Mi amigo Eduardo me ha inspirado muchos de mis escritos, en cierto
modo se podría decir que es mi musa en varón. Ahora que por mi situación
personal puedo dedicarle más tiempo a mis asuntos paso bastantes días paseando
con él alrededor de la residencia donde lleva internado varios años.
Eduardo ha sido un alto funcionario estatal y se podría decir que goza
de un buen patrimonio pero las circunstancias le ha llevado a parar en una
residencia cerca de mi pueblo, al parecer su familia, dos hijas y un hijo,
todos ellos casados no podían hacerse cargo de él.
Eduardo es feliz, tiene buena movilidad, la cabeza le rige bien aunque
él se considera un poco loco y a sus setenta y seis años goza en general de
buena salud, una mala salud de hierro como él suele decir cuando se le pregunta
por ello.
Ayer sin ir más lejos me acerqué a la Residencia para pasar un rato
con mi buen amigo, le encontré tomando el sol en el porche de la entrada,
sonriente como siempre y con una taza de té en la mano, fue un bebedor
empedernido de café hasta que cambió radicalmente de gustos y se inició en el
té, ahora se ha convertido en un especialista y presume de saber diferenciar
entre más de cien sabores, en mi ignorancia yo no sabía que pudiera haber
tantas diferencias de esta saludable bebida.
-¡Es muy inglés, deberías acostumbrarte a él!
Me dijo en cierta ocasión, pero desgraciadamente no debo tomar ni cafeína
ni teína a causa de mis problemas cardiovasculares, así que dejaré para otra
reencarnación la sugerente propuesta de mi amigo.
-¿Qué tal mi preciado amigo?
-Bien, (le contesto estrechándole su huesuda mano), algo cansado a
causa de este extraño otoño que estamos sufriendo.
-Bah…. A mí me parece una prolongación agradable del verano, al menos
eso me dicen mis huesos.
Se levanta de su silla, deja la taza sobre la mesita contigua y le
hace un gesto a la enfermera que cuida de él. Al dar esta su consentimiento nos
vamos a pasear por el jardín que rodea el edificio.
-¿Cómo va tu novela…. El tren, creo que se llama?
-Estancada, no consigo encontrar un sentido para el final que se
ajuste a mi idea original, además se la he dado a leer a un viejo profesor de
historia y no le ha parecido interesante, me devolvió el borrador con cierta
indiferencia.
-Bueno, es normal, un profesor de historia te dará una opinión
objetiva sobre lo real o más o menos lo que de verdad tiene la historia
escrita, así que no lo tengas en cuenta y continúa con tu propósito sin más.
Eduardo nunca consideró la Historia como una ciencia exacta, siempre
decía que rezumaba subjetividad por todos lados y ponía el ejemplo de la guerra
de la Independencia vista por un francés que consideraba al español un
ignorante, zafio y sucio, cruel en sus ataques ante el poderoso ejército de
Napoleón, mientras que para un español era una guerra de liberación del yugo
extranjero que solo trajo a España muerte y destrucción.
-En toda historia hay dos verdades y hasta tres si interviene un
observador extranjero.
Esta opinión de Eduardo me hacía pensar en todas las guerras y vicisitudes
tanto heroicas como humanas probablemente tergiversadas por los propios
interesados al contarlas.
-Escribe el tren, finalízalo como te dicte el corazón o la cabeza y no
pienses en nada ni en nadie, solo en ti, al fin y al cabo el mejor lector es
uno mismo, ese te corregirá sin ningún tipo de interés.
Deje a Eduardo nuevamente en su
silla del porche después de pasear más o menos dos horas y charlar de todo y de
nada. Me encanta recordar una frase que dice ser suya pero que creo que se la
apropió de Dalí:
“La única diferencia entre un loco y yo, es que él loco cree que no lo
está, mientras yo se que lo estoy”
Filoxides
de Ursalia
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