“Si yo fuera general, llevaría a mis huestes a
la muerte sin engaños: sin patria, sin ideales, y sin el señuelo de alcanzar
una recompensa terrenal o celestial” Emile Cioran.
Me aferré a mis pertenencias y continué despierto bastante tiempo; el
tren llevaba media jornada sin haberse detenido, atravesando campos desolados,
bosques quemados o arrasados por el fuego y la destrucción, el paisaje era
dantesco al menos aquello que podía ver entre los desvencijados tablones que
conformaban el vagón donde íbamos hacinados más de doscientas personas; viejos,
niños y hasta las mujeres orinaban y defecaban allá donde podían, el hedor era
insoportable.
Tres largos días desde que nos subieron en la estación del pueblo “Felicidad”,
todos pertenecíamos al campo de trabajo de “Un mundo libre”, yo llevaba
encarcelado allí seis largos años cumpliendo una pena por haberme expresado en
público contra la obligatoriedad de leer solo y únicamente los libros
permitidos por el Señor del Mando.
En el campo de reinserción fui cocinero los dos primeros años, me negué
a colocar las sobras que dejaban los guardias en las ollas de los prisioneros y
estuve un año entero limpiando letrinas, haciendo pozos donde esconder la
basura y enterrar los cadáveres de aquellos que no podían soportar el trabajo
en “Un mundo Libre”.
Ahora nos destinan no sabemos dónde, han amontonado a gentes de otros
campos la mayoría escritores, médicos, periodistas y algún artista, sus manos
delicadas así lo expresan. Su crimen seguir leyendo a escritores prohibidos,
aunque solo fuera por motivos profesionales, casi todos rondaban ya los sesenta
años de edad por lo que los seleccionaron en mi vagón donde solo viejos, niños
y mujeres lo llenábamos.
La noche, otra más, se hace larga y fría, nos apretujamos unos contra
otros, los niños lloran, las mujeres rezan y el nauseabundo olor se hace cada
vez más intenso. Al fondo del vagón un pobre viejo agoniza, entre esputos
sanguinolentos suelta algunas palabras en griego yo al menos creo que es
griego, a los pocos minutos una mujer le pone una vieja y asquerosa manta por
encima, ya ha muerto, estaremos con él hasta que nos bajen a darnos la única
comida diaria, esto puede ser más o menos al mediodía así que soportaremos al
cadáver durante al menos diez horas.
A mi lado un conocido locutor de televisión tirita y gime sin parar,
desde que le subieron a golpes en el vagón no ha dejado de llorar, dice que él
sigue fiel al Señor del Mando y a lo que representa y que solo se equivocó en
un comentario sacado de contexto. Las miradas hacia él son una mezcla de asco y
desprecio, al final todos acabamos aquí si al Líder y su Sanedrín Policiaco lo
consideran delito.
Más allá de él un altivo militar con el uniforme raido y sucio se
mantiene en pie, lleva horas así y probablemente cuando no pueda mantenerse así
no podrá sentarse pues no hay sitio donde hacerlo. Sus ojos están perdidos,
vacios solo la pobre luz que entra entre los tablones los deja ver al igual que
su cara demacrada sus cicatrices y su boca desdentada, sabe que va a morir pero
le debe pesar morir de esta manera tan humillante.
Agarro fuerte mi pequeña bolsa, donde llevo una chaqueta sin botones
robada a uno que ya no la iba a necesitar allá donde iba y unos calcetines, era
mi botín, los calcetines eran un lujo para cualquier preso y estoy seguro que
mi vida peligraría si se enterasen que yo guardaba unos, también una especie de
lata con una argolla que sería para todo, para comer, beber y si era necesario
hacer mis deposiciones.
"Si hubiese sabido que ibas a ser tan infeliz, habría
abortado" fué la lapidaria sentencia que a Cioran le dedicó su madre.
Esta frase de Cioran me
persigue desde hace tiempo, si mi pobre madre que ya paso por una terrible
guerra, hambre, tifús y que lucho para que no lo volviéramos a sufrir sus hijos
me viera en estas circunstancias seguro que habría abortado para evitarme este
calvario.
El sol entra entre las
ranuras de las paredes del vagón, un sol frío, inerme, desprovisto de todo
calor, de vida, es un sol de muerte, aunque no haya una nube en el cielo el sol
parece muerto. Al fondo una mujer grita, al parecer el hijo que lleva al lado
ha muerto durante la noche mientras dormitaba sin darse cuenta, otro cadáver
más y seguro que cuando nos hagan bajar del vagón otros cuantos no lo harán.
