Tirso corrió tanto
como sus cortas piernas le permitían, se había olvidado de encender el
devotario y poner incienso en los tazones del templo. Desde que el Máximum
Pontífice le había otorgado el cargo de mayordomo principal nunca se había
retrasado en sus obligaciones y menos olvidarse de ninguna de ellas.
Corrió y corrió
hasta alcanzar la escalinata secundaria, la que daba paso a los sacerdotes y
por la que solo él, un neófito, tenía acceso. Llego sin resuello, tuvo que
apoyarse en una de las balaustradas de la entrada para poder dejar que el aire
volviera a entrar en sus pulmones con cierta normalidad, entró en el lavatorio,
recogió velas e plantas aromáticas las distribuyo a los pies de las estatuas
del centro del ábside, encendió las iluminarias y se postro a los pies de la
imagen de Zeus dándole las gracias a la vez que le pedía perdón por su falta.
Una vez terminado
su principal trabajo, Tirso esperó la llegada de los sacerdotes y las
sacerdotisas del templo, era un día muy especial, pues se celebraban las
Antesterias y se debía tener todo perfectamente preparado para cuando los
jóvenes y las muchachas de la Ciudad llegasen al Templo con sus ofrendas de
higos, miel y vino.
Desde tiempos
inmemoriales se hacía la ofrenda al dios Dionisos, se comía y bebía en su honor,
los aulitas rendían honor al dios haciendo sonar sus aulós, crótalos y
címbalos. Los coros cantaban, se oían el re piquear del rhoptron, liras, arpas
y cítaras se unían en alegre homenaje al dios de la vida.
Pero no llegaba
nadie, no se oía ni un simple canto, ningún efebo hacía acto de presencia entre
las columnas del pórtico, nadie llegaba por la explanada que unía el templo con
el Senado, tampoco se veía a ningún magistrado de la Ekklesia por entre los
jardines que separaban ambos edificios. ¡Nada, no había nadie, ni acontecía nada!
Tirso recordó que
en las tabernas se corría el rumor de que en la ciudad de Cutatisium, sagrada
para los discípulos de Medea había habido saqueos y destrozos en los templos,
dicen que la plebe empujada por algunos aristócratas que se habían unido a ella
y por los que se dicen hijos del pescador destrozaban colegios, bibliotecas y
estatuas de los dioses. El Strategoi tuvo que desplazarse hacia allí con sus hoplitas
y que hizo falta de la caballería para poder poner en orden la ciudad, después de
que los arqueros escitas venidos desde la metrópoli no fueran capaces de
controlar la situación.
Tirso no temía por
su vida, él era un hombre consagrado al templo desde que fue dado de baja en la
milicia por su mala visión, sabía que perdería esta en poco tiempo pero ello no
le amedrentaba lo más mínimo, era fuerte y podría seguir con su trabajo en el
templo ayudándose de un bastón o lo que hiciera falta.
Poníase el sol por
Occidente cuando vio acercarse una iluminaría por el dromos que circunvala la
ciudad, miles de antorchas portadas por una ingente muchedumbre de esclavos,
nuevos libertos y extranjeros, acogidos de otras ciudades, que no tenían el
derecho a la ciudadanía, se acercaban al templo, al frente de ellos
dirigiéndoles varios demagogos y unos cuantos asambleístas de la Ekklesia,
portaban armas, cosa prohibida para los esclavos e iban destrozando todo lo que
se encontraban a su paso.
¡¡El templo no, el
templo no!! Grito Tirso cuando vio como la muchedumbre se dirigía directamente
a la casa de Zeus.
¡¡Respetad la
morada de los dioses!! Volvió a gritar Tirso antes de ser alcanzado por una piedra que le
abrió una ceja, sin apenas visión por la sangre que corría por su frente y que
le entraba en el ojo y la poca visión que ya tenía, Tirso intento cerrar las
puertas del templo antes de que la avalancha de exaltados llegaran al pórtico.
Nada pudo hacer,
le desbordaron, pasaron sobre él e invadieron el templo, Tirso consiguió
levantarse y a duras penas se refugió en una sala dedicada al culto de Deméter
y dónde una preciosa estatua de alabastro de la diosa, presidia esta.
Desde allí
escuchaba los alaridos de la chusma en contra de los dioses, en favor de la
igualdad, de la libertad de los esclavos, de derechos y prebendas mientras
saqueaban el templo. Tirso no se lo pensó más y por una pequeña arqueta escapó llevándose
consigo la estatuilla de Deméter, él la protegería con su vida si fuera
necesario, salió a la calle y corrió como antes hacia un bosquecillo cercano,
desde allí vio como la plebe una vez saqueado el templo lo incendiaba mientras
daban gracias a un dios que les había
guiado hasta allí.
Nunca más Tirso
volvió a la ciudad de sus padres, ni tuvo contacto con más hombres que los
evadidos como él y que se escondieron en el bosque, en lo más profundo, allí
dónde los demagogos que abrazaban los postulados del nuevo dios, del dios
extranjero no le pudieran encontrar, allí en una recóndita cueva coloco a su
diosa, a la diosa de la tierra verde y joven, ciclo vivificador de la vida y de
la muerte, y protectora del matrimonio y la ley sagrada, ella estaba allí antes
mucho antes de la llegada de los olímpicos y allí seguiría a pesar del dios
nuevo.
Filoxides de
Ursalia
[]
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