viernes, 16 de septiembre de 2016

De sueños y pesadillas



Hay sueños que pueden convertirse en dolorosas pesadillas. Esto es lo que me ocurrió hace unas noches después de un día tranquilo y afable.



Me veo en lo alto de una tribuna rodeado de esplendidos aunque algo deteriorados edificios de estilo renacentista o neo-clásico, no los distingo bien. Una gran multitud se agolpa en sus balaustradas y balcones, ríen y comen mientras dialogan entre ellos, abajo una enorme explanada donde se apiñan un buen número de personas, tenderetes y ciertos animales.



Me fijo bien en el entorno y creo distinguir entre los asistentes unos personajes muy especiales.



¡¡Santo Cielo, son Dioses!! Mi asombro es absoluto a la vez que un tremendo terror escénico se apodera de mi.



Me centro bien en mi visión y veo horrorizado en una de las balconadas de mi derecha a Zeus con sus esposas Hera y Dione, le distingo por las innumerables fotografías que existen de un busto suyo hallado en Otricoli, su barba es inconfundible y sus maneras son las de un redomado conquistador. Con ellos están parte de sus hijos: Apolo, Artemisa, Dioniso, Efesto.... también los reconozco por sus imágenes en museos y exposiciones. Algo más allá, en otra gran balconada están filósofos y pensadores de la Antigüedad, estos conversan amigablemente mientras degustan frutas y dulces  a la vez que vinos y zumos.



Creo distinguir por su corpulencia al divino Platón con un séquito de distinguidos discípulos entre los que estoy seguro de reconocer a Aristóteles y con este a Teofastro el cual no deja de andar de un lado para el otro dentro de su terraza mientras lee un enorme pergamino. A los demás intuyo quien puedan ser pero no los distingo.



A mi izquierda en unas terrazas sin tanto esplendor reconozco a distinguidos pensadores, literatos y hombres del arte y de las ciencias, todos muy circunspectos y con cierto boato propio de siglos posteriores a los antes citados.



En un balcón distingo apoyado en Zoroastro y cogido de su brazo a un encorvado Nietzsche que demuestra hacia su maestro un aprecio especial, junto a ellos creo ver a Jung, Hesse y mi añorado Serrano, todos ocupan un solo balcón y parecen algo separados de los demás.



Viejos y jóvenes se prestan a escuchar al orador mientras una concurrida comitiva de volatineros, orates, meretrices se agolpan en la explanada al dictado de una especie de procuradores del orden.



Siento como el pánico se va diluyendo mientras repaso mis apuntes y acaricio a mi viejo compañero de fatigas, un oso pardo que obedece al nombre de Artus y que me lo regalo de cachorro un amigo árabe que le llamaba "Al-Harith as-Sama" y que según parece significa: "El que guarda los cielos". Este animal se ha convertido en el tótem de la familia y me sigue al igual que un lazarillo a su amo ciego.



Tengo todo preparado, la estructura del discurso es perfecta, o al menos eso me parece a mi. El exordio claro y conciso dentro de la tonalidad propia para actos de cierta distinción, procurando que mi retórica este a la altura del argumento que voy a exponer.



Se hace el silencio entre los asistentes, mientras mi fiel Artus gruñe en tono bajo. Miro mi entorno, carraspeo y comienzo mi discurso ante tan peculiar asamblea.



Expongo el tema sin dilación con cierta seguridad que se va acrecentando según llego a la exposición una vez narrado el tema que propongo razonar a continuación. Hasta este momento todo va bien, denoto atención en el auditorio y el silencio es respetuoso.



Intento al final inclinar la voluntad del auditorio en una peroración final que a mi parecer no la igualaría ni el propio Tertuliano y en este momento cuando más seguro me sentía llego el desastre.



Desde las terrazas del lado derecho donde se agolpan tras las balaustradas Dioses, Filósofos viejos y jóvenes, pensadores del viejo orden, estallan en una tremenda carcajada que en un instante se extiende por todo el aforo.



Abajo en la plaza, el escándalo es monumental hasta el punto que mi viejo Artus ruge con fuerza y tengo que sujetarle con fuerza para que no se precipite sobre la muchedumbre.



Me quedo atónito, miro a todos lados procurando ver algún gesto de aprobación entre los asistentes, pero todos se ríen sin contemplaciones, mi turbación se agiganta, me tiemblan las piernas, creo que voy a desmayarme mientras un sudor frío recorre mi espalda, soy incapaz de pronunciar una sola palabra, me he quedado paralizado.



