martes, 27 de diciembre de 2016

Castilla la soberana




Tú que fuiste corazón y crisol de las Españas, cuna de hombres nobles, hidalgos engendrados tanto con la pluma cómo por la espada, recios cual olmos de los que un día estuviste poblada hasta que del hacha salieron las naves que surcaron mares con las que se alumbrarían nuevos mundos bajo tu rojo pabellón que hiciste gualda.

Hoy dividida en dos mitades, languideces por culpa de hombrecillos sin escrúpulos que primero mancillaron tú soberano nombre, más después del mar fuiste despojada arrancándote al norte una parte de tu tierra legendaria. No conformes con ello te culpan de haber creado España con el valor de tus hombres y la fuerza de su espada.

Condados en el Norte cuyos soldados lucharon en tu barcos, llevando orgullosos tus estandartes y pabellones más allá del océano mar abriéndote nuevos horizontes para tú gloria, hoy guiados por traidores, sacristanes y gentiles desdeñan lo que antaño fue su patria, que les unió en sagrada comunión, a conquistar tierras extrañas.

Levantiscos hacía un lado de tus límites sagrados confunden a sus gentes culpándote en tú pobreza de sus males, llenándoles de odio hacía lo que fue un Imperio Glorioso, en dónde tu sobriedad y la  hidalguía que emanaban tus hombres trazaban un estilo que  ponía el tono austero ante la vacuidad y el devaneo de los suyos.

De tus ríos se nutre la gentil Lusitania de la que un rey incapaz te separó sin comprender la hermandad que las dos partes radiaban. Ese Oeste al que siempre has estado embarcada dirigida por el Sol hacia metas más que humanas y que la fuerza de Dios te empujo en pos de lo que luego serían las Españas.

Entre viejos castillos, derruidas torres y atalayas que un día vieron tú majestuosa estampa, hoy deambulan rebaños de corderos, páramos yermos, frio en la Meseta que templa tanto a hombres como al acero del que fue engendrado tú sólido corazón y que aún en el desarraigo de tus pueblos olvidados, siguen brillando en las pupilas de los hijos de aquellos que un día formaron las mesnadas con las que dominaste el Mundo.

Hoy apagada la fragua con la que Vulcano fundía el metal de tus espadas, o el candil con el que se alumbraban  tus prohombres y nos deleitaban con la prosa castellana, siento nostalgia de aquellos tiempos, de hidalgos cervantinos y míticos Campeadores que en sueños veo nuevamente cabalgando por tus planicies defendiéndote de tantos malandrines  que te atacan desde la periferia intentando quebrar tú mítico poder y tú grandeza.
(Canto a mi Vieja Castilla)                                                           Filoxides de Ursalia

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