domingo, 4 de diciembre de 2016

Luis, un simple profesor.



Luis llevaba de profesor de filosofía más de veinte años, todas y cada una de las mañanas de su vida en estos años había asistido a su clase con la misma ilusión y alegría de siempre. Él no es una persona alegre, más bien se le podría considerar un poco taciturno y desfasado tanto en su indumentaria como en su forma de dirigirse a otras personas, no obstante era muy apreciado entre sus compañeros y el director del Centro le tenía en gran estima.

Una mañana como otra cualquiera se dirigió al Colegio, enfundado en su descuidada gabardina salió de su piso en un barrio del extrarradio de Madrid y tomo el autobús, el día era triste, algo lluvioso y frío, levaba varios días lloviendo y por este motivo la temperatura había descendido bastante. El bus iba medio lleno cómo todos los días, se sentó al final y miró por los cristales el paso de la gente y los coches por la calle, igual que todos los días desde hace muchos años, solo había cambiado el autobús ahora más moderno y un poco la vestimenta de la gente.

Llegó al colegio sobre las ocho y media de la mañana, la clase comenzaba a las nueve, se dirigió al kiosco de periódicos que estaba a unos cincuenta metros del colegio y compro la prensa, después a una cafetería justo en frente y pidió un café con leche como todos los días, leyó las páginas culturales mientras sorbía el café, poca cosa, una alusión sobre Anatole France y su obra, un concierto en el Teatro de la Opera dirigido por un novel director, algo sobre pintura abstracta en una nueva sala de la capital y poco más el resto eran todo noticias sobre la situación política y sobre economía, nada de esto le interesaba así que terminó su café, pago la consumición y se dirigió al colegio, faltaban unos siete minutos para la hora de dar su clase.

El aula estaba semi lleno o medio vacío, según como se mire. Luis se fijó en sus alumnos, sus caras reflejaban aburrimiento, apatía, hastío, incomodidad, eso le molestaba enormemente y pidió a uno de sus alumnos que comenzara la clase, este entre risas de sus compañeros comenzó a hablar sobre el tema que Luis les había dicho que estudiasen el día anterior, las risas aumentaron el alumno en cuestión famoso por sus alardes y gamberradas seguía disfrutando de su papel y sus oyentes también.

Luis recordó aquella frase de Pio Baroja: “Sólo los tontos tiene munchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez”. Se levantó de su silla, rogo al alumno gracioso que se sentara y se dirigió a toda la clase de la siguiente manera:
-Llevo muchos años dando esta clase a muchachos como vosotros, he visto las mismas caras miles de veces pero en diferentes personas, son la misma cara siempre la cara de la imbecilidad, y me siento culpable. No he sabido en tantos años moldear una cara ansiosa por aprender, no he visto una mirada necesitada de sabiduría, solo apatía, cansancio cuando no desprecio hacia mi persona, por eso me siento fracasado, he desperdiciado mi vida, hubiera dado años de  esta solo por sentirme escuchado por uno de vosotros y no ha sido así, no lo he conseguido, así que creo que  no me merecéis y yo no necesito de vosotros para sentirme sabio, es por esto qué no volveré a dar una clase más.

Luis abandonó el aula mientras notaba como se desprendía de una pesada carga. No necesitan aprender, nadie quiere aprender, ya saben las respuestas a todo, sobran los maestros, los profesores, los educadores, sobro yo, se decía a si mismo Luis mientras se dirigía al despacho del Director.

Tardó diez minutos en presentar su dimisión, no aceptó replica alguna ni dio más explicaciones que las justas, abandonó el recinto y se dirigió a un parque cercano, la mañana se había aclarado, el sol hacía acto de presencia apartando las nubes a su paso, llegó a un pequeño estanque dónde unas abuelas cuidaban de sus nietos que apenas andaban, se sentó en un banco y sacó de su bolsillo el doblado periódico.

No se había fijado en la primera página dónde aparecía el ministro de cultura y una frase que decía así: “Nuestra juventud avanza por el camino de la libertad hacía la sabiduría”.
Luis se echo a reír durante un buen rato, sus carcajadas despertaban la curiosidad de los viandantes que no comprendían que hacía aquel hombrecillo enfundado en una arrugada gabardina riéndose como un poseso.

Al cabo de un rato Luis paro de reír, se quedó durante unos minutos en silencio después se echo a llorar, aún sigue llorando en el Centro Psiquiátrico dónde le han recluido. 
"Si Dios existe, le voy a pedir cuentas de lo absurdo de la vida, del dolor, de la muerte, de haber dado a unos la razón y a otros la estupidez....y de tantas otras cosas.
(Leonardo Da Vinci)
 
Filoxides el Crítico

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