CAPITULO 3º
La muerte de Rudolf.
Han pasado dos semanas desde mi última visita a
Rudof, durante este tiempo he telefoneado diariamente al Hospital interesándome
por el estado de salud de Rudolf y siempre la misma contestación: Su situación
es delicada pero mantiene sus constantes vitales. ¡¡Claro si no las mantuviera estaría
muerto!!.
Me pongo en contacto con Berta por mediación de
un amigo en común pues su número de teléfono lo había extraviado, cosas del progreso, antes
memorizábamos todo y conservábamos en la cabeza siete u ocho números de los más importantes o necesarios.
Localicé a Berta pasadas las seis de la tarde,
se alegró al escuchar mi voz y sin darme tiempo a preguntar nada me puso al
corriente de todo lo concerniente a Rodi, así le llamaban en casa, desde mi
última visita. Al parecer había tenido un altercado con un celador y a pesar de
su debilidad tuvieron que reducirle entre tres personas, una vez sedado y
pasadas dos horas no recordaba absolutamente nada, pero alternaba palabras en
castellano y en un extraño idioma que a los miembros del hospital les resultaba
incomprensible.
Desde mi última visita la cual consideré que
sería la última Rudolf Haller había experimentado una ligera mejoría, al parecer
le habían cambiado ciertos barbitúricos y esto le había hecho reaccionar
positivamente. Este fue el comentario que me hizo Berta por teléfono, luego me
invitó a visitarle pues siempre estaba hablando de mí y de nuestra amistad. Le
dije a Berta que mañana mismo iría a verle y que lo haría acompañado de mi
mujer, pues estaba seguro que esto alegraría a Rodi y ella lo aprobó con suma
alegría.
Al día siguiente acompañado de mi mujer fuimos
a visitar a Rodi, después de los consabidos controles subimos a su habitación,
como siempre Berta está sentada en la puerta de la habitación, lee un pequeño
librito que no consigo a ver pero que Ana más observadora que yo me dice que
son unos poemas de Rilke . Pasamos a la habitación acompañados por Berta,
Rudolf está sentado mirando hacia la sierra Madrileña, esa sierra que tanto
visitamos cuando nos licenciamos acompañados por tantos amigos de ambos..
Recuerdas Filoxides cuantas veces hemos subido
esa sierra, me dice a modo de saludo.
Sí que lo recuerdo, mi viejo amigo. ¿Cómo te
encuentras?
Hecho una verdadera mierda, como quieres que me
encuentre.
Eso no es propio de ti, te considero más
positivo de lo que pareces por esta respuesta.
Lo voy perdiendo todo, o mejor dicho me van
arrebatando todo, he perdido la facultad de reaccionar ante lo que considero
que es un abuso por parte de los médicos que me tienen drogado todo el día por lo que soy incapaz de pensar o de
recordar cosas y detecto un enorme vacío en mi interior.
Después de decir esto y al darse la vuelta se
fijó en Ana que estaba junto a Berta al
otro lado de la cama que separaba a Rudolf de ellas.
Hooola mi bella Ani, cuantas ganas tenía de
verte ¿Cómo estás? ¿Y tu nieto? Arturo se llama, no…?
Hola Rodi, te veo muy bien, le contestó Ana
mientras le abrazaba, ahora ya tengo otro nieto más, a este último le llamamos
Alejandro.
Siempre confié en tu hijo sabía que no se
dejaría influir por modernidades y le pondría a sus vástagos nombres de hombres
de verdad.
Luego al ver la caja con unos pasteles que Ana
le había preparado le cambió el brillo de los ojos y le dijo: Ahora ya me puedo
morir tranquilo, voy a comer un plato de ambrosia, gracias mi preciosa Ana.
En esto hizo acto de presencia la terrible
sargento de granaderos, es decir la enfermera invitándonos a que nos fuéramos.
Al
acercarme para despedirme de Rudolf, este se agarró por el brazo y acercando su
boca a mi oído me dijo susurrando. Te enviaré mis cosas dentro de poco,
cuídalas si las consideras interesantes y si no las quemas pero no consientas
que nadie las toque o las lea.
Te lo prometo Rudolf, nadie las tocará ni las
leerá.
No despedimos de él y esta vez si acercamos a
Berta hasta su domicilio en Madrid, después nos volvimos al pueblo, conscientes
de que era la última vez que veíamos a Rudolf con vida.
El Sr. Haller ha fallecido anoche a las doce
horas y doce minutos.
Así de escueto me llega un telegrama desde el
Hospital. Inmediatamente me pongo en contacto con Berta pero esta no coge el
teléfono, supongo que habrá salido hacia el Hospital inmediatamente tras
conocer la noticia. Yo llamó a Frido un viejo amigo de los dos pero
especialmente de Rudolf y a Héctor otro gran compañero de aventuras de ambos,
ninguno de los dos viven en Madrid por lo que me veré solo en el Hospital con
Berta, Ana se ha quedado al cuidado de mi nieto menor, el mayor está en el
colegio, así que me pongo en marcha hacía Colmenar.
Una vez en el Hospital me encuentro con Berta
que en ningún momento se ha apartado del cadáver según le había ordenado el
propio Rudolf. No expresaba nada de dolor, solo entereza y seguridad, como si
hubiera estado preparando este momento durante mucho tiempo. Al verme sus ojos
brillaron y rápidamente se dirigió a mi enseñándome con sumo cuidado una
pequeña daga muy afilada que llevaba escondida debajo de la manga de su
chaqueta. Esperamos que los operarios de la funeraria hubieran abandonado el lugar
e inmediatamente le hicimos a Rudolf un corte en el el brazo izquierdo a la
altura de antebrazo, su sangre manó roja sin problema alguno, rápidamente Berta
taponó la herida bajo la manga de la camisa que portaba Rudolf y escondió la
daga y el pañito con la sangre de Rudolf en un bolsito que llevaba a modo de
bandolera y me dijo: ¡Tiene su sangre! Ahora no podemos separarnos de él hasta
su incineración. En ese momento entro sin llamar un sacerdote que pretendía
decir el consabido responso pero Berta no le dejó ni acercarse, con un brio
impropio de una mujer de setenta o más años, echo a empujones al cura sin
ningún tipo de miramientos a lo que el pobre hombre fue incapaz de reaccionar y
abandonó la habitación sin decir palabra.
Con una pueril excusa conseguimos que la
incineración se adelantase aunque según las normas había que esperar
veinticuatro horas pero Berta se las arreglo, no sé como para que doce horas
después de su fallecimiento Rudolf Haller fuera convertido en cenizas.
| Laguna Negra de Peñalara |
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