miércoles, 9 de noviembre de 2016

El tren



 “Si yo fuera general, llevaría a mis huestes a la muerte sin engaños: sin patria, sin ideales, y sin el señuelo de alcanzar una recompensa terrenal o celestial       Emile Cioran.

Me aferré a mis pertenencias y continué despierto bastante tiempo; el tren llevaba media jornada sin haberse detenido, atravesando campos desolados, bosques quemados o arrasados por el fuego y la destrucción, el paisaje era dantesco al menos aquello que podía ver entre los desvencijados tablones que conformaban el vagón donde íbamos hacinados más de doscientas personas; viejos, niños y hasta las mujeres orinaban y defecaban allá donde podían, el hedor era insoportable.

Tres largos días desde que nos subieron en la estación del pueblo “Felicidad”, todos pertenecíamos al campo de trabajo de “Un mundo libre”, yo llevaba encarcelado allí seis largos años cumpliendo una pena por haberme expresado en público contra la obligatoriedad de leer solo y únicamente los libros permitidos por el Señor del Mando.

En el campo de reinserción fui cocinero los dos primeros años, me negué a colocar las sobras que dejaban los guardias en las ollas de los prisioneros y estuve un año entero limpiando letrinas, haciendo pozos donde esconder la basura y enterrar los cadáveres de aquellos que no podían soportar el trabajo en “Un mundo Libre”.

Ahora nos destinan no sabemos dónde, han amontonado a gentes de otros campos la mayoría escritores, médicos, periodistas y algún artista, sus manos delicadas así lo expresan. Su crimen seguir leyendo a escritores prohibidos, aunque solo fuera por motivos profesionales, casi todos rondaban ya los sesenta años de edad por lo que los seleccionaron en mi vagón donde solo viejos, niños y mujeres lo llenábamos.

La noche, otra más, se hace larga y fría, nos apretujamos unos contra otros, los niños lloran, las mujeres rezan y el nauseabundo olor se hace cada vez más intenso. Al fondo del vagón un pobre viejo agoniza, entre esputos sanguinolentos suelta algunas palabras en griego yo al menos creo que es griego, a los pocos minutos una mujer le pone una vieja y asquerosa manta por encima, ya ha muerto, estaremos con él hasta que nos bajen a darnos la única comida diaria, esto puede ser más o menos al mediodía así que soportaremos al cadáver durante al menos diez horas.

A mi lado un conocido locutor de televisión tirita y gime sin parar, desde que le subieron a golpes en el vagón no ha dejado de llorar, dice que él sigue fiel al Señor del Mando y a lo que representa y que solo se equivocó en un comentario sacado de contexto. Las miradas hacia él son una mezcla de asco y desprecio, al final todos acabamos aquí si al Líder y su Sanedrín Policiaco lo consideran delito.

Más allá de él un altivo militar con el uniforme raido y sucio se mantiene en pie, lleva horas así y probablemente cuando no pueda mantenerse así no podrá sentarse pues no hay sitio donde hacerlo. Sus ojos están perdidos, vacios solo la pobre luz que entra entre los tablones los deja ver al igual que su cara demacrada sus cicatrices y su boca desdentada, sabe que va a morir pero le debe pesar morir de esta manera tan humillante.

Agarro fuerte mi pequeña bolsa, donde llevo una chaqueta sin botones robada a uno que ya no la iba a necesitar allá donde iba y unos calcetines, era mi botín, los calcetines eran un lujo para cualquier preso y estoy seguro que mi vida peligraría si se enterasen que yo guardaba unos, también una especie de lata con una argolla que sería para todo, para comer, beber y si era necesario hacer mis deposiciones.

"Si hubiese sabido que ibas a ser tan infeliz, habría abortado" fué la lapidaria sentencia que a Cioran le dedicó su madre.

Esta frase de Cioran me persigue desde hace tiempo, si mi pobre madre que ya paso por una terrible guerra, hambre, tifús y que lucho para que no lo volviéramos a sufrir sus hijos me viera en estas circunstancias seguro que habría abortado para evitarme este calvario.
El sol entra entre las ranuras de las paredes del vagón, un sol frío, inerme, desprovisto de todo calor, de vida, es un sol de muerte, aunque no haya una nube en el cielo el sol parece muerto. Al fondo una mujer grita, al parecer el hijo que lleva al lado ha muerto durante la noche mientras dormitaba sin darse cuenta, otro cadáver más y seguro que cuando nos hagan bajar del vagón otros cuantos no lo harán.

