Yo
he oído esto muchas veces y otras tantas me he callado, porque a las palabras
habían precedido los actos y por muchas otras razones. Aunque me gusta
grandemente la conversación, no creo ser hombre pronto ni largo en palabras. A
defecto de mejores virtudes, sé callar largamente y resistir a las incitaciones
que obligan a los hombres, que les fuerzan para que hablen a destiempo. Pero ha
llegado el minuto preciso en que hay que quebrar ese silencio y responder a lo
tantas veces escuchado, que si se trata no más que de una manera de decir, de
un mero juego enunciativo, esas expresiones me parecen pura exageración y, por
tanto, peligrosas; pero si, como todos presumimos, no se trata de una figura de
dicción, de una eutrapelia, que sería francamente intolerable en asunto y sazón
tan grave, si se trata en serio de presentar con este Estatuto el problema
catalán para que sea resuelto de una vez para siempre, de presentarlo al
Parlamento y a través de él al país, adscribiendo a ello los destinos del
régimen, ¡ah!, entonces yo no puedo seguir adelante, sino que, frente a este
punto previo, frente a este modo de planteamiento radical del problema, yo
hinco bien los talones en tierra, y digo: ¡alto!, de la manera más enérgica y
más taxativa. Tengo que negarme rotundamente a seguir sin hacer antes una
protesta de que se presente en esta forma radical el problema catalán a nuestra
Cataluña y a nuestra España, porque estoy convencido de que es ello, por unos y
por otros, una ejemplar inconsciencia. ¿Qué es eso de proponernos
conminativamente que resolvamos de una vez para siempre y de raíz un problema,
sin parar en las mientes de si ese problema, él por sí mismo, es soluble,
soluble en esa forma radical y fulminante? ¿Qué diríamos de quien nos obligase
sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo?
Sencillamente diríamos que, con otras palabras, nos había invitado al suicidio.
Pues bien, señores; yo
sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido
y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo
se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que
los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes
también tienen que conllevarse con los demás españoles.
Yo quisiera, señores
catalanes, que me escuchaseis con plena holgura de ánimo, con toda comodidad
interior, sin ese soliviantamiento de la atención que os impediría fijarla en
lo que vayáis oyendo, porque temierais que, al revolver la esquina de
cualquiera de mis párrafos, tropezaseis con algún concepto, palabra o alusión
enojosa para vosotros y para vuestra causa. No; yo os garantizo que no habrá
nada de eso, lo garantizo en la medida que es posible, cuando se tienen todavía
por delante algunos cuartos de hora de navegación oratoria. Nadie presuma,
pues, que yo voy a envenenar la cuestión. No; todo lo contrario; pero pienso
que, sólo partiendo de reconocerla en su pura autenticidad, se le puede
propinar y a ello aspiro, un eficaz contraveneno. Vamos a ello, señores.
Digo, pues, que el
problema catalán es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede
conllevar; que es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese
la unidad peninsular y seguirá siendo mientras España subsista; que es un
problema perpetuo, y que a fuer de tal, repito, sólo se puede conllevar.
¿Por qué? En rigor, no
debía hacer falta que yo apuntase la respuesta, porque debía ésta hallarse en
todas las mentes medianamente cultivadas. Cualquiera diría que se trata de un
problema único en el mundo, que anda buscando, sin hallarla, su pareja en la
Historia, cuando es más bien un fenómeno cuya estructura fundamental es
archiconocida, porque se ha dado y se da con abundantísima frecuencia sobre el
área histórica. Es tan conocido y tan frecuente, que desde hace muchos años
tiene inclusive un nombre técnico: el problema catalán es un caso corriente de
lo que se llama nacionalismo particularista. No temáis, señores de Cataluña,
que en esta palabra haya nada enojoso para vosotros, aunque hay, y no poco,
doloroso para todos.
¿Qué es el
nacionalismo particularista? Es un sentimiento de dintorno vago, de intensidad
variable, pero de tendencia sumamente clara, que se apodera de un pueblo o
colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o
colectividades. Mientras éstos anhelan lo contrario, a saber: adscribirse,
integrarse, fundirse en una gran unidad histórica, en esa radical comunidad de
destino que es una gran nación, esos otros pueblos sienten, por una misteriosa
y fatal predisposición, el afán de quedar fuera, exentos, señeros, intactos de
toda fusión, reclusos y absortos dentro de sí mismos.
