domingo, 26 de marzo de 2017

El Arco del Cielo




Ya hace un año que dejé aparcada mi novela: La Historia Inverosímil de Rudolf Haller. Los primeros capítulos fueron obra de ciertas ensoñaciones que me inspiraron tanto el relato como la figura de Rudolf, hasta el punto que llegué a confundir el sueño con la realidad; fueron días febriles dónde intentaba escribir sin errores todo lo que había soñado la noche anterior.

De repente los sueños cesaron dejándome vacío, sin poder continuar el relato pues todo aquello que se me ocurría durante el día, una vez escrito, lo borraba por inadecuado, falto de fuerza o simplemente vacío de contenido. Así estuve varios meses hasta que por casualidad alguien me puso en contacto con Ansaldo.

Ansaldo vive en una casita a las afueras de Patones pueblito cercano a Torrelaguna, es una casa rústica, pequeñita dónde un salón con chimenea es la principal habitación de la casa, aquí Ansaldo cocina en un infernillo que coloca en la chimenea dónde siempre hay una tetera con infusiones de hierbas recogidas por él mismo. Arriba en una habitación aguardillada tiene su dormitorio y el lavabo, nada más, algún armario, una mesa, dos sillas y una mecedora son prácticamente los pocos muebles que llenan la casa, eso sí en un rincón frente a la chimenea una estantería repleta de libros destaca entre la sobriedad del salón.

Me acompañó a verle mi amigo “Policrates”, ambos se conocen desde hace bastantes años gracias a la afición de los dos por las hierbas medicinales. M.M. Policrates me contó que Ansaldo se había curado de un cáncer de estomago, el solo, gracias a ciertas hierbas que recogía en determinado momento del día y en algunos en especial.

Ansaldo saludó cortésmente a Policrates llamándole por su nombre real Manuel, este me presenta a mí y le decimos que vamos de parte de Román un viejo discípulo de él, Ansaldo no le recuerda pero nos acepta de igual manera. 

Mientras me recreo observando su casa, Manuel y él charlan sobre ciertas hojas curativas que están depositadas en un tarro y que al parecer solo se dan en ciertas zonas de la sierra madrileña, Ansaldo parece disfrutar al enseñarle a mi amigo toda clase de plantas, hongos, raíces y extraños frutos que en mi vida he visto.

Por fin de percatan de que yo también estoy allí y Ansaldo me ofrece una silla mientras me pregunta cuál es el sentido de la visita. Algo nervioso y un poco ofendido por no haber sido tenido en cuenta durante unos quince minutos que se me hicieron eternos solté de golpe:

-¡Quiero recuperar mis sueños!

-Difícil tarea para un hombre que sigue apegado al pasado y que mira hacia el futuro con preocupación o mejor dicho con miedo. Me suelta de sopetón, sin mirarme mientras sus manos se ocupan de la vieja tetera que desprende vapor en el infernillo.

-Me dijeron que Usted podría hacer que los sueños volvieran tal y como los tuve hace ahora un año y veo que probablemente me haya equivocado de persona.

-Mi querido amigo, yo poco le puedo aportar, es Usted el que tiene o debe tener el control sobre su imaginación, si acaso le puedo indicar cierto entrenamiento que le puede ayudar pero siempre que Usted crea, o más bien tenga fe en ello. 

Mientras me habla, sirve la infusión que estaba preparando en unas tazas de madera, el aroma es especial, extraño, no es desagradable pero me resulta imposible poderlo comparar con algo conocido.

-Tomemos esto caliente viene muy bien para relajarse, dice sin más mientras lo termia de servir.
Me fijo en un trozo de madera oscurecido por el fuego de la chimenea y que está sobre esta, en negro sobre el color marrón oscuro de lo que fue barniz está escrito: El Arco del Cielo, no entiendo lo que significa pero tampoco pregunto por ello a Ansaldo. Tomamos en silencio el extraño potingue y antes de que digamos nada Ansaldo como leyendo nuestro pensamiento dice:
-Nunca utilizo azúcar, es un veneno para el organismo.

-Ni azúcar morena le contesto.

-Tampoco, contesta lacónicamente.

