CAPÍTULO 2º
Como nos conocimos.
Conocí a Rudolf una primavera del año 1972,
ambos prestábamos servicio como soldados en el acuartelamiento de Colmenar
Viejo. Él como sargento de complemento y yo como soldado raso, aunque habíamos
coincidido en algunas asambleas políticas en aquellos tiempos y le había
escuchado dirigirse a la gente con una seguridad asombrosa para su edad, nunca
tuve la satisfacción de estrecharle la mano y ahora me topaba con él como
superior en este cuartel de las cercanías a Madrid.
Yo era buen mecanógrafo y necesitaban uno para
la oficina que el Comandante Altura había creado con el fin de publicar una
revista sobre la vida del recluta en el campamento, me presenté voluntario y me
eligieron, digo me eligieron pues en la selección intervenían el sargento de
complemento J.A.P.U. más conocido por el sargento Vasco, otro sargento de
nombre Miguel pero no recuerdo los apellidos y Rodolfo Haller, también sargento
de complemento, todos al mando del Teniente Armendia (ya fallecido) y del cabo
Santacruz que hacía de fotógrafo y por cierto muy buen fotógrafo pero de pésimo
carácter.
Estuve colaborando con la revista hasta la jura
de Bandera y de allí me destinaron a Capitanía General sita en la Calle Mayor
de Madrid y he aquí la casualidad que allí estaba mi Sargento ejerciendo como
traductor e intérprete del Teniente General, Tomas García Rebull, Rodolfo
pronto se acordó de mi y aunque había varias secretarías femeninas me llevó con
él a su despacho en la planta baja de Capitanía. Allí colaboraba en pasar a máquina
apuntes y otros diversos documentos aparte de escribir Menús, horarios de
reuniones, recordatorios para la oficialidad, turnos de guardia, en fin un
montón de cosas pues nuestra oficina que era según Rudolf el estómago de
Capitanía.
Rodolfo escribía a lápiz, algo raro ya en esos
tiempos donde primaba el bolígrafo y me era muy difícil pasar sus traducciones
de revistas o publicaciones militares inglesas o norteamericanas para el
Capitán General, sabíamos que este se defendía bien en alemán y creo que hasta
en ruso de sus años en la División Azul pero el inglés se le atragantaba, mi
Teniente decía que por antipatía a todo lo anglosajón y Rodolfo en cambio
alguna vez se le escapaba que el General era tan minucioso en los detalles que
a veces de un mismo texto buscaba dos o tres interpretaciones diferentes para
estar seguro del sentido del texto.
Una noche en la que estaba de retén, el
sargento de complemento Rodolfo Haller bajo al cuartucho donde esperaba que se
formará la guardia y se sentó con los seis soldados que allí estábamos, para su
juventud pues era de nuestra edad y probablemente más joven que algunos de los
presentes, nos preguntó por nuestras novias, nuestros trabajos, aficiones,
repartió cigarrillos entre los presentes aunque él no fumaba y yo tampoco, nos
animó a seguir estudiando a algunos y a otros a mejorar en sus trabajos. Estuvo
con nosotros hasta que se formó la guardia, no faltaba nadie y nos dejaron ir
para casa.
La ventaja de trabajar en la Oficina de
Capitanía es que nos dejaban ir con un mono azul encima de nuestra ropa de
paisano para que no tuviéramos problemas con la policía militar cuando salíamos
para hacer compras o alguna gestión en correos o sitios similares. Así que nada
más salir en un bar que había en la Calle del Reloj, me tomé un café y me quité
el mono, lo guardaba en una bolsa que la propietaria del bar nos guardaba a mí
y a otros compañeros y salí a la calle dispuesto para volver a mi casa y cenar
lo que mi madre me hubiera preparado. No había llegado a la esquina de Mayor
con dirección a la salida del metro de Sol cuando una voz amistosa me llamó.
¡¡Filoxides!! Este era el mote que me habían
puesto en el campamento de Colmenar por mi afición a lo griego.
¡A sus ordenes mi sargento! Contesté,
cuadrándome ante mi Sargento R.Haller.
Déjate de cumplidos que estamos de paisano y en
la calle.
Gracias mi…..
Llámame Rudolf, así me conoce todo el mundo.
Rudolf se dirigió a una cafetería cercana a la
Puerta del Sol y que después de tantos años aún sigue abierta, ni las
diferentes crisis, ni los cambios de gustos han acabado con ella.
Ven, tomemos algo, desde las doce de la mañana
no he probado bocado, el General nos ha tenido a todos liados desde las ocho de
la mañana y hemos acabado pasadas las diez de la noche y me muero de hambre.
Pasamos al interior donde ya estaban casi a
punto de cerrar pero la sonrisa de Rudolf y su buena planta hizo que la
camarera cambiara de intención y se prestara a servirle un par de sándwiches y
una botella de agua y a mí una copa de coñac pues acababa de tomarme un café.
A qué te
dedicas Filoxides además del trabajo en publicidad.
A nada, leo, pinto algo, pero no soy bueno y
subo a la Sierra todo lo que puedo.
¿Te preocupa la política? Me suelta de sopetón.
Bastante, le respondo algo extrañado, pues en
los cuarteles no se nos permite hablar de política y menos con los oficiales,
así que pensé que podía ser una trampa.
No te preocupes, ya sé lo que estás pensando y
no hay peligro alguno conmigo, yo dejaré la carrera militar en cuanto cumpla
mis plazos y volveré a mi trabajo de investigación y a mi afición que es la
política.
Bueno, es hora de recogerse. ¿Hacia donde vas?
Me pregunta.
Voy al Puente de Vallecas que es donde vivo con
mis padres.
Yo me quedo aquí, pues los míos viven antes de
llegar al Palacio de la Opera.
Nos saludamos con un apretón de manos y cada
uno se dirigió a sus respectivos domicilios.
No me atreví a decirle que le había conocido
dando una conferencia sobre Política territorial en el Círculo de Bellas Artes
y que dejó sorprendidos a todos los asistentes por su juventud y sus
conocimientos, después le ví en dos acontecimientos más, su altura, su pelo
intensamente rubio y su ojos de un azul cobalto le delataban a distancia. Para
su edad era un magnífico orador y su poder de captación la de un líder en
ciernes.
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