domingo, 26 de febrero de 2017

Angelita, una vida de película



Me he puesto a ordenar y limpiar los cajones de mi escritorio, he de reconocer que durante muchos años solo me ha preocupado tener en orden todo lo relacionado con mi trabajo y aunque llevase muchos años utilizando el ordenador seguía usando el papel para toda la documentación, me resultaba más cómodo utilizar mi agenda con mis apuntes al día y mis archivadores correctamente colocados.

Con toda la buena intención del mundo he empezado a hacer limpieza de cajones y armarios; catálogos, tarifas, gráficos, comparativos, todo fuera. Ya hice una limpieza general en el momento que me jubilé pero aún quedaban guardadas carpetas que me daban lástima desprenderme, era el trabajo de muchos años, mi trabajo y de vez en cuando me gustaba repasar datos, porcentajes, etc.

Una vez terminado de clasificar todo lo que en pequeños trozos iba colocando en una gran bolsa de plástico, continué con revisar otros objetos que seguían guardados pero olvidados en rincones, metidos en cajitas o sueltos por los fondos de los cajones. En un cofre de madera me encontré unas estampas y un pequeño rosario, eran un regalo que mi tía abuela “Angelita” nos hizo a Ana y a mí cuando fuimos a visitarla al poco de casarnos al convento de las Jerónimas en Garrovillas  provincia de Cáceres, allí vivía en clausura desde que acabó la guerra civil hasta que murió a mediados de los ochenta.

La historia de mi tía abuela bien se habría podido llevar al cine, el argumento a mí al menos me parece muy interesante, siento no haber podido constatar los hechos con los protagonistas de lo que mi padre y mi abuela, su hermana, y sus otras dos  hermanas más jóvenes y que la superaron en vida me contaron.

Ingresó en el convento muy joven, casi una niña, al parecer su vocación era muy grande teniendo en cuenta que el entorno familiar era bastante liberal en cuanto al aspecto religioso, pero ella debió encontrar la llamada de Dios dentro de su corazón y más para convertirse en monja de clausura en unos tiempos difíciles, buena estudiante, dotada especialmente para los idiomas y la música, había cursado estudios de secretariado y piano, hablaba varios idiomas especialmente el alemán, muy difícil para un español más acostumbrado a aprender francés y por supuesto latín.

Años convulsos dónde la familia se rompió a causa de la guerra civil. Un hermano, Siro Lafuente, en aquellos momentos teniente de la Guardia Civil destinado en Ronda (Málaga) se sumó a los sublevados mientras sus tres hermanas y sus padres se quedaban en Madrid, una en el convento, la otra viuda muy joven con dos hijos a cuestas y la tercera casada con un guardia de asalto que no sobrevivió a la guerra.

María Ángeles Lafuente se quedó en la calle al cerrar los conventos por orden gubernamental, no se amedrento por ello, era inteligente, la más lista de la familia y tenía que ayudar al resto de alguna manera y bien que lo hizo, un día a finales del año 36 se presento en las oficinas que Dolores Ibarruri (La Pasionaria) tenía muy cerca de dónde vivían sus padres en pleno centro de Madrid, para ella fue muy fácil conseguir un puesto en la secretaría como traductora y mecanógrafa, no había muchas mujeres en la  España de aquellos tiempos con esas habilidades. Asistió a reuniones como traductora que miembros del partido comunista austriaco o alemán hacían en la sede del partido, tradujo documentos, corrigió discursos, etc.

Cuando el gobierno republicano se marchaba a Valencia, Dolores Ibarruri que sabía la filiación religiosa de Ángeles, que esta había guardado en secreto, le permitió quedarse en Madrid. Nada más acabar la guerra, Sor Ángeles de la Cruz ingresa en el convento de las Jerónimas en la ciudad de Garrovillas dónde vivió cuidando un enorme jardín pues asumió el cargo de jardinera y tocando el piano detrás de una rejilla en la capilla que el convento tenía para los feligreses.

