Tardé un tiempo en poder asimilar las palabras de
Hesse. Estas quedaron clavadas en mi corazón y desde entonces me acompañaran
para siempre.
Al llegar a mí ciudad lo primero que hice fue abrir el
manuscrito que con tanto sentimiento Hesse me había obsequiado; este era una
copia del original que se guarda en el Museo de Basilea y que el psicoanalista
C. Jung había utilizado en su libro El Hombre y sus Símbolos. Su formato era
similar a esos papiros egipcios que vemos en los Museos de todo el Mundo y
hasta parecía que gozaba de la misma antigüedad pues tal era el magnífico
trabajo de la copia. Diversos grabados alrededor del escrito enriquecían unos
trazos en sánscrito que por el momento
me resultaban indescifrables, por ello mi primer trabajo era conseguir traducir
aquello y para ello debía buscar a la persona idónea.
Pocas personas son capaces de transcribir, leer y
analizar lenguas antiguas como mi gran amigo Cornelio Motta, ahora el problema
era encontrarle. Llame a un número de teléfono que tenía en mi agenda de una
antigua oficina donde Motta o más conocido por “El Dacio” pues así era como
firmaba sus escritos, trabajaba. El Dacio colaboraba en una vieja revista
cultural que creó hace bastantes años su
compatriota Mircea Eliade y donde escribían personajes como Georges Dumézil,
Julius Evola y otros grandes colaboradores dentro de lo que representaba la
Tradición Europea, además Cornelio había estudiado griego, latín, hebreo y
sánscrito teniendo como profesor a Mircea Eliade gran conocedor de este idioma.
Mi llamada fue inútil, el tiempo apremiaba pues Hesse
dejo claro que el pergamino me ayudaría en mi proyecto y este estaba aparcado
demasiado tiempo sobre la mesa de mi escritorio. Repetí la llamada durante toda
la tarde y hasta media noche pero no recibí respuesta alguna aunque el teléfono
daba la señal correctamente.
Leí ciertos fragmentos de Emil Cioran otro rumano notable, haciendo tiempo
y me quedé con su frase:
“Mi misión es matar el tiempo, y la de éste la de matarme a su vez, se está
bien entre asesinos”.
Seis de la
mañana. Me llama Cornelio Motta “El Dacio”.
Mi querido
Filoxides cuantas ganas tenía de hablar contigo, me parece que ha pasado un
siglo desde que nos vimos por última vez.
Me soltó de
sopetón a guisa de saludo.
En cuanto vi que tenía más de veinte llamadas con el mismo número supuse
que eras tú pues eres el único que insiste hasta conseguir un propósito.
Si mi querido amigo, estoy metido en un verdadero embollo y preciso de tú
ayuda, pero no puedo decirte nada por teléfono prefiero que nos veamos y te explicaré
todo detenidamente.
Dalo por hecho. Te parece en El Almacén, allí donde aún se puede escuchar
buena música y tomar unos vasos de buen vino.
Perfecto. ¿te parece bien esta tarde a las siete? le pregunto.
De acuerdo, hasta entonces amigo.
Lo más difícil no es
morir por un amigo. Lo más difícil es tener un amigo por el qué vale la pena morir.
Mientras llegaba la hora de mi encuentro con Cornelio puse en orden mi mesa
de trabajo, coloqué mis apuntes y anotaciones escritas a mano pues sigo siendo
muy convencional en esto y luego lo paso al ordenador donde rectifico mejor y
más limpio que en mis cuadernos pues me cuesta una barbaridad hacer un tachón,
saqué de los cajones aquellos apuntes que quería comentar con Cornelio y volví
a cerrar el pergamino con sumo cuidado, tal como me lo había dado H.H.
A esto de las siete, faltaban dos minutos, llegué al Almacén, éste era un
viejo local regentado por un bonaerense que tuvo que abandonar por piernas su
tierra cuando la Dictadura Militar, viejo peronista de los de verdad y amante
de las milongas y los tangos que eran el
tema musical de fondo del local al igual que su decoración, donde las
fotografías de la Calle Corrientes o la esquinita de la Calle Caminito allá en
el Barrio de la Boca se unen a las fotografías del “francesito” Gardel, del
genial Maestro Francisco Canaro o del no menos ilustre Alfredo de Angelis y
presidiendo el salón principal un preciosa pintura al óleo de Eva Duarte de
Perón pintada por un anónimo cliente del bar que Fulvio, el padre del actual dueño del Almacén,
tenía en el Barrio de la Boca allá en Buenos Aires.
En el fondo del local con la espalda pegada a la pared junto a la salida de urgencia, se encontraba
sentado esperándome Cornelio, fiel a las
costumbres de todos los que han tenido la suerte de vivir en los paraísos
socialistas, el controlar a quién entra para sí es menester poder salir
“pitando” si fuera necesario.
Nos abrazamos al vernos y seguidamente Cornelio me invita a sentarme. ¿Cómo
estás mi querido amigo? Aunque te veo bastante bien, añade.
Viejo y cansado, bastante cansado. Le contesto a la vez que llamo al camarero
para que se acerque.
¡Tráiganos una botella de Trapiche!
¿Crianza o Reserva, Señor?
¡Reserva, un día es un día!
Muy bien, mi caro amigo. ¿Dónde has estado durante este largo espacio de
tiempo? Me pregunta Cornelio.
¡Muy liado!. Estoy metido hasta las cejas en un proyecto difícil, muy
difícil y necesito la ayuda de todos mis amigos y los consejos de personas muy
preparadas en el mundo del conocimiento pues mis habilidades son muy limitadas
aunque mi entusiasmo es enorme.
