lunes, 23 de enero de 2017

Una vida de perro



Hoy me he salvado de una buena, he de ser más prudente cuando salga del cercado. No es que este sitio me libre de la ira de esos cachorros humanos pero al menos aquí solo entran los dos hijos del amo y estos me ignoran como al resto de los seres vivos que convivimos aquí.
No recuerdo como ni cuando llegué aquí, ni a mi madre, solo algunas noches sueño que me amamanta y me protege entre su cuerpo, son recuerdos vagos que se disipan pronto y que cada vez resultan menos frecuentes.

Procuro salir a la caída de la tarde, siempre hay restos de comida al lado del cobertizo desde dónde observo al amo y su prole moverse de un sitio para otro en sus quehaceres, ellos no se molestan con mi presencia al menos los mayores, aunque no me hayan hecho nunca alguna caricia tampoco me han pegado, me dejan vivir y aquí entre la leña me siento cómodo y protegido de esta horrible humedad que cada día me cuesta más soportar.

Aquí convivimos un enorme y gordo hermano que se harta de alfalfa y que cada mañana le enganchan a un chirrioso armatoste con el que desaparece hasta bien entrada la noche, entonces le desenganchan le ponen un cubo agarrado a la cabeza con agua y le dejan hasta el día siguiente, al menos a este le ponen paja para que se acomode yo estoy encima del frio suelo. La otra ocupante del cobertizo es una gorda y molesta pariente pero que tiene dos extraños bultos, uno a cada lado de la cabeza, si te acercas mucho te embiste tratando de clavarte esos huesos extraños.

Ellos no se preocupan de mí y yo procuro no acercarme mucho a su cercado. Luego están los dueños, no solo del cobertizo sino de todo el recinto, son los animales más rápidos que conozco y los más astutos, cada vez que ven a los cachorros de los amos correteando por allí, o el ama, salen maullando lastimosamente para que estos les den algo de comida o les acaricien si no es así o les molestan en algo sacan unas afiladas uñas y no les importa herir con ellas a la dueña o a quien sea, entran y salen de la casa y roban todo lo que pueden, ni se arriman a mí y yo por puro sentido de la conservación procuro no acercarme a ellos nunca.

He de tener cuidado con salir del cercado, en las dos últimas peleas que he tenido con otros de mi especie al tratar de aparearme con una hembra en celo he salido malparado y no por culpa de estos sin por los cachorros de los amos que la emprendieron a pedradas conmigo y con la hembra, una de las piedra me alcanzo en el ojo y casi lo pierdo, ahora me llora cada vez más y una costra me lo va cerrando poco a poco, procuro lavarme el ojo con mi saliva y mi pata delantera pero creo que no es suficiente, sin el ojo puedo ser presa fácil para cualquiera.

Este invierno ha sido muy duro, el frío me ha atormentado haciéndose insoportable por las noches, hasta he tenido que arriesgarme a entrar en los dominios del orejón y acurrucarme cerca de él encima de su manto de paja, a pesar de las molestas ratas que no paraban en toda la noche. Al salir el sol pretendo incorporarme y las patas traseras no responden, trato de moverlas pero están agarrotadas, el invierno pasado ya note estas molestias pero enseguida entraba en calor y las olvidaba, ahora me cuesta una enormidad ponerme en pié.

El calor va haciéndose notar y con él mejoro bastante, aunque la humedad del bosque próximo te cala hasta los huesos, el tumbarte bajo el sol me reconforta. Para los amos no existo, rara vez me echan algo de comer, he de esperar que los malditos gatos acaben su festín en el basurero para poder engullir algo de comida, estos ya me ven flojo y cada vez su osadía es mayor, hace nada mi ladrido les espantaba y salían corriendo ahora me bufan y se me  enfrentan sin ningún temor.

