martes, 25 de octubre de 2016

El final de un actor



Ayer baje a Madrid, como se dice en la mayoría de los pueblos de la sierra, pues Madrid lo vemos “allá abajo” es decir la enorme cúpula de bióxido de carbono se distingue a lo lejos pero por debajo de nuestro aireado pueblo.

Como dije bajamos a Madrid y lo hicimos en el autobús que enlaza Torrelaguna con Madrid y en su recorrido está mi pueblo; no solemos hacerlo pero la imposibilidad de aparcar y el elevado coste de los aparcamientos nos obligan a dejar la furgoneta aparcadita en la puerta de casa.

El viaje es de lo más placentero, el autobús a esta hora de la mañana (las once) no va lleno y afuera llueve ligeramente, el agua empaña los cristales y la sensación de frescor invade todo el vehículo. Conversamos sobre los nietos, los regalos de los próximos Reyes, y un sinfín de cosas sin importancia que cuando nos queremos dar cuenta hemos llegado a Madrid.

Nuestro destino, la Plaza de Castilla está abarrotada de coches, es lo que tienen los días de lluvia, atascos por todos lados y embotellamiento en las principales vías de la ciudad, nosotros bajo el paraguas decidimos pasear por la Calle Bravo Murillo dirección Cuatro Caminos, la lluvia es muy menuda casi un sirimiri y el paseo es muy apacible, vamos buscando un bar en el que estuvimos hace unos meses, antes del verano, en el que solo te ofrecen productos extremeños especialmente jamón ibérico que está de muerte.

No encontramos el dichoso bar y decidimos entrar en el viejo Brillante (bar de tapas, especializado en calamares fritos), la lluvia comienza a arreciar y nos protegemos en el bar, unos vinitos un par de bocadillos y a esperar que amaine la lluvia. Enfrente hay un kiosco de periódicos cubierto por unos plásticos que vende de todo menos prensa, donde hay un cliente con un chubasquero horrible y transparente sobre un viejo chándal más horrible todavía, el hombre se cubre la cabeza con una gorrilla de vendedor de hamburguesas o de cualquier otro producto. Me parece conocerle, no sé de  qué pero juraría que le conozco, se da la vuelta y penetra en el mismo local donde estamos.

-Fredi… eres Fredi?, le pregunto mientras me fijo en la delgada y esperpéntica figura que tengo enfrente.
-¡Hombre, pero si es el viejo Filoxides!
Nos abrazamos efusivamente.
-¿Qué es de tu vida viejo truhan? Le suelto mientras él se quita la ridícula gorrilla.
-Pues ya ves….viviéndola que no es poco.
-Te hacía en Barcelona ¿No vivías allí por los noventa?
-Sí, allí estuve viviendo hasta el dos mil siete, hasta que se disolvió la compañía y regrese a Madrid.
¿Vivías en la calle Monteleón esquina a Malasaña? ¿Sigues allí?
No, me desahuciaron hace muchos años, el piso estaba a nombre de mi abuela, era de renta fija y pagaba una miseria pero después esa ley cambió y el alquiler no lo pude pagar por lo que me echaron una mañana de Navidad, fue todo un trago, pero ya lo he superado.
No había caído en Ana que nos miraba algo sorprendida.
-Perdona, le dije, te presento a un amigo de la juventud, de cuando hice mis pinitos en el teatro.
-Paco me ha hablado mucho de ti, le dice Ana, mintiendo delicadamente.
Si, nos conocimos al final de los sesenta y tuvimos contacto hasta mediados de los noventa después las circunstancias nos separaron definitivamente, bueno, hasta ahora que me has reconocido, me dice dándome un apretón.

Mejor es que vayamos a otro sitio más tranquilo, le digo cuando se acaba de comer o zampar un buen bocadillo de jamón y una cerveza. Pago la consumición y los tres nos dirigimos hacia la Calle Capitán Haya donde conocemos una cafetería muy agradable, por el camino Fredi nos pregunta por nuestro hijo, los nietos, donde vivimos, etc. Se le ve alegre por habernos encontrado aunque la tristeza marcada en los rasgos de su rostro son demasiado profundos como para que lo borre un rato de alegría.