Ahora Ansaldo se levanta de un pequeño taburete que había sacado de debajo de la mesa y dirigiéndose a mí me suelta:

La base para controlar los sueños es principalmente la respiración, hay que hacer una hora antes de acostarse unos simples ejercicios respiratorios mientras el cerebro se queda en blanco y la mirada se fija en un objeto como un libro una lámpara o simplemente en un insecto. Si el cerebro no piensa, es decir solo actúan los sentidos  oiremos el sonido del insecto, el crepitar del fuego de la lámpara o la vibración de las hojas del libro. Al principio resulta difícil poderse concentrarse, para ello se debe inspirar por la nariz pero el aire debe ir al estómago no a los pulmones, y al echar el aire, este debe salir del estómago directo a la boca y de ella afuera, se debe mantener el aire en el estómago todo el tiempo que se pueda, al principio parece que este se hincha y puede llegar a doler pero con la continuidad respiratoria llegaremos a acostumbrarnos a utilizar el estómago más que los pulmones.

-Eso parece yoga o algo parecido.

-No lo sé, pero se debe practicar siempre sentado o como en el yoga en la posición del loto aunque enfermos que estaban en la cama sin poderse levantar lo han hecho con el mismo éxito.

-¿Y con esto se consigue soñar?

-No mi estúpido amigo, con esto se consigue el dominio sobre si mismo y una vez esto se puede mandar órdenes a los distintos órganos fisiológicos para que estos actúen por orden de la Voluntad, separando unos órganos de otros y consiguiendo controlar la función de cada uno. Una vez conseguido esto, tras un continuado entrenamiento se consigue soñar despierto o dormir sin estarlo completamente. Las ideas fluyen, los personajes del libro leído hace horas se recrean en todo su esplendor en la mente pudiendo uno por voluntad propia cambiar el guión a capricho.

-¿ Y….. nada más?

El perfeccionamiento del arte de la respiración lleva meses, incluso años, una vez conseguido el dominio de este se pasa a conocer personajes que ayudan a cada uno a establecer una armonía con sus pensamientos para que estos no lleguen a superar el continente, es decir el pensamiento o ensoñación suele intentar salir, liberarse y vivir su propia existencia sin contar con el cuerpo o el cerebro que lo ha creado y para esto está el Censor del Tiempo, él marca las fracciones ínfimas de tiempo en los sueños para que estos no superen los límites y pongan en peligro la estabilidad emocional del individuo, aquí actúa el Censor deteniendo el sueño y despertando al individuo.

-Probablemente eso es lo que me ocurrió a mi mientras escribía lo soñado, la vida de Rudolf Haller llegó a obsesionarme pero aunque no conseguía quitármelo de la cabeza mientras estaba despierto, tampoco conseguía controlar o mejor dicho clasificar en orden lo soñado.

-Para ello está el Notario de Sueños, él clasifica, ordena y registra todos y cada uno de los sueños para que estos sean recordados en su debido momento. Cualquier Fantasía Onírica es archivada en perfecto orden en nuestro Inconsciente; estas habilidades eran muy propias del hombre primitivo pero se ha ido perdiendo según el hombre ha dejado de soñar sus propios sueños, actualmente los sueños son importados, es decir nos son programados en el cerebro durante el día, el trabajo, la salud, la economía todo lo que se piensa durante el día nos obsesiona por la noche y desplaza a la imaginación hasta suprimirla en nuestro cerebro.

Después de un corto silencio en el que Ansaldo remueve las brasas de la chimenea dónde crujen varios troncos de leña seca que hacen saltar pequeñas chispas azules y que alumbran la oscura habitación, este se dirige a mí en concreto y me dice:

El Universo Onírico es tan real como este o probablemente es el que marca el camino a seguir de los grandes hombres para que modifiquen el Mundo Despierto, es lo que los viejos ermitaños, los druidas, algunos monjes apartados del mundo llaman el Arco del Cielo.
Filoxides de Ursalia

sábado, 18 de marzo de 2017

El Mayo del 68 de dos viejos amigos.



Tomarse una botella de vino en compañía de un gran amigo de juventud está al alcance de unos privilegiados y yo soy uno de estos.

Todos los años Manuel Martín el viejo “Polícrates” viene a Madrid para unas rutinarias consultas en el Hospital de la Paz, tuvo un buen susto allá por los noventa, al parecer el corazón no regaba como debiera y desde entonces al igual que yo tiene controles cada seis meses.

