viernes, 18 de noviembre de 2016

La huida




Llevo sin comer desde que el tullido me dio un mendrugo de pan, son muchas horas sin nada en el estómago y siento una debilidad enorme, he tenido la suerte de entrar de los primeros en el vagón y me he colocado justo en el fondo de él, voy de cara a la dirección del tren y el aire fresco que entra por las rendijas me da en la cara, a mi lado se ha sentado uno de los alemanes que esquilmaron al viejo muerto, me mira y sonríe, muy débilmente me dice: Bien hecho y se echa hacia atrás como si quisiera dormir, ese bien hecho me alarma ¿sabrá lo qué he hecho en el cobertizo?, supongo que cuando lo descubran buscaran al culpable de alguna horrible manera, para ello son especialistas capaces de interrogar mediante torturas a todos y cada uno de los que vamos en el vagón. El miedo se va apoderando de mí, ahora me doy cuenta de la gravedad de lo ocurrido y no es que me arrepienta de haberme cargado al cerdo del guardián sino las terribles consecuencias que esto puede traer para estos desgraciados y sobre todo para mí si me descubren.
El día transcurre igual aunque el frío ha remitido bastante la sensación de humedad convierte el vagón en una asquerosa sauna, la mezcla de sudor, la mugre que llevamos encima, la paja orinada y defecada, que en la última parada no se le echo agua suelta un vapor pegajoso y repelente, algunos ya comienzan a vomitar, una mujer se pone a gritar como una histérica mientras abofetea al tipo que tiene al lado, parece ser que este se ha sobrepasado aprovechando que ella dormía, no entiendo cómo se puede tener ganas de sexo en las  circunstancias que  estamos, pero así es el hombre un pobre animal en todo momento.
La noche se acerca, a lo lejos se observan pequeñas luces, deben pertenecer a alguna aldea, el tren sigue su curso sin ninguna alteración y yo voy madurando poco a poco la idea de escapar, no sé cómo pero debo de escapar, me imagino que los guardias de la próxima parada ya estarán avisados del asesinato de uno de los suyos y nos estarán esperando para interrogarnos. Ahora veo al  tullido del pan mirándome fijamente yo también le miro pero el mantiene desafiante la mirada ¿Este también lo sabe? Me pregunto para mí, he de tener cuidado con estos, el alemán que tengo a mi lado y el tullido que está a unos metros de mí. De pronto veo que el tullido se levanta de su lado y se acerca como puede y le dejan hacia mí.
-Tenemos que hablar, me suelta nada más llegar a mi lado.
-¿De qué? Intento ser cordial.
-Creo que te excediste un poco en la anterior parada.
¿Y… me vas a denunciar?
¡No, por dios, nunca haría nada igual!
¿Entonces qué es lo que quieres?
-Solamente advertirte que lo saben algunos más y que en cuanto lleguemos a la próxima estación no hará falta que les pregunten, ellos le dirán a los guardias que fuiste tú el que mato a su compañero y así ganarse el favor de estos.
¿Y cómo no lo dijeron antes?
-No lo sé, probablemente les sorprendió a todos tu osadía y no supieron reaccionar. Así que has de andar con mucho cuidado pues en cuanto lleguemos estarás perdido.
Ahora me doy cuenta que el alemán está despierto y pendiente de la conversación.
-¿Y tú qué coño miras? Le digo casi al oído.
-Qué tendrás que escapar de aquí o estás perdido y yo te puedo ayudar.
-Y yo, repite el tullido, quedarse aquí sería un suicidio, remacha.
-Bien ya veremos, pero no tengo la menor idea de cómo se presentarán las cosas cuando lleguemos, tendremos que improvisar sobre la marcha y de cómo se desarrollen los acontecimientos, ahora debemos pensar y no levantar sospechas entre los demás.
-De acuerdo dice el alemán mientras el tullido hace un gesto con la cabeza y vuelve a su sitio.
Las cosas han dado un giro imprevisible, ahora me doy cuenta de que cometí un error un gravísimo error cargándome a aquel tipejo por recuperar unos simples calcetines, me he buscado el fin, llevo sobreviviendo años y ahora por un acto salvaje, movido por el odio y la rabia estoy a punto de terminar asesinado por estos salvajes.
La noche cae y poco a poco el silencio se apodera del vagón, la oscuridad es total solo algún destello de luz entra cuando nos cruzamos con algún indicador o algo parecido, de pronto veo al tullido acercarse con suma precaución algo lleva en las manos largo y al parecer metálico.
-Esto lo cogí en el alboroto que se formo ante el cocinero, en esta parada los guardias han estado más relajados que en la anterior, no se tomaron la molestia de hacernos desnudar, ni nos controlaron tanto, creo que pensaron que ya éramos unas pobres ovejas prestas ante el carnicero.- Quítate de ahí me dice al a vez que me empuja hacia el lado que se encuentra el alemán.
Se sienta al lado de la pared de tablones y con el trozo de barra de hierro comienza a presionar sobre una de las tablas.
-Aguántala, no vaya a caerse y se entere todo el mundo de lo que estamos haciendo me suelta de una manera despectiva.
-De acuerdo viejo, tendré cuidado.
Cuando el viejo se cansa continua el alemán y después yo, así unas cuantas horas, el frío ha vuelto a ser intenso pero el esfuerzo hace que los tres sudemos hasta el punto de que nos hemos ido quitando ropa hasta prácticamente quedarnos desnudos de cintura para arriba. Una vez suelta la tabla comenzamos con la de al lado, con dos será suficiente para pasar el cuerpo entre ellas, esa es la intención del tullido que da la sensación de que este momento lo ha vivido anteriormente.