En mi casa no hay ningún crucifijo, ahora me fijo que no hay ningún signo religioso exceptuando una figura de Buda y algunas pequeñas estatuillas de dioses védicos, pero las estampitas y el rosario de mi tía abuela ocupan un lugar especial en mi corazón.
Filoxides de Ursalia

viernes, 24 de febrero de 2017

La carta de Lendon



Me dirijo a la Clínica Psiquiátrica del Doctor  López-Fhis situada a las afueras de una bella ciudad al noroeste de España. El camino ha sido largo por las inclemencias del tiempo, el aire sacudía el pequeño coche que había alquilado para la ocasión, según me acercaba a las inmediaciones de la ciudad el paisaje se tornaba rosáceo gracias a la floración de los innumerables almendros que rodean esta. Un pequeño cartel a unos dos kilómetros de la ciudad me indica la desviación hacía la clínica, el camino bien asfaltado me lleva hacia el este, el sol me ciega y tengo que aminorar la velocidad hasta llegar a una puerta enrejada que impide la entrada al recinto.

Llamó mediante el claxon y la puerta se abre hacía un lateral permitiendo la entrada del vehículo, según voy entrando en un extraño jardín de plantas bastante raras para estas latitudes, en el centro un enorme plátano de sombra  se erige majestuoso cubriendo a la vista el oscuro edificio de ladrillo y piedra gris que cobija la clínica.

Nadie sale a recibirme así que aparco el coche en una zona habilitada para ello, dónde hay otros dos coches aparcado y una ambulancia, recojo mi portafolio dónde llevo los extraños apuntes que el amigo de Lendon me dejo y me dirijo hacia la puerta.

La recepción es algo siniestra, una lámpara sobre un mostrador expande una tenue luz suficiente para alumbrar este pero dejando en penumbra el resto de la sala. Allí un viejete con enormes gafas y un ridículo bigotito gris ordena unas carpetas en un enorme archivador situado en la pared detrás del mostrador, me mira con ojos de disgusto y sin muchas prisas termina de colocar las carpetas y se vuelve hacía mi.

-El Sr Filoxides supongo, me dice sin mucho interés.

-Efectivamente. Le contesto con la misma frialdad que la suya.

-Espere un momento allí sentado (me señala un sillón de cuero) mientras aviso al Doctor.

El antipático abuelo desaparece detrás de una puerta y yo me quedo sentado en el incómodo sillón que junto a otro similar componen junto a una mesita el único mobiliario de la sala.

-El doctor le atenderá en unos minutos. Me suelta el abuelo sin mirarme siquiera.

Mientras me entretengo ojeando unas revistas que hay sobre la mesita, la mayoría son sobre cuestiones médicas, tratamientos, productos farmacéuticos, etc.

A los diez interminables minutos aparece el Doctor López-Fhis, es un hombre de mediana edad, bastante alto muy delgado de un color cetrino que me extiende una larga y nervuda mano que estrecho con cierta repugnancia, su mano está fría, muy fría como si hubiera estado tocando hielo o algo similar pero muy secas.

-Bien, estimado Señor. Usted me dirá el porqué de su visita, me suelta con una cínica sonrisa que más bien es una mueca, su boca es pequeña con unos labios muy finos y unos dientes no muy blancos.

Como le comenté por teléfono hace años recibí una carta de un tal Lendon, solo Lendon que permanecía internado en una prisión de Arizona, cuyo último interno salió de allí en el año 1909 pero la carta tiene el sello de la prisión de 1999 y como Usted puede ver viene firmada por el director de la Prisión.

Le enseño el documento al Doctor que lo lee con cierta indiferencia para comentar después.
-Es extraño, lo reconozco…¿pero qué tiene esto que ver conmigo?

