En recuerdo de
Constand, mi amigo, Instructor y Jefe.
Conocí a Costand
allá por el año noventa, acababan de ascenderme en la Empresa y esta había
incorporado a su explotación otras vías de negocio, de una de ellas me pusieron
al frente, por este motivo tuve que desplazarme primero a Marsella dónde estaba
enclavada la fabrica recién comprada por mi empresa para conocer el producto y
otros pormenores y después a Viena, es aquí dónde conocí a Costand.
Mi primer encuentro
con él fue en un inmenso hall que la fábrica tenía al entrar en sus instalaciones,
allí muy protocolariamente estaba Costand acompañado de una
secretaria-traductora que nos hizo de guía desde entonces hasta que seis años
después deje de viajar para la empresa.
Costand estaba
doctorado en ingeniería textil y era un entusiasta de la incorporación e innovación
de nuevas fibras aplicadas a nuestras líneas de producto, había estudiado química
biológica por lo que dominaba a la perfección su trabajo.
Yo iba acompañado
de dos jóvenes compañeros, uno recientemente fallecido también y el otro un simpático
vasco que respondía por Oscar (supongo que estará bien actualmente), enseguida
se puso manos a la obra, enseñándonos las instalaciones, talleres, oficinas,
etc. A partir de este instante y en las sucesivas reuniones de marketing o convenciones
generales me dedicó una atención especial, su perfecto castellano y su cariño
por mi país más un sentido de la “jefatura” especial hizo que le considerase un
verdadero amigo.
Me enseñó Viena y
después Zurich ciudades que conocía al dedillo, me recomendó libros y cursos
que debí hacer para estar a la altura de las circunstancias, me ayudo en la
distancia cuando las cosas comenzaron a deteriorarse en España, en fin, fue
como dije antes un gran amigo, un genial Jefe y una persona admirable.
Supe por él que al
jubilarse se iba a Chile dónde al parecer tenía familia, un tío suyo marchó a
mediados de los cuarenta a aquellas lejanas tierras. Hizo escala en Madrid y
cenamos juntos Erika su mujer, Ana, él y yo, les lleve a sitios pintorescos de
la capital y de los alrededores, le encantó, bebimos cerveza aunque según su
gusto prefería más la Späten que nuestra Mahou, aún así dio buena cuenta de
ella.
Después hemos
seguido teniendo contacto, bien por teléfono o por correo electrónico, nunca me
dijo que estuviera enfermo y si que echaba de menos aquellas noches en Madrid,
paseando por el Arco de Cuchilleros, bebiendo cerveza en el mesón de los
Austrias mientras escuchábamos el acordeón tocado por Emilio, luego a la Cava
Baja hasta llegar a Bailen dónde de terminamos la primera noche en la cafetería
Opera rodeados de pajaritos.
El Prado le
encantó así como el Sorolla, la Galeria Thyssen, el entonces Museo de Arte
contemporáneo, en fín, fueron unos días de intenso ajetreo que acabábamos en la
Plaza de Santa Ana escuchando jazz o el Café Chinitas saboreando buen flamenco.
Ahora en tu
ranchito allá por la zona Austral has dejado este “barrio” rodeado por los
tuyos y adónde me hubiera gustado estar a mí.
Costand María
Szimaniak se marchó a las doce horas en su rancho a cincuenta kilómetros de
Puerto Varas en el solsticio de invierno. Qué tengas un buen camino compañero.
Francisco J. Filoxo Molina
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