martes, 10 de septiembre de 2019

Las Horas Rojas


CRÓNICAS ENCADENADAS

Este libro no es un libro cualquiera, es la ensoñación o visión enfermiza de un alma atormentada que próxima a la muerte descubre en sus largas horas de vigilia la enfermedad del Mundo, poniendo de manifiesto toda la maldad que diariamente va minando este hasta destruirlo en un futuro no muy lejano.
Hechos que como los eslabones de una cadena se unen unos con otros pero con vida propia, donde el dolor y la alegría se funden en la tragedia de la vida.
…………
1º Eslabón. ( Las horas rojas 1ª parte) 

Este relato lo escuché de la voz de un viejo ferroviario alemán. Y dice así: “Los años cincuenta y sesenta fueron muy duros para los alemanes que quedaron atrapados en la zona oriental. No es que sus hermanos de la otra parte no hubieran sufrido penalidades a causa de la desnazificación, no pero aquí la sed de venganza no parecía tener fin. El Régimen dudaba de la lealtad de sus ciudadanos, temía el alzamiento de estos en cualquier momento y no dudo en aplicar las medidas que fueran necesarias para controlar y desbaratar cualquier alzamiento o revolución”.

La temible Stasi era el organismo político policial encargado de esto y contaba con una gran cantidad de agentes, empleados, infiltrados, militares y toda la fuerza que el Estado le podía proporcionar, no se fiaban de nadie, se vigilaban entre si y las delaciones eran recompensadas de tal forma que todos se espiaban entre ellos, amigos, familiares, todos eran policías de ellos mismos, nadie estaba seguro ante los fuertes tentáculos de este organismo. 

Marko vivía en el distrito de Marzahn desde antes de la guerra, había nacido en un pueblecito a las afueras de Berlín, Köpenick a pocos kilómetros de la entonces capital del Reich Alemán, a los catorce años sus padres le envíaron a estudiar música al conservatorio en Berlin, allí Marko conoció a Elissabeta una joven violinista con unas grandes dotes para la interpretación, pronto ambos se hicieron más que amigos y a los diciseis años Markp ya vivía en Berlín con su adorada Elissabeta, ella debía tenr dos o tres años más que él, muy apuesta, delgada con una enorme trenza rubia que le llegaba a la cintura y unos ojos verdes semejantes a esmeraldas.

Allí les pilló la guerra, Marko pronto fue reclutado y salió en el año 43, a finales, al frente occidental, Elisabetta trabajó durante estos años en la Liga de las Muchachas Alemanas. La caída del Reich la pilló en Berlin pero tuvo la gran suerte de librarse del ejercito rojo gracias a unos amigos que la cobijaron en un sótano hasta que las cosas se fueron calmando, se cortó su explendida cabellera, se tiñó esta de negro y estuvo meses vistiendo como un muchacho, gracias a su profesor de violín, viejo comunista, se salvó de los primeros momentos de la barbarie de los soldados soviéticos, grupos de mogoles dedicados al saqueo, la violación y el pillaje.

Marko tuvo peor suerte, por el momento, prisionero en Alsacia, fue intercambiado a los soviéticos para que fuera desnacificado en la Alemania ocupada por ellos al ser vecino del Berlín ocupado por estos, intentó escapar tirándose en marcha del camión que le llevaba a Berlín y durante días estuvo escondido entre las ruinas, campos quemados hasta que una patrulla de soldados ingleses lo detuvo cerca de Freiburg con la intención de llegar a Suiza, en esto tuvo suerte si hubieran sido franceses seguro que lo hubieran fusilado allí mismo.

Después de un periplo de seis años en cárceles aliadas y soviéticas, Marko pudo volver a Berlín. Su encuentro con Elissabeta fue casual, ella se encargaba de la limpieza y retirada de escombros y él llegó con una cuadrilla de prisioneros a recoger estos escombros, en cuanto se vieron se fundieron en un abrazo, abrazo que le costó tres semanas de castigo en los retretes de su internado.

Por fin cercano el 55 ya años después de terminada la guerra Marko y Elisabet pudieron volver a encontrarse y esta vez sería la definitiva, habían pasado ya diez años del final de la Guerra y aunque las heridas seguían abiertas, se vislumbraba una leve esperanza de que el régimen comunista fuera aplacando su sed de venganza sobre los que habían servido al Reich, aunque como en el caso de Marko como simple soldado sin ninguna adhesión al partido, con el que no estaba de acuerdo y que le costó más de un arresto estando en el frente francés.

