Nuevamente la misma
escena, las mismas visiones, los mismos horrores. Me fijo en dos muchachos que
se han incorporado al tren, no tendrán más de dieciséis años, su piel muy
blanca los marca como vecinos de la Gran Capital, parecen parientes por cierto
parecido físico, uno de ellos protege al otro continuamente, hasta le ha
ayudado a subir al vagón, a su lado un mutilado con aspecto de viejo guerrero
mira continuamente al suelo como si esperase que este se abriera y pudiera
escapar al resto que está próximo a mí son los mismos que hicieron el viaje desde
“Felicidad” hasta aquí, ahora más flacos y enfermos.
Tengo que recuperar un
recipiente para cuando nos vuelvan a dar de comer, no puedo dejar caer la poca
comida que nos dan al cogerla con las manos, es imprescindible que me haga con
un bote, una lata o lo que sea pero necesito tener algo, ese cerdo de guardia
me quito todo lo que llevaba y ahora no tengo absolutamente nada, mis botas han
perdido los tacones hace ya tiempo, un clavo sobresale de una de ellas haciendo
un insufrible ruido cuando piso un suelo de piedra o adoquín, los calcetines están pegados a las botas
desde hace meses, el pantalón lo cambié por el de un muerto antes de subir al
tren aprovechando un descuido de los guardias, puede aguantar hasta que me haga
con otro, una vieja chaqueta y un raido gabán son mis únicas pertenencias,
espero que el abuelo que hay al lado de la puerta muera antes de llegar y me
pueda hacer con su gorro de lana antes que otro lo haga. ¡Hay que sobrevivir!
Me estoy convirtiendo en un salvaje sin alma, sin piedad, vacio por dentro, ya
no tengo ni capacidad de odiar solo quiero sobrevivir un día más y después otro
y así llevo años, desde que sentado en la mesa de un café en la Plaza Mayor de
Solidaridad pequeña ciudad a menos de treinta kilómetros de Liberta la Gran Capital
se me ocurrió decir en voz alta que estaba leyendo a los clásicos.
El frío se va haciendo
espantoso, nunca pensé que la gente que íbamos en el vagón nos pudiéramos
apretar tanto, un anciano que está a mi espalda deja caer su peso sobre mí,
totalmente desmayado, intento reanimarle de un codazo por si solamente es que
se ha quedado dormido, pero no, ha muerto. Es incomprensible la rapidez del ser
humano ante un momento de necesidad pues no me ha dado tiempo de volverme
cuando entre cinco o seis detrás de mi ya han desnudado al viejo y quitado
todas las prendas que llevaba encima, no he podido hacerme con nada solo ayudar
a los ladrones a apartar el cadáver a un lado del vagón donde hay una rendija
para que haga de tapón al frío que por ahí entra.
La noche es terrible,
alguien cercano a la pared del vagón dice que por las estrellas nos dirigimos
hacia el Norte, el tremendo frío así lo confirma, está noche va a ser larga muy
larga. Noto la paja del suelo húmeda, mojada pero no es agua, es orín! Me
vuelvo como puedo para saber quién es el maldito que me ha mojado mi “silla” de
paja y me encuentro con un mozalbete de apenas dieciocho años que tirita como
un gatillo asustado y que baja la mirada totalmente avergonzado, me reprimo
pues aunque las fuerzas me escasean le iba a soltar un puñetazo. ¡¡Si te meas,
vete a la pared y échalo fuera!! Le digo mientras le amenazo con la mano.
El mutilado saca del
bolsillo algo parecido a pan y me lo ofrece, me quedo sorprendido, hace muchos
años que nadie me regala nada y menos con una sonrisa, debe estar loco me digo.
Cógelo hay para los dos me insiste mientras se ríe a carcajadas. Me siento
avergonzado y no sé el motivo, quizás la sorpresa o el que estuviera hace
escasamente unos minutos intentando desvalijar a un muerto y ahora me encuentro
que un tipo que parece estar peor que yo me ofrece pan, no lo dudo más le cojo
el mendrugo y me lo como rápidamente, no le doy ni las gracias, estoy
convencido: me he convertido en un animal.