-El personaje que me entrego esta carta más estos apuntes que traigo conmigo estuvo años bajo tratamiento de Usted y creo que también estuvo ingresado en esta clínica durante varios años.
-Es probable pero comprenderá que por aquí pasan muchos pacientes al cabo del año con todo tipo de esquizofrenias y yo no me puedo acordar de ellos, Usted no se puede imaginar la cantidad de historias que escucho y los problemas que debo intentar solucionar, tendría que revisar mis archivos que como puede Usted ver no están informatizados. (Me señala el enorme fichero)

-Creo que el personaje en cuestión estuvo aquí ingresado en el año 2000 permaneciendo ocho meses y tres días, según consta en una factura que me llegó junto a los papeles que le he enseñado además incluye un parte médico y el alta correspondiente, en el parte se define la enfermedad como esquizofrenia paranoica con grado de violencia máximo por lo que se precisa internamiento en centro especializado.

-Pero en cambio Doctor, Usted le dio el alta y este hombre apareció ahorcado en un hostal de carretera a las pocas semanas. La policía encontró un par de cartas en su bolsillo una dirigida a Usted y la otra dirigida a Lendon, esta más bien es una nota dónde le agradece su amistad durante tantos años y le dice que siga trabajando en lo que más le gusta y eso es lo preocupante, la misiva dice textualmente:

“Busque Usted mi querido Lendon la felicidad de la gente liberándola de sus múltiples miserias y vicios, siga con su ejemplar tarea de acabar con ellos sin sentir ningún placer solo por la necesidad moral de darle un sentido a sus vidas”

-¿No cree Doctor que este sujeto, no debía andar suelto por ahí?

¡¡Ah, ya lo recuerdo!!. Si la policía estuvo por aquí pero sus pesquisas demostraron que ese pobre hombre solo era un desequilibrado sin más y desgraciadamente cómo él hay muchos pateando las calles a todas horas.

-Podría Doctor mirar en sus archivos el expediente de este enfermo?

-Mi ayudante lo hará, ahora discúlpeme tengo pacientes que me necesitan.

El Doctor se da media vuelta sin despedirse y desaparece por la misma puerta que llegó, el viejete de la recepción me pide el número de teléfono y me indica que en cuanto pueda me llamará.

Al salir me fijo en una pintada que debe llevar allí mucho tiempo, está escrita al lado del muro que separa el jardín del exterior, la pintada muy bien escrita con una caligrafía perfecta dice así:
“Que alegría morir en la silla eléctrica. Será el último escalofrío. El único que todavía no he experimentado…” J.D.

Sin mucho entusiasmo me pongo en marcha de vuelta a mi pueblo, pensé equivocadamente que me sería de gran ayuda la visita a la clínica pero ni el doctor aquel estaba por la cooperación ni aquel desvencijado archivo me daría las pistas que estaba buscando para desentrañar el enigma que me inquietaba desde que recibí los papeles.  

He estado bastantes meses sin pensar en el tema. Llamé varias veces a la Clínica sin respuesta alguna, o bien estaban ocupados o el teléfono permanecía comunicando durante horas, nadie me devolvió la llamada ni supe nada del Doctor. Cansado de esperar me puse en contacto con el Ayuntamiento de la ciudad y la contestación me dejó de piedra. ¡¡Allí no había existido nunca una clínica mental en  ese lugar y el citado Doctor no aparecía en ningún listín telefónico, ni estaba acogido a ningún colegio o sindicato, como último intento llamé a la telefónica y me dijeron que ese abonado no existía, cuando le dije que había estado hablando con ellos varias veces en los últimos meses me contestaron que en el control de llamadas con el cual se hacen después los cobros esas llamadas no aparecen.

He tratado de olvidar el asunto, pues a buen recaudo los papeles que ese infeliz me dio y pasar de ello.

Sr. Filoxides tiene usted una carta certificada me dice la señorita cartero cuando entraba en el portal de casa.

¿Una carta certificad, que raro? Desde que me jubilé no recibo carta alguna exceptuando del banco, publicidad o de la Seguridad Social pero certificada ninguna.

Firmo y me subo a casa con ella, abro la puerta y me dirijo a la terraza, cuando hace buen tiempo paso prácticamente todo el día en ella, me siento y abro la carta.