La leña se ha acabado y ha comenzado la época de lluvias, tengo que dormir prácticamente en el suelo y este está encharcado, el orejón hace días que se marcho con el amo y su armatoste, el ama viene todas las mañanas a ordeñar a la gorda monstruosa y a limpiar el cobertizo, lo hace a manguerazo limpio y tengo que salir corriendo de allí, la muy graciosa me apunta con la manguera y me rocía de un agua helada que me hace tiritar durante un buen rato, ella se ríe con cierta maldad y eso me indigna, la mordería en el cuello para que sintiera lo que es dolor.
Ahora tengo otro “enemigo”, un pequeño zorro se cuela todas las noches a la casa, el amo me pone una maldita correa al cuello y me tiene toda la noche detrás del rastro del astuto bicho, no sé qué interés tiene en él pero me ha fastidiado mi mejor rato de descanso. Yo no tengo nada contra el zorro y supongo que a él le ocurre lo mismo así que aunque olfateé su posición procuraré que mi instinto no me traicione y le delate.

El calor se ha ido, la temporada ha sido my corta, desde la pertinente lluvia hasta ahora solo he tenido unos pocos ratos de sol, ahora mi olfato me avisa que la nieve está cerca y con ella mis problemas, de mi última escapada he terminado por perder el ojo izquierdo y las patas traseras están renqueantes, el orejón no ha vuelto al cobertizo desde hace tiempo, el amo se pasa el día subido en un armatoste nuevo que echa humo por un largo tubo, la paja ha desaparecido y en su lugar unas horribles manchas de aceite dan muestra de que es el lugar del nuevo inquilino del cobertizo, ese cacharro grande y apestoso que orina aceite y huele a rayos.

Me despierta el ruido infernal del armatoste al ponerlo en marcha el amo, todo se llena de humo, tengo que salir de aquí rápidamente, pero las patas no responden, me voy arrastrando hasta la puerta, al salir un resplandor me ciega el ojo bueno, la nieve cubre todo el páramo, la casa y los árboles del cercano bosque, no me puedo poner en pie, el amo lo ve y se marcha hacia la casa, me tumbo mientras veo a lo lejos correr a un gamo entre los árboles, los gatos subidos al tejado me miran fijamente pero en silencio, el amo aparece por la puerta de la casa trae consigo la escopeta con la que íbamos a cazar conejos hace unos inviernos, se acerca, yo cierro mi único ojo y suspiro profundamente.
Filoxides de Ursalia

sábado, 21 de enero de 2017

Mis días en Olivenza (Fin)



