Al fin vemos en la lejanía
unas chabolas, casuchas medio derruidas de cuyas chimeneas sale humo, eso
quiere decir que hay calor o algo que lo produce y probablemente sea comida. La
necesidad de comida y de poder descansar bajo techo vence al miedo a poder ser
delatados de alguna manera, así que con mucho cuidado nos ponemos en marcha en
dirección hacia las casuchas. Alcanzamos un viejo camino al parecer poco
frecuentado por las hierbas que han crecido en él, según avanzamos vamos
mirando alrededor con mucho cuidado y parando al menor ruido sospechoso, a unos
cien metros de la primera casa nos paramos a observar, solo vemos a un anciano
arrastrando una carretilla desvencijada con alfalfa o algo parecido encima, no
vemos a nadie más, esto nos da cierta confianza y nos acercamos prudentemente
rodeando las cabañas Aldo por el centro y Herman y yo a unos veinte o treinta
metros a su lado.
Llegamos a lo que en su
día fue una aldea, una viejuca se asoma a una ventana y nos observa con cierto
interés, al rato otra abuela sale por la puerta de esa casa y nos mira mientras
en sus manos seca un plato, le viejo de la carretilla llama a alguien y al
momento aparecen unas cinco personas, todas más o menos de la misma edad. Aldo
les saluda en un idioma irreconocible para mí y estos le contestan con cierta
amabilidad, uno de ellos entra en su casa y al momento sale con un trozo de pan
y algo que de momento no sé lo que es y ni me importa, al momento estamos
devorando el maravilloso manjar y bebiendo una especie de té o alguna hierba
disuelta en agua.
El que parece ser el
jefe de la comunidad nos indica un granero al lado del camino y nos dice que
podemos descansar allí, Herman y yo nos dirigimos rápidamente para el lugar
mientras Aldo se queda conversando con él y otros dos abuelos que parecen ser
el comité de bienvenida. Caemos encima de unas pilas de paja totalmente
destrozados, Herman a los pocos segundos está roncando, yo me acerco a la
puerta para ver a Aldo y a los otros que charlan a la puerta de una de las
casas, la que se encuentra en mejor estado, su conversación parece bastante
distendida y eso me inquieta bastante, no conozco a Aldo ni tampoco a Herman
como para confiar plenamente en ellos, además el crimen que cometí me deja en
manos de estos si tuvieran que llegar a una negociación con alguien.
El sueño me vence, la
comida engullida tan rápidamente después de tanto tiempo sin comer me quema en
el estómago, siento ganas de vomitar aunque me contengo y sin darme cuenta me
quedo dormido.
-¡¡Despierta hombre,
despierta!!
¿Zarko, eres Zarko, qué
mierda haces tú aquí? Me levanto de un salto, ante mí está Zarko y otras dos personas
que por las trazas son evadidos como él o nosotros.
-Tranquilo, somos
amigos, no te alarmes. Me dice Zarko echando el cuerpo hacia atrás ante mi salto
repentino.
-¿Y los demás? ¿Dónde
están mis colegas?
Al momento aparece
Herman que se acaba de bañar y sonríe como si fuera un niño pequeño, le
acompaña una vieja que trae unas toallas limpias y un barreño vacio.
-Ya es hora de que te
laves, hueles peor que los cerdos. Me suelta Herman mientras sigue riendo.
-Antes quiero saber cómo
han podido llegar hasta aquí estos, le digo señalando a Zarko y a los otros dos
que permanecen en silencio a su lado.
-Fue muy fácil,
contesta Zarko, cuando vimos que saltabais del tren no lo dudamos esperamos
unos minutos y cuando creímos oportuno saltamos al igual que vosotros y
seguramente otros lo hicieron también.
-Pero esto es terrible,
cuando el tren haya llegado notaran las faltas y cuanto más sean más motivos
tendrán para salir en nuestra búsqueda. Les dije enormemente nervioso.
-Ya, pero comprenderás
que no solo tú tienes derecho a evadirte de ese infierno al que parece ser nos
llevaban.
Al momento entra Aldo
acompañado del jefe de la comunidad que se llama Asul o Jasul no lo entendí
bien.
Debemos ponernos en
camino nuevamente, los guardias ya estarán buscándonos y no estamos tan lejos de las vías del
ferrocarril para que no nos puedan rastrear enseguida. Asul nos dice que si
seguimos hacia el sureste llegaremos al gran lago y si podemos atravesarlo
seremos libres. Solo nos podemos llevar agua y un poco de pan y cecina que es
lo que estas buenas gentes nos pueden dar, así que en marcha.
Aldo se ha elegido a sí
mismo como el Jefe de esta pequeña tropilla de desarrapados fugitivos que
aparte de hambrientos y sucios no tenemos ni idea de hacia dónde hay que
dirigirse.
-Ahora somos seis un
número demasiado grande para no ser localizado por los guardias. Le dice Herman
a Aldo, todos asienten con la cabeza.
Unos de los que
llegaron con Zarko de nombre Julio dice que él irá hacia el Norte a las
montañas dónde considera que siguen parte de sus compatriotas desplazados por
la Revolución y el otro dice que se va con él, así que Zarko se une a nuestro
grupo. Recojo una escudilla que me ha regalado una vieja, la engancho a la cuerda
que sujeta mis pantalones, meto el pan y la cecina en uno de los bolsillos, me
lavo un poco la cara y salgo hacia la calle.
El sol está en lo alto,
calculo que deben ser las doce o la una de la tarde, seguimos por el estrecho
camino en dirección sureste, Aldo a la cabeza, detrás Zarko, después Herman y
por último voy yo. Tengo un mal presentimiento, pero no puedo hacer nada solo
intentar no pensar y solo centrarme en seguir el paso al que va delante.
Filoxides de Ursalia
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