Hay sueños que pueden convertirse en dolorosas pesadillas. Esto es lo que
me ocurrió hace unas noches después de un día tranquilo y afable.
Me veo en lo alto de una tribuna rodeado de esplendidos aunque algo
deteriorados edificios de estilo renacentista o neo-clásico, no los distingo
bien. Una gran multitud se agolpa en sus balaustradas y balcones, ríen y comen
mientras dialogan entre ellos, abajo una enorme explanada donde se apiñan un
buen número de personas, tenderetes y ciertos animales.
Me fijo bien en el entorno y creo distinguir entre los asistentes unos
personajes muy especiales.
¡¡Santo Cielo, son Dioses!! Mi asombro es absoluto a la vez que un tremendo
terror escénico se apodera de mi.
Me centro bien en mi visión y veo horrorizado en una de las balconadas de
mi derecha a Zeus con sus esposas Hera y Dione, le distingo por las
innumerables fotografías que existen de un busto suyo hallado en Otricoli, su
barba es inconfundible y sus maneras son las de un redomado conquistador. Con
ellos están parte de sus hijos: Apolo, Artemisa, Dioniso, Efesto.... también
los reconozco por sus imágenes en museos y exposiciones. Algo más allá, en otra
gran balconada están filósofos y pensadores de la Antigüedad, estos conversan
amigablemente mientras degustan frutas y dulces a la vez que vinos y
zumos.
Creo distinguir por su corpulencia al divino Platón con un séquito de
distinguidos discípulos entre los que estoy seguro de reconocer a Aristóteles y
con este a Teofastro el cual no deja de andar de un lado para el otro dentro de
su terraza mientras lee un enorme pergamino. A los demás intuyo quien puedan
ser pero no los distingo.
A mi izquierda en unas terrazas sin tanto esplendor reconozco a
distinguidos pensadores, literatos y hombres del arte y de las ciencias, todos muy
circunspectos y con cierto boato propio de siglos posteriores a los antes
citados.
En un balcón distingo apoyado en Zoroastro y cogido de su brazo a un
encorvado Nietzsche que demuestra hacia su maestro un aprecio especial, junto a
ellos creo ver a Jung, Hesse y mi añorado Serrano, todos ocupan un solo balcón
y parecen algo separados de los demás.
Viejos y jóvenes se prestan a escuchar al orador mientras una concurrida
comitiva de volatineros, orates, meretrices se agolpan en la explanada al
dictado de una especie de procuradores del orden.
Siento como el pánico se va diluyendo mientras repaso mis apuntes y
acaricio a mi viejo compañero de fatigas, un oso pardo que obedece al nombre de
Artus y que me lo regalo de cachorro un amigo árabe que le llamaba "Al-Harith
as-Sama" y que según parece significa: "El que guarda los
cielos". Este animal se ha convertido en el tótem de la familia y me
sigue al igual que un lazarillo a su amo ciego.
Tengo todo preparado, la estructura del discurso es perfecta, o al menos
eso me parece a mi. El exordio claro y conciso dentro de la tonalidad propia
para actos de cierta distinción, procurando que mi retórica este a la altura
del argumento que voy a exponer.
Se hace el silencio entre los asistentes, mientras mi fiel Artus gruñe en
tono bajo. Miro mi entorno, carraspeo y comienzo mi discurso ante tan peculiar
asamblea.
Expongo el tema sin dilación con cierta seguridad que se va acrecentando
según llego a la exposición una vez narrado el tema que propongo razonar a
continuación. Hasta este momento todo va bien, denoto atención en el auditorio
y el silencio es respetuoso.
Intento al final inclinar la voluntad del auditorio en una peroración final
que a mi parecer no la igualaría ni el propio Tertuliano y en este momento
cuando más seguro me sentía llego el desastre.
Desde las terrazas del lado derecho donde se agolpan tras las balaustradas
Dioses, Filósofos viejos y jóvenes, pensadores del viejo orden, estallan en una
tremenda carcajada que en un instante se extiende por todo el aforo.
Abajo en la plaza, el escándalo es monumental hasta el punto que mi viejo
Artus ruge con fuerza y tengo que sujetarle con fuerza para que no se precipite
sobre la muchedumbre.
Me quedo atónito, miro a todos lados procurando ver algún gesto de aprobación
entre los asistentes, pero todos se ríen sin contemplaciones, mi turbación se
agiganta, me tiemblan las piernas, creo que voy a desmayarme mientras un sudor
frío recorre mi espalda, soy incapaz de pronunciar una sola palabra, me he
quedado paralizado.