El muy libertino vive “exiliado” junto a su mujer en Cabuérniga desde que le dieron la baja por enfermedad en la Revista que trabajaba, debe llevar casado con Luisa cincuenta años más o menos y es que los viejos revolucionarios somos bastante leales con nuestras mujeres y con los amigos. 

Hemos quedado en la Calle Capitán Haya, el se hospeda en un Hotel cercano desde dónde se desplaza con comodidad al Hospital, allí en una cafetería que hace esquina con Pedro Texeira le espero sentado en la terraza; hace una mañana espléndida, parece mentira que estemos en invierno aún pero los pocos árboles que hay en el entorno están floreciendo.

Veo acercarse a mi buen Manolo con paso firme, debe estar cercano a los setenta si no los ha cumplido ya, mantiene ese buen porte de las gentes del Norte, su pelo está gris pero le cubre totalmente la cabeza y lleva gafas de sol, para presumir cómo siempre dice.

¡¡Qué tal viejo amigo, cómo te va!!

 Me pega un abrazo que hace que me suenen todos los huesos de la espalda. Siempre ha tenido bastante fuerza y le gusta demostrar que aún la tiene.

-¡Muy bien, aun que no tanto como a ti!. He oído que estas como un roble.

-Jajajaja, será por lo viejo…pero no me puedo quejar, el doctor me ha dicho que hasta el año que viene no pase por allí que estoy bien y que me largue para Cantabria.

-Eso es que se ha dado cuenta de lo pesado que eres y te ha echado de allí por ello.

Reímos como niños; Manolo se va al lavabo y yo mientras tanto pido la carta de vinos, este viejo cántabro de adopción pues nació en Madrid le gusta el buen vino y el mejor jamón, así que me adelanto a su elección para sorprenderle.

-¡Hombre, al fin has aprendido algo bueno, te has pasado al vino.

Me suelta de sopetón mientras se sigue subiendo la cremallera de la bragueta que se le debe haber atascado.

-Esta mierda de cremallera me tiene cabreado, se engancha cada dos por tres.

-¿No pensaras que te la suba yo, viejo inmoral?

-Jajajaja,. Aún me valgo.

La camarera, una chica mulata, nos trae el vino que he pedido y un plato de jamón, este tiene un aspecto estupendo y desprende un aroma profundo.

-Qué cosas se pierden los musulmanes, Mahoma no lo debió catar, si no esta prohibición la quita de un plumazo. Dice Manolo mientras se come una buena loncha.

Conocí a Manuel Martín por pura coincidencia allá por el año 68, fue en una reunión de chicos y chicas en casa de un amigo en común ya fallecido, este nos presento y desde entonces hemos desarrollado una muy buena amistad; yo había dejado los estudios hacía unos meses. La situación económica de mi familia necesitaba que yo aportara dinero en casa y me tuve que poner a trabajar, Manolo estudiaba periodismo y lo acabó a los dos años de conocernos. Vivimos con intensidad aquellos meses locos que derivaron en cambios sorprendentes especialmente en Europa.

-Mientras en Paris los estudiantes obligaron a De Gaulle a convocar elecciones y en el bloque del Este, Hungria y Checoslovaquia se rebelaban contra el poderío soviético aquí vivíamos nuestra “revolución casera”. Dice Manolo mientras acabamos el jamón.

-Así es pero tuvo connotaciones positivas dentro del país, ciertos sectores se sensibilizaron ante el aislamiento que nuestra política había mantenido en casi todos los sectores.

-No te engañes Filoxo, aquello fue un espejismo. Todos de una u otra manera queríamos cambios, no sabíamos cuales en concreto pero tras la rebeldía de la edad, la falta de libertad o lo que fuera dimos pie a que las cosas se arraigaran más, al menos aquí en España.

-Pero tú eras de los que creías en el cambio, recuerdo cuando te “bautizaste” como Polícrates” en un acto ceremonial dónde intervino el sutil “Harpago”.

-Si…. Y que termino con cinco o seis cubatas por cabeza y todos con una melopea del carajo.

-Jajajaja, ya no me acordaba de ello. ¡Si, fue genial! Recuerdo a una pelirroja que salía con Harpago que se desnudo con un frío de miedo y se puso a cantar la Marsellesa, menudo pedal.

