Céline
desmenuza y analiza las bases de esa entelequia fría, hipócrita, convencional
que es todo el mundo literario de las academias de entonces y que por supuesto
no han cambiado más de medio siglo después, y no teme afirmar su amor por lo
ficticio, es decir por lo falso; en una pérdida de gusto por lo auténtico: (El
mundo actual) “es sádico, reaccionario, además de tramposo y estúpido….va a lo
falso, naturalmente ¡Le gusta lo falso!...Las etiquetas, los partidos, nada
cambia con la latitud….¿Le hace falta su falsedad, su “cromo”, un poco por
todos lados.
Así
apostrofa al profesor Y: “¿Qué es lo que gana al fin en el mundo entero? ¿Quién
tiene el fervor absoluto, señor profesor Y? ¿el de las masas y el de la
élite?¿En Rusia y en Columbus, en Vancouver del Canadá y en el Fez de Marruecos,
en Trébizonde y en Mexico?...¡El cromo”,
profesor Y!, ¡el cromo!.... si se ocupan por Van Gogh ahora es por el valor que
ha adquirido, ¡Por que los escritores, los libros, no aumentan de “Valor” al
envejecer…Cualquiera del Liceo puede negaros un Goncourt en seis meses….. ¡Un
buen pasado político, un buen editor, y dos o tres padrinos esparcidos por Europa
y todo solucionado.
Céline
tendrá que huir a Dinamarca donde será encarcelado durante bastantes años,
antes de que tras diversos juicios, procesos, etc, pueda regresar a su país en
1952. Pero entonces se encuentra con una nueva sorpresa: el silencio total. Ningún
escritor, ningún periodista se atreve a hablar con él o a comentar su libro.
Las presiones del mismo Gallimard serán vanas para conseguirle entrevistas:
Céline es un proscrito, un condenado por las letras francesas.
Las “Conversaciones
con el profesor Y” nacen de esta situación: son en realidad una entrevista que
al propio Céline le hace un ficticio profesor Y.
En
realidad, las “Conversaciones con el profesor Y” son como una rabieta, pero una
rabieta llena de humor, una sátira violenta, contra ese inmenso monstruo que es
la academia de las letras francesas; son
como una pequeña venganza a la soledad a la que se ve condenado, como una
bofetada de rabiosa independencia, como un testamento literario de un hombre
que jamás, por nada, renunciaría a su lucha.
Como
recordaba en 1957, “No he renegado a nada, No cambio de opinión en absoluto.
Antes haría falta que me demostraran que me he equivocado y que no soy yo el
que verdaderamente ha tenido razón”.
La versión
teatral de estas “Conversaciones” fue realizada, con un acierto literario total
por Jean Rougerie, y su interpretación magistral de un escéptico Céline frente al estereotipado profesor Y,
que es Jean Saudray, hacen que el espectáculo que se reduce a un diálogo entre
los dos, sea una constante carcajada por parte del público en su mayoría
jóvenes y de apariencia inconformista. Fue una escenificación sencillísima y un
acierto seguro.
José Manuel
Infiesta (Revista el Martillo)
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