Se fueron a vivir a una habitación con derecho a cocina cerca de la Potsdamer Platz, un sitio que en su día fue el alma de la capital prusiana y ahora dejada y abandonada estaba casi situado en tierra de nadie a causa del levantamiento de los pasos fronterizos, el control de la policía que derivaría años después al levantamiento del famoso muro.

Aquí vivieron hasta el 1960, Marko consiguió un trabajo de fontanero y Elissabeta cosía guerreras y pantalones para el ejército alemán que había creado el nuevo Régimen. Fueron años duros pero el gran amor que les unía les mantenía felices aunque las necesidades eran tremendas, en noviembre del 57 Elissabeta envuelta en una chaqueta y una bufanda recorrió los dos kilómetros del trabajo a su casa bajo un temporal de agua y nieve que la postró en cama durante más de un mes, principio de pulmonía la dijo el médico y tuvo que estar metida en la cama todo este tiempo, menos mal que la solidaridad de los vecinos le ayudaron en algunas tareas y Marko cuando regresaba por las noches preparaba la cena y comida del día siguiente, se encargaba de fregar los cacharros y limpiar la casa.

Elissabeta se recuperó aunque le quedo una tos crónica que se agudizaba cuando los cambios de tiempo, la humedad de la casa y las malas condiciones de la calefacción ayudaban también en contra de su total recuperación, mientras Marko había envejecido, su pelo se había vuelto totalmente blanco, con poco más de treinta años parecía un hombre cercano a los cincuenta.

El apartamento había tenido un anterior inquilino, un viejo profesor de arte que al morir había dejado una buena colección de libros, el resto, lo que dejase había sido saqueado por los vecinos o por los funcionarios que recogieron el cadáver, lo libros pesan y no tienen valor en el mercado negro por ello seguían allí, amontonados en viejas estanterías de madera, algunos los que Elissabeta consideraba de menor valor habían ayudado a calentar el hornillo durante muchas noches de invierno.

Solo había un libro que intrigaba enormemente a la joven, era un gran tocho de unas doscientas páginas, muy bien encuadernado en piel y que se titulaba: Poemas de suerte y vida de August Von Stambreg.

Elissabeta era una mujer instruida, había cursado estudios medios y música, conocía a los clásicos alemanes y franceses tal y como regía en la educación de entonces, ella por su cuenta había leído a los griegos y latinos y su conocimiento del latín era bastante bueno. Pero aquel libro la intrigaba, no podía leer uno solo de sus capítulos pues se adormecía, una especie de sopor que emanaba el libro le hacía caer en los brazos de Morfeo al poco de abrir el libro, daba igual que lo abriera por el medio o el final, no llevaba leídas tres o cuatro estrofas de algún poema y caía en un profundo y reparador sueño.

Las tapas del libro totalmente negras le daban a este una especie de valor inestimable, su encuadernación era toda una obra de arte y su escritura en gótico alemán le daban una pomposidad ceremonial. Al lado de otros libros y novelas compañeros de estantería destacaba solemnemente.