Llegamos al Salón que previamente ha alquilado Honorio, es una aula que el Ayuntamiento destina para eventos oficiales o como en este caso para conferencias, reuniones festivas y otros usos. Honorio se siente como pez en el agua en estos sitios, se le ve acostumbrado, domina la situación, habla familiarmente con todos y con un especial acierto pone en movimiento el tranquilo quehacer del personal del edificio.
Poco a poco van llegando los invitados, la mayoría son ciudadanos portugueses de cierta edad, algún que otro foráneo como yo y amigos de Honorio de Olivenza y Badajoz principalmente. Me siento al lado de Enrique, que en este momento está leyendo prensa portuguesa, es un artículo que Mario Soares escribió hace veinte años, Enrique como Honorio tuvieron que sufrir la contienda en Angola allá por los años setenta, este último nunca quiso hablar de ello pero se le notaba como el color de su cara cambiaba y sus ojos se entristecían cuando se abordaba el tema.
Honorio se acerca al atril desde dónde nos va a dirigir la palabra este descansa sobre una plataforma que eleva al conferenciante del resto de los asistentes, detrás una pantalla y sobre este un micrófono y un montón de papeles. La acogida a Honorio es muy cálida, las personas allí asistentes le recuerdan de sus años de profesor y de otras conferencias dadas en Evora y aquí en Olivenza, punto de encuentro de dos grandes pueblos según sus palabras. Oigámosle:
-Buenos días estimados amigos. Es un placer como siempre el poder estar estos días con vosotros y abusar de vuestra paciencia con mis “aburridos” temas (risas). Llevo como bien sabéis, toda una vida tratando de dar sentido a tanto academicismo que me temo pueda yo caer en el mismo error. Dije hace varios años, muchos ya para mí memoria, que el concepto de –Filosofía- había quedado obsoleto, o mejor dicho, había caducado, son tantas las Escuelas, Pensamientos, Ideas que en estos momentos cubren cada cuadro del tablero de ajedrez de la Ética y la Moral, aquí muy cerca de dónde pensadores como Uriel de Castro, León Hebreo, Isaac Orobio de Castro o el no sefardí Dámaso de Gois daban sus enseñanzas desde la Universidad de Coimbra a Salamanca o Sevilla, han pasado muchos siglos, hoy día todo se clasifica para ser entendible, nada se sale del cuadrado ajedrecístico, allí se organizan las ideas según su interpretable sentido, el mundo de la Estadística a suplantado al del Filosofo-.
Durante algo más de hora y media Honorio pormenorizo sobre este tema resaltando  aquello de: “El filosofo ha terminado de completar el tablero de ajedrez, ya no quedan casillas libres, las piezas han completado todas las combinaciones y movimientos posibles, las estrategias se han agotado. La partida ha quedado en tablas”.
No he quedado muy satisfecho de la conferencia. Mientras Enrique, compañero de cátedra aplaude efusivamente a Honorio que rodeado de estudiantes y antiguos compañeros sonríe feliz, Fabio se une al grupo mientras no veo por ningún lado a Julio, supongo que andará por aquí en cualquier lugar.
Los profesores y catedráticos, pensadores ellos, a veces me confunden, siento como si no pertenecieran a este mundo en el que yo vivo, sus ideas son siempre abstractas, ajenas al día a día, a la realidad cotidiana, a todo aquello que rodea a la humanidad y se escudan o se protegen en un mundo utópico dónde las ideas fluyen, aparecen y se desvanecen a su antojo.
Almorzamos en un alegre lugar a las afueras de Olivenza el Churrasco de San Pedro, me siento cerca de un grupo de estudiantes y pronto mi mesa se llena, el primero es Julio después otras cuatro personas que se presentan como amigos de Honorio y de Elisa. La comida es agradable, las personas presentes hablan del tiempo, de la caza muy propio de estas tierras y de un sinfín de cosas, en un momento de distracción Julio se acerca a mi oído y me suelta de sopetón: ¡Me escape al bar de la esquina, las conferencias no son lo mío! Me echo a reír sin más sorprendiendo a los presentes, pido perdón y sigo comiendo como si nada.
La tarde la paso recorriendo la ciudad en compañía de Julio, mientras Honorio, Enrique y un tal Joao Peres de Lima compañero de Universidad de ambos preparan la charla de mañana. Elisa nos ha recomendado varios sitios para visitar y nos recuerda que la cena será a las nueve.
Paseamos bajo sus murallas, Julio me va explicando el origen de la ciudad, de su historia templaría, del Rey Dinis de Portugal, que la ciudad fue portuguesa hasta 1801 a consecuencia de la Guerra de las Naranjas. Visitamos el Museo Etnográfico y el famoso retablo del Evangelio de Santa María pasamos por la portada manuelina del Ayuntamiento dónde recojo unas hojas informativas, por  las fortificaciones y baluartes y por fin paramos en una cafetería dónde nos tomamos la famosa Técula Mécula mientras vemos salir a los hicos y chicas de la Escuela de Teatro y Danza de Extremadura.
Los huevos, la manteca o la almendra o más bien todo en general me ha caído como un rayo, no debí comer ese postre después del almuerzo que habíamos tenido en el churrasco de San Pedro, paseamos un rato más y nos dirigimos hacia la casa de Honorio, hay un buen trecho por lo que me vendrá bien.
Llegamos sobre las ocho y media de la tarde, todos están sentados en el maravilloso porche que tiene la casa, una botella de ron y algunos refrescos sobre la mesa nos indica que no se lo han pasado mal sin nuestra presencia. El tal Joao se ha unido a la reunión y tiene una acalorada discusión con Enrique mientras que Honorio asiste en silencio esta.
Me sirvo un ron con cola y me siento un poco alejado de los dos protagonistas de la charla, Julio con esa habilidad suya para desaparecer ya no está, se sirvió un ron a secas y desapareció, al parecer Honorio tiene una copia buenísima de Kandisnky,  El Puerto de Odessa y seguro que cerca de él estará el buen Julio, bastante escéptico en cuanto a todo lo abstracto menos en la pintura.
Al parecer la discusión se basa en la política de Portugal en referencia a las colonias de ultramar, su perdida y los daños materiales y humanos que causo esta. Mientras Joao defiende la postura de Salazar enviando tropas a Angola y Mozambique, Enrique defiende la postura radical que esa fue la causa de la caída de la Dictadura y el comienzo de la Revolución de los Claveles.