Encontramos el local y nos acomodamos en una mesa cercana a una chimenea que está apagada, el otoño ha entrado lluvioso perol a temperatura en la calle es muy agradable y en el local también.
-Bueno, cuéntame que ha pasado desde que dejaste Madrid.
-Pues, toda una historia, prácticamente mi vida entera. Como recordarás al terminar en la Escuela de Arte Dramático estuve trabajando de segundo de escena en la compañía de Alfonso Paso, fueron los mejores años de mi vida, hacíamos tres funciones diarias y teníamos en cartel siete obras en distintos teatros de Madrid, en esos tiempos fue cuando nos conocimos ¿Recuerdas?
-Si! Fue en “Sésamo”, allí íbamos mucho Ana, mis padres y yo por aquellos años, ¿Sería al final de los sesenta, principio de los setenta.
-Efectivamente. ¡Qué buenos años para el teatro! ¿Recuerdas cuando hiciste el papel de Valerio en el Avaro de Moliere? ¡Qué malo eras, por cierto!
-Si…jajajaja, claro que lo recuerdo, tarde un siglo en aprenderme el papel y tú me echabas unas broncas de espanto cuando introducía alguna “morcilla”.
-Ana, no te puedes imaginar lo que me costo que supiera entrar en el personaje, no dejaba de ser él ni por un instante.
Si, es bastante cabezota, le contesta Ana.
No es que fuera un cabezota, es que no había nacido para la interpretación, lo suyo eran las charlas sobre política, filosofía y todas esas cosas serias que le gustan a unos pocos. El teatro fue una, llamémosle “incidencia pasajera”, pero sirvió para que nos conociéramos e intimáramos, en Sésamo fue, cuando fuera del escenario conocí al verdadero Filoxides.
¿Y qué pasó después? Le pregunto con enorme curiosidad.
Bien, sabes que al morir Alfonso Paso la compañía sufrió muchos cambios y en gran parte se disolvió. Yo marché a Barcelona donde estuve trabajando en varias compañías diferentes pero la comedia tal y como triunfó en los años sesenta, setenta, iba en declive, los nuevos aires que nos llegaban de fuera cambiaron la forma de hacer teatro, aunque ello llevara a que las salas se quedaban vacías, ni la Revista en los teatros del Paralelo llegaban a tener el éxito de taquilla que años atrás. De tres representaciones diarias pasamos a dos y luego a una hasta que la compañía abandono el teatro después de llevar casi medio año sin pagar el alquiler. Más tarde fundé mi propia compañía con Luisito León la llamamos “La Bastilla”, Luis murió de cáncer, fue un proceso rápido al menos sufrió poco el hombre, hicimos provincias y terminamos en pueblos perdidos donde no alcanzábamos a llenar la mitad del aforo, las repetidas crisis económicas del dos mil nos terminó de rematar, de entonces hasta ahora he estado haciendo pequeños papeles en teatros de tercera con semi-profesionales, buena gente con mucho cariño por el teatro pero que tiene que sustentarse con otros trabajos y no pueden dedicarse plenamente al arte.
Habíamos pedido café para los tres y un croissant para Fredi que lo devoró con la misma ansia que el bocadillo anterior, le dije si quería algo más pero muy dignamente me dijo que no.
-Fredi…. ¿En donde vives ahora? Le digo mirándole fijamente a los ojos.
-Con una amiga cerca de donde nos hemos visto, en la calle Amaniel, es un apartamento pequeño que compartimos con una pareja dominicana, la verdad es que en la finca los únicos españoles de nacimiento somos mi chica y yo, la casa parece las naciones unidas, pero terminas adaptándote a todo.
¿Necesitas ayuda?
-No! Muchas gracias, tenemos suficiente para vivir o al menos para ir tirando, Luisa mi compañera trabaja de cajera en un supermercado de la zona, no tiene que desplazarse lejos y yo ayudo a un librero, le hago recados, voy a por sus chicos al colegio, en fin me las arreglo como puedo.
-Fredi me gustaría que tú y tu compañera vinieras a casa cualquier día que os venga bien. Le digo mientras le apunto en una hoja de papel mi número de móvil y le pido el suyo.
-No, lo siento no tengo móvil ni Luisa tampoco pero me quedo con tú número y uno de estos días te llamo.
Nos abrazamos muy estrechamente y abandonamos el local, la temperatura ha subido hace calor le digo a Fredi que vamos en dirección Plaza de Castilla a coger el autobús y él se va en dirección contraria. Le veo alejarse calle arriba en dirección hacia su casa, con un paso cansado, encorvado y algo torpe, nada que ver con aquel galán de los escenarios madrileños.
Filoxides El Crítico

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