“Mi querido amigo, siento con gran pesar que Usted me ha olvidado, llegué a pensar que podría ser una de la pocas personas que me comprendería y por ello le envié a mi hermano Albert con ciertos papeles para que Usted indagara, ahora veo con cierto fastidio que me equivoqué, Usted no es la persona indicada para comprender lo que el Superior Conocimiento da a personas como yo. Quise erróneamente qué Usted se ocupase de mi caso, llevo encerrado aquí en la Prisión de Yuma desde 1888  he visto salir a muchos compañeros, la mayoría en cajas de madera de pino y algunos pocos excarcelados, la mayoría eran unos indeseables, asesinos del tres al cuarto, traficantes, estafadores, violadores, unos imbéciles que se movían por simple instinto, por el placer de matar, violar o saquear. Yo no soy de esos y por ello llevo aquí tantos años, ahora estoy solo hace unos meses se llevaron al último, era un gordo patán que había degollado a su suegra o al menos de eso fantasmeaba, se los han ido llevando a una cárcel nueva creo. Yo sigo aquí solo como siempre he estado, perfeccionando mi arte, enseñando a los pocos elegidos que merecían el que yo les ilustrara sobre la “Salubridad Social” es como yo llamo el ir limpiando esta de individuos nocivos, mequetrefes sin espíritu alguno, muertos en vida por la desidia, la pereza o la monotonía, yo limpio la sociedad de estos pobres hombres que no tienen nada que aportar, solo respiran y molestan con su simple presencia a personas como yo, he librado a la sociedad de más de cien idiotas, la mayoría por el sistema que más me gusta , el estrangulamiento, les miro a los ojos, ojos sin vida, sin alma de pequeños hombrecillos que van a trabajar todos los días comen y defecan, hablan poco con sus mujeres y menos con sus hijos, les libro a estos de la agonía de tener que soportar a padres así. A otros les corto la garganta, es algo más cruel o efectista pero el sentir cómo se ahogan con su propia sangre me ayuda a entender que estoy haciendo el bien y por último utilizo el puñal o el cuchillo, es menos directo, la distancia no me aporta la satisfacción de sentir entre mis manos el calor de la sangre o de las venas mientras se colapsan. ¡ Si amigo yo soy un gran exterminador de una plaga que inunda la tierra, el <hombrecillo>!.

PD. Ahora he de buscar alguien que continué mi labor, alguien con el suficiente amor por la humanidad para que sea capaz de limpiarla como yo lo he ido haciendo durante años.
Si todavía tiene Usted interés en mi caso deje una luz encendida durante la noche para que yo pueda verla. 
  A.S. Lendon  Prisión Territorial de Yuma, Tercera Galeria, interno 00001 (Arizona)

miércoles, 22 de febrero de 2017

Tobi el vencejo



En uno de mis viajes por trabajo me ocurrió un hecho que me  marcaría  a mí y al resto de mi familia para siempre.

Fue durante una noche a principios de Junio durante el año dos mil seis en la ciudad de Úbeda en la provincia de Jaén, había estado trabajando toda la semana por la región en compañía de un colega. Durante el día comíamos allá por dónde teníamos clientes que visitar pero al llegar la noche un par de cervezas y cada uno por su lado, él a su casa y yo al Hotel.

Ese jueves había sido un día muy caluroso, salí del Hotel sobre las ocho y media de la mañana, me di una vuelta por los alrededores hasta que llegó Loren a recogerme; de Úbeda a Jaén dónde trabajamos por la mañana, comimos a las afueras y por la tarde estuvimos en Linares; el verano se había echado encima y el calor se hacía bastante insoportable al mediodía, la tarde mejoró bastante y a las nueve de la noche regresamos a Úbeda, nos despedimos en la puerta del Hotel, subí a dejar el maletín, ducharme y llamar por teléfono a casa, sobre las nueve y media en mangas de camisa pues el calor aunque más suave seguía firme e invitaba a ello, salí a cenar en una terraza justo enfrente del Hotel.