Honorio hombre más bien de izquierdas apoya aunque sin mucho entusiasmo a Enrique pero sin comprometerse, sabe muy bien que los problemas de los demás han de resolverlos ellos y que nosotros no somos un ejemplo en cuanto al final de nuestro colonialismo (Honorio se siente español desde hace ya tiempo).
Cenamos a la hora fijada por Elisa, que con un arte y una diplomacia propia de una mujer de clase disuelve la discusión sin ganadores ni vencidos. He de reconocer que ya no estoy para tanto trasiego, el viaje de ayer con un montón de kilómetros encima, el largo paseo de hoy me han dejado rendido así que aproveche un momento para despedirme de todos e irme a dormir. Llame a Ana, le comenté lo ocurrido durante el día a grandes trazos y me quedé dormido.
Amanece un nuevo día y ya oigo los andares de las personas de la casa por los pasillos, Elisa toca en mi puerta y me indica que el desayuno está listo, me aseo, una ducha me viene de maravilla y bajo al comedor, Julio come como Heliogábalo mientras lee la prensa, Joao en la terraza habla por teléfono y los demás aún no han llegado. Una vez todos, comentamos las incidencias del día de ayer, del tiempo, en fin de cosas triviales hasta que el chofer que nos ha de llevar a Olivenza nos avisa con el claxon de que ya está aquí.
Nuevamente Honorio, tal como lo hizo el día anterior saluda a los asistentes y comienza su soliloquio, esta vez versa sobre el Humanismo Cristiano y desarrolla un cuadro comparativo desde el monismo y el dualismo materialista hasta la nuevas corrientes filosóficas de Occidente haciendo hincapié en el marxismo como cuestión final.
Honorio está más cerca de Bakunin y de Sorel que de Marx pero en los últimos años y viendo el acontecer en el que desarrolla la humanidad se aproxima más a sus compatriotas José Barata Moura, Bento de Jesus Caraça y Magalhaes-Vilhena, maestro este ultimo de Alvaro Cunhal.
El auditorio esta vez no queda tan complacido como ayer, la desviación de contenido de lo abstracto del mundo de las ideas a lo material del universo político no encaja en esta concurrencia, varias personas se levantan y el rostro de Honorio de desencaja un poco pero pronto se recupera y sigue su perorata para algunos y lección para otros, que he de reconocer los menos.
Una vez acabado el coloquio, dónde Honorio salió poco airoso de las preguntas de los más díscolos, dio gracias a todos y poco a poco abandonamos el local. Una vez en la calle y rodeado de nosotros Honorio reflexiono de la siguiente manera: Creo que no he convencido a nadie y nos dirigimos al coche.
El corto viaje fue bastante tenso solo Julio con esa chispa de humor que solo tienen los artistas y que los pensadores adolecen de ello fijó nuestra atención en un asno que andaba de flirteo con una mula. Con esta anécdota que despertó una sonrisa en casi todos los viajeros llegamos a la casa dónde nos esperaba Elisa en la puerta con su encantadora sonrisa pero con una sombra en su mirada como si previera lo que había ocurrido.
Comimos prácticamente en silencio solo roto por el ingenio de Julio y después de tomar café todos se retiraron menos Honorio y yo.
-Siento haberte echo venir desde Madrid para esto, te debe resultar frustrante.
-No mi buen amigo, solo que hemos de comprender que las cosas por simple que parezcan nos superan y probablemente el tiempo, ese juez implacable nos haya superado.
-¿Parece que el pensador seas tú y no yo?
-No, ni mucho menos, pero como dicen en mi tierra el toro se ve mejor desde la barrera y eso es lo que he hecho yo.
-Creo que la vida transcurre paralela a mis convicciones, he de rectificar, o no ¿Qué crees tú?
-Ya es tarde para volverse atrás sobre lo que uno cree o considera que es verdadero o al menos su verdad. Considero que nuestro punto de vista aunque diferentes el uno del otro ha quedado desfasado, nuestro idioma no es entendible, ha sido superado, o mejor dicho sobrepasado y no por ello hemos de rectificar sino ver el mundo pasar con nosotros como lastre hacia un porvenir incierto pero porvenir al fin y al cabo.
Joao que había aparecido por allí se echo a reír mientras se acercaba.
-Tu amigo pretende que sigas el camino de los dinosaurios, te anima a que pases a un rincón del museo, que los que pasen y se detengan digan: Aquí esta Honorio el pensador equivocado.
Honorio no contesto pero miro a su compañero con cierto desdén.
Un poco enrabietado pero con cierta ironía le contesté:
-No acostumbro a dar consejos, pues no se aceptarlos, ni hacer cumplidos pues me molestan los pueriles halagos, pero contesto cuando me preguntan y ya que observo cierta desavenencia por su parte le voy razonar un poco mi respuesta a Honorio:
"Todo fluye, el mundo cambia constantemente, la tecnología se ha desarrollado de tal forma que en su camino ha socializado esta de una forma total, el individualismo supera toda concepción romántica concebida por aquellas Escuelas dónde Ustedes bebieron el néctar del conocimiento, las formas y los fondos han sido superados por el desarrollo humano y con ello solo la religión sigue una lucha en solitario para no quedarse en el limbo de las ideas. Lo que ayer era una utopía que en el futuro podría solucionar los problemas del individuo o de la colectividad hoy no tienen presencia más que adustos profesores casi jubilados o jubilados como Ustedes, nuevas corrientes nacen y mueren a una velocidad imposible de controlar y hasta me atrevería a decir de entender, su mundo ha muerto y si no ocurre una guerra nuclear, un holocausto que borre a más de la mitad de la humanidad de la faz de la tierra, y con ello puedan volver a aparecer viejos fantasmas, no será resucitado".
Elisa aparece como por encanto y nos regaña señalándonos la mesa. Es hora de cenar nos dice abrazándose a Honorio bastante taciturno.
Nada más cenar y mientras Enrique y Julio juegan una partida al ajedrez me excuso con un cierto dolor de cabeza y me retiro a dormir. Mañana regreso a Madrid y he de levantarme pronto.
Filoxides de Ursalia

