Hace muchísimos años que deje de ver a Artemio, me llamó por teléfono
para decirme que le jubilaban, era allá por el año 1977 le enviaron una carta
dónde el Ayuntamiento de Madrid le agradecía los servicios prestados y le
mandaban para casa después de más de treinta años ayudando a los vecinos y
comerciantes desde su cargo de sereno.
Conocía al buen Artemio desde siempre, aquellas noches de verano
cuando volvíamos de ver alguna película en los cines de verano con mis padres y
mi hermana hasta años después cuando regresaba tarde del Instituto y me quedaba
a jugar al fútbol con los compañeros de clase.
Artemio me acompañaba desde la salida del Metro hasta mi casa y allí
se quedaba esperando en la puerta hasta que mi madre saliendo al balcón le
decía que ya estaba dentro. Así hasta que de mayor cuidaba de mi y de mis
amigos cuando ya hechos unos mozalbetes volvíamos algo contentos de las
discotecas y nos llevaba uno a uno a casa dándonos consejos y más de alguna regañina.
Eran años tranquilos en un barrio dónde la pobreza tenía su sitio
preferencial entre los vecinos, no había apenas escándalos por la noche, solo
algún borrachín que había cobrado la paga ese día y desviaba algunas pesetas
del sobre que debía entregar a su mujer.
No recuerdo caso alguno de robos o violencia en aquellos tiempos, el
sereno se cuidaba de mantener la tranquilidad y la paz entre los vecinos y
advertía de la presencia de extraños a los que controlaba o bien llamaba a la policía,
sus armas eran el chuzo y el silbato con el que se comunicaba con otros serenos
cercanos si la cosa se complicaba.
Se ha contado que en aquellos años la figura del sereno era más o
menos un chivato al servicio del régimen, en el caso de Artemio puedo jurar que
eso era una pura infamia, él era hijo de mineros asturianos, había nacido en
Mieres y el servicio militar le tocó en el Aaiún dónde tuvo la desgracia de
perder varios dedos al explosionar una granada de mano cerca de él, como
compensación le adjudicaron una plaza de sereno en Madrid y allí ejerció su
profesión hasta que le jubilaron.
Le tuve gran estima y pude colocar a su hija en un comercio de Madrid
gracias a mi amistad con el dueño, me lo agradeció como si le hubiera hecho
marquesa o algo por el estilo. Sabía cuando volvía del trabajo y me estaba
esperando para acompañarme a casa aunque ya tuviera una edad para poder ir solo
sin riesgo alguno.
Sentí mucho cuando un político en los años setenta definió la labor de
los serenos como desfasada, anacrónica y fuera de lugar, le envié una carta
dirigida personalmente al Ayuntamiento dónde era concejal quejándome de sus
comentarios y pidiéndole o más bien exigiéndole que se retractara, pero en ese
momento de cambios en España me di cuenta de que nada había cambiado, solo los
actores principales pero la soberbia, el distanciamiento con los vecinos era
igual o peor que en los años de la Dictadura.
Artemio era un humilde sereno, que cuidaba de los vecinos y
comerciantes de un barrio humilde, dónde la convivencia, la solidaridad y la
buena vecindad era la nota dominante, hoy día no se puede pasear por el barrio
una vez caída la noche.
¡Cuánto echo de menos a Artemio y a otros Artemios cómo él!. Allá donde
estés espero que me sigan protegiendo.
Filoxides
de Ursalia
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