No siempre se tiene el privilegio de conocer seres excepcionales,
personas de un valor ético y moral muy por encima del resto. Personas que pasan
por nuestro lado sin aparente valía pero despiden un aura de superioridad
manifiesta que se acrecienta con el trato.
Conocerlo, repito, es un placer y un honor pero llegar a ser su amigo
no tiene calificativo. Esto es lo que me ocurrió hace muchos años cuando conocí
a Horacio, fue por pura casualidad como ocurre con tantas cosas.
Buscaba yo un libro para regalar a un amigo en su cumpleaños, había
recorrido varías salas de una conocida librería valenciana sin encontrar el
libro idóneo para obsequiárselo cuando como me ha ocurrido en varias ocasiones
vi el ejemplar perfecto para mi amigo, una antología de poemas de distinguidos
rapsodas del siglo veinte español.
Al ir a coger el citado volumen una persona a mi espalda, en la que no
me había fijado anteriormente me dijo escuetamente: Muy buena elección, me
sonrió y siguió buscando entre los anaqueles. Me desconcertó, lo reconozco pues
su aspecto desaliñado con barba de varios días y el revuelto pelo cano le daban
un cierto aire de vagabundo que en aquellos años era bastante chocante.
Cogí el libro elegido y me dirigí hacia la caja, allí volví a
encontrarme con el mismo sujeto que llevaba bajo el brazo unos cuantos libros
de distintas materias. La señorita encargada de la caja le dijo el precio, se
escarbó en los bolsillos y al parecer no tenía suficiente dinero para hacer
frente al pago vacilo unos segundos, no sabía que hacer, la cajera le recomendó
que dejase uno de los libros y con el dinero que había colocado sobre el
mostrador podía paga el resto, en ese momento me fijé en sus ojos se habían
apagado de una manera extraña, parecía que parte de su vida en ese momento le
había abandonado, bajo la cabeza y pidiendo disculpas le dejo todos los libros
sobre el mostrador.
Yo iba detrás de él. Esperando para pagar mi Antología de la Poesía
Española cuando me fijé en los libros que el hombre había dejado en el
mostrador: El Guillermo Tell de Schiller, El Fausto de Goethe, otro librito
pequeño creo que de Plinio el joven y dos más que permanecían debajo de estos.
Le pregunté a la empleada cual era la diferencia para que no se hubiera llevado
los libros y me contestó que unas quinientas pesetas. Le dije que aguardará un
instante y me fui a buscar al desilusionado comprador que salía en esos
momentos hacia la calle.
Le cogí por el brazo al alcanzarle y se volvió serenamente, sin
alterarse lo más mínimo, me disculpe por mi atrevimiento y le dije cual era el
libro que no podía hacer frente por su costo, me miró y se sonrió.
-Los libros querían venirse conmigo todos juntos, así que prefiero que
sigan juntos en la estantería a tratar de separarles.
Aquella respuesta me dejo sin palabras, hasta muchos años después no
pude entenderla. Le pedí que me acompañase al interior de la tienda, nos
acercamos al mostrador dónde aún estaban apilados los libros y le rogué que me
permitiera pagarle la diferencia para que se pudiera llevar todos los libros
elegidos. Durante unos instantes dudó, quizás avergonzado, pero me dio las
gracias, me apretó las manos y se marcho con sus libros bajo el brazo.
Tarde un poco en salir de la librería, la señorita me dijo algo pero
no le entendí, quizás aquel sujeto extraño de aspecto desaliñado con aires de
bohemio me había roto ciertos esquemas en mi interior.
Me dirigí a una cafetería cercana en pleno centro de Valencia dónde había quedado citado con unos
compañeros de trabajo, estos ya estaban acomodados esperándome en la terraza
del café, nos saludamos pedí una consumición y olvidé lo acontecido.
A los pocos minutos, un camarero se acercó y dirigiéndose a mí me
entrego un librito, era de una edición de bolsillo y se titulaba Reflexiones de
un bardo y lo firmaba un tal Horacio Seguer, lo ojee y de sus hojas se
desprendió una tarjeta que decía: Gracias por su bondad, Horacio.
El destino, ese implacable manipulador, quiso que nos volviésemos a
encontrar de nuevo días después, esta vez fue de una extraña manera. Había
llegado al Hotel dónde estaba alojado durante mi estancia en Valencia por
cuestiones profesionales, sentí la necesidad de salir a la calle, dejé el
portafolios sobre la cama, me desprendí de la atroz corbata y dejé la chaqueta
colgada, sín más me dirigí hacia la calle, necesitaba salir, no tenía una razón
convincente pero necesitaba el aire de la calle.