lunes, 16 de enero de 2017

Mis días en Olivenza ( I )



Aprovecho estos días de intenso frío en el centro de la Península para visitar a un viejo amigo, podríamos decir  de juventud. Recojo un pequeño maletín y me pongo en marcha camino de la no muy alejada  Olivenza sita en la provincia de Badajoz. Olivenza y más concretamente San Jorge de Alor es la ciudad dónde reside mi más que amigo Honorio de Melo, un viejo iconoclasta del pensamiento, algo ácrata en su modo de vivir pero un sincero y querido amigo
.
El viaje me lleva casi siete horas para recorrer los 470 Kilómetros que separan Olivenza de mi pueblo, así que me pongo en marcha a las siete de la mañana confiando en poder estar sobre las dos de la tarde en casa de mi amigo, previamente le había llamado por teléfono para comunicarle que aceptaba su invitación de pasar un largo fin de semana en su casa aprovechando una reunión que iba convocar y a la que también había invitado a ciertos antiguos alumnos de la Universidad de Évora allí dónde Honorio había dado clases durante casi treinta años y viejos profesores de Elvas ciudad natalicia de Honorio que aún conserva casa y familia y mucho apego pues terminó dando enseñanza en esta agradable ciudad cercana a Badajoz.

Hago el viaje sin contratiempos aunque he de reconocer que he de parar más de cinco veces a causa de un continuo dolor de la rodilla izquierda que me lleva a mal traer y que en estos meses de frío se me agudiza y se hace insoportable cuando estoy cierto tiempo de la misma postura; le he prometido a mi mujer que en cuanto regrese de este viaje iré al especialista sin falta.