¡¡Al fin lo hemos conseguido!!, las tablas están sueltas de manera que podemos deslizar el cuerpo entre ellas, ahora a esperar el momento idóneo. El tiempo transcurre lentamente cada segundo se hace interminable, el sudor por el esfuerzo se va quedando frío y un temblor se va apoderando de mí, puede ser debido al frío o al miedo que mis pensamientos me van transmitiendo.
El tren aminora la marcha al acercarse a un túnel, lo veo entre los viejos tablones, en ese momento una voz cercana a mi oreja me suelta ¡Prepárate, ahora es el momento!. El silencio en el vagón es sepulcral, el cansancio, el hambre, la debilidad se ha apoderado de esta pobre gente y solo piensa en dormir para quizás entre sueños evadirse de esta horrible pesadilla. ¡¡Ahora, ahora!! y el tullido se abre paso entre los tablones saltando al vacio, le sigue el alemán y después voy yo. Caigo encima de unas ramas secas que me arañan manos y cara, no veo apenas nada la noche es oscura y el silencio se puede masticar de lo denso que resulta, me quedo unos instantes pegado al suelo, sin moverme, todavía no puedo hacerme a la idea de que me he escapado de ese nauseabundo vagón cuando una voz me insta a levantarme. ¡¡Vamos, vamos!! Me levanto y puedo ver una sombra que me antecede bajando el desnivel de las vías, un poco más allá otra sombra esta más extraña se une a nosotros.
-¡¡Lo hemos conseguido!! Dice el alemán dando un salto de alegría. ¡Por fin libres!
-No cantes victoria aún, no sabemos dónde estamos y que hay delante de nosotros, esta oscuridad es total, no puedo ver nada.
-Bien, dejemos de hablar, no estamos sobrados de fuerzas y debemos protegernos del frío, si seguimos a la intemperie no creo que aguantemos mucho, le digo a mis dos eventuales socios de aventura.
Seguimos la dirección que nos marcan las estrellas, siempre hacia el sur, debemos volver al sur como sea.
Caminamos más de tres horas por unos páramos secos, helados, dónde el paso de la guerra ha dejado quebrados árboles y matorrales, las zanjas llenas de lodo nos hacen caer más de una vez, dar un paso se hace muy penoso por el terreno y por la debilidad que arrastramos, en algunos momentos pienso que voy a desfallecer pero enseguida se aparece ante mis ojos la imagen del guardia con los sesos esparcidos y me sobrepongo ante el horror de lo hecho y las consecuencias que me puede traer.
Una leve luz va iluminando el paisaje ¡El sol! Un sol enfermizo, cicatero comienza a enseñar su débil propuesta hacía el este, vamos bien al menos no nos hemos confundido en la noche, el frío se intensifica al aparecer los primeros rayos como advirtiéndonos de que aún sigue entre nosotros.
-¡Aquí, venid aquí! El alemán acaba de encontrar lo que parece ser o haber sido un bunker. Los tres entramos en aquel recinto rápidamente, el tullido pone unas ramas a modo de puerta no sé muy bien para qué si es para protegernos del frío o para que nadie note nuestra presencia.
-Bueno es hora de presentarnos le digo sin poder aún distinguir bien a mis compañeros.
-Yo soy Herman, soy de la antigua Salzburgo, dice el alemán mientras acerca su mano.
-A mi me conocen por Aldo, serví en el ejercito unificado antes de la llegada al poder de los Libertarios.
-Yo soy Filoxides, vengo de la Federación Occidental.
-De acuerdo, ahora que nos conocemos al menos de nombre, creo que es mejor para nuestra seguridad no dar más detalles, dice Aldo mientras intenta sobreponerse a su arqueada espalda y recoge del suelo algo de hierba.
-Esto se lo comen las vacas y están bien sanas probemos nosotros al menos nos mantendrá entretenidos.
-¿Porqué mataste al guardia? Me pregunta Herman.
-Por unos calcetines, simplemente por eso.
-Jajajaja, no me lo puedo creer… ¿Por unos simples calcetines?
-Sí, sigo creyendo en la propiedad privada sea cual sea su valor y su importancia.
-Pues en menudo lio nos hemos metido por ello. Me contesta.
-Tanto mejor, si no hubiera sido por esa circunstancia aún estaríamos en el tren esperando no sabemos qué atroz destino, dice Aldo mientras parece disfrutar masticando hierba.
-Cuando el sol esté más alto tendremos que salir de aquí y seguir caminando en dirección sur, el ten parará al medio día y entonces nos echaran en falta, me imagino que no tardaran en salir a buscarnos, así que debemos movernos lo más rápido que podamos. Si uno se queda atrás peor para él, no podemos esperar por nadie y lo digo yo que probablemente sea en más débil del grupo a causa de mi espalda.
Asentimos con la cabeza y reposamos una hora más o menos después iniciamos la marcha siempre hacía el sur, Herman dirigía el grupo y yo lo cerraba, me causaba una enorme sorpresa el ver a pesar de su deformación como Aldo corría sin perder el paso al primero.
Nuestra marcha se prolongó varias horas, sin ver alrededor nada más que un paisaje desolador, campos yermos, quemados o muertos gracias al frío y a la guerra, ni una casa, nada de vida por algún sitio, no había nada era horrible la sensación de estar solos en aquella tierra maldita.

Filoxides de Ursalia


No hay comentarios:

Publicar un comentario