Va para dos años de mi último viaje a Portugal, concretamente a
Lisboa. He viajado a esta monumental ciudad en cuatro ocasiones y en cada
visita un poco de mi corazón ha quedado allí cómo invitándome a volver. Lisboa
es algo más que una ciudad es la Ciudad por excelencia.
La primera vez que arribé al aeropuerto de Portela lucía un espléndido
sol, un sol claro, una luz penetrante, un sol con sabor, que incitaba a mares
lejanos, a nuevas tierras, a nuevos amigos, un sol vivo.
Me esperaba mi compañera Ana M. teníamos que presentar la colección
del próximo año y debíamos darnos prisa, visitar el mayor número de clientes y
por consiguiente conseguir el mayor número de pedidos. Fuimos directos al Hotel
Zenit de Lisboa allí pasaría las cuatro noches pues el viernes regresaba a
Madrid por la tarde.
Acomodé mi ropa en el armario del Hotel y salí apresuradamente Ana M.
me esperaba en el coche no teníamos tiempo que perder y debíamos acudir a la
primera cita, esta estaba en el centro de la ciudad en el Barrio de La Baixa,
una vez allí aparcamos y comenzamos la tarea, el barrio me impresionó el
cliente M. Joao me explico que el barrio fue reconstruido totalmente después del
devastador terremoto de 1755, de allí fuimos desde el elevador de Santa Justa
al barrio de Chiado, continuamos con nuestro trabajo hasta bien entrado el
mediodía. Sobre las dos de la tarde terminamos nuestra primera jornada e
hicimos una parada para comer, no recuerdo el nombre del restaurante pero todo
el barrio respiraba un aire bohemio, un aire que me recordaba Madrid pero el
Madrid de hace cuarenta años, un barrio con alma, alma de fado, jazz y bossa
nova, un barrio distinto a todos los que he conocido de características
similares, nada que envidiar al Montmartre de Paris. El Chiado tiene un sabor y
olor especial, sabe a frutas de Cabo Verde y huele a samba brasileña y sin
salir de Europa te sientes más allá del mar que separa Lisboa de su parte del
otro mundo.
Por la tarde después de recoger el auto seguimos con nuestro trabajo
por Lisboa hasta las ocho de la noche aproximadamente; Ana M. me dejó en el
Hotel, ella tenía que regresar a su casa con su familia y yo me fui según su
indicación a cenar por allí cerca. Subí a la habitación, me cambie con ropa más
informal y me fui dando un paseo a un bar cercano, el que me había recomendado
Ana M., la taberna se llamaba Taberna Típica do Quelha está cerca del Parque
Eduardo VII y a medio camino del Museo Calouste Gulbenkian, allí sentado
cenando unas entradas muy bien recomendadas y un bacalao a la portuguesa fui
viendo como la noche se iba apoderando de Lisboa; en la Taberna estábamos unas
veinte personas, el ambiente era cálido, tranquilo, se podía escuchar la música
de fondo, le pregunté al camarero quién era la vocalista que cantaba y me dijo
que era Cesaria Evora, la música tranquila, medio fado y la otra mitad desgarro
del alma portuguesa.
Me acabe mi botella de vino verde Alves de Sousa, pagué la cuenta y
con los acordes del último fado aún sonando en mis oídos regresé al Hotel, el
olor a mar inundaba mis sentidos, he viajado bastante pero nunca he sentido esa
sensación tan profunda.
A las ocho de la mañana ya estaba esperando a Ana M. en la puerta del
hotel, bajé a desayunar pronto y estuve un rato leyendo la prensa aunque
entiendo poco el portugués, la cordialidad de los empleados del hotel me ayudo
mucho para hacerme una idea de donde podía ir después de trabajar.
Ese día y los dos siguientes trabajamos por los alrededores, Sacavem,
Sintra, Estoril, Amadora, Setúbal……Le pedí a Ana M. que en la radio del auto me
pusiera música de Amalia Rodrigues, Mariza, Mafalda Arnauth y entre fado y fado
hicimos nuestro trabajo y el jueves Ana
M. y su marido me llevaron a cenar al barrio de Alfama, barrio de una gran
tradición fadista, fuimos cerca de la Plaza del Rossio a una taberna que se
llama Taverna do Embuçado, allí cenamos opíparamente mientras escuchábamos a
Dulce Pontes, Ana Moura, Yolanda Soares, Raquel Tavares…….
El viernes recogí mis cosas en el Hotel, Ana M. me estaba esperando
teníamos que terminar la semana, cruzamos el Tajo, el impresionante Tajo,
dejamos a un lado la torre de Belem y continuamos hacia el sur, trabajamos en
los alrededores de Setúbal, comimos allí y por la tarde me acercó al aeropuerto
de Portela.
Una vez que el avión se elevaba sobre los cielos de Portugal una
enorme nostalgia me invadió, habían sido solo unos días pero era tal la fuerza
con la que se había instalado en mi alma que me sentí un portugués más y supe
que volvería más veces y la última para quedarme.
Filoxides
de Ursalia
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