Cuenta conmigo y los amigos de siempre si es que los necesitas.
Gracias Cornelio, sabía que no me fallarías.
Mientras degustábamos el vino que nos habían dejado sobre la mesa, puse al
corriente a mi amigo de mi viaje a Montagnola y mi entrevista con Herman Hesse
y el pergamino que me había obsequiado a la vez le hice participe de mi
intención de retar a Mefistófeles en una partida de ajedrez donde el premio si
gano sea el poder alcanzar en conocimiento que en su día Mefisto , Lucibel o
Prometeo entrego en parte al género humano y que en su mayor parte se ha
perdido o se ha ocultado a los ojos de la Humanidad.
Mientras hablaba miraba directamente a los ojos de mi amigo intentando
profundizar en ellos y saber que pensaba de todo lo que le estaba diciendo. Mi
amigo no se inmutaba aunque cierta mueca de inquietud de adivinaba en su cara.
¿Y si pierdes? Me espetó mi amigo
Ahhh… esa es la cuestión y es aquí donde preciso ayuda. ¿Qué le puedo
ofrecer si pierdo?
Hesse me animó a no darme por perdido ante tamaña empresa y me dio ciertos
consejos que guardo en mi mente como si fuera ahora mismo.
…….Ah, y no olvide mi
querido discípulo que vale tanto un peón que otra figura ante la posibilidad de
ganar la partida…..
Utilizar con sabiduría
los ocho peones de vanguardia puede ser la base de una gran victoria, sufrida,
dura, pero victoria al fin y al cabo.
Había repasado junto a
mi difunto Padre infinidad de veces partidas memorables de Gari Kasparov, las
repetimos una y otra vez hasta que los movimientos de este genial Maestro se nos
quedaran grabadas.
Karpov, Capablanca,
Alexander Alhekine, Mijail Tak y otros grandes campeones fueron mis ídolos en
este divino juego, aunque yo no pasaba de ser un gran aficionado pero con
cierta predisposición para sorprender al contrincante.
Pronto mi amigo me saco del ensimismamiento en el que me
hallaba.
Mi apreciado amigo, primero tienes que concertar la partida,
después elegir con sumo cuidado el lugar adecuado para tal menester y por
último y esto es lo más importante saber que puedes ofrecer en caso de una
derrota pues es archisabido que tú contrincante es un gran conocedor de las
debilidades del género humano y especialmente de los buscadores de lo
imposible.
Considero tus palabras muy ciertas pero no busco lo imposible
sino todo lo contrario, es decir, busco el despertar de un mundo donde la
verdad se ha ocultado desde hace más de veinte siglos, o mejor dicho desde la
aparición del hombre sobre la tierra.
El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia
del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda. (Umberto Eco)
Esta frase me impacto cuando la leí, pues demuestra cuánto
hay de demoniaco en nosotros mismos, en nuestro afán de perpetuarnos, de
pretender conocer más y adentrarnos en el territorio de los dioses. Nuestro
orgullo solo es superado por nuestra vanidad y la necesidad de ser reconocidos
aunque pretendamos vivir en soledad al estilo de un ermitaño o de Zaratustra.
Cierto es lo que dices, aunque me sorprende que me digas que
una persona obsesionada desde siempre por abrir puertas cerradas, airear
altares olvidados y resucitar del olvido textos y escribidores me hables de vanidad
y de orgullo. ¡¡ Claro que hay que tener orgullo y vanidad si uno está
convencido de que hace lo correcto y encima lo hace de una manera
desinteresada, pues has de saber que de todos los vicios y debilidades que
tiene el hombre estos dos son los menos dañinos para su integridad !!.
Bebimos en silencio durante un largo rato y después Cornelio
rompió el silencio de la siguiente forma.
Antes de emprender la tarea que te has propuesto deberías
hablar con la persona idónea. Él sabe todo lo necesario del personaje principal
de tu obra.
¿Te refieres a Giovanni Papini y su Libro Negro?
Sin duda
Muchos escritores de una u otra forma han representado e
inmortalizado a su manera una imagen sesgada de Lucifer según su fe o sus
creencias, nadie ha visto en él al filósofo despreciado, humillado, despojado
de su divinidad, igualado al Señor de la obscuridad y del terror y en muchos
casos confundido con él. Yo busco como contrincante al Señor de los Yazidíes,
al Angel Rebelde, al Señor de la Diadema, al Puro Conocimiento. Nunca he podido
comprender la simbiosis que los seguidores del Libro hacen de Luz-Bel
maritándola con Shatan-Jehova Señor de la oscuridad y las tinieblas.
¡¡ Lucifer, al que no se hizo justicia, te saluda!!. Me
contesta Cornelio alzando el vaso de vino que aún queda sobre la mesa.
Bien.¿no pretenderás ir al Kurdistan para buscar entre las
dispersas tribus yazidíes algún “iluminado” que te ponga en contacto con él
deseado? Continuó mi amigo.
Evidentemente que no, es una locura o al menos una insensatez
el tratar de buscar hoy en día alguien que te indique un camino o te dé una
respuesta. Este pobre pueblo ha sido masacrado por los musulmanes y por los
distintos gobiernos de la región.
¿Entonces, cual será tú siguiente paso?
Primero que me traduzcas el pergamino y después seguir las
pistas que este me pueda dar pues Hesse me dijo muy seguro que este me ayudaría
en mi obra.
Cornelio recogió el manuscrito con sumo cuidado, me dio la
mano y se despidió con un: ¡Te tendré informado, aunque creo que me llevará
tiempo descifrarlo con cierta precisión!.
Inténtalo amigo, es lo único que te pido….. Por ahora
Filoxides de
Ursalia. Cuarto sueño
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