Una mañana antes de salir a trabajar llamaron a la puerta, Marko acababa de salir, aún salía humo e su taza de café cuando unos golpes secos en la puerta sobresaltaron a Elissabeta, pensó que algo le había pasado a Marko pues esa forma de llamar no era propia de él y abrió la puerta sin más, afuera un hombre alto enfundado en un abrigo de cuero negro y dos policías sorprendieron a Elissabeta.
-Marko Spitz. Dijo sin más el hombre de negro.
-Se marchó a trabajar como todas las mañanas. Respondió Elissabeta con forzada calma.
-Apártese camarada. El hombre de negro empujó a Elissabeta y entró en la habitación, revisó la mesa donde continuaba la taza de Marko, removió unas revistas que estaban encima de la mesa y que también eran del antiguo inquilino y buscó en los cajones del armario, pocas cosa tenía que registrar pues el mobiliario era más bien escaso, pasó a la habitación que estaba a medio hacer pues interrumpieron a Elissabeta cuando la estaba haciendo y tiro del edredón y después uno de los policías tiro del colchón hasta dejar al aire el somier, el otro policía se había quedado en la puerta donde algún vecino curioso se había acercado.
-¿Dónde trabaja Marko?
La pregunta le pareció ridícula a Elissabeta pues todos los viernes Marko tenía que ir a la comisaria de  policía a rellenar unos papeles, si quería salir al campo, o visitar a algún familiar y allí quedaban registrados todos los datos de su vida. Aún así contestó al hombre de mala manera.
-En la construcción del puente Ferdinand, satisfecho.
-Eso ya lo veremos, camarada. Espero por tú bien y por el de él que no me hayas mentido. Le dio una patada a la escoba que estaba en la habitación y salió hacia la puerta de la calle, los dos guardias se fueron no sin antes haberse tomado una taza de café, el que vigilaba la puerta, taza que tiró al suelo rompiéndose esta.
Esperó intranquila hasta la noche cuando apareció Marko, venía demudado, parecía un cadáver, al deterioro físico que ya aparentaba se le habían añadido unas terribles ojeras que le daban un aspecto cadavérico.
-Me han tenido seis horas de interrogatorio. Dicen que mi padre fue un dirigente del partido nacional socialista y que no saben dónde se encuentra.
-¿Y qué les dijiste?
-¡Cincuenta veces lo mismo! ¡No veo a mi padre desde que me marché al frente en el 43!
-Bueno, ahora te dejarán tranquilo, y buscarán a tú padre por otro lado, quizás algún pariente, un vecino o un amigo, esta gente encuentra lo que quiere.
-No sé, no sé. Espero que lleves razón.
Cenaron en silencio y se fueron a dormir, al día siguiente Elissabeta se volvía a incorporar a su trabajo y debían madrugar los dos, apagaron la bombilla que alumbraba el dormitorio y abrazados se quedaron dormidos.

-Markooo, vete, Markooo, vete. Un ruido parecido a una voz despertó a la pareja, encendieron la luz y nada vieron aunque el sonido se percibía a través de la pared Markooo vete. Marko salió al comedor cocina y no vió nada, al poco poniéndose una especie de toquilla apareció Elissabeta, su cara reflejaba miedo, sus ojos verdes brillaban intensamente, el pánico se había adueñado de su luz.

A Marko le temblaban las piernas pero el miedo o te abotarga o despierta en ti soluciones a veces inexplicables.
-¿Qué hora es, Preguntó a su mujer.
-Las cuatro de la mañana.
-Perfecto, tengo media hora para subirme al camión que cruza el puesto de control y escapar al Berlín occidental. Arrglate y vente conmigo.

-No puedo, sería una carga como estoy, me he quedado muy débil después de esta enfermedad y me está costando recuperarme, debes irte tú cuanto antes, yo me ocultaré unos días en casa de mi viejo profesor, a él no le controlan o al menos no se atreven a molestarle por ahora.
-Está bien pero en cuanto pueda mandaré por ti o vendré yo mismo a por ti.

Ninguno de los dos pensó el porqué de la alarma, ni de dónde partía la voz que animaba a Marko a irse, seguro que era algo que ambos tenían ya en la cabeza antes de esta noche, Marko estaba fichado quizás por escaparse de los aliados, por culpa de su padre o por el mismo sistema de terror en el que se basaba la República Democrática Alemana. Marko cogió un petatemetió cuatro cosas en él dio un profundo beso a su mujer y se fijó en el libro negro de la estantería, estaba abierto por el medio, y en la página de la izquierda estaba escrito: Vete antes que el sol despunte por el puente del cruce. ¡El puente del cruce!,  así llamaban al tramo muy poco vigilado por dónde entraban y salían trabajadores con permiso especial entre el sector soviético y el inglés.

Sin esperar más Marko abrió la ventana y se deslizó por el canalón hasta la planta baja, la distancia del piso primero era pequeña pues el bajo era más bien un semisótano. Obsevó con detenimiento que no le viera nadie y se dirigió con paso firme hasta el aparcamiento dónde los camiones pasaban al otro lado a recoger cemento o llevar chatarra, materiales viejos o simplemente trabajadores.

En cuanto llegó a la tapia saltó sobre un camión preparado para salir, se cubrió con una gruesa lona tapo está con una pala y varios sacos y se quedó debajo esperando tener suerte y pasar al otro lado, él había solicitado el pase muchas veces pero siempre se lo habían denegado, haciéndole un sinfín de preguntas a las que Marko ya se había cansado de contestar.

Marko fue detenido en el primer puesto fronterizo, lo delató el mismo camionero que otras tantas veces había pasado gente de un lado al otro a veces sobornando a los guardias otras en colaboración con la misma Stasi, Marko cayó en las garras de la terrible policía política y su futuro se presentaba muy negro.