Nada más pisar la calle, después de dejar recado en recepción por si
tenía alguna llamada, me fui desde Jaime I en dirección al centro de la ciudad,
al llegar a la Plaza de la Constitución me adentre en la calle Sorolla en
dirección hacia un barecillo dónde ciertos personajes de la sociedad valenciana
pasaban las tardes, allí me encontré varias veces con el humorista Tip y sus
inseparables amigos, era un sitio agradable y los camareros ya me conocían,
nada más entrar una persona que estaba sentada cerca de la puerta me saludo, me sorprendió pues no alcazaba a
verle la cara deslumbrado por el contraste entre el sol del atardecer valenciano
y las luces tenues del local. ¡Era Horacio!
Me invito a sentarme y acepté encantado, había algo especial en ese
hombre que me atraía. Llevaba un traje algo deslucido pero limpio, de color
gris y una camisa blanca con el cuello bastante rozado pero impecable en cuanto
a la limpieza, se veía a la legua que estaba bien cuidado aunque no le sobrase
el dinero.
-¿Qué casualidad encontrarnos de nuevo?
-Efectivamente,
Le contesté mientras llamaba al camarero.
Al llegar este después de sortear al nutrido grupo que se apiñaba en
la barra alrededor del simpático humorista Tip y su cohorte, me saludo como si
me conociera de siempre, cierto es que cada vez que iba a Valencia por trabajo
me acercaba a ese bar pero no era un cliente habitual, esta es una habilidad
que suelen tener los miembros de ese gremio.
Mientras me tomaba una cerveza le pregunté a Horacio lo primero que se
me ocurrió.
-¿Y, como le va con sus libros?
Creo que no esperaba una pregunta así de simple pues se echó a reír.
-Con los libros siempre me ha ido bien, durante muchos años han sido
mi único soporte económico pues tuve una librería cerca de aquí, en el Barri
del Carmen, la heredé de mi padre y este del suyo, así de una u otra manera
siempre he estado ligado a los libros.
-¿Aún mantiene la librería abierta?
-No, la tuve que traspasar, el negocio era ruinoso para mí en todos
los aspectos principalmente en el emocional, hubo un momento que no lo pude
soportar y lo cerré, le regalé la mayoría de los libros existentes a un colegio
cercano con la única condición de que no se deshicieran de ellos y que me
dejaran visitarles de vez en cuando.
-No lo entiendo
-Sepa que hay una cosa que los viejos libreros conocemos pero que
estas frías y modernas librerías de ahora desconocen. Hay libros que no se
deben separar nunca, ellos se hermanan, se complementan de tal forma que al
venderles por separado les haces un enorme daño, pierden cierta armonía que
solo ellos conocen.
-Nunca me hubiera imaginado una cosa así, le conteste.
-Mire, puede que no me crea, pero es así. Una vez vendí una primera
parte de Anna Karenina a un señor que estaba interesado en ella pues se le
había perdido ese libro y se había quedado con la segunda parte de la magistral
obra de Tolstoi. Me sorprendió que dejase el segundo libro allí. Pero mi
sorpresa fue mayor cuando a los pocos días el segundo volumen se fue
amarilleando, desprendiéndose las hojas y secándose las tapas. ¡El libro se
estaba muriendo!, llamé al cliente, pues tenía su número de teléfono y le rogué
que me devolviera el libro, comprándolo por el doble de lo que yo se lo había
vendido a él, aceptó de mala gana pues le mentí diciéndole que era para una
señora enferma y no sé que otra historia me tuve que inventar.
-Parece increíble, desde luego.
-Si, pero no es ese solo el caso, he asistido a discusiones entre
Goethe y Balmes a causa del Fausto, pensé que lo estaba soñando, pues era una
de esas tardes de verano, cuando el sol calienta y la humedad de Valencia se
hace insoportable. El establecimiento era viejo, de madera tanto el suelo como
los anaqueles, estaba dividido en dos secciones, las novedades en una y los
libros más antiguos en otra, bien seleccionados por temas y en perfecto orden
alfabético; me había adormilado leyendo la página cultural de Las Provincias
cuando me sobresaltó un enorme jaleo en el interior de la tienda dónde estaban
los libros de ediciones más antiguas, pensé alarmado que podían ser ratas, esas
terribles devoradoras de libros y me apresuré al interior, al legar me encontré
varios volúmenes en el suelo, aquello me desconcertó pues no había ningún tipo
de corriente de aire allí y las estanterías estaban bien terminadas aunque
fuesen antiguas. Recogí los libros del suelo y los volví a colocar en sus
respectivos lugares, volví a la parte anterior de la tienda y me olvidé del
asunto. No había pasado una hora y después de que unos clientes habían comprado unos libros sobre temas de
actualidad cuando de nuevo el desorden se apoderó de la librería, pasé al
interior y aquello era el caos, los libros volaban por los aires, daba igual el
tema, el peso o el tamaño, era una batalla entre ellos en toda regla. De pronto
el Fausto se abrió solo y de él salió un pequeño grabado con la figura de
Mefisto, esta se fue haciendo más grande hasta alcanzar el tamaño de un metro
aproximadamente y como si cobrará vida su aspecto fue pasando del azul grisáceo
de la tinta al color de la carne.
