Ya ha
pasado un año desde que tuvimos que sacrificar a nuestro querido Morgan, un año
ya. Son muchas las cosas que le pueden ocurrir a una familia durante este corto
espacio de tiempo, nosotros y especialmente yo me he quedado sin un amigo con
el que compartir esos paseos a veces incómodos y hasta molestos pero que ahora
me parecen los mejores momentos de mi vida. Ver correr a Morgan por el campo
detrás de conejos, gatos o cualquier otro animal nos causaba un enorme placer a nosotros, meterse en el agua del Lozoya o de este Jarama con toda la
prudencia del mundo nos resultaba hilarante, Morgan no era un hábil nadador y
el agua especialmente la del mar le superaba, eso de ver llegar las olas y
empaparle sin que se diera cuenta le causaba pavor, el pobre nos miraba para
que le libráramos de aquel suplicio, el agua no le gustaba.
Puede
coincidir con la edad pero este año físicamente lo he notado, los paseos con
Morgan me obligaban a andar durante un espacio de tiempo dos y hasta tres veces
diarias,
si no tenía
que bajarle a la calle de madrugada por qué no se podía contener, eso aunque me
molestase en el momento resultaba bueno para mis piernas, ahora aparte de haber
engordado me encuentro fatal con las piernas. Morgan era sin darse cuenta mi
preparador físico y yo a la vez el suyo, nos compaginábamos y esto era muy
bueno para mi salud, ahora me cuesta una barbaridad salir a pasear, no le
encuentro sentido, me aburro y aunque salgo junto a mi Ana, no es lo mismo nos
falta Morgan.
Ese
golfante nos ha dejado bastante solos.

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