Fabiana y Feliciana, las hijas de don
Baltasar Gil Imon de la Mota, Fiscal Consejero de Hacienda allá por el siglo
XVI, no eran muy agraciadas las pobrecillas y al bueno de don Baltasar le
costaba encontrarles un pretendiente en la Corte, por más que las pasear por
las calles de la Villa o acudieran a todas las fiestas que la alta sociedad montase,
no había manera de que las dos jovencitas llamasen la atención de algún joven
galán y esto al padre le fastidiaba hasta tal punto que, según cuentan, llegó a
ofrecer fuerte dote para que pudieran casarse.
Dicen que al verlas pasar el pueblo decía: Ahí
va don Gil y sus pollas (llamábase polla a la joven que se encontraba en esa
edad entre jovencita y mujer) al parecer esto derivo en gilipollas en el argot
popular del pueblo cuando ve a alguien haciendo el tonto.
Por otra parte y según el Diccionario de la
Real Academia Española esta palabra es
una vulgarización del adjetivo “gilí”
término que se designa a una persona tonta o lela y que procede del vocablo
caló “gilí” cuyo significado es -inocente o cándido-
Hasta aquí digamos que es la parte oficial de
la semántica del vocablo “gilipollas”, pero yo he querido ampliar un poco más
este adjetivo singular, plural y masculino, hasta darle el significado que a
estas alturas de la vida comprende a más personas y no solo a los cándidos e
inocentes.
Siempre he dicho que “gilipollas” tiene
varios significados diferentes según la parte geográfica en dónde se pronuncie, no es lo mismo la suavidad de tono de un gallego que al llamar a otro
gilipollas lo hace de una forma suave, casi como un reproche y sin ánimo de
ofender mucho, o bien de un andaluz quién tiene un buen repertorio de insultos
entre que apenas aparece el de “gilipollas” y no digamos en boca de un catalán
dónde no se distingue insulto alguno pues su forma de hablar tan pomposa ahoga
las dos letras claves del adjetivo, la primera g y la o que desaparecen casi en
su boca.
“Gilipollas” es un insulto típicamente madrileño,
solo el “gato” es capaz de pronunciarlo como corresponde, es decir alargando la
g al comienzo y arrastrando el resto de la palabra, arrastrando bien la p,
digamos que sonaría así: gggilippoyas. Siempre, eso sí con una mirada
despectiva muy al estilo de los de la capital.
También hay que tener en cuenta a quién se le
lanza este insulto y con qué motivo, si es por un pequeño error se suele
dulcificarlo colocando por delante la tercera persona del singular del presente
de subjuntivo del verbo ir: vaya gilipollas, sí sin más pero cuando se le
quiere dar más sentido es sobre todo en el terreno político, quizás porqué en
los últimos años la cifra de gilipollas ha crecido bastante entre los que se
dedican a ello.
Es raro el día que un español medio en
general y un madrileño en particular no vea el telediario o escuche las noticias
en la radio que no repita hasta la saciedad “gggilippoyas” al referirse a la
mayoría de los que conforman gobierno y
muchos de los que se oponen a este.
Filoxides
el Crítico
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