Ya hace un año que dejé aparcada mi novela: La Historia Inverosímil de
Rudolf Haller. Los primeros capítulos fueron obra de ciertas ensoñaciones que
me inspiraron tanto el relato como la figura de Rudolf, hasta el punto que
llegué a confundir el sueño con la realidad; fueron días febriles dónde intentaba
escribir sin errores todo lo que había soñado la noche anterior.
De repente los sueños cesaron dejándome vacío, sin poder continuar el
relato pues todo aquello que se me ocurría durante el día, una vez escrito, lo
borraba por inadecuado, falto de fuerza o simplemente vacío de contenido. Así
estuve varios meses hasta que por casualidad alguien me puso en contacto con Ansaldo.
Ansaldo vive en una casita a las afueras de Patones pueblito cercano a
Torrelaguna, es una casa rústica, pequeñita dónde un salón con chimenea es la
principal habitación de la casa, aquí Ansaldo cocina en un infernillo que
coloca en la chimenea dónde siempre hay una tetera con infusiones de hierbas recogidas
por él mismo. Arriba en una habitación aguardillada tiene su dormitorio y el
lavabo, nada más, algún armario, una mesa, dos sillas y una mecedora son prácticamente
los pocos muebles que llenan la casa, eso sí en un rincón frente a la chimenea
una estantería repleta de libros destaca entre la sobriedad del salón.
Me acompañó a verle mi amigo “Policrates”, ambos se conocen desde hace
bastantes años gracias a la afición de los dos por las hierbas medicinales.
M.M. Policrates me contó que Ansaldo se había curado de un cáncer de estomago,
el solo, gracias a ciertas hierbas que recogía en determinado momento del día y
en algunos en especial.
Ansaldo saludó cortésmente a Policrates llamándole por su nombre real
Manuel, este me presenta a mí y le decimos que vamos de parte de Román un viejo
discípulo de él, Ansaldo no le recuerda pero nos acepta de igual manera.
Mientras me recreo observando su casa, Manuel y él charlan sobre
ciertas hojas curativas que están depositadas en un tarro y que al parecer solo
se dan en ciertas zonas de la sierra madrileña, Ansaldo parece disfrutar al
enseñarle a mi amigo toda clase de plantas, hongos, raíces y extraños frutos
que en mi vida he visto.
Por fin de percatan de que yo también estoy allí y Ansaldo me ofrece
una silla mientras me pregunta cuál es el sentido de la visita. Algo nervioso y
un poco ofendido por no haber sido tenido en cuenta durante unos quince minutos
que se me hicieron eternos solté de golpe:
-¡Quiero recuperar mis sueños!
-Difícil tarea para un hombre que sigue apegado al pasado y que mira
hacia el futuro con preocupación o mejor dicho con miedo. Me suelta de sopetón,
sin mirarme mientras sus manos se ocupan de la vieja tetera que desprende vapor
en el infernillo.
-Me dijeron que Usted podría hacer que los sueños volvieran tal y como
los tuve hace ahora un año y veo que probablemente me haya equivocado de
persona.
-Mi querido amigo, yo poco le puedo aportar, es Usted el que tiene o
debe tener el control sobre su imaginación, si acaso le puedo indicar cierto
entrenamiento que le puede ayudar pero siempre que Usted crea, o más bien tenga
fe en ello.
Mientras me habla, sirve la infusión que estaba preparando en unas
tazas de madera, el aroma es especial, extraño, no es desagradable pero me
resulta imposible poderlo comparar con algo conocido.
-Tomemos esto caliente viene muy bien para relajarse, dice sin más
mientras lo termia de servir.
Me fijo en un trozo de madera oscurecido por el fuego de la chimenea y
que está sobre esta, en negro sobre el color marrón oscuro de lo que fue barniz
está escrito: El Arco del Cielo, no entiendo lo que significa pero tampoco
pregunto por ello a Ansaldo. Tomamos en silencio el extraño potingue y antes de
que digamos nada Ansaldo como leyendo nuestro pensamiento dice:
-Nunca utilizo azúcar, es un veneno para el organismo.
-Ni azúcar morena le contesto.
