El Signo de los perdedores.
La Tranquilidad con la que afronto
esta nueva etapa de mi vida va despejando en mi, incógnitas, dudas y falsas
interpretaciones amasadas en mi mente durante muchos años de inconsciencia o
mejor dicho de conformismo con lo políticamente correcto.
Durante muchos años he sido un
fanático de las reglas, convencido totalmente de su utilidad hasta el
paroxismo. Puede que esto me haya ayudado en mi vida laboral pero cierto es que
cualquier regla tiene su contraria, es decir, que no puedes tener el
convencimiento de que lo que haces o como lo haces es lo únicamente correcto.
Porqué, ¿qué es lo correcto?
Entendemos como correcto aquello que complace a la mayoría y por consiguiente
nos satisface y además se adecua a la ética o moral establecida mediante leyes
o normas prefijadas.
Entonces podríamos decir que
todo aquél que se salta las normas, leyes o simplemente actúa según su propio
albedrio es un criminal o un elemento antisocial. Visto desde este punto así
parece, pero no todo el mundo que deja de cumplir lo establecido por los
hombres como regulador de costumbres tiene que ser por fuerza un depravado
criminal ¡No! Puede ser un inadaptado, un indiferente o lo peor un filósofo.
Siempre me he regido por las
normas, como ya he dicho, aunque muchas, las más, las he puesto en duda. Pero
mi educación condicionada a aceptar lo establecido como un dogma de fe me
inducía a hacer lo que se supone debía.
¿Quién con pocos años en la
escuela era capaz de contradecir lo que el maestro te enseñaba? Sus palabras
eran sagradas para una mente infantil condicionada a su vez por el entorno, la
familia, los padres, en fin, todo aquello que te llegaba desde estos grupos se
admitía sin dudar.
Afortunadamente en mi caso mis
Padres y sobre todo mi padre era bastante permisivo en estas cuestiones; Él
consideraba que el honor estaba por encima de cualquier ley, norma o religión y
que era este honor el que debía prevalecer sobre todo lo demás en la persona y
especialmente en mi.
Educado de una manera singular
por mi padre, sin muchas ataduras, solo con las prohibiciones lógicas para mi
edad, me desenvolví dentro de cierta libertad, más restringida por el exterior,
por el entorno que por mi propia familia directa.
Pero mi Padre estaba también
sujeto a estas obligaciones morales y a las exigencias que el día a día le
imponía. Había que ganarse la vida, alimentar a la familia y pagarnos el
colegio a mi hermana y a mí pues nunca quiso aprovecharse de los beneficios del
Estado; siempre decía que estos debían de ser para los más necesitados y que
nosotros podíamos vivir sin ayudas de ningún tipo.
Esto fomentó en mí un sentido
del orgullo bastante fuerte, sin ser un portento físico ni intelectual me
sentía diferente a los demás, sino superior si distinto. Distinción que se fue
haciendo más palpable según pasaban los años, a la vez que un fuerte sentido a
establecer mis propios valores.
Fue la etapa más libre de mi
vida, crecí en el convencimiento de que el mundo podría cambiarse y que yo
podía ayudar a ello, mis ideas no eran ni son las más apropiadas para ser
difundidas y menos aún para defenderlas en cualquier discusión y menos aún
desde una tribuna pública.
¿Pero cómo puede un crio de doce
o trece años tener unas ideas políticas tan, digamos, especiales? ¡Es imposible
que pudiera tener en aquel momento las ideas claras como para tener ideales!
La verdad, es que no lo sé. Si
veía una película de cowboys mi gusto iba hacia los “indios”, las casacas
azules, el poder que demostraban me parecía patético ante esos pobres “salvajes”
que se defendían como podían.
No entendía como un pueblo que
había dado a la humanidad notables guerreros, grandes generales, emperadores,
infinidad de filósofos, científicos, artistas, músicos, místicos, como el
alemán era vencido siempre por una panda de sucios, harapientos, ignorantes
soldados que fumaban a todas horas, que no tenían ningún tipo de disciplina
pero que se autodefinían los “libertadores de Europa”. Todo esto era constante
en el cine, en un país que se decía que había sido amigo de estos alemanes pero
que poco a poco las costumbres de los vencedores iban carcomiendo la conciencia
nacional si es que alguna vez hemos tenido esa conciencia.
Así que poco a poco fueron
llegando a mi poder, libros, artículos de aquellos denominados “malvados”, no
voy a explicar aquí como fue este proceso pues sería muy largo y difícil de
recordar. Aquellos personajes ahora
olvidados pero que en aquellos momentos aún tenían cierta vigencia en los
círculos políticos aparecieron en mi vida de una manera espontánea como si
alguien desde algún punto dirigiera este lento proceso de “reeducación”.
Personajes como Horia Sima, refugiado en España a cuyas conferencias asistí me
hizo descubrir a Cornelio Codreanu, un héroe sin parangón de un país olvidado
por todos, Rumania. Conocí a Héroes de la Gran Guerra como Otto Skorzeny cuya
figura, sus cicatrices, el tono de su voz, su alegría y ganas de vivir me
sorprendieron. Mi padre fue el artífice de que conociera a este gran militar
pues él le conocía por diversos motivos. Asistí a un “coctel” que se celebró en
Madrid para homenajear a Hans Ulrich Rudel, el militar más laureado de
Alemania, a su paso por Madrid por cuestiones personales.
No me perdía ningún evento,
reunión, conferencia donde pudieran intervenir o asistir políticos, militares,
profesores o cualquier personalidad de los conocidos como “proscritos”. Fueron
años fantásticos donde crecía en mí un convencimiento cada vez más fuerte,
donde se iba forjando dentro de mí una concepción distinta de la Historia. Así
mi librería se fue poco a poco llenado de libros, apuntes, artículos de
celebridades ligadas a esta concepción del mundo.
Pero la vida no solo es
pensamiento e ideales, es trabajo. Por ello cuando tuve que trabajar compagine
mi tiempo libre entre mis ideales y mi trabajo, difícil es esto cuando quieres
formar una familia, tener descendencia y corresponder a la familia como es
debido. Aparte del giro que iba tomando el país donde mis ideas eran cada vez,
sino perseguidas, si muy denostadas por todos. Prohibiciones de actos públicos,
medidas coercitivas provocadas por el terrorismo, hicieron que cada vez fuera
más difícil, sino imposible acudir a actos, pues o bien se prohibían horas
antes por el gobierno o saboteado por las nuevas “fuerzas democráticas”.
Poco a poco fui espectador de un
lento pero inexorable proceso de descomposición de la vida de mi país. A la
continua presencia en nuestra vida cotidiana del fenómeno terrorista se unía la
lucha partidista, las huelgas, un deterioro social evidente y lo más preocupante
una obligatoria “visión democrática” que oscurecía cualquier forma de pensar
que no fuera la “políticamente correcta”.
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