martes, 27 de septiembre de 2016

Cuarto sueño



Tardé un tiempo en poder asimilar las palabras de Hesse. Estas quedaron clavadas en mi corazón y desde entonces me acompañaran para siempre.
Al llegar a mí ciudad lo primero que hice fue abrir el manuscrito que con tanto sentimiento Hesse me había obsequiado; este era una copia del original que se guarda en el Museo de Basilea y que el psicoanalista C. Jung había utilizado en su libro El Hombre y sus Símbolos. Su formato era similar a esos papiros egipcios que vemos en los Museos de todo el Mundo y hasta parecía que gozaba de la misma antigüedad pues tal era el magnífico trabajo de la copia. Diversos grabados alrededor del escrito enriquecían unos trazos en sánscrito  que por el momento me resultaban indescifrables, por ello mi primer trabajo era conseguir traducir aquello y para ello debía buscar a la persona idónea.
Pocas personas son capaces de transcribir, leer y analizar lenguas antiguas como mi gran amigo Cornelio Motta, ahora el problema era encontrarle. Llame a un número de teléfono que tenía en mi agenda de una antigua oficina donde Motta o más conocido por “El Dacio” pues así era como firmaba sus escritos, trabajaba. El Dacio colaboraba en una vieja revista cultural que creó hace bastantes años  su compatriota Mircea Eliade y donde escribían personajes como Georges Dumézil, Julius Evola y otros grandes colaboradores dentro de lo que representaba la Tradición Europea, además Cornelio había estudiado griego, latín, hebreo y sánscrito teniendo como profesor a Mircea Eliade gran conocedor de este idioma.
Mi llamada fue inútil, el tiempo apremiaba pues Hesse dejo claro que el pergamino me ayudaría en mi proyecto y este estaba aparcado demasiado tiempo sobre la mesa de mi escritorio. Repetí la llamada durante toda la tarde y hasta media noche pero no recibí respuesta alguna aunque el teléfono daba la señal correctamente.
Leí ciertos fragmentos de Emil Cioran otro rumano notable, haciendo tiempo y me quedé con su frase:                                                                                                           “Mi misión es matar el tiempo, y la de éste la de matarme a su vez, se está bien entre asesinos”.
Seis de la mañana. Me llama Cornelio Motta “El Dacio”.
Mi querido Filoxides cuantas ganas tenía de hablar contigo, me parece que ha pasado un siglo desde que nos vimos por última vez.
Me soltó de sopetón a guisa de saludo.
En cuanto vi que tenía más de veinte llamadas con el mismo número supuse que eras tú pues eres el único que insiste hasta conseguir un propósito.
Si mi querido amigo, estoy metido en un verdadero embollo y preciso de tú ayuda, pero no puedo decirte nada por teléfono prefiero que nos veamos y te explicaré todo detenidamente.
Dalo por hecho. Te parece en El Almacén, allí donde aún se puede escuchar buena música y tomar unos vasos de buen vino.
Perfecto. ¿te parece bien esta tarde a las siete? le pregunto.
De acuerdo, hasta entonces amigo.
Lo más difícil no es morir por un amigo. Lo más difícil es tener un amigo por el  qué vale la pena morir.
Mientras llegaba la hora de mi encuentro con Cornelio puse en orden mi mesa de trabajo, coloqué mis apuntes y anotaciones escritas a mano pues sigo siendo muy convencional en esto y luego lo paso al ordenador donde rectifico mejor y más limpio que en mis cuadernos pues me cuesta una barbaridad hacer un tachón, saqué de los cajones aquellos apuntes que quería comentar con Cornelio y volví a cerrar el pergamino con sumo cuidado, tal como me lo había dado H.H.
A esto de las siete, faltaban dos minutos, llegué al Almacén, éste era un viejo local regentado por un bonaerense que tuvo que abandonar por piernas su tierra cuando la Dictadura Militar, viejo peronista de los de verdad y amante de las milongas y los  tangos que eran el tema musical de fondo del local al igual que su decoración, donde las fotografías de la Calle Corrientes o la esquinita de la Calle Caminito allá en el Barrio de la Boca se unen a las fotografías del “francesito” Gardel, del genial Maestro Francisco Canaro o del no menos ilustre Alfredo de Angelis y presidiendo el salón principal un preciosa pintura al óleo de Eva Duarte de Perón pintada por un anónimo cliente del bar que  Fulvio, el padre del actual dueño del Almacén, tenía en el Barrio de la Boca allá en Buenos Aires.
En el fondo del local con la espalda pegada a la pared  junto a la salida de urgencia, se encontraba sentado esperándome Cornelio,  fiel a las costumbres de todos los que han tenido la suerte de vivir en los paraísos socialistas, el controlar a quién entra para sí es menester poder salir “pitando” si fuera necesario.
Nos abrazamos al vernos y seguidamente Cornelio me invita a sentarme. ¿Cómo estás mi querido amigo? Aunque te veo bastante bien, añade.
Viejo y cansado, bastante cansado. Le contesto a la vez que llamo al camarero para que se acerque.
¡Tráiganos una botella de Trapiche!
¿Crianza o Reserva, Señor?
¡Reserva, un día es un día!
Muy bien, mi caro amigo. ¿Dónde has estado durante este largo espacio de tiempo? Me pregunta Cornelio.
¡Muy liado!. Estoy metido hasta las cejas en un proyecto difícil, muy difícil y necesito la ayuda de todos mis amigos y los consejos de personas muy preparadas en el mundo del conocimiento pues mis habilidades son muy limitadas aunque mi entusiasmo es enorme.
Cuenta conmigo y los amigos de siempre si es que los necesitas.
Gracias Cornelio, sabía que no me fallarías.
Mientras degustábamos el vino que nos habían dejado sobre la mesa, puse al corriente a mi amigo de mi viaje a Montagnola y mi entrevista con Herman Hesse y el pergamino que me había obsequiado a la vez le hice participe de mi intención de retar a Mefistófeles en una partida de ajedrez donde el premio si gano sea el poder alcanzar en conocimiento que en su día Mefisto , Lucibel o Prometeo entrego en parte al género humano y que en su mayor parte se ha perdido o se ha ocultado a los ojos de la Humanidad.
Mientras hablaba miraba directamente a los ojos de mi amigo intentando profundizar en ellos y saber que pensaba de todo lo que le estaba diciendo. Mi amigo no se inmutaba aunque cierta mueca de inquietud de adivinaba en su cara.
¿Y si pierdes? Me espetó mi amigo
Ahhh… esa es la cuestión y es aquí donde preciso ayuda. ¿Qué le puedo ofrecer si pierdo?
Hesse me animó a no darme por perdido ante tamaña empresa y me dio ciertos consejos que guardo en mi mente como si fuera ahora mismo.
…….Ah, y no olvide mi querido discípulo que vale tanto un peón que otra figura ante la posibilidad de ganar la partida…..

