lunes, 24 de julio de 2017

La vida de los libros.




(O mejor dicho, mi vida con ellos)

A  mí edad creo tener claro el valor real de las cosas y también, cómo no, la precariedad de esta afirmación. Cosas que te rodean pero que no tienen relación alguna contigo, cosas que al desaparecer no dejan huella alguna o que al romperse por el uso son tiradas a la basura o simplemente olvidadas.

Por ello creo haber llegado a la conclusión de que al menos hasta ahora solo hay una cosa que tiene un valor real y aquí creo que no me echaré atrás cómo con otras “afirmaciones contundentes” que con el paso de los años he ido desechando por pueriles, vanas e insustanciales.

Me estoy refiriendo a los Libros, en concreto a “Mis Libros”, ellos son el único valor consistente que tengo en mi entorno y del cual nunca quisiera desprenderme y que me encantaría que me acompañaran en ese camino hacia la nada que se avecina pronto.

¿Os habéis parado a escuchar en el silencio de la noche las disputas entre personajes de vuestros libros? Es fabuloso el poder hacerlo, sentir cómo se enzarzan en discusiones las diferentes ideas libres de la férrea disciplina del autor, los personajes al igual que las ideas van por libre, nadie les dirige ni les obliga a texto alguno, se expresan tal y como ellos son, sin doblez, sin la más que posible “doble intención” del autor, ahora son claros, directos y al igual que las ideas toman conciencia plena sin pertenecer a capítulo alguno.

Nunca he ido con la idea de comprar un libro en concreto, ni he querido que me regalasen ninguno, me ha encantado pasearme por las estanterías de las viejas librerías abarrotadas de volúmenes sin fijarme en ningún directorio, me daba igual que fuera poesía, historia, ensayo, geografía o simplemente cuento infantil. Tocar los lomos de los libros me resulta muy agradable, noto el calor que hay dentro de ellos y que se hace notar con un poco de sensibilidad, escucho las voces de su interior y al final me detengo sin saber porqué en uno, lo ojeo y lo compro, pocas veces me equivoco.

Una vez en casa el libro despojado del papel que le ha puesto el dependiente de la librería se hace a su nuevo hogar, procuro que esté unos días encima de mi mesa siguiendo una pequeña ceremonia o un ritual para que el nuevo inquilino en mi vida vaya cogiendo familiaridad. Después paso a su contenido, poco a poco entro en su interior hasta poseerlo completamente,  con un apetito sensual lo devoro y él a mí en mutua unión espiritual, yo absorbo todo lo que él lleva en su interior, le despojo de su pertenencia al autor y lo hago mío y él a su vez se aposenta en mi corazón y en buena parte de mí cerebro, algunos hasta de mi alma, estos son los que más cerca están de mí.

Así, una vez convertidos en parte de mi vida, entran a formar esa enorme familia que en las noches cerradas corean sin reparo alguno sus andanzas o entremezclan frases y se dirigen epítetos entre ellos o se lanzan a unas controversias más consistentes que las que seguramente tenía el autor cuando escribió el ejemplar.

Yo me mantengo al margen, sin tomar partido, me divierte enormemente las discusiones entre Camila Lucinda y Dorotea, las travesuras de Rinconete al pobre Sancho o la quietud del noble Hidalgo ante la espontaneidad del joven Werther. La nobleza de Augusto, la loca genialidad de Zaratustra, el idilio de Calisto y Melibea, todos los personajes salen de su encierro y se pavonean por mi casa, libres y dueños de si mismos, sin cortapisas del autor y mucho menos del encorsetamiento del editor. El joven Werther me relata una y otra vez su pasión por Lotte y su sufrimiento al enterarse de la boda de esta con Albert, o a Demian y su relación con Emil Sinclair o como conoce a Beatrice, libre de la tutela de Hesse se confiesa a mí como a un igual, entretanto Calisto es instruido por la pérfida Celestina en otro momento Ofelia llora desconsolada por la creencia de que Hamlet ha muerto, todos y cada uno de los personajes se cuentan entre ellos sus cuitas y sufrimientos, yo les escucho pero no intervengo, entre pasiones y amores frustrados no conviene interferir para nada.

De ellos saco nuevas conclusiones, dudas de su progenitor y hasta las presiones que algunos tuvieron al escribirlos, les escucho secretos que sonrojarían al autor, me confabulo con algunos para posibles nuevos escritos, entro en parajes no ollados, veo paisajes fabulosos y escucho otras músicas nunca oídas, entiendo idiomas imposibles para mí, intimo en sus vidas más allá de lo que el autor consiguió entrar, en fín, les hago míos y yo me diluyo en ellos.

Hasta el viejo Zaratustra me dice un secreto no revelado por su loco creador: ¡Dios no ha muerto, solo se ha apartado de los hombres hasta el fin de las eras! ¿Qué diría el Maestro de Röcken ante esta aseveración? Tales comentarios nacen de la libertad de los personajes ante su creador, aquí al contrario de los seis personajes en busca de autor, estos tienen vida propia y no necesitan la dirección de Pirandello alguno, la suya y la mía fundidas entre sí por muchas noches de comunión espiritual y mientras las hojas que les cobijan amarillean mi alma lo hace al  unísono y nos une en un destino común.

Ahora espero un nuevo inquilino, este puede ser el cierre de una gran familia de quinientos volúmenes, él cerrará un ciclo y en adelante habrá que releer para no olvidar y recordar para poder soñar.

Entre tanto la Quimera, segura de su presa, se pasea peligrosamente por mis aposentos cada vez más segura, pretendiendo engullirme a mí y todos los personajes que pueblan mi mundo y yo no soy Belerofonte ni tengo el apoyo de Pegaso aunque cuento con la fidelidad de mi noble Morgan que en ningún instante se separa de mí pero me temo que no será suficiente para librarme de ella.

Al final me engullirá y a mis libros también.
Filoxides de Ursalia