Mientras cenaba unos chiquillos recogieron algo del suelo, no le preste mucha atención hasta que uno de ellos se acercó y me enseño lo que habían cogido. Era un polluelo de no sé qué ave, debió caerse de algún árbol y no tenía plumas para volar ni fuerzas para cobijarse en algún sitio, el crio me dijo que no podía quedárselo y que los demás tampoco, así que me vi cenando con un invitado imprevisto al cual no sabía que darle, le puse agua en un plato pero no bebía, el pico al acariciarle era una ternillita blanda, muy frágil así que desistí. Terminé de cenar pague la cuenta y cogí al polluelo, en el jardín del interior del hotel pensé que estaría mejor y que probablemente sus parientes le recogerían como algunas veces había visto en documentales de televisión.

A la mañana siguiente desayuné y con la maleta baje al coche, era viernes y trabajaríamos en Andújar y Bailen, después de comer yo en mi coche regresaba para Madrid mientras Loren terminaba unos asuntos pendientes y volvía a su casa.  Mire en el sitio dónde la noche anterior había dejado al polluelo y mi sorpresa fue que seguía allí, en el mismo sitio dónde le dejé. Pedí una caja en recepción y metí al polluelo, los dos nos metimos en el coche a esperar al compañero.

En todos los clientes dónde estuvimos trabajando pregunté qué tipo de pájaro era aquél suponiendo que al ser gente de campo o al menos más relacionada con él me podrían indicar que hacer pues temía que el animalito se pudiera morir de hambre o de sed, el calor se iba adueñando del día y yo no me atrevía ni a poner el aire acondicionado del coche por temor a que se me muriera mi pequeño compañero.

Al mediodía en un restaurante a las afueras de Bailén una señora, cocinera del local, me dijo que probablemente se muriera pues solo la madre le podría dar de comer y que creía que podía ser un cuervo o algo similar.

Viendo que todos eran igual de ignorantes que yo, no me lo pensé y tiré para Madrid con él, le puse en el suelo del coche para que no le diera el aire o le molestara el sol y con un recipiente pequeñito de agua y una migas de pan al lado, así hasta mi casa de Madrid.

El recibimiento fue apoteósico, mi hijo le bautizo con el nombre de Tobi y mi mujer salió corriendo a la pajarería más cercana para ver cómo le podíamos alimentar, nos recomendaron que le llevásemos al día siguiente y así hicimos, le desparasitaron y nos dijeron que era un polluelo de vencejo y que solo podría volar si le soltábamos al aire cuando estuvieran las alas hechas pues aún eran solo unos pequeños brotes como si de cáñamos se tratara.

La paciencia de Ana con Tobi fue enorme, le daba agua con una jeringuilla y le preparaba trocitos de carne cruda y huevo cocido, le hacía una pasta y le abría el piquito con sumo cuidado para que este fuera comiendo poco a poco. Le preparo una cajita con plumas sobre los trozos de una antigua chaqueta de piel que rompió para ello y poco a poco Tobi se fue haciendo un precioso pájaro. Yo seguí con mi trabajo pero cada viernes al volver a casa veía como Tobi iba cambiando en todos los aspectos, le iba saliendo un plumaje grisáceo y blanco, pero lo que más me impresionaba eran sus ojos, aquel animal hablaba por sus ojos, unos enormes ojos negros que nos tenían prendados a los tres.

El veterinario nos advirtió de que Tobi tendría que echar a volar un día de estos y que nosotros deberíamos ayudarle, así mi hijo le soltaba sobre la cama para ver si ya estaba apto para el vuelo, día tras día Tobi se mantenía un poco más en el aire pero caía sobre la cama a los pocos segundos.

Durante tres meses tuvimos a Tobi en casa, cuidándole, dándole de comer aquello que el veterinario nos indicaba, mi hijo le traía gusanos y larvas, mi mujer seguía al pie de la letra los consejos del veterinario le seguía dando de beber con una jeringuilla hasta que Tobi comenzó a beber por su cuenta.

Por fin Tobi se mantuvo en el aire, mi hijo le tuvo por casa volando posándose en las lámparas y yendo sobre los armarios, cada día un poco más,  él le impulsaba y Tobi cada vez volaba con mayor seguridad.

