Aquella mañana no iba a ser igual que las anteriores, antes del mediodía llegó un carruaje con dos elegantes funcionarios, ellos tenían la misión de preparar el Palacio para una reunión importante que se iba a celebrar allí a finales del verano.
Uno a uno todos los trabajadores de Palacio fueron pasando por delante de aquellos dos estirados cortesanos más preocupados por su apariencia que por el resultado de las entrevistas, cuándo le llegó el turno a Sakov estos le preguntaron por su función en el Palacio, Sakov les explicó todo lo que debía de hacer y cómo estaban en ese momento las cosas, explicó el sumo interés que la Familia Imperial tenía en esa biblioteca a cuyo cuidado él estaba encargado.
Los dos funcionarios no quedaron muy contentos con las explicaciones de Sakov y le pidieron que les acompañara por las galerias dónde se apilaban los cuantiosos volúmenes y rollos escritos de tiempos inmemoriales, pronto Sakov se dió cuenta de que a aquellas dos cabezas huecas cubiertas con ridículas pelucas les importaba un bledo la biblioteca y todo lo que tuviera de valor, sólo de dijeron a Sakov que debería hacer sitio para la recepción que se iba a producir allí a mediados del mes de Septiembre antes de que las nieves llegasen al Elbruz y el camino desde Moscú se volviera intransitable.
Al ver cómo aquellos dos idiotas cogían los libros y lo tiraban sobre las mesas irritaba sobremanera a Sukov que llevaba aprentadose los nudillos desde hacía un buen rato. Todo el trabajo de meses y años se iban al garete por capricho de aquellos imbéciles.
Se despidieron de él de una fría manera y se fueron a la estancias superiores dónde trabajaba el Zarevich cuán visitaba el Palacio en verano, época de caza por aquellos parajes.
Sukov se centró en su trabajo recomponiendo el rollo lamaista, dibujando unas flores casi desapercibidas por los años que recobraban el color original con el pincel y la pluma del viejo Petroffiev. Cuándo quiso darse cuenta la tarde caía, habían pasado las horas sin darse cuenta, enfrascado en su trabajo sin comer ni beber nada durante largas horas, solo la buena de Jazira una hermosa jóven armenia encargada de la limpieza de las figueras de bronce y plata de los salones, las de oro se guardaban en un almacén en los sotanos y solo se aireaban cuando la Familia Real visitaba el Palacio, advirtió a Sakov de las horas que eran..