HISTORIAS DE PERROS
Han pasado unos cuantos años desde mi última
conversación con Arturo, creo que fue en enero del 2012, recuerdo que hacía un
frío del demonio; la noche anterior había nevado sobre Madrid y desde mi casa
se veía la sierra coronada por la nieve.
El encuentro fue como casi siempre, Arturo solía tomar café muy cerca
del parque dónde yo solía sacar a pasear a mi perro Morgan; aquella mañana no
me apetecía mucho el pasear al animal ni a él el estar en la calle así que me
acerqué a la cafetería a comernos unos churros (a Morgan le encantaban). Teníamos
habilitado un lugar fuera del local que se comunicaba con el interior por una
ventana desde la que nos servían a todos los “perreros”, Mario un muchacho
rumano que llevaba en el café varios años de camarero en cuanto nos vio llegar
nos preparó dos raciones de churros y un descafeinado en taza grande, era
nuestro desayuno diario. El frío a esas horas de la mañana había amainado un
poco, los tenues rayos del sol ya aparecían sobre los edificios cercanos y el
bullicio del ir y venir de la gente empezaba a notarse como todos los días
laborables.
Sentado en la terraza del café, leyendo el periódico
estaba Arturo siempre con su taza caliente que apuraba sorbo a sorbo con un
deleite oriental. A él no le importaba el frío ni el calor, su porte enjuto,
delgado y alto como un ciprés le daba un aire mayestático muy acorde con su
personalidad pues no me extrañaría que fuera de estirpe noble tanto por su
físico como por sus ademanes. Persona culta y sumamente educada estaba
enamorado de mi perro y probablemente de todos los animalitos de la creación
pues no era raro verle rodeado de jilgueros y palomas a las que alimentaba con
sumo placer.
Me invito a sentarme en su mesa y le ofreció
un pedazo de tostada a Morgan que este engulló de un bocado, nos echamos a reír
mientras pedía un nuevo café para él invitándome a que yo tomarse otro, se lo
agradecí pero mi tope estaba cubierto y solo tomé agua.
Hablamos durante un buen rato de perros, me
contó que había tenido varios, todos mestizos y que fueron muriendo de
viejitos, ahora solo tenía un gato que se había encontrado abandonado en la
calle.
Después de un buen rato hablando sobre cosas
de perros me hizo una solemne confesión: Creo que en mi próxima reencarnación
seré un perro lobo. Esta afirmación no tendría nada de extraño si no fuera por
el cambio de tono en su voz y el brillo de sus pupilas.
–Adoro los lobos, continuó mientras sorbía su
café.
-Son los animales más inteligentes, sociables
y organizados de la Naturaleza.
-Y crueles, añadí yo
-Lo justo para sobrevivir, atacan al débil,
al enfermo para subsistir pero el primer bocado es para los lobos viejos, el
segundo para los lobeznos y las hembras y el último para el macho alfa. Él
mantiene unida a la manada y sanos y fuertes a sus integrantes.
-Creo que destrozan rebaños por el mero hecho
de matar y devorar.
-Puede que sea así, pero no creo que sea para
ellos simplemente una orgía de sangre, es más bien un rito, su instinto de
guerrero se manifiesta en estos actos de violencia y crueldad, él se siente
amenazado por el hombre y sus criaturas por ello les ataca y destruye para
dejar testimonio al hombre a quien pertenece ese territorio o quién es el señor
del mundo. Estoy convencido que si hubiera lobos en tierras de leones los
primeros expulsarían a los segundos por estar mejor organizados y sobre todo
porque un lobo sería incapaz de atacar a una de sus crías aunque estuviera
muerto de hambre y el león lo hace frecuentemente y a de ser la leona la que lo
evite.
Guardamos silencio durante un rato, mientras
tanto Morgan, como si estuviera encantado de lo que oía, miraba casi con
devoción a Arturo sentado sobre sus dos patitas traseras.
-Creo que la necesidad es la que marca la
conducta de los animales, sobre todo a los salvajes.
-¡Si, es correcto! Pero no todos se comportan
igual ante la adversidad, el hambre o la enfermedad. He visto en León manadas
de lobos bajar de la sierra perfectamente organizados, con los jóvenes en
cabeza, los más viejos a continuación seguidos por las hembras y los cachorros,
otro grupo de jóvenes cazadores y por último el más grande, el macho alfa
cerrando la marcha. Es el ritmo de los ancianos el que marca la marcha a
seguir, ellos son los que por su edad no están en situación de ir deprisa y el
resto del grupo se adapta a ellos, son el ayer pero el resto de lobos les respetan
y darán su vida por ellos si fuera necesario.
Morgan ya no está, hace de esto un año. Voy
recordando toda esta conversación mientras nos dirigimos mi mujer y yo a la
residencia de ancianos dónde está ingresado desde hace cinco años el bueno de
Arturo, al no tener familiares vivos, le visitamos con cierta frecuencia sus
amigos “perreros”, en la residencia no dejan entrar perros pero si en el jardín
cercano al aparcamiento, allí Arturo el futuro lobo se recrea acariciando y jugando
con los perritos que le van a visitar.
Filoxides de Ursalia





