Salí
de aquel antro con mi caja de cartón debajo del brazo en ese momento sentí un
punzante dolor en el pecho y me desperté.
En
parecidas circunstancias debo ponerme una pastilla de nitroglicerina debajo de
la lengua y esperar que está se disuelva a la vez que el dolor remita, en caso
contrario hay que ir al Hospital urgentemente pues no se pueden tomar más de
tres pastillas seguidas y el peligro de infarto es inminente.
Entre
sudores me levanté de la cama, cogí el pastillero que desde hace años me
acompaña de día y de noche, saqué una pastilla y la coloqué debajo de la lengua
y me senté en un sillón cercano, pasaron unos minutos y mientras esta de
disolvía en mi boca recordé todo lo que había soñado con tanto detalle como el
que se atribuye al enfermo que está cercano al final de su existencia. Una
extraña sensación recorrió mi cuerpo aunque ya estaba acostumbrado a esta
situación pues hasta el momento había sufrido tres infartos dos de ellos de
cierta importancia al menos el primero.
La
sensación que me tenía extrañamente despierto pero ajeno a lo que en realidad
estaba viviendo, como si me hubiera salido de mi cuerpo y le viera a este desde
un punto distante, ajeno a su situación y expectante ante el desenlace final.
La sensación se fue apagando, el dolor remitió y una nueva sensación apareció,
era la de un cansancio enorme, como si hubiera estado luchando contra algo o
alguien durante horas.
Mi
mujer alarmada ya había llamado mientras tanto a la ambulancia y esta estaba en
camino. Me vestí con calma mientras llegaban los enfermeros y el médico y les
aguardé más calmado aunque con ciertos dolores punzantes en el pecho que se
repetían con cierta carencia.
Una
semana en el Hospital fue suficiente para “desengrasar” arterias, colocar un
nuevo stend y para casa. Recogí mis cosas de la taquilla un libro de Edward
Alan Poe que me habían traído unos amigos al visitarme, Ana mi mujer coloco las
cosas de aseo en un bolso de mano y con el alta en la mano salimos del
Hospital.
El
aire de la calle me sentó bien, muy bien. Como ya me había ocurrido en las
otras ocasiones que tuve que pasar por este trance las cosas parecen
diferentes, hay más luz, el cielo es más azul y todo se percibe diferente, se
tiene la sensación de haber vuelto a nacer, aunque la cosa no haya sido muy
grave.
Al
llegar a casa recibo el cariño de mi fiel perro Morgan que como un poseso me
muerde y llora con pequeños ladridos mientras no deja de saltar a mí alrededor.
No hay nada mejor que el cariño de un animal como el perro.
Al
rato aparecen mis nietos y mis hijos y el clan está completo, todo vuelve a la
normalidad, aunque algo ya no volverá a funcionar como antes pues cada vez el
corazón es más débil.
Al
marcharse todos ya caída la tarde me siento junto a mi mujer y mi perro en la
terraza desde donde vemos como el día va muriendo lentamente, todo tiene su
ciclo.
Filoxides de
Ursalía. El infarto
No hay comentarios:
Publicar un comentario