El sol va penetrando
poco a poco en el vagón, está vez es más radiante que cuando llegamos a la
anterior estación, en esta latitud el sol debe salir sobre las seis de la
mañana más o menos, el mutilado duerme apoyado sobre un mulato en el que no
había reparado anteriormente, al otro lado los dos muchachos también duermen,
detrás de mi alguien parlotea en alemán con otro, no les puedo ver, me parece
que son dos de los que desvalijaron al viejo muerto, más allá se oye el sollozo
de una mujer y algún ronquido seco de gargantas enfermas o bronquios congestionados,
trato de respirar profundamente y un aire helado me quema los pulmones, vuelvo
a esconder la boca dentro del cuello de mi abrigo y cierro nuevamente los ojos,
quiero pensar en algo distinto, en otros parajes, en tiempos pasados pero no
puedo, no consigo recordar nada ni casi a nadie todo se ha borrado de mi mente,
es como si no hubiera tenido pasado y mi vida se resume a un infernal viaje en
tren.
Intento recordar cómo
me vi atrapado en esta situación, me estrujo el cerebro para conseguirlo,
recuerdo vagamente mi puesto de trabajo en la biblioteca, cómo se fue quedando
vacía cada vez que los comisarios de salud pública iban llevándose libros para
quemarlos, al principio solo eran sobre temas políticos, después religiosos y
al final literatura, teatro, ensayos, todo acabaron con todo. Asi…las cámaras
las malditas cámaras, son para vuestra seguridad decían por la televisión,
después llegaron los educadores, nos decían desde lo que teníamos que comer
hasta donde hacerlo, cuando y hasta con quién. Poco a poco se adueñaron de
nuestra vida estrujándola, secándola, nos convertimos en siervos de una gran
amo que como un padre celoso cuidaba de nosotros, me recolocaron de barrendero,
no sé cuanto tiempo lo fui, hasta que un día cometí el error de confiar que me
había quedado con un libro de Cicerón las “Catilinarias” y eso fue mi
perdición, al momento me detuvieron y si juicio alguno me encarcelaron, primero
en un campo de reinserción social pero del que ya no salí nada más que para ir
otro de igual guisa y de este al Tren a este asqueroso, maldito y horrible
tren.
Ya es media mañana y el
frío ha remitido algo, el fuerte olor se
ha incrementado hasta un límite insufrible, mezcla de orín, heces y muerto, me
fijo y veo dos o tres cuerpos pegados a
las rendijas, están muertos y el último servicio es el de proteger a los vivos
del frío exterior. Intento hacerme un sitio cerca de las tablas de la pared
pisando sin consideración a los que dormitan aún cerca de mí, la excusa es que
voy a orinar, me insultan pero nada más, no hay fuerzas para nada y menos para
pelear por algo. Meto la boca entre las tablas y respiro poco a poco, un olor
distinto casi olvidado penetra en mis pulmones, huele a pino…. ¡si es olor a
pino!. Me fijo y a lo lejos se ven unos pinares intactos, nada de incendiarios
ni aserraderos cercanos, solo árboles, cientos de árboles esto me da moral y
hasta el frío me reconforta. ¡Otra mañana vivo, es todo un éxito! Me digo.
Unas horas más tarde el
tren va perdiendo velocidad, la alarma cunde en el vagón, se oyen gritos que
vienen de otros vagones o al menos eso nos parece, la gente se inquieta, las
mujeres arrancan a llorar mientras rezan o algo así en distintos idiomas, aquí
hay personas de medio continente, los más jóvenes intentan acercarse a las
rendijas pisando al que se queda sentado en el suelo, el caos se apodera del
vagón, unos viejos se pelean por no sé que motivo, mientras otro vomita apoyándose
en el suelo, no veo nada solo árboles a lo lejos pero el tren aminora la
velocidad hasta casi parar, y lo hace.