-Perdone, pero esto me parece imposible, es lo más inverosímil que he
escuchado en mi vida.
-No lo dudo, pero déjeme continuar.
La figura representaba a Mefisto y era un dibujo de Doré como otros
muchos en esa edición del Fausto. Ahora la tenía enfrente de mí con esos
ridículos cuernos y la barba de chivo que el dibujante le había aplicado.
-No aguanto ni un minuto más al lado de ese carcamal de Balmes, viejo
engreído, ratón de sacristía. Soltó la excéntrica figura.
Entonces me fijé que en el suelo estaba un volumen antiguo de Balmes,
su Filosofía Fundamental.
-El enervado Mefisto continuó con su alegato:
-¿Quién ha sido el ignorante que tal aberración la ha colocado al lado
del Fausto, seguro que has sido tú, librerucho inconsciente? ¡¡Yo soy el padre
de la Metafísica, yo puse los cimientos para que esta tribu de frailucos
envilecidos pudieran opinar, rebatir sobre su propia contradicción.
Me quedé perplejo, pero la figura s iba agrandando por momentos y ya
me alcanzaba en altura.
-Mi obra maestra fue la creación de su Iglesia y los muy imbéciles no
se han dado cuenta aún de ello, yo soy su padre espiritual, yo les dí ese punto
crítico para que tuvieran la posibilidad de perfeccionar la obra. Y tú, simple
coleccionista de libros me pones junto a estas reliquias, no lo consiento.
Salí de la tienda como alma que lleva el diablo, nunca mejor dicho; en
mi fuero interno la razón me decía que aquello era imposible, una ensoñación
por el calor o algo parecido, pero mis ojos lo habían visto, tan real como la
Iglesia de San Nicolás o la alameda del Turia, no podía creer lo que me había
sucedido pero tampoco se lo podía decir a nadie hasta este momento.
-¿Por eso dejó la librería?
-No, después de aquello pasaron muchas más cosas.
Regresé a la librería pasadas unas horas, llegaron algunos
clientes pero al no verme se habían marchado, según me dijo el comerciante
vecino. Entré en la tienda, pasé al interior dónde se había producido el caos
anterior y me quedé sorprendido pues todos los libros estaban colocados es sus
estanterías, como si no hubiera pasado nada. Pero mi sorpresa fue cuando me
fije en el orden como estaban colocados ahora, El Fausto dominaba la
estantería principal secundado por obras
de autores “malditos” Pound, Proust, Celine, Sartre, Gorki, Brasillach,
Unamuno, Faulkner…… mientras que en la estantería contraria junto al libro de
Balmes se alineaban los de Pedro Salgado, Luis Coloma, Scott, Alberto Magno,
Roger Bacon, Louis de Bonald, Donoso Cortes…. ¡Los libros habían tomado partida
ente ambos oponentes! Algo demencial pero real como que estoy sentado en esta
mesa.
Al poco tiempo los vecinos se quejaron de que a altas horas de la
madrugada se escuchaban acaloradas discusiones dentro de la librería y me amenazaron
con denunciarme a la policía por escándalo público, afirmaban que reunía a
indeseables en mi librería, así que
decidí pasar la noche en el establecimiento; la primera vigilia todo estuvo en
calma, no escuché ningún sonido extraño que no fuera el provocado por el aire o
el chirriar de los muebles, pero en la segunda noche aquello se desmadró, los
libros volaban, hasta las pequeñas ediciones de bolsillo saltaban por los
aires, voces en todos los idiomas se podían escuchar contestándose unas a otras
en una frenética diatriba. Aquello era una verdadera batalla de ideas,
palabras, frases, algunas inconexas otras incomprensibles, todas sorprendentes.
Encendí las luces todas y el estruendo se calmó, como por encanto cada uno de
los libros volvió a su sitio excepto uno, El Apocalísis de San Juan que permanecía
en el suelo abierto por 13:18:…..
Y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de
Dios; y este es el espíritu del anticristo, del cual habéis oído que viene, y
que ahora ya está en el mundo.
Esto me desconcertó
aún más, yo no soy creyente aunque respeto todas las creencias religiosas, no
me puedo considerar agnóstico, adjetivo muy concurrido actualmente y menos
ateo, digamos que soy un escéptico, pero aquello me sobre cogió, era como si
todos hubieran rechazado ese libro en especial u aquel libro se mantenía fuera
de la disputa de los otros. No lo sé, pero ello me llevó a dejar la librería, a
refugiarme en la lectura y tener un enorme respeto por toda obra escrita en
papel.
En ese
momento Horacio me tendió la mano y me dijo:
Creo que es
el momento de decirnos adiós.
Y se
marchó.
(Mi primer
encuentro con Horacio) de Filoxides el Crítico
