Emprendí hace ya dos largos años la ardua tarea de escribir un libro, mi libro, pues como dice el famoso proverbio un hombre no está completo si no planta un árbol, tiene y un hijo y escribe un libro, a mí me queda el último paso y en ello he dedicado mis dos últimos años. La obra inconclusa aún ha sufrido alteraciones, en cierto modo debido a mi falta de preparación lo que me obliga a repasar y contrastar innumerables datos consiguiendo con ello que mi mente se desbarre por distintos derroteros, otras veces por la necesidad inmediata de adquirir conocimientos que voy necesitando según avanzo en mi trabajo.
Aquello que en un principio nació como un pasatiempo hoy se ha convertido en una fija obsesión, me digo constantemente ¡He de hacerlo! y recobro la entereza suficiente para volcarme nuevamente sobre el ordenador a escribir y escribir. No pretendo con ello ser leído por muchos y menos aún ser reconocido por nadie pues mi valía en el mundo de la literatura no pasará a la historia y más, mi capacidad es muy reducida pero siento una enorme adicción a ello aún a costa de exponerme al sarcasmo, la chanza, la burla y el desprecio de algunos.
Reconozco mis lagunas, pero solo quiero expresar un estado de ánimo, el mío, tratando de explicar una razón, mi razón, sobre la existencia.
En mi partida con Mefisto, llevo ganadas tantas piezas como infartos he sufrido y sigo vivo, tocado pero vivo, hay una Ménade que me acompaña hasta conseguir que mi "débil salud de hierro" me mantenga con las suficientes energías para conseguir terminar la partida.
Elegí un terrible adversario, maestro en el arte del engaño y capaz de cualquier sortilegio y le reté a una gran partida de ajedrez donde mi única ventaja era el poder jugar con blancas y tener el privilegio de la primera jugada. En este momento en que la partida ha llegado a su punto más álgido mi ventaja de inicio no es tan clara, he perdido la iniciativa y mi contrincante sabedor de mi debilidad aprovecha astutamente su momento.
Peleo por cada peón con todo el tesón que cualquier pieza de la vida se merece, es la pieza más débil, su recorrido el más corto pero como en la vida soporta el peso de la partida, ella soporta su corto paso sobre el tablero ante la majestuosidad del alfil o la grandeza de la torre, el buen hacer del caballo y la potencia de la Dama. El peón es la primera línea, la sacrificada, aquella que soporta el combate protegiendo al Rey a costa de su sacrifício con escasas armas pero con el mismo ánimo que si fuera la Dama y remotamente tiene esa posibilidad si el contrario es inexperto.
Entremedias compito con mi adversario en razonamientos sobre la vida y la muerte, pues soy consciente de que mi paso por este mundo es efímero y quiero mantener las formas, cierta elegancia en las maneras hasta que llegue la hora, digamos que es una cuestión estética.
En esta época de derrumbe de antiguas certezas, en pleno ocaso de aquellos ideales y creencias que a muchos de mi generación una orda de gente bronca, obscura, barriobajera nos ha arrebatado dejándonos desnudos, abocados al nihilismo como único analgésico para poder soportar tanta decadencia. Yo trato de preguntar al amo del Caos el porqué de todo ¿qué enredo diabólico mueve los hilos desde el Génesis de los tiempos y porqué?
Si consigo dar jaque mate podré alcanzar ese grado de sabiduría que como colofón daría sentido a mi existencia y si pierdo me consumiré en la duda eterna hasta el final de los tiempos.
Filóxides de Ursalia
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