viernes, 9 de septiembre de 2016


Un resplandor le hace mirar hacia arriba, postrado ante las cálidas aguas  viendo dos jinetes aproximarse a paso pausado al oasis. Ropas ligeras, azuladas, escudos pequeños de piel y acero damasquinado, lanzas y espadas curvadas les delatan como infieles. El caballero postrado ante las cálidas aguas del oasis se incorpora, la pesada cota de maya está tan oxidada por el sudor y el calor que ya no reluce bajo el sol abrasador. Su sobrecota es negra con la cruz blanca manchada de sangre sarracena. es un sargento de las tropas cruzadas que combaten a Saladino en tierras de Jesús el Crucificado.
Lleva perdido en el desierto tres días, no ha comido, apenas algunos dátiles y agua del oasis le han mantenido vivo.

Sin pensarlo dos veces se pone en pie y desenvaina su espada, uno de los jinetes desmonta y habla al sargento de forma tranquila y serena, pero aquel no entiende el lenguaje de los infieles, y contesta....
sus palabras son de  acero, la espada se mantiene sobre su cabeza con ambas manos ladeada a la derecha, lo que le delata como uno de los caballeros teutones, adoptando una guardia a la italiana para sostener la pesada espadad de arzón. El guerrero del desierto desenvaina su cimitarra y baja el nasal de su casco, sigue hablando pero no se hace entender.....
El acero silva y el sargento golpea el escudo de su  contrincante, haciendo saltar chispas y esquirlas de metal.
Un nuevo golpe es parado por el escudo, el infiel sigue hablando pero no contraatca, el sargento le insulta y golpea de nuevo, le hace retroceder y caer. el enorme teutón espera a que se levante para asestarle un mandoble que cada vez es parado con más dificultad por el hombre del desierto.
Finalmente la cimitarra centellea y roza el ropaje cristino, acero europeo y asiático se cruzan y golpean, saltan chispas a cada golpe, la grácil hoja oriental es rápida pero no puede cortar la malla por mucho que la golpee, la pesada hoja cristiana destroza el metal que muerde, es más lenta pero más contundente y finalmente se impone.
La hoja vieja y mellada está endurecida en mil batallas, corta escudo, peto de cuero y al hombre de cobre que hay dentro. El oriental se desploma sobre el manto de arena, tiñendo de rojo el desierto.
-¡Vuestro escudero ha muerto! ¿acaso esperáis que el desierto me mate? ¡atacad por Dios!
-Mi Señor! el que yace no es escudero, es Señor, él os ofrecía su oasis y su caballo al ver que andáis a pie. El era dueño de estas tierras y no podía atacar a un hospitalario en desventaja.
Yo soy su esclavo, pero no pude hablar antes de que lo hiciese mi Señor, tal es la norma. Entiendo vuestra lengüa mi Señor no quiso nunca entenderla, quizás por eso yace muerto ante vos. Recoged su caballo él os lo ofreció y podréis llegar en tres días a vuestros acuartelamientos. Decid con orgullo que matáteis a Ameh Al Sarif señor de estas tierras.
-¿Y vos que haréis?
Esperar a que vos os recuperéis y quizás un día nos volvamos a encontrar e intentaré vengar a mi Señor.
De Pancho Filoso Díaz, el último visigodo


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