Tú que fuiste
corazón y crisol de las Españas, cuna de hombres nobles, hidalgos engendrados
tanto con la pluma cómo por la espada, recios cual olmos de los que un día estuviste
poblada hasta que del hacha salieron las naves que surcaron mares con las que se
alumbrarían nuevos mundos bajo tu rojo pabellón que hiciste gualda.
Hoy dividida en
dos mitades, languideces por culpa de hombrecillos sin escrúpulos que primero
mancillaron tú soberano nombre, más después del mar fuiste despojada arrancándote
al norte una parte de tu tierra legendaria. No conformes con ello te culpan de
haber creado España con el valor de tus hombres y la fuerza de su espada.
Condados en el
Norte cuyos soldados lucharon en tu barcos, llevando orgullosos tus estandartes
y pabellones más allá del océano mar abriéndote nuevos horizontes para tú
gloria, hoy guiados por traidores, sacristanes y gentiles desdeñan lo que antaño fue
su patria, que les unió en sagrada comunión, a conquistar tierras extrañas.
Levantiscos hacía
un lado de tus límites sagrados confunden a sus gentes culpándote en tú pobreza
de sus males, llenándoles de odio hacía lo que fue un Imperio Glorioso, en
dónde tu sobriedad y la hidalguía que
emanaban tus hombres trazaban un estilo que
ponía el tono austero ante la vacuidad y el devaneo de los suyos.
De tus ríos se
nutre la gentil Lusitania de la que un rey incapaz te separó sin comprender la
hermandad que las dos partes radiaban. Ese Oeste al que siempre has estado
embarcada dirigida por el Sol hacia metas más que humanas y que la fuerza de
Dios te empujo en pos de lo que luego serían las Españas.
Entre viejos castillos, derruidas torres y
atalayas que un día vieron tú majestuosa estampa, hoy deambulan rebaños de
corderos, páramos yermos, frio en la Meseta que templa tanto a hombres como al
acero del que fue engendrado tú sólido corazón y que aún en el desarraigo de
tus pueblos olvidados, siguen brillando en las pupilas de los hijos de aquellos
que un día formaron las mesnadas con las que dominaste el Mundo.
Hoy apagada la
fragua con la que Vulcano fundía el metal de tus espadas, o el candil con el que
se alumbraban tus prohombres y nos
deleitaban con la prosa castellana, siento nostalgia de aquellos tiempos, de
hidalgos cervantinos y míticos Campeadores que en sueños veo nuevamente
cabalgando por tus planicies defendiéndote de tantos malandrines que te atacan desde la periferia intentando
quebrar tú mítico poder y tú grandeza.
(Canto a mi Vieja Castilla)
Filoxides de Ursalia