Olivenza es una ciudad que me encanta, no sabría decir si es más española que portuguesa o viceversa, me siento cómodo y me encantaría que todas las ciudades de ambos países estuvieran hermanadas como lo está Olivenza con su cercana Portugal, el sueño de una unificación política hispano-portuguesa siempre ha sido una constante en mi pensamiento.

Por fin alcanzó mi meta, un kilometro antes de entrar en San Jorge de Aloz me desvió por una estrecha carretera que me lleva directo a la urbanización dónde reside mi amigo desde que se jubiló hace ahora tres años. Al llegar a la puerta de la casa me encuentro a Honorio en la puerta con otras dos personas más o menos de nuestra edad, Honorio me abraza efusivamente y a continuación me presenta a los dos “colegas” viejos compañeros de Universidad que compartieron vivencia y estudios en sus años en Évora.

Después de almorzar un buen besugo a la espalda que la señora de la casa ha preparado con todo entusiasmo y de charlar en la sobremesa con los dos amigos, Enrique y Fabio más un tercero que llegó después y que venía de Cáceres dónde reside desde hace diez años, también conocido de Honorio y compañero de viaje de este cuando recorrió buena parte de América del Sur en viaje de estudios, Julio pues así se llama es algo más joven que nosotros rondará los sesenta años aunque sin cumplirlos y desde los últimos años tiene un estudio en el centro de Cáceres dónde ejerce su gran pasión: la pintura, pasamos todos a descansar un par de horas.

Sobre las seis más o menos nos volvemos a reunir en el porche de la casa dónde un viejo mastín hace guardia vigilante de que la galletas y pasteles puestos en la mesa por Elisa la compañera sentimental de Honorio y que  ha colocado junto con unas tazas de café portugués y una jarra con zumo de naranja, no caigan en su territorio.

Mientras merendamos Honorio nos adelanta cual va a ser el “leitmotiv” de su charla de los próximos días con las personas que allí estábamos y con unos estudiantes de Badajoz y de la cercana Elvas, al hablar sobre los temas de la charla observo con admiración el interés que causa entre los demás asistentes y del que no se excluye su compañera que le mira extasiada. Honorio siempre ha tenido un gancho especial para atraer a las personas, su español acentuado por un clásico portugués le confiere un encanto especial, si se hubiera dedicado a la política hubiera sido un gran parlamentario o mejor dicho un gran líder.

Allí estamos hasta las diez de la noche, hasta que el  aire proveniente del Atlántico enfría demasiado el resguardado porche y nos hace cobijarnos en el amplio salón al que separa una larga cristalera del porche dónde nos encontrábamos hace unos instantes; en verano se debe estar en la gloria cuando la tarde disipe el sofocante calor de esta tierra.

Durante la cena nos centramos en devorar una fuente de embutido y varias botellas de vino de la tierra y sorprendentemente con un cava elaborado en bodegas extremeñas que no tiene nada que envidiar a los afamados cavas catalanes.

La conversación se amplía a otros temas, Julio nos habla de su próxima exposición que tendrá lugar en una conocida sala madrileña, mientras Enrique recuerda con añoranza los años pasados en la Universidad y Fabio sobre su pasión, la música y la formación de sus nietos en el Conservatorio de Cáceres dónde están estudiando desde hace varios años. La conversación se alarga, es entretenida y amena, recuerdos, vivencias, añoranzas y también proyectos se asocian formando una amalgama de ilusión y vida.

Nos retiramos tarde, probablemente ya esté amaneciendo en mi pueblo, me tumbo sobre la cama y recuerdo cómo conocí a Honorio. Absorto en mis pensamientos me quedo dormido.
La luz solar entra por las ventanas de mi habitación, apenas habré dormido tres horas y ya me pongo en pie, me dirijo hacia el baño, la rodilla me sigue molestando aunque he de reconocer que en cuanto paso un rato activo el dolor remite o mi cerebro lo olvida. Abajo se oye actividad, creo que los demás ya están levantados hace rato así que me aseo rápidamente y bajo las escaleras que me llevan directamente al salón dónde la noche anterior habíamos tenido una magnifica tertulia.