Y no se diga que es,
en pequeño, un sentimiento igual al que inspira los grandes nacionalismos, los
de las grandes naciones; no; es un sentimiento de signo contrario. Sería
completamente falso afirmar que los españoles hemos vivido animados por el afán
positivo de no querer ser franceses, de no querer ser ingleses. No; no existía
en nosotros ese sentimiento negativo, precisamente porque estábamos poseídos
por el formidable afán de ser españoles, de formar una gran nación y
disolvernos en ella. Por eso, de la pluralidad de pueblos dispersos que había
en la Península, se ha formado esta España compacta.
En cambio, el pueblo
particularista parte, desde luego, de un sentimiento defensivo, de una extraña
y terrible hiperestesia frente a todo contacto y toda fusión; es un anhelo de
vivir aparte. Por eso el nacionalismo particularista podría llamarse, más
expresivamente, apartismo o, en buen castellano, señerismo.
Pero claro está que
esto no puede ser. A un lado y otro de ese pueblo infusible se van formando las
grandes concentraciones; quiera o no, comprende que no tiene más remedio que
sumirse en alguna de ellas: Francia, España, Italia. Y así ese pueblo queda en
su ruta apresado por la atracción histórica de alguna de estas concentraciones,
como, según la actual astronomía, la Luna no es un pedazo de Tierra que se
escapó al cielo, sino al revés, un cuerpo solitario que transcurría arisco por
los espacios y al acercarse a la esfera de atracción de nuestro planeta fue
capturado por éste y gira desde entonces en su torno acercándose cada vez más a
él, hasta que un buen día acabe por caer en el regazo cálido de la Tierra y
abrazarse con ella.
Pues bien; en el
pueblo particularista, como veis, se dan, perpetuamente en disociación, estas dos
tendencias: una, sentimental, que le impulsa a vivir aparte; otra, en parte
también sentimental, pero, sobre todo, de razón, de hábito, que le fuerza a
convivir con los otros en unidad nacional. De aquí que, según los tiempos,
predomine la una o la otra tendencia y que vengan etapas en las cuales, a veces
durante generaciones, parece que ese impulso de secesión se ha evaporado y el
pueblo éste se muestra unido, como el que más, dentro de la gran Nación. Pero
no; aquel instinto de apartarse continúa somormujo, soterráneo, y más tarde,
cuando menos se espera, como el Guadiana, vuelve a presentarse su afán de
exclusión y de huida.
Este, señores, es el
caso doloroso de Cataluña; es algo de que nadie es responsable; es el carácter
mismo de ese pueblo; es su terrible destino, que arrastra angustioso a lo largo
de toda su historia. Por eso la historia de pueblos como Cataluña e Irlanda es
un quejido casi incesante; porque la evolución universal, salvo breves períodos
de dispersión, consiste en un gigantesco movimiento e impulso hacia
unificaciones cada vez mayores. De aquí que ese pueblo que quiere ser
precisamente lo que no puede ser, pequeña isla de humanidad arisca, reclusa en
sí misma; ese pueblo que está aquejado por tan terrible destino, claro es que vive,
casi siempre, preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es
decir, de quien le manda o con quien manda él conjuntamente. Y así, por
cualquier fecha que cortemos la historia de los catalanes encontraremos a
éstos, con gran probabilidad, enzarzados con alguien, y si no consigo mismos,
enzarzados sobre cuestiones de soberanía, sea cual sea la forma que de la idea
de soberanía se tenga en aquella época: sea el poder que se atribuye a una
persona a la cual se llama soberano, como en la Edad Media y en el siglo XVII,
o sea, como en nuestro tiempo, la soberanía popular. Pasan los climas
históricos, se suceden las civilizaciones y ese sentimiento dilacerante,
doloroso, permanece idéntico en lo esencial. Comprenderéis que un pueblo que es
problema para sí mismo tiene que ser, a veces, fatigoso para los demás y, así,
no es extraño que si nos asomamos por cualquier trozo a la historia de Cataluña
asistiremos, tal vez, a escenas sorprendentes, como aquella acontecida a
mediados del siglo XV: representantes de Cataluña vagan como espectros por las
Cortes de España y de Europa buscando algún rey que quiera ser su soberano;
pero ninguno de estos reyes acepta alegremente la oferta, porque saben muy bien
lo difícil que es la soberanía en Cataluña. Comprenderéis, pues, que si esto ha
sido un siglo y otro y siempre, se trata de una realidad profunda, dolorosa y
respetable; y cuando oigáis que el problema catalán es en su raíz, en su raíz
–conste esta repetición mía–, cuando oigáis que el problema catalán es en su
raíz ficticio, pensad que eso sí que es una ficción.
¡Señores catalanes: no
me imputaréis que he empequeñecido vuestro problema y que lo he planteado con
insuficiente lealtad!
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