LA HISTORIA INVEROSIMIL DE RUDOLF
HALLER
(Relato
de una realidad indemostrable)
CAPÍTULO
1º
LA VISITA:
Ayer volví a visitar a mi extravagante amigo Rodolfo en el Centro Psiquiátrico Hospital Dr.R.Lafora cerca de Colmenar Viejo.
Lleva internado allí casi dos años y por lo que afirman los doctores que le atienden, "progresa adecuadamente". Esto me parece un eufemismo sin más pues Rudof como siempre le hemos llamado sigue con las mismas alucinaciones y los mismos miedos que tenía cuando sus padres decidieron ingresarle.
Le diagnosticaron una esquizofrenia paranoide pues sufría delirios somáticos y otras alteraciones de conducta, esto al menos es lo que los médicos dijeron a su padre en aquel momento.
Tardaron en acertar con el tratamiento pero dieron, según ellos, con el anti psicótico adecuado que según leo en la hoja que me han dado para acceder a la sala de conversación es palmitato de paliperidona, un tratamiento de larga duración.
Al verle acompañado del celador que parecía su sombra me entristeció enormemente, tiene un año menos que yo pues debe de rondar los sesenta y cuatro pero aparenta un hombre de ochenta años. Su padre murió el mes pasado a la edad de noventa y siete años y la última vez que le ví parecía más joven que su hijo.
Tardó en reconocerme y cuando lo hizo no mostró demasiada alegría, solo cuando le comenté que mi nieto mayor le mandaba besos pareció reaccionar, aún así es muy difícil conversar con una persona sumida en sus delirios y miedos, más aún cuando el celador no se separaba de él, se había sentado en una mesita apenas dos metros de donde nosotros estábamos hablando.
Rudolf me comentó su vida en el Centro, su trabajo en el jardín, esto parecía entusiasmarle bastante, pero enseguida una sombra oscura se refleja en su cara y parece como ausentarse de si mismo.
Estuve media hora más o menos y volver a verle muy pronto.
Cuando me despedí de él o mejor dicho cuando se cansó y se levantó para tumbarse en la cama, me dijo. .- ¡No te preocupes por mí, preocúpate por los tuyos pues vendrán a por ellos!-
Ayer volví a visitar a mi extravagante amigo Rodolfo en el Centro Psiquiátrico Hospital Dr.R.Lafora cerca de Colmenar Viejo.
Lleva internado allí casi dos años y por lo que afirman los doctores que le atienden, "progresa adecuadamente". Esto me parece un eufemismo sin más pues Rudof como siempre le hemos llamado sigue con las mismas alucinaciones y los mismos miedos que tenía cuando sus padres decidieron ingresarle.
Le diagnosticaron una esquizofrenia paranoide pues sufría delirios somáticos y otras alteraciones de conducta, esto al menos es lo que los médicos dijeron a su padre en aquel momento.
Tardaron en acertar con el tratamiento pero dieron, según ellos, con el anti psicótico adecuado que según leo en la hoja que me han dado para acceder a la sala de conversación es palmitato de paliperidona, un tratamiento de larga duración.
Al verle acompañado del celador que parecía su sombra me entristeció enormemente, tiene un año menos que yo pues debe de rondar los sesenta y cuatro pero aparenta un hombre de ochenta años. Su padre murió el mes pasado a la edad de noventa y siete años y la última vez que le ví parecía más joven que su hijo.
Tardó en reconocerme y cuando lo hizo no mostró demasiada alegría, solo cuando le comenté que mi nieto mayor le mandaba besos pareció reaccionar, aún así es muy difícil conversar con una persona sumida en sus delirios y miedos, más aún cuando el celador no se separaba de él, se había sentado en una mesita apenas dos metros de donde nosotros estábamos hablando.
Rudolf me comentó su vida en el Centro, su trabajo en el jardín, esto parecía entusiasmarle bastante, pero enseguida una sombra oscura se refleja en su cara y parece como ausentarse de si mismo.
Estuve media hora más o menos y volver a verle muy pronto.
Cuando me despedí de él o mejor dicho cuando se cansó y se levantó para tumbarse en la cama, me dijo. .- ¡No te preocupes por mí, preocúpate por los tuyos pues vendrán a por ellos!-
No sé qué quiso decir con esto, pero una
extraña sensación me invadió.