¿Qué tal dormilón, has descansado bien? Me grita Honorio mientras una sonora carcajada le sale del alma.
-Efectivamente, aunque poco he dormido fenomenal. Le contesto dándole un fuerte abrazo.
-Vamos a desayunar los otros ya están en el porche, hace una mañana preciosa y el resto de los invitados a la reunión pronto llegaran a la Escuela de Olivenza dónde tendrá lugar esta.

Desayuno junto a los otros, Enrique lee un periódico deportivo portugués interesándose por el próximo partido de fútbol de su querido Sporting de Lisboa o de Portugal no lo sé concretamente, Julio habla sobre recetas de cocina con Elisa y una joven que intuyo debe ayudar a esta en los menesteres de la casa, Fabio en un rincón habla por teléfono, debe ser con su familia, es un suponer. Sobre las nueve y media partimos todos en una furgoneta hacia el centro de la ciudad.
Filoxides de Ursalia

domingo, 15 de enero de 2017

El último sereno




Hace muchísimos años que deje de ver a Artemio, me llamó por teléfono para decirme que le jubilaban, era allá por el año 1977 le enviaron una carta dónde el Ayuntamiento de Madrid le agradecía los servicios prestados y le mandaban para casa después de más de treinta años ayudando a los vecinos y comerciantes desde su cargo de sereno.

Conocía al buen Artemio desde siempre, aquellas noches de verano cuando volvíamos de ver alguna película en los cines de verano con mis padres y mi hermana hasta años después cuando regresaba tarde del Instituto y me quedaba a jugar al fútbol con los compañeros de clase.
Artemio me acompañaba desde la salida del Metro hasta mi casa y allí se quedaba esperando en la puerta hasta que mi madre saliendo al balcón le decía que ya estaba dentro. Así hasta que de mayor cuidaba de mi y de mis amigos cuando ya hechos unos mozalbetes volvíamos algo contentos de las discotecas y nos llevaba uno a uno a casa dándonos consejos y más de alguna regañina.

Eran años tranquilos en un barrio dónde la pobreza tenía su sitio preferencial entre los vecinos, no había apenas escándalos por la noche, solo algún borrachín que había cobrado la paga ese día y desviaba algunas pesetas del sobre que debía entregar a su mujer.

No recuerdo caso alguno de robos o violencia en aquellos tiempos, el sereno se cuidaba de mantener la tranquilidad y la paz entre los vecinos y advertía de la presencia de extraños a los que controlaba o bien llamaba a la policía, sus armas eran el chuzo y el silbato con el que se comunicaba con otros serenos cercanos si la cosa se complicaba.

Se ha contado que en aquellos años la figura del sereno era más o menos un chivato al servicio del régimen, en el caso de Artemio puedo jurar que eso era una pura infamia, él era hijo de mineros asturianos, había nacido en Mieres y el servicio militar le tocó en el Aaiún dónde tuvo la desgracia de perder varios dedos al explosionar una granada de mano cerca de él, como compensación le adjudicaron una plaza de sereno en Madrid y allí ejerció su profesión hasta que le jubilaron. 

Le tuve gran estima y pude colocar a su hija en un comercio de Madrid gracias a mi amistad con el dueño, me lo agradeció como si le hubiera hecho marquesa o algo por el estilo. Sabía cuando volvía del trabajo y me estaba esperando para acompañarme a casa aunque ya tuviera una edad para poder ir solo sin riesgo alguno.

Sentí mucho cuando un político en los años setenta definió la labor de los serenos como desfasada, anacrónica y fuera de lugar, le envié una carta dirigida personalmente al Ayuntamiento dónde era concejal quejándome de sus comentarios y pidiéndole o más bien exigiéndole que se retractara, pero en ese momento de cambios en España me di cuenta de que nada había cambiado, solo los actores principales pero la soberbia, el distanciamiento con los vecinos era igual o peor que en los años de la Dictadura.

Artemio era un humilde sereno, que cuidaba de los vecinos y comerciantes de un barrio humilde, dónde la convivencia, la solidaridad y la buena vecindad era la nota dominante, hoy día no se puede pasear por el barrio una vez caída la noche.

¡Cuánto echo de menos a Artemio y a otros Artemios cómo él!. Allá donde estés espero que me sigan protegiendo.
Filoxides de Ursalia