Ayer tuve que ir a solucionar unos asuntos en Alcalá de Henares, un
simple trámite burocrático que me llevó un par de horas. Al terminar este y
aprovechando que hacía una mañana preciosa me senté en una terraza, pedí una
copa de Ribera del Duero y cuando me la sirvieron entorné los ojos mientras
sorbo a sorbo me la iba bebiendo, ¡qué placer, el sol, el vino, Alcalá una
ciudad impresionante! Estaba en la gloria cuando alguien me saco de mi estado
de éxtasis.
-¡¡Hombre Francisco!! ¿ Qué haces tú por aquí?
Abró los ojos y me encuentro delante a un tipo de más o menos mi edad
con unas enormes gafas de sol, muy bien vestido y con un “attache” negro de
esos que llevan los ejecutivos de postín.
-¿Quién eres? Pregunto poniéndome la mano sobre los ojos para poder
ver claramente a la persona que tengo enfrente.
-¡¡Soy Juan Carlos, ¿no me acuerdas? Juan Carlos M.
- …..Hombre Juan Carlos…. cuantos años sin verte. Le contesto levantándome
de mi confortable silla.
-¿Cómo estás viejo fascista? Me dice muy sonriente mientras me da
un abrazo.
-Bien, bastante bien aunque algo flojo de las piernas, los muchos años
viajando en coche me están pasando factura.
-Yo te veo muy bien. Me contesta mientras le invito a sentarse.
Durante más o menos media hora me cuenta su vida, sus éxitos, el de
sus hijos, lo guapa que sigue su mujer y lo bien que le va la gestoría que
dirige aquí en Alcalá. Yo le escucho pacientemente, sin apenas poder meter
baza, pues enseguida me corta para añadir uno de sus logros en la vida. El
camarero le trae un Whisky y a mi otra copa de vino, este ya no me sabe también
cómo el otro.
Durante la media hora que soporté la carrera de éxitos relatada al
instante, el tal Juan Carlos la interrumpió cuatro veces para contestar otras
tantas llamadas de teléfono, un teléfono por cierto de última generación.
-Bueno te tengo que dejar, cómo ves estoy muy ocupado. Me estrecha la
mano con efusividad y se marcha no sin antes decirme eso tan manido de nos
tenemos que volver a ver y comer juntos y bla bla, bla.
Al fin solo otra vez, me tomo la copa de vino y pago la consumición,
la mía y la de mi exitoso amigo.
Mientras me voy al aparcamiento dónde he dejado mi furgoneta voy
recordando mi relación con este personaje. Estudiamos los tres últimos años de
Bachillerato juntos, al acabar la Revalida yo tuve que ponerme a trabajar por
las necesidades económicas de mi familia mientras que J.C. comenzó la carrera
de periodismo, salimos alguna vez juntos en esta época, fuimos a bailar,
salimos con amigas afines, lo normal de chicos de diecisiete hasta los veinte
años. A los veintiuno yo me fui al Servicio Militar mientras que J.C. se libro
por no sé qué motivos, aunque supongo que al ser su padre un alto mando militar
(coronel) le echaría una manita para librarse.
Le gustaba citarme en el Café Comercial en plena Glorieta de Bilbao en
el centro de Madrid, solía sentarse en una mesa en el centro del local, que se
le viera bien con un libro de Sartre principalmente y revistas francesas,
alguna vez abría L´Humanité para impresionar
a las damas sexagenarias que merendaban en el establecimiento, no sé de donde
lo sacaba pero le encantaba llevar ese periódico encima. Siempre anduvo bien de
recursos aunque era muy tacaño y resultaba extraño que no debiera dinero a todos los
que estábamos en su entorno. Narcisista, bastante engreído, caía muy bien entre
las chicas de nuestra edad hasta que le conocían un poco y se desencantaban.
Presumía de existencialista, decía odiar a la burguesía a la que pertenecía y
en la que se movía como pez en el agua, no se perdía una película de Bergman
aunque fueran subtituladas y le encantaba después alardear de su interpretación
de la película.
Apenas sabía de él en más de
cuarenta años, hasta que me reconoció en esta terraza, solo un par de veces le
vi, una al poco de casarse allá por los ochenta, se había comprado un chalet en
Pozuelo y estrenado un espléndido Mercedes, la otra a mediados de los noventa
en un vagón del AVE que íbamos en dirección a Sevilla, en las dos horas y poco
que duró el viaje me puso al corriente de sus bienes, lo bien que le iba por la
vida, el cambio del Chalet de Pozuelo por uno en Cotos de Monterrey de no sé
cuantos metros cuadrados, los excelentes partidos con los que se habían casado
sus hijos y muchas más cosas que no recuerdo.
Me monto en mi furgoneta, saco el coche del aparcamiento y me pongo en
camino hacía mi pueblo.
Cuando sea mayor quiero ser cómo Juan Carlos, de verdad.
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