UN MES MÁS TARDE.
Una llamada de teléfono me despierta de mi
ligera siesta, al descolgar el auricular una voz entrecortada me dice: Rudolf
se muere y ha preguntado por ti.
De inmediato salgo de casa y me dirijo al Hospital Psiquiátrico donde está ingresado mi
amigo. Desde mi casa a Colmenar se tarda
aproximadamente media hora en coche sin tráfico. Durante este intervalo de
tiempo que me parece interminable pasan por mi mente una serie de imágenes de
Rudolf, unas con otros amigos, otras en mi casa de Madrid cenando y charlando
sobre lo divino y humano, los viajes que hicimos a Medinaceli, donde fijo su
residencia, en homenaje a Ezra Pound al que admirábamos los dos, en fin un
montón de instantáneas de una larga y fructífera amistad.
Llego al Hospital sobre las nueve de la noche,
aún hay luz en el firmamento, hace bastante calor pues estamos cerrando el mes
de Junio y las temperaturas se han disparado en estos últimos días.
El Hospital está vacío en cuanto a visitas, un
par de coches están aparcados en las inmediaciones y unos pocos más en la parte
asignada al personal empleado. Cierro el coche y recojo un paquete que Ana me
ha preparado para Rudolf, ella sabe los gustos culinarios de mi amigo pues ha
comido y cenado en casa bastantes veces y siempre había elogiado el buen hacer
de mi mujer en la cocina. Sin más dilación me dirijo al mostrador donde una
agradable enfermera me pide mi DNI que me devolverá a la salida.
Subo en el ascensor hasta la habitación 269
donde está “viviendo” mi buen Rufolf desde ya casi dos años. Noto ciertos
cambios en el pasillo así como en el vestíbulo que hay nada más salir del
ascensor. Una copia de Warhol en la pared de enfrente y dos láminas de Jasper
Hons en ambos lados del pasillo. No comprendo que pintan estos “cuadros” aquí,
no creo que sean los más adecuados para un hospital de enfermedades nerviosas,
más bien parece el pasillo de una oficina de viajes o de ventas de cualquier
producto actual.
Al abrir la puerta que me separa de Rudolf me
para una mano que se aferra a la mía, no me había dado cuenta que en la
antesala estaba sentada una persona, era una prima de Rudolf que cuidaba a sus
ancianos padres desde hacía muchos años.
Rodi está muy mal, no le he querido decir que
papa murió hace ya medio año y no sabe
nada o prácticamente nada del mundo exterior, solo ha querido que te llamasen y
así lo hemos hecho, me dice Berta a modo de saludo.
Berta es
una mujer de más o menos setenta años, alta, rubia y bien parecida, debió ser
una bella mujer en su juventud, siempre ha estado al cuidado de la familia pues
desde muy joven y dado el deterioro físico de su tía la madre de Rudolf, ha
estado viviendo en la casa de estos en el Madrid de los Austrias durante más de
cuarenta años.
Le pido permiso para entrar solo y me dice que
si con un dulce gesto acompañado de una bellísima sonrisa. Al entrar me
encuentro a una enfermera que le está arreglando la cama a Rudolf y a este
sentado en una silla mirando por el ventanal que da a la calle con una preciosa
vista de la sierra de Guadarrama por donde se está ocultando el sol.
¡¡Te esperaba, mi viejo amigo!!
Su voz es más grave que antes, es una voz impresionante
como de barítono-bajo, es una voz wagneriana con todo el dramatismo que esto
conlleva.
Te veo bien, mi buen Rudolf. Le contesto
mientras me acerco hacia él.
Siempre tan gentil…. estoy hecho una calamidad,
ya no puedo ni levantarme solo para ir al baño y me cuesta un enorme esfuerzo
el simple hecho de mantenerme en pie.
Siempre tan llorón. Le digo mientras le abrazo
con todas mis fuerzas.
No me aprietes tanto pues me crujen los
huesos….jajajajaja.
