Como todas las tardes al caer el sol por el Oeste, hundiéndose en las aguas del Mar Negro Skov se dirigió a sus habitaciones en el cobertizo anexo al Palacio, este era un lugar cómodo, apartado de la servidumbre del Palacio y de las caballerizas dónde estabán los dormitorios de cocineras, y sirvientas mientras que el resto de los hombres vivian fuera en unas chozas en el bosque cercano al Lago que flanqueaba la zona Norte del Palacio.
Al anochecer solo un par de guardas bien armados quedaban en el Palacio procurando que este estuviera bien cerrado hasta las seis de la mañana hora en la que las sirvientas iban apareciendo por las puertas de las cocinas.
Sakov sacó su bolsa con té, cogió una taza de la alacena de la pared y echó en ella un poco de leche, migo pan y se echó en su vieja mecedora. Cuándo el té estuvo listo le añadió algo de ese azucar que traían los armenios de Erevan y se puso a cenar.
Mientras cenaba ojeó un periódico que había dejado el repartidor por la mañana, Sakov lo cogía por las tardes y lo volvía a colocar en su sitio al ir al Palacio por la mañana, todo debía estar tal y como el Zarevich lo quería, el orden era su obsesión y Sakov se ajustaba a ello sin ningún tipo de problemas.
Las noticias no eran buenas, los cosacos del Dnieper se habían levantado en armas contra las autoridades locales, quemando varias aldeas y las cosechas de los campesinos.