La Tarde va cayendo, el Sol se oculta por detrás de las montañas que
circundan los campos de trigo que rodean el pueblo; el Sol deja su impronta en
el cielo cubierto de nubes como una lengua de fuego, salpicando estas de
manchas rojas y violetas.
El Sol muere un día más y tras él viene su eterna
compañera, la Luna; pronto esta aparecerá majestuosa a la vez que llena en
estas fechas, su encanto es esotérico en cierto modo, emerge abriéndose paso
entre las nubes que flotan en el aire como una aparición, sigilosamente se
aproxima a nosotros confundiendo la tarde en un caos de color; por un lado el
Sol dejando su sitio hacia el Ocaso mientras su eterna compañera se muestra en
el Orto adivinando el camino del otro.
En este crepúsculo de matices la Tarde languidece, pronto morirá bajo
la mortaja de un enjambre de estrellas, su muerte es tranquila consciente del
hecho en sí, transmutando y cambiando el color y las formas, con ella no solo se
va el día, un día más, sino que la acompaña en su viaje nostalgias y dolores, también
placeres y amores, todo esto ella arrastra en su peregrinar a otros lados.
La Tarde de nuestra vida puede ser igual de cromática si somos conscientes
de su inevitable paso, saboreando sus matices llenos de color y aroma especial,
sorbiendo esta cada instante como la abeja liba el néctar, transformando en
esta alquimia natural nuestra propia existencia.
La Noche llega ya, es hora de retirarse, de abandonar el escenario.
Hay que dejar paso a las sombras y convertirse uno en otra sombra más, encomendándose
al esplendor de la Luna y descorriendo con ella el velo de Isis.
Filoxides
el Crítico
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