¿En qué me he equivocado, donde está el error? mientras me voy haciendo estas preguntas no me doy cuenta que de entre las personas de un edificio anexo a donde me hallo se va acercando un hombre alto, rubio con cierto donaire de distinción al que llego a ver cuando está frente a mi.



¡¡Vaya, con nuestro querido Filoxides, cuya insolencia no tiene parangón!!



En este momento todos callan, el silencio es total, hasta el divino Zeus que reía jocosamente se presta a escuchar al hombre que tengo delante.



-¿Cómo es que osas plantear ante esta asamblea un discurso tan manido, quién te ha dado el derecho a dudar de la  Verdad  con razonamientos demagógicos ante los padres de la Razón?



- No pretendía ofender a nadie y menos a personas tan importantes.



Me atrevo a contestar mientras voy recuperando el tono poco a poco a la vez que noto el calor del fiel compañero que tengo a mi lado.



- Aquí nos encontramos los poseedores de la verdad, nosotros fundamos academias y liceos, nuestros pensamientos son el punto de partida de la civilización, nuestra es la gloria y solo nosotros tenemos el derecho a ser los interlocutores directos con los dioses.



- Es ahí, hacia donde iba dirigido mi discurso a verificar o no su existencia.



-¿ Y tú un simple mortal, ignorante y vanidoso pretende dudar de lo que estás viendo a tu alrededor?



- No, yo solo veo decrepitud y decadencia.



- Consideras, mi estúpido amigo, decrépitos al Padre Zeus o al Divino Apolo, a sus hermanos e hijos. Ellos son inmortales y seguirán en el Olímpo mucho después de que tú hayas desaparecido en el Hades.



- Posiblemente lleves razón en ese punto, pero de lo que estoy seguro mi apreciado opositor es que tal y cómo razonaba en mi discurso y cómo vuestras propias escuelas enseñan, yo me pudriré en el Tártaro, olvidado hasta por los míos pero no será el Olímpo el último en desaparecer en la noche del olvido.



- ¿Quién entonces, bravucón?



Voy detectando cierta debilidad en mi oponente mientras la seguridad vuelve a mi persona que según creo haber oido responde al nombre de Aretos y parece ser discípulo de Demóstenes el orador.



- Tú lo sabes al igual que yo. 



Le respondo en un tono desafiante que provoca que la Eklessia murmulle enojada.



- ¿Crees que puedes desafiar al gran Solón, negando la inmortalidad de los dioses y provocando con ello el castigo de sus tribunales?



- Solo me mantengo en mi verdad y tal como el divino Zoroastro decía, no es menester perder el tiempo entre volatineros y vos ahora estáis a esa altura en mi parecer.



- Eso es una provocación, un insulto a todo lo que representamos.



En esto y desde la otra parte del auditorio una voz fuerte y rotunda dice:



Dejadle hablar, pues son de suma importancia sus argumentos al menos para los que desde hace siglos hemos defendido esta filosofía.



¡¡Bien por Gorgias, dejadle hablar!! gritan desde otro punto al que se unen más y más balconadas mientras la plebe de la explanada gritan por igual a favor que en contra.



El que tal habla animado a los demás a escucharme es Antístenes discípulo de Gorgias y fundador de su propia Escuela donde desarrollo los conceptos de su maestro. Ellos se definen como Escuela Cínica y son los padres del nihilismo.



Es por este motivo por le que veo que en los balcones opuestos a los viejos dioses un buen grupo de personas apoyan con sus aplausos las palabras de Gorgias y Arístenes. Destaca el viejo Nietzsche y el joven Dimitri Pisarev y otros más a los cuales me es imposible reconocer. Otros más guardan silencio aunque creo recordar por mis lecturas que están muy próximos a mis criterios como Herman Hesse o el más antiguo Pirrón.



- Solo quiero deciros una cosa como colofón a mi tesis.



Cogí aire, me tomé unos segundos e inmediatamente dije alzando la voz.



- Escuchad Dioses y Titanes, Maestros de Escuelas Filosóficas y Pensadores de cualquier corriente científica.



Vuestra existencia está condicionada a la del hombre más vulgar, a la del último Hombre. En el momento que este desaparezca al final del ciclo Solar  o por cualquier otra ley natural vosotros desapareceréis con él. No quedará recuerdo alguno pues nadie habrá para ello, por lo tanto no me juzguéis tan injustamente y menos con esa arrogancia que os da el saber pues al igual que me refiero a los Dioses me refiero a vosotros ilustres pensadores, nadie habrá para leeros ni debate alguno donde se os mencione. Así que agradecerme que os recuerde y os tenga presente en mis sueños, pues en esto consiste la vida, en la interpretación de un sueño y en el recuerdo de lo leído.

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