-En la Revista puede comprobar las consecuencias, años después. Entre en ella en el año 70 y en la Redacción ya había dos bandos totalmente radicalizados, uno lo formaban los redactores más viejos, falangistas la mayoría y que representaban paradójicamente la izquierda y el otro más cercano al Consejo de Administración compuesto principalmente por personas próximas a Acción Católica y después al Opus Dei, ni decir tiene que estos últimos controlaron la Revista hasta su cierre ya en este siglo.

-Pero me has de reconocer que fueron los mejores años de nuestra vida, aunque no supiéramos hacia dónde se encaminaba esta ni imagináramos remotamente nuestro destino.

-Efectivamente, fueron sensacionales; devorábamos todos los libros que olían a apestados, bebíamos como cosacos, reíamos por cualquier cosa y estábamos felices siempre. Tú obsesionado con Wagner y su espíritu revolucionario, el pobre Harpago devoto de Lenín hasta que le destinaron por mediación de la que luego sería su mujer a los Astilleros de La Coruña, allí terminó su vínculo revolucionario cuando la Empresa le puso un 1.500 a su servicio con chofer y todo para que visitará los diferentes centros de la Empresa.

-Yo nunca me fié de él, había algo extraño en su mirada, como si te estuviera siempre analizando, era como cuando una fiera está pendiente de su presa antes de devorarla.

-¡Va!, le tenias manía porqué era bastante tacaño y eso te encendía.

-Puede ser que así fuera pero nunca llegué a fiarme de él y su deriva me demostró que era solo fachada.

-Bueno, eso le pasó a muchos, acuérdate del bueno de Ignacio, en cuanto el padre le reclamo para que se hiciera cargo de la empresa de pinturas dejó a la novia, una simpática sindicalista que luego haría carrera en Comisiones Obreras, y ahora es un empresario de postín liado con una conocida locutora.

-Ya, pero que quedó de todo aquello, de la necesidad de cambiar el mundo en parte, al menos en lo concerniente a lo cultural sin dejar a un lado todo lo social y económico.

-Filoxo, eres un ingenuo, siempre lo has sido, las cosas se hacen y ya está, nunca esperes nada de ellas. Aquél espíritu revolucionario, anarcoide, liberalizante si se quiere, acabó en los hippies, el LSD, la caída de De Gaulle, la OAS, el comienzo del resquebrajamiento del bloque soviético, aunque este como todo funcionariado tardaría unos cuantos años en desmoronarse y como no cierto aperturismo aquí en España que hubiera sido más rápido y profundo si ETA no hubiera estado sustentado el Régimen, sin querer por supuesto, pero sus matanzas eran correspondidas con un control policiaco propio de una guerra civil encubierta.

-Aquí las cosas fueron diferentes, al menos eso creo yo.

-Cierto es que las cosas eran diferentes aunque también cierta parte de la juventud, universitaria principalmente,  reacciono en revueltas desde el año 65. La perdida de de sus cátedras de los profesores Tierno Galván, García Calvo y López Aranguren, provocaron una reacción de apoyo de muchos otros colegas caso de Antonio Tovar o J.Mª Valverde que dimitieron, pero todo esto se quedo en el ámbito universitario y estudiantil, eran años de progreso económico gracias al Segundo Plan de Desarrollo y los españolitos presumíamos de nuestro seiscientos o del cuatro por cuatro y la empanada los domingos en el campo o la playa. Aquí no salió ningún Sartre, fueron los cantautores principalmente Raimon el que lidero a los demás como Serrat, Rosa León y otros que se unieron a la protesta, la Iglesia ya comenzaba a ponerse en contra del Régimen que la había sustentado y protegido en el 36 y dieron pie al Estado de Excepción en el año 69.

-El asalto por la Policía al convento de Capuchinos de Sarria pudo ser el detonante??

-La Iglesia española siempre ha sido muy cauta en cuanto a compromisos políticos, consciente de que estos son efímeros, gracias a ello le permiten sobrevivir dos milenios

-Ella consintió la asamblea del Sindicato Democrático Universitario en su recinto.