-Tampoco, contesta lacónicamente.
Ahora Ansaldo se levanta de un pequeño taburete que había sacado de
debajo de la mesa y dirigiéndose a mí me suelta:
La base para controlar los sueños es principalmente la respiración,
hay que hacer una hora antes de acostarse unos simples ejercicios respiratorios
mientras el cerebro se queda en blanco y la mirada se fija en un objeto como un
libro una lámpara o simplemente en un insecto. Si el cerebro no piensa, es
decir solo actúan los sentidos oiremos
el sonido del insecto, el crepitar del fuego de la lámpara o la vibración de
las hojas del libro. Al principio resulta difícil poderse concentrarse, para
ello se debe inspirar por la nariz pero el aire debe ir al estómago no a los
pulmones, y al echar el aire, este debe salir del estómago directo a la boca y
de ella afuera, se debe mantener el aire en el estómago todo el tiempo que se
pueda, al principio parece que este se hincha y puede llegar a doler pero con
la continuidad respiratoria llegaremos a acostumbrarnos a utilizar el estómago
más que los pulmones.
-Eso parece yoga o algo parecido.
-No lo sé, pero se debe practicar siempre sentado o como en el yoga en
la posición del loto aunque enfermos que estaban en la cama sin poderse
levantar lo han hecho con el mismo éxito.
-¿Y con esto se consigue soñar?
-No mi estúpido amigo, con esto se consigue el dominio sobre si mismo
y una vez esto se puede mandar órdenes a los distintos órganos fisiológicos
para que estos actúen por orden de la Voluntad, separando unos órganos de otros
y consiguiendo controlar la función de cada uno. Una vez conseguido esto, tras
un continuado entrenamiento se consigue soñar despierto o dormir sin estarlo
completamente. Las ideas fluyen, los personajes del libro leído hace horas se
recrean en todo su esplendor en la mente pudiendo uno por voluntad propia
cambiar el guión a capricho.
-¿ Y….. nada más?
El perfeccionamiento del arte de la respiración lleva meses, incluso
años, una vez conseguido el dominio de este se pasa a conocer personajes que
ayudan a cada uno a establecer una armonía con sus pensamientos para que estos no
lleguen a superar el continente, es decir el pensamiento o ensoñación suele
intentar salir, liberarse y vivir su propia existencia sin contar con el cuerpo
o el cerebro que lo ha creado y para esto está el Censor del Tiempo, él marca
las fracciones ínfimas de tiempo en los sueños para que estos no superen los
límites y pongan en peligro la estabilidad emocional del individuo, aquí actúa
el Censor deteniendo el sueño y despertando al individuo.
-Probablemente eso es lo que me ocurrió a mi mientras escribía lo
soñado, la vida de Rudolf Haller llegó a obsesionarme pero aunque no conseguía quitármelo
de la cabeza mientras estaba despierto, tampoco conseguía controlar o mejor
dicho clasificar en orden lo soñado.
-Para ello está el Notario de Sueños, él clasifica, ordena y registra
todos y cada uno de los sueños para que estos sean recordados en su debido
momento. Cualquier Fantasía Onírica es archivada en perfecto orden en nuestro
Inconsciente; estas habilidades eran muy propias del hombre primitivo pero se
ha ido perdiendo según el hombre ha dejado de soñar sus propios sueños,
actualmente los sueños son importados, es decir nos son programados en el
cerebro durante el día, el trabajo, la salud, la economía todo lo que se piensa
durante el día nos obsesiona por la noche y desplaza a la imaginación hasta
suprimirla en nuestro cerebro.
Después de un corto silencio en el que Ansaldo remueve las brasas de
la chimenea dónde crujen varios troncos de leña seca que hacen saltar pequeñas
chispas azules y que alumbran la oscura habitación, este se dirige a mí en
concreto y me dice:
El Universo Onírico es tan real como este o probablemente es el que
marca el camino a seguir de los grandes hombres para que modifiquen el Mundo
Despierto, es lo que los viejos ermitaños, los druidas, algunos monjes
apartados del mundo llaman el Arco del Cielo.
Filoxides
de Ursalia