lunes, 21 de noviembre de 2016

La Aldea



Al fin vemos en la lejanía unas chabolas, casuchas medio derruidas de cuyas chimeneas sale humo, eso quiere decir que hay calor o algo que lo produce y probablemente sea comida. La necesidad de comida y de poder descansar bajo techo vence al miedo a poder ser delatados de alguna manera, así que con mucho cuidado nos ponemos en marcha en dirección hacia las casuchas. Alcanzamos un viejo camino al parecer poco frecuentado por las hierbas que han crecido en él, según avanzamos vamos mirando alrededor con mucho cuidado y parando al menor ruido sospechoso, a unos cien metros de la primera casa nos paramos a observar, solo vemos a un anciano arrastrando una carretilla desvencijada con alfalfa o algo parecido encima, no vemos a nadie más, esto nos da cierta confianza y nos acercamos prudentemente rodeando las cabañas Aldo por el centro y Herman y yo a unos veinte o treinta metros a su lado.

Llegamos a lo que en su día fue una aldea, una viejuca se asoma a una ventana y nos observa con cierto interés, al rato otra abuela sale por la puerta de esa casa y nos mira mientras en sus manos seca un plato, le viejo de la carretilla llama a alguien y al momento aparecen unas cinco personas, todas más o menos de la misma edad. Aldo les saluda en un idioma irreconocible para mí y estos le contestan con cierta amabilidad, uno de ellos entra en su casa y al momento sale con un trozo de pan y algo que de momento no sé lo que es y ni me importa, al momento estamos devorando el maravilloso manjar y bebiendo una especie de té o alguna hierba disuelta en agua.

El que parece ser el jefe de la comunidad nos indica un granero al lado del camino y nos dice que podemos descansar allí, Herman y yo nos dirigimos rápidamente para el lugar mientras Aldo se queda conversando con él y otros dos abuelos que parecen ser el comité de bienvenida. Caemos encima de unas pilas de paja totalmente destrozados, Herman a los pocos segundos está roncando, yo me acerco a la puerta para ver a Aldo y a los otros que charlan a la puerta de una de las casas, la que se encuentra en mejor estado, su conversación parece bastante distendida y eso me inquieta bastante, no conozco a Aldo ni tampoco a Herman como para confiar plenamente en ellos, además el crimen que cometí me deja en manos de estos si tuvieran que llegar a una negociación con alguien.

El sueño me vence, la comida engullida tan rápidamente después de tanto tiempo sin comer me quema en el estómago, siento ganas de vomitar aunque me contengo y sin darme cuenta me quedo dormido.

-¡¡Despierta hombre, despierta!!

¿Zarko, eres Zarko, qué mierda haces tú aquí? Me levanto de un salto, ante mí está Zarko y otras dos personas que por las trazas son evadidos como él o nosotros.

-Tranquilo, somos amigos, no te alarmes. Me dice Zarko echando el cuerpo hacia atrás ante mi salto repentino.

-¿Y los demás? ¿Dónde están mis colegas?

Al momento aparece Herman que se acaba de bañar y sonríe como si fuera un niño pequeño, le acompaña una vieja que trae unas toallas limpias y un barreño vacio.

-Ya es hora de que te laves, hueles peor que los cerdos. Me suelta Herman mientras sigue riendo.

-Antes quiero saber cómo han podido llegar hasta aquí estos, le digo señalando a Zarko y a los otros dos que permanecen en silencio a su lado.

-Fue muy fácil, contesta Zarko, cuando vimos que saltabais del tren no lo dudamos esperamos unos minutos y cuando creímos oportuno saltamos al igual que vosotros y seguramente otros lo hicieron también.

-Pero esto es terrible, cuando el tren haya llegado notaran las faltas y cuanto más sean más motivos tendrán para salir en nuestra búsqueda. Les dije enormemente nervioso.

-Ya, pero comprenderás que no solo tú tienes derecho a evadirte de ese infierno al que parece ser nos llevaban.

Al momento entra Aldo acompañado del jefe de la comunidad que se llama Asul o Jasul no lo entendí bien.

Debemos ponernos en camino nuevamente, los guardias ya estarán buscándonos  y no estamos tan lejos de las vías del ferrocarril para que no nos puedan rastrear enseguida. Asul nos dice que si seguimos hacia el sureste llegaremos al gran lago y si podemos atravesarlo seremos libres. Solo nos podemos llevar agua y un poco de pan y cecina que es lo que estas buenas gentes nos pueden dar, así que en marcha.

Aldo se ha elegido a sí mismo como el Jefe de esta pequeña tropilla de desarrapados fugitivos que aparte de hambrientos y sucios no tenemos ni idea de hacia dónde hay que dirigirse.
-Ahora somos seis un número demasiado grande para no ser localizado por los guardias. Le dice Herman a Aldo, todos asienten con la cabeza.

Unos de los que llegaron con Zarko de nombre Julio dice que él irá hacia el Norte a las montañas dónde considera que siguen parte de sus compatriotas desplazados por la Revolución y el otro dice que se va con él, así que Zarko se une a nuestro grupo. Recojo una escudilla que me ha regalado una vieja, la engancho a la cuerda que sujeta mis pantalones, meto el pan y la cecina en uno de los bolsillos, me lavo un poco la cara y salgo hacia la calle.
El sol está en lo alto, calculo que deben ser las doce o la una de la tarde, seguimos por el estrecho camino en dirección sureste, Aldo a la cabeza, detrás Zarko, después Herman y por último voy yo. Tengo un mal presentimiento, pero no puedo hacer nada solo intentar no pensar y solo centrarme en seguir el paso al que va delante.
Filoxides de Ursalia

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