Llevo sin comer desde
que el tullido me dio un mendrugo de pan, son muchas horas sin nada en el
estómago y siento una debilidad enorme, he tenido la suerte de entrar de los
primeros en el vagón y me he colocado justo en el fondo de él, voy de cara a la
dirección del tren y el aire fresco que entra por las rendijas me da en la
cara, a mi lado se ha sentado uno de los alemanes que esquilmaron al viejo
muerto, me mira y sonríe, muy débilmente me dice: Bien hecho y se echa hacia
atrás como si quisiera dormir, ese bien hecho me alarma ¿sabrá lo qué he hecho
en el cobertizo?, supongo que cuando lo descubran buscaran al culpable de
alguna horrible manera, para ello son especialistas capaces de interrogar
mediante torturas a todos y cada uno de los que vamos en el vagón. El miedo se
va apoderando de mí, ahora me doy cuenta de la gravedad de lo ocurrido y no es
que me arrepienta de haberme cargado al cerdo del guardián sino las terribles
consecuencias que esto puede traer para estos desgraciados y sobre todo para mí
si me descubren.
El día transcurre igual
aunque el frío ha remitido bastante la sensación de humedad convierte el vagón
en una asquerosa sauna, la mezcla de sudor, la mugre que llevamos encima, la
paja orinada y defecada, que en la última parada no se le echo agua suelta un
vapor pegajoso y repelente, algunos ya comienzan a vomitar, una mujer se pone a
gritar como una histérica mientras abofetea al tipo que tiene al lado, parece
ser que este se ha sobrepasado aprovechando que ella dormía, no entiendo cómo
se puede tener ganas de sexo en las
circunstancias que estamos, pero
así es el hombre un pobre animal en todo momento.
La noche se acerca, a
lo lejos se observan pequeñas luces, deben pertenecer a alguna aldea, el tren
sigue su curso sin ninguna alteración y yo voy madurando poco a poco la idea de
escapar, no sé cómo pero debo de escapar, me imagino que los guardias de la
próxima parada ya estarán avisados del asesinato de uno de los suyos y nos
estarán esperando para interrogarnos. Ahora veo al tullido del pan mirándome fijamente yo también
le miro pero el mantiene desafiante la mirada ¿Este también lo sabe? Me
pregunto para mí, he de tener cuidado con estos, el alemán que tengo a mi lado
y el tullido que está a unos metros de mí. De pronto veo que el tullido se
levanta de su lado y se acerca como puede y le dejan hacia mí.
-Tenemos que hablar, me
suelta nada más llegar a mi lado.
-¿De qué? Intento ser
cordial.
-Creo que te excediste
un poco en la anterior parada.
¿Y… me vas a denunciar?
¡No, por dios, nunca
haría nada igual!
¿Entonces qué es lo que
quieres?
-Solamente advertirte
que lo saben algunos más y que en cuanto lleguemos a la próxima estación no
hará falta que les pregunten, ellos le dirán a los guardias que fuiste tú el
que mato a su compañero y así ganarse el favor de estos.
¿Y cómo no lo dijeron
antes?
-No lo sé,
probablemente les sorprendió a todos tu osadía y no supieron reaccionar. Así
que has de andar con mucho cuidado pues en cuanto lleguemos estarás perdido.
Ahora me doy cuenta que
el alemán está despierto y pendiente de la conversación.
-¿Y tú qué coño miras?
Le digo casi al oído.
-Qué tendrás que
escapar de aquí o estás perdido y yo te puedo ayudar.
-Y yo, repite el
tullido, quedarse aquí sería un suicidio, remacha.
-Bien ya veremos, pero
no tengo la menor idea de cómo se presentarán las cosas cuando lleguemos,
tendremos que improvisar sobre la marcha y de cómo se desarrollen los
acontecimientos, ahora debemos pensar y no levantar sospechas entre los demás.
-De acuerdo dice el
alemán mientras el tullido hace un gesto con la cabeza y vuelve a su sitio.
Las cosas han dado un
giro imprevisible, ahora me doy cuenta de que cometí un error un gravísimo error
cargándome a aquel tipejo por recuperar unos simples calcetines, me he buscado
el fin, llevo sobreviviendo años y ahora por un acto salvaje, movido por el
odio y la rabia estoy a punto de terminar asesinado por estos salvajes.
La noche cae y poco a
poco el silencio se apodera del vagón, la oscuridad es total solo algún
destello de luz entra cuando nos cruzamos con algún indicador o algo parecido,
de pronto veo al tullido acercarse con suma precaución algo lleva en las manos
largo y al parecer metálico.
-Esto lo cogí en el
alboroto que se formo ante el cocinero, en esta parada los guardias han estado
más relajados que en la anterior, no se tomaron la molestia de hacernos
desnudar, ni nos controlaron tanto, creo que pensaron que ya éramos unas pobres
ovejas prestas ante el carnicero.- Quítate de ahí me dice al a vez que me
empuja hacia el lado que se encuentra el alemán.
Se sienta al lado de la
pared de tablones y con el trozo de barra de hierro comienza a presionar sobre
una de las tablas.
-Aguántala, no vaya a
caerse y se entere todo el mundo de lo que estamos haciendo me suelta de una
manera despectiva.
-De acuerdo viejo,
tendré cuidado.
Cuando el viejo se
cansa continua el alemán y después yo, así unas cuantas horas, el frío ha
vuelto a ser intenso pero el esfuerzo hace que los tres sudemos hasta el punto
de que nos hemos ido quitando ropa hasta prácticamente quedarnos desnudos de
cintura para arriba. Una vez suelta la tabla comenzamos con la de al lado, con
dos será suficiente para pasar el cuerpo entre ellas, esa es la intención del
tullido que da la sensación de que este momento lo ha vivido anteriormente.