-Efectivamente, pero como te dije, por un lado consentía sino apoyaba esta clase de “irregularidades políticas” por otro lado apoyaba al Régimen sin fisuras, son las cosas de la Iglesia.

-¿En el plano intelectual, que fracasó?

-No digo que aquí no tuviéramos intelectuales de talla con conceptos aperturistas o democráticos pero o no estaban a la altura de Alain Krivine o Daniel Cohn Bendit en cuanto a su liderazgo universitario, ni en el plano político teníamos a un Alexander Dubcek, pero tampoco estábamos intervenidos por la Unión Soviética. Repito la situación económica era buena en general y los acontecimientos en Madrid o Barcelona no trascendieron al resto de España ni a los españoles les preocupaba mucho lo que pasaba fuera.

-¡Pan, toros y fútbol!

-En parte sí, pero hay otros aspectos a tener en cuenta, como por ejemplo la influencia que tuvo en estas revueltas parisinas el partido comunista francés que veía la posibilidad al igual que sus homónimos checos o rumanos un cambio hacia lo que le llamó “socialismo humano” y giró hacia el maoísmo que parecía innovador ante el pesado engranaje soviético, aquí el partido comunista estaba prohibido y sus dirigentes vivían tranquilamente esparcidos por Europa sin mucha afinidad entre sus líderes que se acusaban los unos a los otros de estar vendidos a Franco o que habían sido traidores a la República. Aquí no existía un Marchais un Cunhal o Berlinger que abanderaran esa bandera revolucionaria.

Se había hecho tarde, habíamos estado charlando toda la tarde y además las dos botellas de vino iban haciendo mella en nuestra memoria.

Bueno, creo que se va haciendo tarde.

Manolo mira el reloj y  se levanta haciendo un gesto al a camarera para que se cobre la consumición.

-Nada de eso, Manolo te he invitado yo.

-Tranquilo hombre, déjame pagar al fin y al cabo te lo debía, te había prometido una invitación la última vez que nos vimos, te dije que si el médico me daba el alta te invitaría y una promesa es una promesa, además seguro que Luisa ya está en el Hotel de vuelta de sus compras, seguro que la tarjeta echará humo.

Nos damos un fuerte abrazo y nos separamos, Polícrates, el viejo Polícrates, se marcha en dirección al Hotel que está unos cien metros de la cafetería y yo me vuelvo hacia el aparcamiento dónde deje la furgoneta aparcada.

De camino al pueblo, bajo la ventanilla del coche el aire fresco de la tarde me despabila de los vapores del vino. Salir de Madrid a estas horas es un verdadero problema, el tráfico es enorme en todas direcciones, alcanzo la autopista por fin después de media hora, se ha hecho de noche y el aire es bastante frío, me vienen a la mente todos los amigos de aquella época, Polícrates, Harpago,……., todos jóvenes idealistas, en cierto modo equivocados pero jóvenes ilusionados por las cosas en que creíamos. Hoy las cosas son diferentes o al menos yo lo creo. Llego al pueblo, ya estoy en casa.
Filoxides el Crítico

viernes, 10 de marzo de 2017

El Desencantador de Cuentos.




