sábado, 24 de septiembre de 2016

Historia Inverosimil de Rudolf Haller ( 3ª)



CAPITULO 3º

La muerte de Rudolf.

Han pasado dos semanas desde mi última visita a Rudof, durante este tiempo he telefoneado diariamente al Hospital interesándome por el estado de salud de Rudolf y siempre la misma contestación: Su situación es delicada pero mantiene sus constantes vitales.  ¡¡Claro si no las mantuviera estaría muerto!!.

Me pongo en contacto con Berta por mediación de un amigo en común pues su número de teléfono lo había  extraviado, cosas del progreso, antes memorizábamos todo y conservábamos en la cabeza siete u ocho  números de los más importantes o necesarios.

Localicé a Berta pasadas las seis de la tarde, se alegró al escuchar mi voz y sin darme tiempo a preguntar nada me puso al corriente de todo lo concerniente a Rodi, así le llamaban en casa, desde mi última visita. Al parecer había tenido un altercado con un celador y a pesar de su debilidad tuvieron que reducirle entre tres personas, una vez sedado y pasadas dos horas no recordaba absolutamente nada, pero alternaba palabras en castellano y en un extraño idioma que a los miembros del hospital les resultaba incomprensible.

Desde mi última visita la cual consideré que sería la última Rudolf Haller había experimentado una ligera mejoría, al parecer le habían cambiado ciertos barbitúricos y esto le había hecho reaccionar positivamente. Este fue el comentario que me hizo Berta por teléfono, luego me invitó a visitarle pues siempre estaba hablando de mí y de nuestra amistad. Le dije a Berta que mañana mismo iría a verle y que lo haría acompañado de mi mujer, pues estaba seguro que esto alegraría a Rodi y ella lo aprobó con suma alegría.

Al día siguiente acompañado de mi mujer fuimos a visitar a Rodi, después de los consabidos controles subimos a su habitación, como siempre Berta está sentada en la puerta de la habitación, lee un pequeño librito que no consigo a ver pero que Ana más observadora que yo me dice que son unos poemas de Rilke . Pasamos a la habitación acompañados por Berta, Rudolf está sentado mirando hacia la sierra Madrileña, esa sierra que tanto visitamos cuando nos licenciamos acompañados por tantos amigos de ambos..

Recuerdas Filoxides cuantas veces hemos subido esa sierra, me dice a modo de saludo.

Sí que lo recuerdo, mi viejo amigo. ¿Cómo te encuentras?     

Hecho una verdadera mierda, como quieres que me encuentre.

Eso no es propio de ti, te considero más positivo de lo que pareces por esta respuesta.

Lo voy perdiendo todo, o mejor dicho me van arrebatando todo, he perdido la facultad de reaccionar ante lo que considero que es un abuso por parte de los médicos que me tienen drogado todo el día  por lo que soy incapaz de pensar o de recordar cosas y detecto un enorme vacío en mi interior.

Después de decir esto y al darse la vuelta se fijó en Ana que estaba junto a  Berta al otro lado de la cama que separaba a Rudolf de ellas.

Hooola mi bella Ani, cuantas ganas tenía de verte ¿Cómo estás? ¿Y tu nieto? Arturo se llama, no…?  

Hola Rodi, te veo muy bien, le contestó Ana mientras le abrazaba, ahora ya tengo otro nieto más, a este último le llamamos Alejandro.

Siempre confié en tu hijo sabía que no se dejaría influir por modernidades y le pondría a sus vástagos nombres de hombres de verdad.

Luego al ver la caja con unos pasteles que Ana le había preparado le cambió el brillo de los ojos y le dijo: Ahora ya me puedo morir tranquilo, voy a comer un plato de ambrosia, gracias mi preciosa Ana.

En esto hizo acto de presencia la terrible sargento de granaderos, es decir la enfermera invitándonos a que nos fuéramos.

   Al acercarme para despedirme de Rudolf, este se agarró por el brazo y acercando su boca a mi oído me dijo susurrando. Te enviaré mis cosas dentro de poco, cuídalas si las consideras interesantes y si no las quemas pero no consientas que nadie las toque o las lea.

Te lo prometo Rudolf, nadie las tocará ni las leerá.

No despedimos de él y esta vez si acercamos a Berta hasta su domicilio en Madrid, después nos volvimos al pueblo, conscientes de que era la última vez que veíamos a Rudolf con vida.  



El Sr. Haller ha fallecido anoche a las doce horas y doce minutos.                                                                                                                                               

Así de escueto me llega un telegrama desde el Hospital. Inmediatamente me pongo en contacto con Berta pero esta no coge el teléfono, supongo que habrá salido hacia el Hospital inmediatamente tras conocer la noticia. Yo llamó a Frido un viejo amigo de los dos pero especialmente de Rudolf y a Héctor otro gran compañero de aventuras de ambos, ninguno de los dos viven en Madrid por lo que me veré solo en el Hospital con Berta, Ana se ha quedado al cuidado de mi nieto menor, el mayor está en el colegio, así que me pongo en marcha hacía Colmenar.

Una vez en el Hospital me encuentro con Berta que en ningún momento se ha apartado del cadáver según le había ordenado el propio Rudolf. No expresaba nada de dolor, solo entereza y seguridad, como si hubiera estado preparando este momento durante mucho tiempo. Al verme sus ojos brillaron y rápidamente se dirigió a mi enseñándome con sumo cuidado una pequeña daga muy afilada que llevaba escondida debajo de la manga de su chaqueta. Esperamos que los operarios de la funeraria hubieran abandonado el lugar e inmediatamente le hicimos a Rudolf un corte en el el brazo izquierdo a la altura de antebrazo, su sangre manó roja sin problema alguno, rápidamente Berta taponó la herida bajo la manga de la camisa que portaba Rudolf y escondió la daga y el pañito con la sangre de Rudolf en un bolsito que llevaba a modo de bandolera y me dijo: ¡Tiene su sangre! Ahora no podemos separarnos de él hasta su incineración. En ese momento entro sin llamar un sacerdote que pretendía decir el consabido responso pero Berta no le dejó ni acercarse, con un brio impropio de una mujer de setenta o más años, echo a empujones al cura sin ningún tipo de miramientos a lo que el pobre hombre fue incapaz de reaccionar y abandonó la habitación sin decir palabra.

Con una pueril excusa conseguimos que la incineración se adelantase aunque según las normas había que esperar veinticuatro horas pero Berta se las arreglo, no sé como para que doce horas después de su fallecimiento Rudolf Haller fuera convertido en cenizas.
Laguna Negra de Peñalara

 

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