Zarko un viejo pintor
comprometido con el régimen pero que cayó en desgracia al haber plasmado en un
lienzo ciertas debilidades de los Regidores del Mando, me susurra al oído: Creo
que el viejo general ha muerto de pie, al menos se ha mantenido orgullosamente
firmes hasta el final. Dirijo mi vista hasta donde estaba el soldado y le veo
medio caído enrollado en su asqueroso capote totalmente amarillo y con los ojos
fijos en el techo. ¡Si está muerto! Pero como todos los que lo están
físicamente y a los que nos queda muy poco para estarlo. ¿Qué dirían sus soldados viéndole
de esta guisa? Sentirían dolor, pesar o se alegrarían de este final…. ¡Va, no
lo sé ni me importa!, con pensar en aguantar un día más me conformo.
El tren aminora la
marcha, un aire extraño lo inunda todo, nos apiñamos a las aberturas del vagón
pero no vemos más que chimeneas a lo lejos y alguna casucha al lado de las vías
la gente susurra con el vecino, se agarran las manos unos a otros, el terror a
lo desconocido se palpa en el ambiente, los ojos brillan de terror en cada uno
de los tristes despojos que como cerdos nos apiñamos en el vagón.
Al fin el tren se
detiene, se oyen voces fuera, en un idioma extraño desconocido para mí puede
ser eslavo pero no lo podría asegurar, el cerrojo de la puerta se descorre y
esta se va abriendo poco a poco; los pobres rayos de ese mezquino sol penetran
a duras penas en el vagón, no veo nada, solo escucho voces que declaman órdenes
en ese raro idioma, soy consciente de que voy a morir y me preparo para ello
aunque las piernas me tiemblan no solo por la difícil y larga postura de tantas
horas ni por la debilidad que mi cuerpo soporta sino por el miedo, un terror
animal de fiera acorralada, sometida y humillada. Nos van empujando hacia
afuera a punta de bayoneta o a culatazos vamos cayendo sobre el destartalado
andén, no hay piedad para las mujeres ni los niños y menos aún para los viejos
medio tullidos que vamos apareciendo como esperpénticas figuras del herrumbroso
vagón.
Un oficial nos obliga a
desnudarnos a todos, tanto a mujeres niños y el resto unos setenta u ochenta
viejos que hemos sobrevivido al viaje; me arranca mi “ajuar” un guardián de tez
oscura y rasgos mongoloides, lo abre y descubre mi tesoro, lo enseña al resto
de guardias y me sacude un culatazo que me tumba de espaldas mientras me grita
algo que no comprendo pero que no debe ser nada bueno. Después de conseguir mis
pertenencias y de asestarme varias patadas en los costados la emprende con una
mujer a la que soba delante de todos y a la que apartan del grupo entre varios
guardias llevándosela a una especie de cobertizo, me doy cuenta de lo que le
espera y mi odio se dispara hacia estos animales que nos han arrebatado nuestra
hombría y nuestro valor.
A los más jóvenes les
obligan a bajar los doce o trece cadáveres que hay en el vagón, dos son niños
de más o menos diez años de edad, los otros son hombres todos entre ellos el
militar que parece petrificado como si representará ya a su propia estatua.
Echan unos cubos con agua sobre la paja que cubre el suelo del vagón y lo dejan
abierto mientras a los que quedamos con vida nos empujan hacia una cerca
próxima donde una especie de cocina de campaña humea desprendiendo un tufo
asqueroso.
Yo no tengo escudilla
ni mi jarrillo que el guardia se quedó junto a mi chaqueta y los calcetines y
tengo que poner ambas manos para que el cocinero con aspecto de cerdo grasiento
me eche la comida, el viscoso líquido se escurre entre mis dedos y unos trozos
de zanahoria y de algo indescriptible se queda pegado a las palmas de mis
manos.
Oímos gritos de mujeres
y todos sabemos lo que las está pasando en manos de estos salvajes, en ese
momento me fijo en un cartel que preside la estación y que reza así “Centro
Libertario Internacional, Estación de la Amistad” Qué terrible paradoja reunir
en ente asqueroso antro los términos libertad con amistad e intento limpiarme
las manos restregándolas en unas piedras.
En ese momento, después
que la mayoría ha hecho sus necesidades en una larga fosa que luego nos
hicieron luego cubrir de tierra, un oficial nos grita desde una ventana abierta
en el cobertizo que representa la estación.
No entendemos nada, al
menos los que venimos de los campos de trabajo, otros prisioneros que se nos
han acoplado lloran desconsoladamente, creo entender qué… a los pozos de sal
no, a los pozos no…..
Nos vuelven a montar en
el desvencijado tren, ahora hay unos veinte muchachos entre nosotros, las
mujeres también han vuelto de donde las hubieran tenido, todas traen moraduras,
arañazos, las ropas destrozadas, hecho en falta a Zarko, un viejo con aspecto
latino me dice que le ha visto vomitando sangre en las vías y que los guardias
se lo han llevado, una vez que se lleno el tren, nuevamente las puertas son cerradas
por fuera y este se pone otra vez en marcha.
¿Hacia dónde vamos
hermano? me pregunta susurrando un encorvado abuelo con una barba sucia y grisácea.
¡Al infierno, vamos
directamente al infierno!.
Filoxides de Ursalia
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