dejé de ir hace bastantes
años.
Es lo que tienen los recuerdos, estos se
quedan anclados en el pasado y aunque pretendamos remozarlos resulta imposible,
todo ha cambiado aunque parezca que sigue igual, probablemente se deba a que
nosotros hemos cambiado al igual que las cosas y los lugares o el entorno, pero
aunque un establecimiento siga teniendo la misma decoración, presuma de sus
premios, mantenga el viejo Petrof para ser tocado una y otra noche, ya nada es
igual. Allí ya no veo ni las sombras de aquellos que cantaban canciones
guerreras, vendían sus oleos por un bocadillo, te soltaban una parrafada sobre
su última novela o bien te incitaban a una nueva revolución, esa revolución que
nunca llega y que queda pendiente para otra generación, o a la siguiente y así
hasta el infinito.
Guardo nuevamente el archivo, lo coloco en el
baúl y cierro este hasta que un nuevo día me entre la nostalgia de aquellos
tiempos, lo vuelva a abrir, coloque otra vez las cosas en el mismo orden, se me
salten las lágrimas como ahora y lo cierre de nuevo.
Filoxides de Ursalia