Utilizar con sabiduría los ocho peones de vanguardia puede ser la base de una gran victoria, sufrida, dura, pero victoria al fin y al cabo.
Había repasado junto a mi difunto Padre infinidad de veces partidas memorables de Gari Kasparov, las repetimos una y otra vez hasta que los movimientos de este genial Maestro se nos quedaran grabadas.
Karpov, Capablanca, Alexander Alhekine, Mijail Tak y otros grandes campeones fueron mis ídolos en este divino juego, aunque yo no pasaba de ser un gran aficionado pero con cierta predisposición para sorprender al contrincante.

Pronto mi amigo me saco del ensimismamiento en el que me hallaba.
Mi apreciado amigo, primero tienes que concertar la partida, después elegir con sumo cuidado el lugar adecuado para tal menester y por último y esto es lo más importante saber que puedes ofrecer en caso de una derrota pues es archisabido que tú contrincante es un gran conocedor de las debilidades del género humano y especialmente de los buscadores de lo imposible.
Considero tus palabras muy ciertas pero no busco lo imposible sino todo lo contrario, es decir, busco el despertar de un mundo donde la verdad se ha ocultado desde hace más de veinte siglos, o mejor dicho desde la aparición del hombre sobre la tierra.
El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.       (Umberto Eco)                                     
Esta frase me impacto cuando la leí, pues demuestra cuánto hay de demoniaco en nosotros mismos, en nuestro afán de perpetuarnos, de pretender conocer más y adentrarnos en el territorio de los dioses. Nuestro orgullo solo es superado por nuestra vanidad y la necesidad de ser reconocidos aunque pretendamos vivir en soledad al estilo de un ermitaño o de Zaratustra.
Cierto es lo que dices, aunque me sorprende que me digas que una persona obsesionada desde siempre por abrir puertas cerradas, airear altares olvidados y resucitar del olvido textos y escribidores me hables de vanidad y de orgullo. ¡¡ Claro que hay que tener orgullo y vanidad si uno está convencido de que hace lo correcto y encima lo hace de una manera desinteresada, pues has de saber que de todos los vicios y debilidades que tiene el hombre estos dos son los menos dañinos para su integridad !!.
Bebimos en silencio durante un largo rato y después Cornelio rompió el silencio de la siguiente forma.
Antes de emprender la tarea que te has propuesto deberías hablar con la persona idónea. Él sabe todo lo necesario del personaje principal de tu obra.
¿Te refieres a Giovanni Papini  y su Libro Negro?
Sin duda
Muchos escritores de una u otra forma han representado e inmortalizado a su manera una imagen sesgada de Lucifer según su fe o sus creencias, nadie ha visto en él al filósofo despreciado, humillado, despojado de su divinidad, igualado al Señor de la obscuridad y del terror y en muchos casos confundido con él. Yo busco como contrincante al Señor de los Yazidíes, al Angel Rebelde, al Señor de la Diadema, al Puro Conocimiento. Nunca he podido comprender la simbiosis que los seguidores del Libro hacen de Luz-Bel maritándola con Shatan-Jehova Señor de la oscuridad y las tinieblas.
¡¡ Lucifer, al que no se hizo justicia, te saluda!!. Me contesta Cornelio alzando el vaso de vino que aún queda sobre  la mesa.
Bien.¿no pretenderás ir al Kurdistan para buscar entre las dispersas tribus yazidíes algún “iluminado” que te ponga en contacto con él deseado? Continuó mi amigo.
Evidentemente que no, es una locura o al menos una insensatez el tratar de buscar hoy en día alguien que te indique un camino o te dé una respuesta. Este pobre pueblo ha sido masacrado por los musulmanes y por los distintos gobiernos de la región.
¿Entonces, cual será tú siguiente paso?
Primero que me traduzcas el pergamino y después seguir las pistas que este me pueda dar pues Hesse me dijo muy seguro que este me ayudaría en mi obra.
Cornelio recogió el manuscrito con sumo cuidado, me dio la mano y se despidió con un: ¡Te tendré informado, aunque creo que me llevará tiempo descifrarlo con cierta precisión!.
Inténtalo amigo, es lo único que te pido….. Por ahora
Filoxides de Ursalia. Cuarto sueño

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