domingo, 15 de enero de 2017

El último sereno




Hace muchísimos años que deje de ver a Artemio, me llamó por teléfono para decirme que le jubilaban, era allá por el año 1977 le enviaron una carta dónde el Ayuntamiento de Madrid le agradecía los servicios prestados y le mandaban para casa después de más de treinta años ayudando a los vecinos y comerciantes desde su cargo de sereno.

Conocía al buen Artemio desde siempre, aquellas noches de verano cuando volvíamos de ver alguna película en los cines de verano con mis padres y mi hermana hasta años después cuando regresaba tarde del Instituto y me quedaba a jugar al fútbol con los compañeros de clase.
Artemio me acompañaba desde la salida del Metro hasta mi casa y allí se quedaba esperando en la puerta hasta que mi madre saliendo al balcón le decía que ya estaba dentro. Así hasta que de mayor cuidaba de mi y de mis amigos cuando ya hechos unos mozalbetes volvíamos algo contentos de las discotecas y nos llevaba uno a uno a casa dándonos consejos y más de alguna regañina.

Eran años tranquilos en un barrio dónde la pobreza tenía su sitio preferencial entre los vecinos, no había apenas escándalos por la noche, solo algún borrachín que había cobrado la paga ese día y desviaba algunas pesetas del sobre que debía entregar a su mujer.

No recuerdo caso alguno de robos o violencia en aquellos tiempos, el sereno se cuidaba de mantener la tranquilidad y la paz entre los vecinos y advertía de la presencia de extraños a los que controlaba o bien llamaba a la policía, sus armas eran el chuzo y el silbato con el que se comunicaba con otros serenos cercanos si la cosa se complicaba.

Se ha contado que en aquellos años la figura del sereno era más o menos un chivato al servicio del régimen, en el caso de Artemio puedo jurar que eso era una pura infamia, él era hijo de mineros asturianos, había nacido en Mieres y el servicio militar le tocó en el Aaiún dónde tuvo la desgracia de perder varios dedos al explosionar una granada de mano cerca de él, como compensación le adjudicaron una plaza de sereno en Madrid y allí ejerció su profesión hasta que le jubilaron. 

Le tuve gran estima y pude colocar a su hija en un comercio de Madrid gracias a mi amistad con el dueño, me lo agradeció como si le hubiera hecho marquesa o algo por el estilo. Sabía cuando volvía del trabajo y me estaba esperando para acompañarme a casa aunque ya tuviera una edad para poder ir solo sin riesgo alguno.

Sentí mucho cuando un político en los años setenta definió la labor de los serenos como desfasada, anacrónica y fuera de lugar, le envié una carta dirigida personalmente al Ayuntamiento dónde era concejal quejándome de sus comentarios y pidiéndole o más bien exigiéndole que se retractara, pero en ese momento de cambios en España me di cuenta de que nada había cambiado, solo los actores principales pero la soberbia, el distanciamiento con los vecinos era igual o peor que en los años de la Dictadura.

Artemio era un humilde sereno, que cuidaba de los vecinos y comerciantes de un barrio humilde, dónde la convivencia, la solidaridad y la buena vecindad era la nota dominante, hoy día no se puede pasear por el barrio una vez caída la noche.

¡Cuánto echo de menos a Artemio y a otros Artemios cómo él!. Allá donde estés espero que me sigan protegiendo.
Filoxides de Ursalia

No hay comentarios:

Publicar un comentario