El silencio se vuelve a
apoderar del vagón, todos dirigimos nuestras miradas a la puerta corredera que
sigue cerrada, así más de diez minutos que parecen un siglo, de pronto se
empiezan a oir voces fuera parecen dichas en polaco, alemán no es ni ruso
tampoco, ¡es polaco!. El cerrojo de la puerta comienza a sonar, la puerta se va
a abrir de un momento a otro, al momento esta se abre dejando entrar un chorro
de luz que alumbra todo el vagón, el aire fresco bastante húmedo me sobrecoge,
ya no hace tanto frío y es de agradecer la ventilación que el nuevo aire
provoca en el recinto.
Un guardia vestido de
caqui pero con diferente gorra a nuestros anteriores vigilantes nos manda
bajar, poco a poco todos abandonamos el vagón, una abuela en la cual no había reparado
se cae al bajar cuando uno de los muchachos intenta ir a ayudarla el guardia le
sacude un fuerte golpe con la culata de un largo fusil en cuya punta hay
insertada una oxidada bayoneta que probablemente hará más daño por la infección
que puede provocar que por la herida en si. Nos empujan a un cobertizo que hay
justo enfrente del vagón, a los de los otros vagones les hacen lo mismo, debe
haber seis o siete naves similares a la que nos toca a nosotros. Al entrar un
viejo y gordo cocinero revuelve con una pala una enorme olla donde al parecer
se cuece nuestro alimento diario, el olor es nauseabundo pero la gente se va
acumulando cerca de la olla esperando recibir la orden de recoger su ración de
apestosa comida.
Me alejo un poco hacia
el interior de la casucha y me topo que en un rincón dormita el cerdo que me
arrebato los calcetines ¡los lleva puestos! Mis calcetines protegen del frío
las pezuñas de este indeseable, miro alrededor, no hay nadie ese chimpancé confiado
de nuestra debilidad duerme plácidamente sin ninguna preocupación, le doy
suavemente con el pie y ni se inmuta es posible que esté borracho pues a su
lado hay una botella de vodka casi vacía, le vuelvo a dar con el pie pero esta
vez algo más fuerte y lo único que detecto es un ronquido de puerco, cojo una
piedra que veo por allí suelta y que por lo chamuscada debió servir para una
hoguera, sin pensarlo dos veces le estampo con todas mis fuerzas la piedra
contra la cabeza, una y otra y otra vez así hasta que los dedos con los que
sujeto la piedra se cubren de una pasta grisácea y rojiza a la vez, le he
abierto la cabeza y sus sesos se esparcen a lo largo de su repelente cuerpo, le
quito con cuidado las botas y me apodero de mis preciados calcetines, también
le quito una navaja que llevaba
escondida entre las botas, le vuelvo a poner estas y le coloco la gorra encajándosela
hasta procura que no se vea ese cráneo destrozado,
con todo sigilo me vuelvo hacia donde está el grupo que ya se pelea por la
comida ante las risas y los golpes de los guardianes y voy a incorporarme
sigilosamente al grupo cuando ante mi unos ojos me miran fijamente dejándome
paralizado. Una enorme rata me mira desde lo alto de una valla que separa las
letrinas con un gesto desafiante como advirtiéndome que era la única que me
podía delatar si quisiera. Me mantuve unos segundos petrificado, la rata seguía
inmóvil como si estuviera presta a saltar sobre mí, reaccione y me uní al grupo,
entre el bullicio procuré limpiarme la sangre que me había salpicado rozándome con
todo el que se pusiera cerca, pero no me di cuenta que tenía que poner las
manos para recoger la comida y prudentemente me aparte antes de que el cocinero
o alguno de los guardias que le acompañaban se diera cuenta de la sangre que
aún continuaba en mis manos. ¡¡Hoy no
como pero vuelvo a tener mis calcetines en el bolsillo de mi abrigo!!
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