¡¡Al fin lo hemos
conseguido!!, las tablas están sueltas de manera que podemos deslizar el cuerpo
entre ellas, ahora a esperar el momento idóneo. El tiempo transcurre lentamente
cada segundo se hace interminable, el sudor por el esfuerzo se va quedando frío
y un temblor se va apoderando de mí, puede ser debido al frío o al miedo que
mis pensamientos me van transmitiendo.
El tren aminora la
marcha al acercarse a un túnel, lo veo entre los viejos tablones, en ese
momento una voz cercana a mi oreja me suelta ¡Prepárate, ahora es el momento!.
El silencio en el vagón es sepulcral, el cansancio, el hambre, la debilidad se
ha apoderado de esta pobre gente y solo piensa en dormir para quizás entre
sueños evadirse de esta horrible pesadilla. ¡¡Ahora, ahora!! y el tullido se
abre paso entre los tablones saltando al vacio, le sigue el alemán y después
voy yo. Caigo encima de unas ramas secas que me arañan manos y cara, no veo
apenas nada la noche es oscura y el silencio se puede masticar de lo denso que
resulta, me quedo unos instantes pegado al suelo, sin moverme, todavía no puedo
hacerme a la idea de que me he escapado de ese nauseabundo vagón cuando una voz
me insta a levantarme. ¡¡Vamos, vamos!! Me levanto y puedo ver una sombra que
me antecede bajando el desnivel de las vías, un poco más allá otra sombra esta
más extraña se une a nosotros.
-¡¡Lo hemos
conseguido!! Dice el alemán dando un salto de alegría. ¡Por fin libres!
-No cantes victoria
aún, no sabemos dónde estamos y que hay delante de nosotros, esta oscuridad es
total, no puedo ver nada.
-Bien, dejemos de
hablar, no estamos sobrados de fuerzas y debemos protegernos del frío, si
seguimos a la intemperie no creo que aguantemos mucho, le digo a mis dos
eventuales socios de aventura.
Seguimos la dirección
que nos marcan las estrellas, siempre hacia el sur, debemos volver al sur como
sea.
Caminamos más de tres
horas por unos páramos secos, helados, dónde el paso de la guerra ha dejado
quebrados árboles y matorrales, las zanjas llenas de lodo nos hacen caer más de
una vez, dar un paso se hace muy penoso por el terreno y por la debilidad que
arrastramos, en algunos momentos pienso que voy a desfallecer pero enseguida se
aparece ante mis ojos la imagen del guardia con los sesos esparcidos y me
sobrepongo ante el horror de lo hecho y las consecuencias que me puede traer.
Una leve luz va
iluminando el paisaje ¡El sol! Un sol enfermizo, cicatero comienza a enseñar su
débil propuesta hacía el este, vamos bien al menos no nos hemos confundido en
la noche, el frío se intensifica al aparecer los primeros rayos como advirtiéndonos
de que aún sigue entre nosotros.
-¡Aquí, venid aquí! El alemán
acaba de encontrar lo que parece ser o haber sido un bunker. Los tres entramos
en aquel recinto rápidamente, el tullido pone unas ramas a modo de puerta no sé
muy bien para qué si es para protegernos del frío o para que nadie note nuestra
presencia.
-Bueno es hora de
presentarnos le digo sin poder aún distinguir bien a mis compañeros.
-Yo soy Herman, soy de
la antigua Salzburgo, dice el alemán mientras acerca su mano.
-A mi me conocen por
Aldo, serví en el ejercito unificado antes de la llegada al poder de los
Libertarios.
-Yo soy Filoxides,
vengo de la Federación Occidental.
-De acuerdo, ahora que
nos conocemos al menos de nombre, creo que es mejor para nuestra seguridad no
dar más detalles, dice Aldo mientras intenta sobreponerse a su arqueada espalda
y recoge del suelo algo de hierba.
-Esto se lo comen las
vacas y están bien sanas probemos nosotros al menos nos mantendrá entretenidos.
-¿Porqué mataste al
guardia? Me pregunta Herman.
-Por unos calcetines,
simplemente por eso.
-Jajajaja, no me lo
puedo creer… ¿Por unos simples calcetines?
-Sí, sigo creyendo en
la propiedad privada sea cual sea su valor y su importancia.
-Pues en menudo lio nos
hemos metido por ello. Me contesta.
-Tanto mejor, si no
hubiera sido por esa circunstancia aún estaríamos en el tren esperando no
sabemos qué atroz destino, dice Aldo mientras parece disfrutar masticando
hierba.
-Cuando el sol esté más
alto tendremos que salir de aquí y seguir caminando en dirección sur, el ten
parará al medio día y entonces nos echaran en falta, me imagino que no tardaran
en salir a buscarnos, así que debemos movernos lo más rápido que podamos. Si
uno se queda atrás peor para él, no podemos esperar por nadie y lo digo yo que
probablemente sea en más débil del grupo a causa de mi espalda.
Asentimos con la cabeza
y reposamos una hora más o menos después iniciamos la marcha siempre hacía el
sur, Herman dirigía el grupo y yo lo cerraba, me causaba una enorme sorpresa el
ver a pesar de su deformación como Aldo corría sin perder el paso al primero.
Nuestra marcha se
prolongó varias horas, sin ver alrededor nada más que un paisaje desolador,
campos yermos, quemados o muertos gracias al frío y a la guerra, ni una casa,
nada de vida por algún sitio, no había nada era horrible la sensación de estar
solos en aquella tierra maldita.
Filoxides de Ursalia
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