¿En qué me he equivocado, donde está el error? mientras me voy haciendo
estas preguntas no me doy cuenta que de entre las personas de un edificio anexo
a donde me hallo se va acercando un hombre alto, rubio con cierto donaire de
distinción al que llego a ver cuando está frente a mi.
¡¡Vaya, con nuestro querido Filoxides, cuya insolencia no tiene parangón!!
En este momento todos callan, el silencio es total, hasta el divino Zeus
que reía jocosamente se presta a escuchar al hombre que tengo delante.
-¿Cómo es que osas plantear ante esta asamblea un discurso tan manido,
quién te ha dado el derecho a dudar de la Verdad con razonamientos
demagógicos ante los padres de la Razón?
- No pretendía ofender a nadie y menos a personas tan importantes.
Me atrevo a contestar mientras voy recuperando el tono poco a poco a la vez
que noto el calor del fiel compañero que tengo a mi lado.
- Aquí nos encontramos los poseedores de la verdad, nosotros fundamos
academias y liceos, nuestros pensamientos son el punto de partida de la
civilización, nuestra es la gloria y solo nosotros tenemos el derecho a ser los
interlocutores directos con los dioses.
- Es ahí, hacia donde iba dirigido mi discurso a verificar o no su
existencia.
-¿ Y tú un simple mortal, ignorante y vanidoso pretende dudar de lo que
estás viendo a tu alrededor?
- No, yo solo veo decrepitud y decadencia.
- Consideras, mi estúpido amigo, decrépitos al Padre Zeus o al Divino
Apolo, a sus hermanos e hijos. Ellos son inmortales y seguirán en el Olímpo
mucho después de que tú hayas desaparecido en el Hades.
- Posiblemente lleves razón en ese punto, pero de lo que estoy seguro mi
apreciado opositor es que tal y cómo razonaba en mi discurso y cómo vuestras
propias escuelas enseñan, yo me pudriré en el Tártaro, olvidado hasta por los
míos pero no será el Olímpo el último en desaparecer en la noche del olvido.
- ¿Quién entonces, bravucón?
Voy detectando cierta debilidad en mi oponente mientras la seguridad vuelve
a mi persona que según creo haber oido responde al nombre de Aretos y parece
ser discípulo de Demóstenes el orador.
- Tú lo sabes al igual que yo.
Le respondo en un tono desafiante que provoca que la Eklessia murmulle
enojada.
- ¿Crees que puedes desafiar al gran Solón, negando la inmortalidad de los
dioses y provocando con ello el castigo de sus tribunales?
- Solo me mantengo en mi verdad y tal como el divino Zoroastro decía, no es
menester perder el tiempo entre volatineros y vos ahora estáis a esa altura en
mi parecer.
- Eso es una provocación, un insulto a todo lo que representamos.
En esto y desde la otra parte del auditorio una voz fuerte y rotunda dice:
Dejadle hablar, pues son de suma importancia sus argumentos al menos para
los que desde hace siglos hemos defendido esta filosofía.
¡¡Bien por Gorgias, dejadle hablar!! gritan desde otro punto al que se unen
más y más balconadas mientras la plebe de la explanada gritan por igual a favor
que en contra.
El que tal habla animado a los demás a escucharme es Antístenes discípulo
de Gorgias y fundador de su propia Escuela donde desarrollo los conceptos de su
maestro. Ellos se definen como Escuela Cínica y son los padres del nihilismo.
Es por este motivo por le que veo que en los balcones opuestos a los viejos
dioses un buen grupo de personas apoyan con sus aplausos las palabras de
Gorgias y Arístenes. Destaca el viejo Nietzsche y el joven Dimitri Pisarev y
otros más a los cuales me es imposible reconocer. Otros más guardan silencio
aunque creo recordar por mis lecturas que están muy próximos a mis criterios
como Herman Hesse o el más antiguo Pirrón.
- Solo quiero deciros una cosa como colofón a mi tesis.
Cogí aire, me tomé unos segundos e inmediatamente dije alzando la voz.
- Escuchad Dioses y Titanes, Maestros de Escuelas Filosóficas y Pensadores
de cualquier corriente científica.
Vuestra existencia está condicionada a la del hombre más vulgar, a la del
último Hombre. En el momento que este desaparezca al final del ciclo Solar
o por cualquier otra ley natural vosotros desapareceréis con él. No
quedará recuerdo alguno pues nadie habrá para ello, por lo tanto no me juzguéis
tan injustamente y menos con esa arrogancia que os da el saber pues al igual
que me refiero a los Dioses me refiero a vosotros ilustres pensadores, nadie
habrá para leeros ni debate alguno donde se os mencione. Así que agradecerme
que os recuerde y os tenga presente en mis sueños, pues en esto consiste la
vida, en la interpretación de un sueño y en el recuerdo de lo leído.
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