lunes, 7 de noviembre de 2016

L.F. Céline (2ª Parte y última)




Céline desmenuza y analiza las bases de esa entelequia fría, hipócrita, convencional que es todo el mundo literario de las academias de entonces y que por supuesto no han cambiado más de medio siglo después, y no teme afirmar su amor por lo ficticio, es decir por lo falso; en una pérdida de gusto por lo auténtico: (El mundo actual) “es sádico, reaccionario, además de tramposo y estúpido….va a lo falso, naturalmente ¡Le gusta lo falso!...Las etiquetas, los partidos, nada cambia con la latitud….¿Le hace falta su falsedad, su “cromo”, un poco por todos lados.
 
Así apostrofa al profesor Y: “¿Qué es lo que gana al fin en el mundo entero? ¿Quién tiene el fervor absoluto, señor profesor Y? ¿el de las masas y el de la élite?¿En Rusia y en Columbus, en Vancouver del Canadá y en el Fez de Marruecos, en  Trébizonde y en Mexico?...¡El cromo”, profesor Y!, ¡el cromo!.... si se ocupan por Van Gogh ahora es por el valor que ha adquirido, ¡Por que los escritores, los libros, no aumentan de “Valor” al envejecer…Cualquiera del Liceo puede negaros un Goncourt en seis meses….. ¡Un buen pasado político, un buen editor, y dos o tres padrinos esparcidos por Europa y todo solucionado.

Céline tendrá que huir a Dinamarca donde será encarcelado durante bastantes años, antes de que tras diversos juicios, procesos, etc, pueda regresar a su país en 1952. Pero entonces se encuentra con una nueva sorpresa: el silencio total. Ningún escritor, ningún periodista se atreve a hablar con él o a comentar su libro. Las presiones del mismo Gallimard serán vanas para conseguirle entrevistas: Céline es un proscrito, un condenado por las letras francesas.
Las “Conversaciones con el profesor Y” nacen de esta situación: son en realidad una entrevista que al propio Céline le hace un ficticio profesor Y.

En realidad, las “Conversaciones con el profesor Y” son como una rabieta, pero una rabieta llena de humor, una sátira violenta, contra ese inmenso monstruo que es  la academia de las letras francesas; son como una pequeña venganza a la soledad a la que se ve condenado, como una bofetada de rabiosa independencia, como un testamento literario de un hombre que jamás, por nada, renunciaría a su lucha.

Como recordaba en 1957, “No he renegado a nada, No cambio de opinión en absoluto. Antes haría falta que me demostraran que me he equivocado y que no soy yo el que verdaderamente ha tenido razón”.

La versión teatral de estas “Conversaciones” fue realizada, con un acierto literario total por Jean Rougerie, y su interpretación magistral de un escéptico  Céline frente al estereotipado profesor Y, que es Jean Saudray, hacen que el espectáculo que se reduce a un diálogo entre los dos, sea una constante carcajada por parte del público en su mayoría jóvenes y de apariencia inconformista. Fue una escenificación sencillísima y un acierto seguro.
José Manuel Infiesta (Revista el Martillo)

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