viernes, 25 de noviembre de 2016

Tirso o la lealtad



Tirso corrió tanto como sus cortas piernas le permitían, se había olvidado de encender el devotario y poner incienso en los tazones del templo. Desde que el Máximum Pontífice le había otorgado el cargo de mayordomo principal nunca se había retrasado en sus obligaciones y menos olvidarse de ninguna de ellas.

Corrió y corrió hasta alcanzar la escalinata secundaria, la que daba paso a los sacerdotes y por la que solo él, un neófito, tenía acceso. Llego sin resuello, tuvo que apoyarse en una de las balaustradas de la entrada para poder dejar que el aire volviera a entrar en sus pulmones con cierta normalidad, entró en el lavatorio, recogió velas e plantas aromáticas las distribuyo a los pies de las estatuas del centro del ábside, encendió las iluminarias y se postro a los pies de la imagen de Zeus dándole las gracias a la vez que le pedía perdón por su falta.

Una vez terminado su principal trabajo, Tirso esperó la llegada de los sacerdotes y las sacerdotisas del templo, era un día muy especial, pues se celebraban las Antesterias y se debía tener todo perfectamente preparado para cuando los jóvenes y las muchachas de la Ciudad llegasen al Templo con sus ofrendas de higos, miel y vino. 

Desde tiempos inmemoriales se hacía la ofrenda al dios Dionisos, se comía y bebía en su honor, los aulitas rendían honor al dios haciendo sonar sus aulós, crótalos y címbalos. Los coros cantaban, se oían el re piquear del rhoptron, liras, arpas y cítaras se unían en alegre homenaje al dios de la vida.

Pero no llegaba nadie, no se oía ni un simple canto, ningún efebo hacía acto de presencia entre las columnas del pórtico, nadie llegaba por la explanada que unía el templo con el Senado, tampoco se veía a ningún magistrado de la Ekklesia por entre los jardines que separaban ambos edificios. ¡Nada, no había nadie, ni acontecía nada!

Tirso recordó que en las tabernas se corría el rumor de que en la ciudad de Cutatisium, sagrada para los discípulos de Medea había habido saqueos y destrozos en los templos, dicen que la plebe empujada por algunos aristócratas que se habían unido a ella y por los que se dicen hijos del pescador destrozaban colegios, bibliotecas y estatuas de los dioses. El Strategoi tuvo que desplazarse hacia allí con sus hoplitas y que hizo falta de la caballería para poder poner en orden la ciudad, después de que los arqueros escitas venidos desde la metrópoli no fueran capaces de controlar la situación.

Tirso no temía por su vida, él era un hombre consagrado al templo desde que fue dado de baja en la milicia por su mala visión, sabía que perdería esta en poco tiempo pero ello no le amedrentaba lo más mínimo, era fuerte y podría seguir con su trabajo en el templo ayudándose de un bastón o lo que hiciera falta.

Poníase el sol por Occidente cuando vio acercarse una iluminaría por el dromos que circunvala la ciudad, miles de antorchas portadas por una ingente muchedumbre de esclavos, nuevos libertos y extranjeros, acogidos de otras ciudades, que no tenían el derecho a la ciudadanía, se acercaban al templo, al frente de ellos dirigiéndoles varios demagogos y unos cuantos asambleístas de la Ekklesia, portaban armas, cosa prohibida para los esclavos e iban destrozando todo lo que se encontraban a su paso.

¡¡El templo no, el templo no!! Grito Tirso cuando vio como la muchedumbre se dirigía directamente a la casa de Zeus.

¡¡Respetad la morada de los dioses!! Volvió a gritar Tirso antes de ser alcanzado por una piedra que le abrió una ceja, sin apenas visión por la sangre que corría por su frente y que le entraba en el ojo y la poca visión que ya tenía, Tirso intento cerrar las puertas del templo antes de que la avalancha de exaltados llegaran al pórtico.

Nada pudo hacer, le desbordaron, pasaron sobre él e invadieron el templo, Tirso consiguió levantarse y a duras penas se refugió en una sala dedicada al culto de Deméter y dónde una preciosa estatua de alabastro de la diosa, presidia esta.

Desde allí escuchaba los alaridos de la chusma en contra de los dioses, en favor de la igualdad, de la libertad de los esclavos, de derechos y prebendas mientras saqueaban el templo. Tirso no se lo pensó más y por una pequeña arqueta escapó llevándose consigo la estatuilla de Deméter, él la protegería con su vida si fuera necesario, salió a la calle y corrió como antes hacia un bosquecillo cercano, desde allí vio como la plebe una vez saqueado el templo lo incendiaba mientras daban  gracias a un dios que les había guiado hasta allí.

Nunca más Tirso volvió a la ciudad de sus padres, ni tuvo contacto con más hombres que los evadidos como él y que se escondieron en el bosque, en lo más profundo, allí dónde los demagogos que abrazaban los postulados del nuevo dios, del dios extranjero no le pudieran encontrar, allí en una recóndita cueva coloco a su diosa, a la diosa de la tierra verde y joven, ciclo vivificador de la vida y de la muerte, y protectora del matrimonio y la ley sagrada, ella estaba allí antes mucho antes de la llegada de los olímpicos y allí seguiría a pesar del dios nuevo.
Filoxides de Ursalia

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