Zarko un viejo pintor comprometido con el régimen pero que cayó en desgracia al haber plasmado en un lienzo ciertas debilidades de los Regidores del Mando, me susurra al oído: Creo que el viejo general ha muerto de pie, al menos se ha mantenido orgullosamente firmes hasta el final. Dirijo mi vista hasta donde estaba el soldado y le veo medio caído enrollado en su asqueroso capote totalmente amarillo y con los ojos fijos en el techo. ¡Si está muerto! Pero como todos los que lo están físicamente y a los que nos queda muy poco para estarlo. ¿Qué dirían sus soldados viéndole de esta guisa? Sentirían dolor, pesar o se alegrarían de este final…. ¡Va, no lo sé ni me importa!, con pensar en aguantar un día más me conformo.

El tren aminora la marcha, un aire extraño lo inunda todo, nos apiñamos a las aberturas del vagón pero no vemos más que chimeneas a lo lejos y alguna casucha al lado de las vías la gente susurra con el vecino, se agarran las manos unos a otros, el terror a lo desconocido se palpa en el ambiente, los ojos brillan de terror en cada uno de los tristes despojos que como cerdos nos apiñamos en el vagón.

Al fin el tren se detiene, se oyen voces fuera, en un idioma extraño desconocido para mí puede ser eslavo pero no lo podría asegurar, el cerrojo de la puerta se descorre y esta se va abriendo poco a poco; los pobres rayos de ese mezquino sol penetran a duras penas en el vagón, no veo nada, solo escucho voces que declaman órdenes en ese raro idioma, soy consciente de que voy a morir y me preparo para ello aunque las piernas me tiemblan no solo por la difícil y larga postura de tantas horas ni por la debilidad que mi cuerpo soporta sino por el miedo, un terror animal de fiera acorralada, sometida y humillada. Nos van empujando hacia afuera a punta de bayoneta o a culatazos vamos cayendo sobre el destartalado andén, no hay piedad para las mujeres ni los niños y menos aún para los viejos medio tullidos que vamos apareciendo como esperpénticas figuras del herrumbroso vagón.

Un oficial nos obliga a desnudarnos a todos, tanto a mujeres niños y el resto unos setenta u ochenta viejos que hemos sobrevivido al viaje; me arranca mi “ajuar” un guardián de tez oscura y rasgos mongoloides, lo abre y descubre mi tesoro, lo enseña al resto de guardias y me sacude un culatazo que me tumba de espaldas mientras me grita algo que no comprendo pero que no debe ser nada bueno. Después de conseguir mis pertenencias y de asestarme varias patadas en los costados la emprende con una mujer a la que soba delante de todos y a la que apartan del grupo entre varios guardias llevándosela a una especie de cobertizo, me doy cuenta de lo que le espera y mi odio se dispara hacia estos animales que nos han arrebatado nuestra hombría y nuestro valor.

A los más jóvenes les obligan a bajar los doce o trece cadáveres que hay en el vagón, dos son niños de más o menos diez años de edad, los otros son hombres todos entre ellos el militar que parece petrificado como si representará ya a su propia estatua. Echan unos cubos con agua sobre la paja que cubre el suelo del vagón y lo dejan abierto mientras a los que quedamos con vida nos empujan hacia una cerca próxima donde una especie de cocina de campaña humea desprendiendo un tufo asqueroso.

Yo no tengo escudilla ni mi jarrillo que el guardia se quedó junto a mi chaqueta y los calcetines y tengo que poner ambas manos para que el cocinero con aspecto de cerdo grasiento me eche la comida, el viscoso líquido se escurre entre mis dedos y unos trozos de zanahoria y de algo indescriptible se queda pegado a las palmas de mis manos.
Oímos gritos de mujeres y todos sabemos lo que las está pasando en manos de estos salvajes, en ese momento me fijo en un cartel que preside la estación y que reza así “Centro Libertario Internacional, Estación de la Amistad” Qué terrible paradoja reunir en ente asqueroso antro los términos libertad con amistad e intento limpiarme las manos restregándolas en unas piedras.

En ese momento, después que la mayoría ha hecho sus necesidades en una larga fosa que luego nos hicieron luego cubrir de tierra, un oficial nos grita desde una ventana abierta en el cobertizo que representa la estación.
No entendemos nada, al menos los que venimos de los campos de trabajo, otros prisioneros que se nos han acoplado lloran desconsoladamente, creo entender qué… a los pozos de sal no, a los pozos no…..

Nos vuelven a montar en el desvencijado tren, ahora hay unos veinte muchachos entre nosotros, las mujeres también han vuelto de donde las hubieran tenido, todas traen moraduras, arañazos, las ropas destrozadas, hecho en falta a Zarko, un viejo con aspecto latino me dice que le ha visto vomitando sangre en las vías y que los guardias se lo han llevado, una vez  que se lleno el tren, nuevamente las puertas son cerradas por fuera y este se pone otra vez en marcha.
¿Hacia dónde vamos hermano? me pregunta susurrando un encorvado abuelo con una barba sucia y grisácea.
¡Al infierno, vamos directamente al infierno!.
Filoxides de Ursalia

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