Nos reímos los dos mientras seguimos abrazados
un buen rato. Rudolf está prácticamente en los huesos, al ayudarle a
incorporarse me parece un niño enorme con el pelo blanco, largo pero cuidado al
igual que la barba, blanca desde la
juventud, lo que le daba un aire de respetabilidad que mantiene a pesar del
deterioro físico.
¿Cómo estás?. ¿Te cuidan bien?, le digo.
No me puedo quejar, aunque me maten de hambre y
me inflen de barbitúricos, por lo demás no me puedo quejar.
La enfermera que seguía en la habitación y de
la cual no habíamos reparado me ayuda a sentarle nuevamente mientras en un tono
cariñoso nos reprende y nos indica que
no debe levantarse de la silla. Entretanto le prepara un bebedizo donde ha
añadido un par de pastillas de color rojo que se disuelven en el agua al
momento.
Tómese su medicina Sr Haller y no vuelva a
tirarla en el jarrón.
Llegados a este punto el tono de la enfermera
había cambiado totalmente ahora se asemejaba más a una sargento de granaderos
que a la dulce y callada persona que hace unos instantes acomodaba la almohada
con una sonrisa en su cara.
Así todo el día, me susurra Rudolf mientras
agacha la cabeza.
Tienes que obedecer mi buen amigo, lo hace por
tu bien, le digo mientras me siento a su lado.
Tú no sabes lo que es estar atado por las
noches, con la escusa de que me puedo hacer daño si me caigo o intento
cualquier otra cosa y de día siempre vigilado por esta u otra bruja vestida de
blanco pero con el alma más negra que una noche sin luna.
Jajaja…. No creo que sea tanto, pienso que
exageras mucho.
¡Que exagero!. No creas, más bien es que temen
que me pueda suicidar y el prestigio del Hospital caería en picado. No soy
tonto aunque este loco como pone en mi ficha y me doy cuenta de todo, de los
cuchicheos, de todo lo que se mueve a mí alrededor. Tú sabes que en eso he sido
un especialista, detectaba el peligro al igual que un animal salvaje cuando
este se aproximaba y siempre reaccionaba a tiempo, ahora mis sentidos están
atrofiados por culpa de tanta pastilla e inyecciones. En realidad es una manera
de matarme sin llegar a hacerlo.
Mientras me dice esto Rudolf mueve la mano
izquierda convulsamente mientras que con la derecha se aferra a mí hasta el
punto que me hace daño, con cuidado me libero de la presión de su mano y le
ayudo a calmarse con una sonrisa.
Rudolf, tienes que entender que estas personas
te están cuidando y tratando de que recuperes la salud.
¡¡Mentiraaaaaa!! ¡Me quieren matar como a un
gusano, aplastándome el cerebro o secándomelo, me da igual!
En esto Berta asustada por los gritos de Rudolf
entra en la habitación acompañada de un médico.
Tranquilícese Sr. Haller. ¿Se ha tomado su,
medicación? Le pregunta el médico mientras se aproxima a nosotros y me indica
que me aparte.
Mira las pupilas de Rudolf, le toma el pulso y
se vuelve hacia Berta y yo que nos hemos apartado unos metros.
Deben irse, nuestro amigo Rodolfo tiene que
descansar, cinco minutos para despedirse y por favor váyanse.
¡¡Este es uno de los demonios, es Birsa, quiere
mi sangre, solo mi sangre, una vez que me seque el cerebro me succionara mi
sangre!! Grita Rudolf entre sollozos.
Calma mi buen amigo, Yo me encargaré de que no
ocurra.
En esto de no sé donde Rudolf saca un pequeño
objeto y me lo pone en las manos.
Cuida de esto, lo he tenido conmigo durante
toda la vida, lo traje de mi último viaje Iniciático al Nepal, cuídalo, solo a
ti le puedo confiar este talismán, tú sabes su significado, en él está
comprendido todo lo que he estado buscando en esta vida. Ahora vete, vete ya.
Me despido con un fuerte abrazo mientras Berta
llora desconsolada detrás de mí.
¡No olvides lo que te he dicho! Me grita Rudolf mientras salgo de la
habitación Y cerciórate de que al incinerarme tenga mi preciada sangre conmigo.
Son las últimas palabras de mi buen amigo y
probablemente la últimas que le oiga en vida.
