No me atrevía a escribir esto por miedo a que las historias que me
contaron Celso y Raúl C. S. fueran producto de su parcialidad y dada la crueldad
de sus relatos por ciertos problemas psicológicos.
Los hermanos C.S. llegaron a España gracias a la intervención de
nuestro embajador en la Isla, ante la insistencia y el dinero de la familia, de
estos hermanos, que son vecinos de Lugo.
Celso tiene ahora setenta años, es dos años mayor que Raúl, era
producto del matrimonio de un joven marino lucense y una bella mulata nacida en
Camagüey. Su padre llegó a Cuba al poco de acabar la Guerra Mundial y al
parecer el flechazo fue rápido pues en el 46 nacía Celso y dos años después el “nene” Raúl (así le
sigue llamando su hermano).
Amador, así se llamaba el padre, pronto comenzó a hacer fortuna, al
cabo de dos años tenía dos pequeños barcos que salían del puerto de la Habana a
faenar la costa, al poco tiempo se mudaron a Matanzas dónde montaron un negocio de
conservas pesqueras. Su vida en aquellos años la recuerdan con añoranza y
cariño, sus momentos de juego al beisbol o los primeros pinitos del menor en la
orquesta filarmónica de la ciudad les hacía prever una juventud alegre y viva.
Las cosas se empezaron a torcer con la llegada de Batista, el golpe de
estado de este les hizo tener que vender los barcos que él padre tenía y afectó
a los negocios en Matanzas, aunque de esto los niños no se daban cuenta.
En el año 1958 en plena guerra civil murió su madre a causa de una
obstrucción intestinal que no fue bien tratada. La llegada de Fidel y sus “compañeros”
no la sintieron de ninguna manera, ellos jugaban, estudiaban y al cuidado de su
abuela por parte materna “la yaya Ana” olvidaban la ausencia de la madre.
Así fueron pasando los años hasta que a principios de los sesenta las
cosas se torcieron, encarcelaron al padre (murió en prisión de tuberculosis),
les incautaron el negocio y al mayor (Celso) le llamaron a filas, separaron a
los hermanos hasta una década más tarde.
Tras el fracasado desembarco en Bahía Cochinos, las represiones se
intensificaron en la Isla, Celso fue arrestado y llevado a la prisión del “Combinado
del Este”, las causas eran intento de rebelión y apoyo a los sublevados; Celso
nunca tuvo ninguna relación con nadie pero
su puesto de colaborador (fotógrafo) en el periódico Granma le hacían objetivo fácil por su
movilidad por la Isla buscando noticias y comentando con sus superiores las
precarias condiciones de vida de muchas familias tildadas por el Régimen
revolucionario como enemigas de este, pobres campesinos o “negros sin alma”
como dice hoy en día Celso cuando lo recuerda.
Paso por diferentes Centros de Reeducación, “La Cabañita” (Miramar)
fue el peor de todos, aunque después conoció a otros convictos como él que peor
lo sufrieron en Manto Negro. Una de las causas abiertas hacia él era la
supuesta participación del levantamiento de Escambray en el 60. ¡¡Celso
entonces tenía 14 años!!. Fueron unos años horribles, después de dos años le
dejaron libre por poco tiempo pues en cuanto se oía en la Isla algún intento
contrarrevolucionario era conducido a Isla de Pinos y sometido a intensos
interrogatorios, desnudo soportando un frío intenso pues encendían la
refrigeración al máximo y allí le tenían horas hasta que perdía el
conocimiento.
Mientras el Comandante presumía ante una televisión francesa de que en
la Isla no había ni antes ni ahora ni lo habrá, un solo preso político y menos
un caso de tortura.
La realidad era bien otra, se sabía entre la población que en la
Majonera, El Castillo de Ataré o en los calabozos de Villa Marista , los
Cuerpos de Seguridad del Estado mantenían un número enorme de presos a los que
la familia daba por muertos en muchos casos según los partes de la policía política.
Un tío de ellos sufrió torturas en la piscina de Villa Marista. Al
final al no poderle probar ningún delito le enviaron nuevamente a la Isla de
Pinos condenado a dos años de trabajos forzados por presunto delito de sedición.
Al salir se encontró con su hermano en Matanzas, su abuela había
muerto, allí solo les quedaba una prima de su hermana que les acogió en su
casa, trabajaron el mayor de barrendero y Raúl tocando en diferentes
orquestillas de la ciudad.
La afluencia de turismo y con ello la llegada de dólares tan queridos
por los oligarcas revolucionarios les facilitó un poco la vida; limpiabotas,
guías, hicieron de todo lo que salía al paso y siempre con el miedo de que la
famosa Brigada de Respuesta Rápida no se fijara en ellos; una vez por semana
Celso tenía que ir al Tribunal Popular a presentarse y rellenar el mismo papel,
dónde vivía, en que trabajaba, etc.
Por una casualidad, tuvo contacto con sus lejanos parientes de Lugo y
entre estos y el apoyo de las Damas Blancas, más una buena cantidad de dinero
consiguieron después de tantos años llegar a España, al principio e instalaron
en un pueblecito cercano a Lugo, pero gracias a un grupo de cubanos vinieron
los dos a Madrid donde les dieron trabajo en una panadería hasta que se
jubilaron, hoy viven en libertad aunque sin poder olvidar su Cuba querida y el
dolor padecido.
“La libertad cuesta muy cara; es necesario o resignarse a vivir sin
ella o decidirse a comprarla a cualquier precio” (José Martí).
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