No he faltado ni un año al homenaje que un grupo de simpatizantes y seguidores le llevamos haciendo a Friedrich Nietzsche desde hace ya la ventolera de veinte años. Comenzó como una forma de lectura de su obra y ha seguido como un entusiasta grupo de fieles seguidores al hombre más controvertido de la Historia.
Bien es cierto, que el grupo se va reduciendo por causa naturales y
difícilmente conseguimos que se adhiera algún nuevo espíritu rebelde, nos vamos
quedando “démodée”, todo gira convulsamente y arrastra a su paso ideas,
personajes y valores, nada queda “puro” tras el paso de esta corriente de
modernidad tecnificada y Nietzsche no iba a ser una excepción.
El acto es más bien sobrio, el presidente explica la razón de la convocatoria
y da paso al primer orador, aquí Fernando se luce en cada reunión; no he oído
en mi larga vida a nadie que pueda leer en voz alta los complejos ditirambos
del Maestro de Röcken, de una forma tan correcta con una vocalización impecable
y lo más curioso del caso es que le suspendieron en una entrevista para locutor
de televisión por no leer bien.
Le vino bien, hoy día es un afamado periodista y colaborador en una
emisora independiente. Escucharle es un placer, el problema es que sitúa el
listón tan alto que después todos los que subimos al pequeño estrado no damos
la talla.
Son unas pocas horas, pero dignas de cualquier Parnaso, que se pasan
en un periquete dada la intensidad de los oradores y su poder de sugestión o al
menos a mí me lo parece.
Fernando me entrega un pequeño libro que escribió hace más de
cincuenta años, cuando estudiaba en su capital del Reino como él llama a
Valladolid, se titula El Asalto a la Razón, me recomienda que lo lea pero que
se lo devuelva pues no le quedan más ejemplares y es muy difícil de encontrar
en una librería.
No me gusta el “tráfico” de libros, me duele el prestarlos y me crea
una engorrosa obligación el que me los dejen, considero que además del valor
económico que pueda tener es mayor el valor sentimental, la unión del libro con
su dueño, o en este caso con su creador.
Con una técnica exquisita expone una visión de la Historia como una
continuación del pensamiento de Nietzsche pero más cercana a la realidad sin
alegoría alguna, sin rabia al ver como su mundo, él de los últimos “espartanos”
se deforma de una manera lenta pero sin tregua hasta irse convirtiendo en un
amasijo de desconcertantes acertijos a los que el “pensador” actual llama
“nueva retórica”
En una noche me acabo de leer el librito y como es natural en mí, copió
frases, conceptos e ideas para luego leerlos con tranquilidad y enriquecer mi
cuaderno de notas.
Le llamaré el lunes para devolverle el libro y comentar con él lo que
me ha parecido. El libro respira ataraxia por todas sus páginas, Fernando
siempre ha sido una persona excesivamente equilibrada, creo que nunca he visto
en sus palabras como en los artículos que ha producido ningún atisbo de turbación
o de exaltación, considera los hechos con una serenidad pasmosa y ello choca
con mi carácter más bien impulsivo y a veces descontrolado. En uno de lo
artículos del libro habla de la “serenidad de Dios, ante el fariseísmo reinante”.
No me parece muy nietzschiana esta aseveración, aunque entiendo el nicodemismo
en el que se ha refugiado el autor desde hace muchos años, ser un espíritu
libre tiene sus consecuencias sobre todo en el plano laboral y el viejo
Fernando es “humano, demasiado humano” como para expresarse sin bagajes de todo
lo que considera real y no sujeto a normas, cleros ni conductas.
Hay un apotegma que me intriga y que debo aclarar con él en persona: “De
Dios solo esperes desconsuelo y desesperanza”. Prosigue el artículo con unas
frases sacadas del Zaratustra o de Como se filosofa a martillazos. Creo que
Fernando es el menos nietzschiano de todos nosotros pero sí el más culto.
Me asalta a la cabeza una frase de Flaubert: “No podemos escribir ni
pensar como no nos sentemos” A ello Nietszche tenía una contestación: ¡Te he
pescado nihilista! Precisamente la carne del trasero sustituye el pecado contra
el espíritu santo. Sólo tienen valor los pensamientos que nos vienen mientras
andamos.
Uno de los simpatizantes y amigos me dijo una vez: ¡Hay que disparar
contra la moral! Pero que entiende mi colega sobre la moral, he aquí la
paradoja, puestos a disparar podemos hacer como los anarquistas, intentar herir
al príncipe pero lo único que consiguen en la mayoría de los casos es herir a
la multitud de curiosos que se acercan al paso del carruaje, no encuentro
explicación para esto, no ser que de
cierto acratismo se cruce a la acera del nihilismo más puro ¿Puede ser?
Al fin y al cabo sin quererlo o conscientemente somos unos
comediantes, imitamos a nuestros ídolos, sin llegar nunca ni por asomo a
parecerles, somos un débil reflejo en un viejo y gastado espejo de circo, este
transforma (deforma) la realidad, así igual lo hacemos nosotros con nuestros
actos. Ser sinceros es muy duro, sobre todo en esta época que nos ha tocado
vivir, por lo que todos intentamos encubrir nuestra verdadera identidad.
Hoy día se utilizan muchas hipérboles para ensalzar a personas
corrientes o mejor dicho vulgares, es la tónica del siglo, la mediocridad se ha
hecho con el poder, se ha instalado como los pasados bárbaros cuando hacían una
conquista, primero arrasaban todo y luego se solazaban entre los escombros,
debe ser el “espíritu del siglo” o mejor dicho el final del reino de la
calidad. Ha ganado la cantidad, es el ideal democrático. Poco espacio nos queda
a los que aún conservamos un diferencial aristocrático, puede que ahora demos
náuseas, las minorías siempre han sido como los leprosos, se intenta evadirles.
Prosigo mi camino, algo lento pero constante, me aferro a esas
palabras de Confucio “No importa lo lento que vayas, siempre cuando no te
detengas”. Así llevo muchos años, los suficientes para olvidarlos, supongo que
las pisadas quedarán en el camino, pues mi memoria ya no recuerda el trayecto
andado.
Es difícil hacer una valoración de una vida cuando se está próximo al
final de esta, uno piensa si ha elegido el camino perfecto (si lo hubiera) Creo
que como la mayoría de los espíritus libres me he movido entre la decepción y
el desengaño, será por esto que sigo aferrándome a viejos ritos y arcaicas salmodias.”
A los hombres póstumos- como
yo, por ejemplo- se le entiende peor que a los que son hijos de su tiempo, pero
se les oye mejor. Dicho con más rigor: no se nos comprende nunca; y en eso
radica nuestra autoridad” (F.Nietzsche)
Creo que aquí Nietzsche lo explica muy claro.
Filoxides
de Ursalia