Me despido de Berta después de ofrecerme a
llevarla a Madrid pero rechaza mi invitación pues tiene a un amigo esperándola
en el aparcamiento y él será el que la lleve.
Entro en la furgoneta y con sumo cuidado coloco
el talismán en un cajoncito debajo del volante. Por nada del mundo perdería
este objeto ni dejaría que me lo arrebataran.
La noche está oscura, la temperatura ha bajado
bastante y la carretera que me lleva desde el Hospital hasta mi casa, en el
pueblo, tiene bastantes curvas por lo que he de ir con cuidado. Bajo la
ventanilla para que aire fresco de la sierra me alivie un poco. La última
imagen de Rudolf fuera de si me impresionó bastante y sus palabras se repiten
en mi cerebro. Birsa es Birsa y quiere mi sangre. Intenté ver al doctor antes
de salir pero la enfermera que me devolvió el carnet me dijo que ya había
salido pues su turno concluyó.
Llevo muchos años conduciendo y no he tenido
nunca un accidente, solo pequeños golpes de aparcamiento o simples arañazos,
pero hoy voy con mucho cuidado y no sé el motivo, me siento inseguro y estoy
deseando llegar, el camino por el que he transitado muchísimas veces me parece
distinto y peligroso. Cierta zozobra se está apoderando de mí.
¡¡Tengo que llegar a casa!!.
Paro en Guadalix para telefonear a Ana cuando
me doy cuenta que regreso con el recipiente con comida que le había preparado
ella y que se quedó en la furgoneta
olvidado.
Le pongo al corriente de la situación y del
olvido, además de tranquilizarla pues en unos veinte minutos estoy en casa si
no tengo algún contratiempo.
La noche es de un negro grisáceo, el cielo está
nublado y la luna llena que alumbraba noches atrás ha desaparecido como por
encanto, me sobrecoge el silencio que hay en este pueblo tan concurrido
normalmente por ser lugar de vacaciones de muchos madrileños y que en estas
fechas, cuando no hay clases, sus calles se suelen llenar de familias paseando
o sentadas en las terrazas charlando y viendo la televisión.
Pongo nuevamente el auto en marcha y continúo
el viaje hacia mi pueblo. Llevo la radio encendida, sin haberme dado cuenta
hasta ahora, me centro en la conducción
mientras escucho a una soprano interpretando algo de Verdi o eso me
parece a mí, no sé, pero es como si me
encontrara fuera de mi o ajeno a lo que me rodea, normalmente la música me
relaja y me entretiene bastante, tanto clásica como jazz o música moderna, pero
en este momento el sonido que produce me molesta por lo que apago la radio y
pongo todos mis sentidos en la carretera.
Soy consciente de que Rudolf tiene las horas
contadas, la expresión de su cara al despedirnos lo decía de una manera contundente.
Su amargura, el temor a que le arrebataran lo que él consideró parte esencial
de su filosofía existencial, la duda sobre su entorno, todo presagia un final
cercano. Nunca le vi temblar ante nada, ni cuando tuvo serios problemas por su
actividad política, le vi salir airoso en muchos mítines ante una concurrencia
que le increpaban y le amenazaban, siempre tranquilo, como ausente, con esa
serenidad que da el sentirse muy seguro en sus afirmaciones, era un gran líder
y hubiera llegado lejos en política si no hubiera cortado con todo de golpe. No
tenía nunca una palabra de más pero su retórica hubiera sido aplaudida por el
mismo Cicerón.
Llego a casa cerca de las once, Ana me espera
con la cena preparada y mi fiel Morgan atento a lo que le pueda caer, pero no
tengo apetito, le entrego el envase que me dio para Rudolf y me siento en mi
pequeño “refugio” donde tengo mis libros, mis apuntes y todos los papeles o
anotaciones que voy acumulando desde hace muchos años. Rebusco en una vitrina y
encuentro una foto de Rudolf junto a otros compañeros con uniforme militar, fue
cuando le conocí y donde entablamos una amistad de más de cuarenta años.
Rudolf era sargento de complemento y a
mí me destinaron a la oficina de prensa que tenía el cuartel donde se editaba una
revista mensual y que servía como medio cultural y de entretenimiento para los
reclutas.
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