lunes, 23 de enero de 2017

Una vida de perro



Hoy me he salvado de una buena, he de ser más prudente cuando salga del cercado. No es que este sitio me libre de la ira de esos cachorros humanos pero al menos aquí solo entran los dos hijos del amo y estos me ignoran como al resto de los seres vivos que convivimos aquí.
No recuerdo como ni cuando llegué aquí, ni a mi madre, solo algunas noches sueño que me amamanta y me protege entre su cuerpo, son recuerdos vagos que se disipan pronto y que cada vez resultan menos frecuentes.

Procuro salir a la caída de la tarde, siempre hay restos de comida al lado del cobertizo desde dónde observo al amo y su prole moverse de un sitio para otro en sus quehaceres, ellos no se molestan con mi presencia al menos los mayores, aunque no me hayan hecho nunca alguna caricia tampoco me han pegado, me dejan vivir y aquí entre la leña me siento cómodo y protegido de esta horrible humedad que cada día me cuesta más soportar.

Aquí convivimos un enorme y gordo hermano que se harta de alfalfa y que cada mañana le enganchan a un chirrioso armatoste con el que desaparece hasta bien entrada la noche, entonces le desenganchan le ponen un cubo agarrado a la cabeza con agua y le dejan hasta el día siguiente, al menos a este le ponen paja para que se acomode yo estoy encima del frio suelo. La otra ocupante del cobertizo es una gorda y molesta pariente pero que tiene dos extraños bultos, uno a cada lado de la cabeza, si te acercas mucho te embiste tratando de clavarte esos huesos extraños.

Ellos no se preocupan de mí y yo procuro no acercarme mucho a su cercado. Luego están los dueños, no solo del cobertizo sino de todo el recinto, son los animales más rápidos que conozco y los más astutos, cada vez que ven a los cachorros de los amos correteando por allí, o el ama, salen maullando lastimosamente para que estos les den algo de comida o les acaricien si no es así o les molestan en algo sacan unas afiladas uñas y no les importa herir con ellas a la dueña o a quien sea, entran y salen de la casa y roban todo lo que pueden, ni se arriman a mí y yo por puro sentido de la conservación procuro no acercarme a ellos nunca.

He de tener cuidado con salir del cercado, en las dos últimas peleas que he tenido con otros de mi especie al tratar de aparearme con una hembra en celo he salido malparado y no por culpa de estos sin por los cachorros de los amos que la emprendieron a pedradas conmigo y con la hembra, una de las piedra me alcanzo en el ojo y casi lo pierdo, ahora me llora cada vez más y una costra me lo va cerrando poco a poco, procuro lavarme el ojo con mi saliva y mi pata delantera pero creo que no es suficiente, sin el ojo puedo ser presa fácil para cualquiera.

Este invierno ha sido muy duro, el frío me ha atormentado haciéndose insoportable por las noches, hasta he tenido que arriesgarme a entrar en los dominios del orejón y acurrucarme cerca de él encima de su manto de paja, a pesar de las molestas ratas que no paraban en toda la noche. Al salir el sol pretendo incorporarme y las patas traseras no responden, trato de moverlas pero están agarrotadas, el invierno pasado ya note estas molestias pero enseguida entraba en calor y las olvidaba, ahora me cuesta una enormidad ponerme en pié.

El calor va haciéndose notar y con él mejoro bastante, aunque la humedad del bosque próximo te cala hasta los huesos, el tumbarte bajo el sol me reconforta. Para los amos no existo, rara vez me echan algo de comer, he de esperar que los malditos gatos acaben su festín en el basurero para poder engullir algo de comida, estos ya me ven flojo y cada vez su osadía es mayor, hace nada mi ladrido les espantaba y salían corriendo ahora me bufan y se me  enfrentan sin ningún temor.

La leña se ha acabado y ha comenzado la época de lluvias, tengo que dormir prácticamente en el suelo y este está encharcado, el orejón hace días que se marcho con el amo y su armatoste, el ama viene todas las mañanas a ordeñar a la gorda monstruosa y a limpiar el cobertizo, lo hace a manguerazo limpio y tengo que salir corriendo de allí, la muy graciosa me apunta con la manguera y me rocía de un agua helada que me hace tiritar durante un buen rato, ella se ríe con cierta maldad y eso me indigna, la mordería en el cuello para que sintiera lo que es dolor.
Ahora tengo otro “enemigo”, un pequeño zorro se cuela todas las noches a la casa, el amo me pone una maldita correa al cuello y me tiene toda la noche detrás del rastro del astuto bicho, no sé qué interés tiene en él pero me ha fastidiado mi mejor rato de descanso. Yo no tengo nada contra el zorro y supongo que a él le ocurre lo mismo así que aunque olfateé su posición procuraré que mi instinto no me traicione y le delate.

El calor se ha ido, la temporada ha sido my corta, desde la pertinente lluvia hasta ahora solo he tenido unos pocos ratos de sol, ahora mi olfato me avisa que la nieve está cerca y con ella mis problemas, de mi última escapada he terminado por perder el ojo izquierdo y las patas traseras están renqueantes, el orejón no ha vuelto al cobertizo desde hace tiempo, el amo se pasa el día subido en un armatoste nuevo que echa humo por un largo tubo, la paja ha desaparecido y en su lugar unas horribles manchas de aceite dan muestra de que es el lugar del nuevo inquilino del cobertizo, ese cacharro grande y apestoso que orina aceite y huele a rayos.

Me despierta el ruido infernal del armatoste al ponerlo en marcha el amo, todo se llena de humo, tengo que salir de aquí rápidamente, pero las patas no responden, me voy arrastrando hasta la puerta, al salir un resplandor me ciega el ojo bueno, la nieve cubre todo el páramo, la casa y los árboles del cercano bosque, no me puedo poner en pie, el amo lo ve y se marcha hacia la casa, me tumbo mientras veo a lo lejos correr a un gamo entre los árboles, los gatos subidos al tejado me miran fijamente pero en silencio, el amo aparece por la puerta de la casa trae consigo la escopeta con la que íbamos a cazar conejos hace unos inviernos, se acerca, yo cierro mi único ojo y suspiro profundamente.
Filoxides de Ursalia

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