Llego la hora, Tobi estaba apto para volar, para volver con los suyos, para abandonar nuestra casa, el animalito nos lo pedía con esos ojos negros intensos, tenía que irse ya estaba listo, así que una mañana cogimos a Tobi y nos fuimos al puerto de Cotos en Navacerrada, el animal temblaba de la emoción, sabía que aquel era su día, lo presentía y nosotros llenos de tristeza sabíamos que Tobi debía irse, volver con los suyos, volar por los cielos, cazar él solo, vivir su vida. Mi hijo cogió a Tobi le beso en esa cabecita e impulsándole hacía arriba le soltó. Fue sorprendente, Tobi volaba, volaba con una majestuosidad propia de cualquier gran ave, le vimos alejarse hacia el Norte, con seguridad hacía la libertad, con sus parientes.

Y nosotros nos quedamos destrozados, sabíamos que habíamos hecho lo correcto, que era nuestro deber dejar a Tobi emprender su camino pero….. de vuelta a casa nadie hablo, no podíamos hacerlo.

Suerte Tobi
Filoxides de Ursalia

La Residencia



Pablo  languidece en la Residencia, hace ya más de cinco años que llegó a ella obligado por las circunstancias, su mujer Pepita, había fallecido hace ahora siete años y para Pablo fue el principio del fin.

Pablo y Pepita se conocieron nada más volver él del Sáhara dónde había prestado el servicio militar allá por los sesenta, fue un flechazo instantáneo, ella trabajaba en los Talleres que tenía Intendencia Militar en la Avenida de Barcelona muy cerca de dónde vivía y cerca también del taller de chapa desde el que Pablo la veía salir a la hora de comer con otras compañeras en dirección a la calle Abtao. Pablo buscaba la excusa en el taller para salir detrás de ella y sin decirle media palabra la seguía hasta su casa, ella se daba cuenta y tonteaba con el panadero, la chiquita del kiosco de prensa y con medio barrio para enfado de Pablo que se sentía celoso sin haber siquiera hablado una sola vez con Pepita, por fin el encontronazo gracias a un tacón roto, unas risas, unas miradas cómplices y desde ese momento hasta cuarenta años después Pepita y Pablo no se separaron nunca.

Se casaron en una pequeña Iglesia en la barriada de Vallecas, y alquilaron un piso en la calle Peña Prieta muy cerca de dónde vivían los padres de Pepita, Pablo era huérfano desde hacía muchos años, su padre murió tísico por culpa de la guerra y su madre le siguió un par de años después de pena y cansancio.

Pablo recuerda el nacimiento de su único hijo Eduardo, su bautizo, la primera Comunión de este, los problemas en la Escuela a causa de la poca atención del muchacho y que le obligó a llevárselo al taller en cuanto cumplió los catorce años, después este se marchó a Alemania siguiendo a otros amigos que le allanaron el camino y allí se caso, tuvo dos hijos y al principio venían todos los veranos a casa para ver a sus padres, después según se iban haciendo mayores los críos pasaban por casa un día o dos camino de la playa hasta que destinaron a Eduardo a Chile y no le volvieron a ver, unas cuantas cartas cada vez más espaciadas, una llamada telefónica por Navidad y nada más.

Le envió un telegrama cuando murió Pepita y tuvo la contestación casi un mes después disculpándose y nada más, que tal estas Papa, como te va, en fin cuatro palabras y nada más. Pablo se quedó solo, en una casa que se iba haciendo vieja a pasos agigantados, superando la vejez de Pablo y la de los otros inquilinos que habían llegado a ella más o menos cuando Pepita y Pablo y que la muerte en algunos casos, y en otros menos afortunados los hijos les"exiliaban"  a una Residencia, mientras los menos  se habían ido a vivir tranquilamente con sus hijas y sus nietos.