Mi Señor es un extraño personaje, ya me lo advirtieron mis parientes cuando iba a entrar a su servicio, algo excéntrico, siempre absorto en su pensamientos, parecía estar en otro mundo aunque percibía con suma claridad todo lo que acontecía a su alrededor.
Nunca supe con exactitud a que se dedicaba, eran pocas las veces que me permitía entrar en su despacho y una vez dentro no me dejaba que permaneciera durante mucho tiempo. Este, estaba lleno de estanterías dónde se agolpaban cientos de libros, entre estas, unos enormes retratos de extraños seres, mitad hombres mitad animales, que me seguían con los ojos en el poco tiempo que Mi Señor me permitía estar allí.
Un atardecer del mes en honor a Augusto, en plena canícula veraniega, me llamó a su despacho, para ello usaba un pequeño telefonillo que unía su sala de estudio con la cocina, no tardé más de dos minutos desde la cocina hasta el despacho de Mi Señor.
-Necesito de tú ayuda para mi trabajo.
 Me dijo sin más mientras me hacía un gesto para que me acercara a su mesa.
-Tienes que acompañarme en mi próximo viaje a través del libro.
Me quedé perplejo, no sabía que contestarle; ya me dijo el día en que entre a su servicio que por culpa de su defecto físico, tendría que acompañarle en algún de los viajes que hacía, no puse ninguna objeción pues apenas tengo familia, unos primos en una aldea cercana y mi hermana a dos leguas de esta villa, pero no había visto ningún movimiento por parte de Mi Señor en los últimos días que presagiara un viaje inminente, así que le pregunté.
-¿Qué debo preparar para al viaje y para cuantos días?
- Nada, debemos ir ligeros y despiertos, cómo en todos mis anteriores viajes.
No supe que contestar pues nunca había hecho un viaje con Mi Señor, así que esperé ante él para que me dictara nuevas órdenes.
-Cierra fogones y echa pestillos pues lo que tenemos que hacer nos puede llevar horas o días y si la fatalidad se ceba con nosotros, quizás años.
-Aquello me dejo helado, pero corrí presto para hacer lo que Mi Señor me había ordenado. Apagué el fuego de la cocina, retire una olla con caldo que tenía puesta al fuego, cerré ventanas y eche todos los pestillos de puertas y ventanales, eché los visillos sobre los ventanales que daban hacía el camino y cerré contraventanas. Una vez hecho esto me dirigí hacía la habitación dónde me esperaba El Señor. Cuando llegué allí, este se encontraba ante un enorme libro abierto por la mitad de dónde salían unos extraños ruidos, me hizo un gesto para que apagara unos candelabros que estaban sobre la mesa y sin más me espetó:
-Voy a desencantar el cuento de Caperucita Roja y necesito de tú ayuda.
Al decir esto mi Señor se alzó la túnica con la que cubría y pude ver una pierna horriblemente deformada que más parecía una pata de ganso que la extremidad de una persona.
-Ayúdame a entrar en el libro y sígueme después.
Le alcé sobre aquel enorme libro para ayudarle a entrar en él. El libro no tenía nada escrito por fuera, pero al asomarme pude ver como en su interior bailaban como poseídas por un demonio, letras y signos sin orden ninguno, a la vez que un extraño sonido salía de su interior. Una vez sobre el libro y con mucho cuidado fui ayudando a Mi Señor a penetrar en aquel extraño agujero que se habría para dejarnos pasar a los dos; yo mantenía sujeto por el brazo a Mi Señor y así sin darme cuenta íbamos entrando en el libro, mientras Mi Señor hacía una serie de marcas en las paredes del libro como para orientarse a la salida.
¿Has leído el cuento de Caperucita Roja, mi pobre Braulio?
-Sí Señor, pero hace muchos años de esto.
¿Y nunca has sentido curiosidad por desentrañar la Historia?
-La verdad es que nunca se me ocurrió tal cosa. Los cuentos son como son y nada más que eso cuentos, historias para niños.
-¡Ya!. Mi señor no dijo más mientras seguíamos descendiendo dentro de aquel extraño envoltorio de papel, lleno de letras que se movían alrededor nuestro.
-Todos los cuentos cuentan cosas y esconden otras mi buen Braulio y esa es mi tarea descifrar aquello que esconden u ocultan a los profanos.
Habíamos llegado a un prado verde dónde a un lado unos leñadores desbrozaban unos enormes árboles ya talados, al fondo un bosque ocultaba todo lo que hubiera más allá y ante nosotros un camino que venía desde una aldea y acababa en el bosque.
De pronto apareció una joven muy blanca que iba cubierta con una magnifica capa roja, al vernos sonrió pero no paro, siguió su camino en dirección al bosque.
¿Sabéis lo que os vais a encontrar nada más penetrar en ese oscuro bosque, mi querida niña?.
-Sí, Mi Señor, lo llevo recorriendo desde hace muchísimos años, una y otra vez con idéntico resultado, cada vez que alguien lee la historia yo me veo en la obligación de emprender el camino desde mi casa hasta la de mi abuela en el centro del bosque, le sigo llevando dulces o tortas según la historia y he de ir con esta casulla roja que incita al lobo que merodea por el bosque a que me siga y al final me engulla.
-Yo no he leído el cuento así, dije sin más. Solo se come a la abuelita.
-No Señor, yo soy la verdadera pretensión del lobo y por ello voy vestida de esta forma tan llamativa para ser una pobre aldeana.
-Ahora tendrás la protección que deberías tener si tú hacedor hubiera tenido compasión por lo que representas.
Así que colocándose al lado de la niña y apoyándose en mi, Mi Señor emprendió el camino hacia el bosque.
-Señor, puede que el malvado lobo no se digne aparecer o simplemente se coma a mi abuelita y desaparezca.
-No lo hará, su compromiso es igual que el tuyo y debe acatar lo escrito tal y como está.
Al entrar en el bosque sentimos la presencia de algo o alguien pero aunque mirásemos a ambos lados del camino no veíamos nada solo árboles y ramojos. De pronto y sin que nos diéramos cuenta una enorme sombra se plantó sobre nosotros y una ronca voz nos paralizó.
¿Qué pintáis vosotros en esta parte de la Historia, yo debo hacer las preguntas de rigor, la niña me ha de contestar una por una hasta que yo me descubra ante ella como lo que soy una presencia maligna?
-Así que reconoces que no eres simplemente un lobo.
¡Por supuesto, un lobo nunca deja a su manada para atacar y menos para realizar una celada tan rebuscada como esta! Además mi visión no es tan aguda como la vuestra por ello a esta pobre infeliz la visten de color rojo, sin lugar a dudas me la envían con la intención de ser sacrificada.
¿Y qué me dices de la abuelita del bosque?
-Imposible atacarla, me conformo con la niña es más fácil ser devorada. La figura de dentro del bosque no es una simple abuela, representa más, no sé exactamente qué pero lleva allí desde el principio de la creación, ella es la creación en sí, su potencialidad antes que a mí me fuera encomendada la misión de acabar con todo aquello que irrumpiera en el sagrado bosque era la de una diosa protectora, mis antepasados la llamaban Artemis y ella es la que me manda vigilar el bosque  y proteger este de intrusos como vosotros y esta engañosa virgen de rubias trenzas que viste la capa del engaño y del nuevo orden. Ahora vosotros sois mis enemigos y debéis ser devorados junto con ella.
Al oír esto Mi Señor se alzó la túnica que le cubría dejando al aire libre su deformada pierna mientras miraba fijamente a la figura que teníamos delante.
-Ahora piensas lo mismo monstruoso guardián, piensas atacar a la Vieja Tradición con tus desgastadas garras, mantenlas afiladas ante la proliferación de capas rojas que poco a poco invadirán el bosque, talaran sus árboles y acabaran con tu Señora y se ensañaran contigo.
Ante estas palabras el lobo se precipito sobre la niña para devorarla mientras esta reía y reía sin parar, en sus ojos se veía una extraña luz como si no le importara ser devorada una y otra vez, mientras esto ocurría vimos aparecer por entre los árboles primero docenas, después cientos de caperucitas riendo como poseídas dirigiéndose todas como si fueran una hacia la sombra con forma de lobo, hasta que le alcanzaron y entre más carcajadas despedazaban a este sin ninguna piedad.
-Es el momento de irnos, aprisa, aprisa el libro puede cerrarse.
Sin decir palabra alguna sujeté con fuerza a Mi Señor, mientras aquellas criaturas  terminaban su tarea.
-Ayúdame presto, hemos de salir de aquí.
Ante estas últimas palabras levanté a Mi Señor lo cargué sobre mis hombros y corrí hacia dónde una especie de escalera marcaba el sitio por dónde habíamos llegado. Al llegar al interior me fijé en lo que habíamos dejado atrás, solo se veía un tumulto de letras, palabras que volaban, pedazos de árbol como si de papel fuera volando sobre nosotros, todo se descomponía.
¡¡No te entretengas, el trabajo está hecho!!
En unos pocos segundos que a mí me parecieron horas nos encontrábamos saliendo del enorme libro, me fijé en Mi Señor y sonreía, pero su cara dejaba entrever que era una sonrisa irónica, apagada como si el resultado de lo que él llamaba trabajo lo le hubiera satisfecho del todo.
Él, me miro y como si leyera mis pensamientos, me dijo:
-Todos los cuentos encierran el mismo mito, es una constante guerra que tenemos perdida de antemano, pero al menos yo sé a lo que me enfrento.
Filoxides de Ursalia