Mientras Pepita vivía la jubilación le había parecido a Pablo el Edén, todas las mañanas iban a desayunar su café con churros a un barecito en la esquina con Valdearribas, después un paseo por un jardín cercano dónde veían correr a los críos, las mascotas, oían a las mamas charlar, más tarde compraban el pan dónde siempre se acercaban a la tienda de ultramarinos para hacer la pequeña compra diaria, se entretenían viendo escaparates y saludando a los vecinos que se encontraban al paso y para casa. Pepita era una gran cocinera y pronto se ajustó a la modesta pensión, para Pablo era todo un orgullo comentar a los conocidos que nunca había comido una tortilla de patatas como la que preparaba Pepita ni unos callos con garbanzos como los que igualmente ella cocinaba. Discutían como todas las parejas, pero no tardaban ni diez minutos en reconciliarse, eran tal para cual.

Su muerte fue un duro palo para Pablo, todo se precipito, aunque esto iba ocurriendo desde hacía años él no se había dado cuenta o no quiso hacerlo, el barrio no era el mismo, la casa estaba casi inhabitable y el casero había muerto hacía cuatro o cinco años dejando la propiedad en manos de una inmobiliaria que pretendía echar a los vecinos de allí y derruir el edificio, los vecinos se habían ido marchando y sus pisos los ocupaban inmigrantes, no eran malas personas pero rompían la tranquilidad que hasta entonces había tenido la comunidad dónde solo se escuchaba la radio de Carmen una señora algo sorda que vivía  en el tercero pero que daba al otro lado de la escalera por lo que Pablo casi no la oía. Ahora estos nuevos vecinos con más hijos pequeños y otras costumbres rompían la placidez del edificio. Los sábados por la noche era insoportable el estar en casa, las televisiones echaban humo, la música a todo volumen y las broncas y borracheras con vómitos en medio de la escalera o peleas entre familiares eran continuas hasta llegado el lunes donde la civilización volvía otra vez a la vivienda.

Pablo solo y con este ambiente procuraba pasar en la calle todo el tiempo posible y sus piernas le permitían, en invierno se cobijaba en el bar de enfrente pero poco a poco este se fue llenando de unos salvajes que trapicheaban con droga y pegaban a los chicos del barrio presumiendo de sus raíces caribeñas. Todo esto unido a su soledad iba volviendo a Pablo en un viejo taciturno, triste y cada vez más débil; por mediación del hijo del panadero cuya mujer era asistenta social le estaban buscando una residencia. Pablo no quería abandonar su casa a pesar de todo pero se decidió a ello cuando la policía tuvo que intervenir una noche reventando la puerta del bajo C y apresando a una familia marroquí por asuntos de terrorismo. En esa casa había vivido hasta su muerte un matrimonio, ella peluquera y el guardia civil retirado, ambos llevaban en la casa más de cuarenta años, cuando él murió Carmen así se llamaba la viuda se fue a vivir con una hija a Sigüenza dónde falleció al poco tiempo.

Recogió las cuatro cosas que cabían en una maleta y siguiendo como un perrillo a Jenny la asistenta social terminó en una Residencia en medio de la nada cerca de la Carretera de Andalucía  entre una escombrera  y  una horrible y ruidosa gasolinera.

No sabe cuánto tiempo lleva allí, a veces le parece que fue ayer cuando llegó, le vacunaron, le visitó un médico, le recetó un montón de pastillas, le metieron en la misma habitación que ocupaba un pobre loco y le dejaban salir a la terraza con el grupo, nunca solo. Aquello es lo que peor llevaba, era como ser parte de un rebaño de inválidos, restos deformes y maltrechos de lo que había sido una humanidad normal, ahora quejosa, quebrada y maltratada por la vida y el destino.

Sabe que el final se aproxima, la muerte le ha avisado en forma de infarto dos veces y presagia que la tercera será la definitiva, ahora espera tranquilamente que llegue el momento. Mientras tanto y gracias a su todavía  capacidad de atraer a las personas ha convencido a la cuidadora para que le deje salir un ratito, solo un ratito de diez minutos a la terraza mientras los demás residentes dormitan en le salón viendo la televisión.
Filoxides de Ursalia