domingo, 5 de julio de 2020

El Gilipollas ( Historia y realidad)



Fabiana y Feliciana, las hijas de don Baltasar Gil Imon de la Mota, Fiscal Consejero de Hacienda allá por el siglo XVI, no eran muy agraciadas las pobrecillas y al bueno de don Baltasar le costaba encontrarles un pretendiente en la Corte, por más que las pasear por las calles de la Villa o acudieran a todas las fiestas que la alta sociedad montase, no había manera de que las dos jovencitas llamasen la atención de algún joven galán y esto al padre le fastidiaba hasta tal punto que, según cuentan, llegó a ofrecer fuerte dote para que pudieran casarse.

Dicen que al verlas pasar el pueblo decía: Ahí va don Gil y sus pollas (llamábase polla a la joven que se encontraba en esa edad entre jovencita y mujer) al parecer esto derivo en gilipollas en el argot popular del pueblo cuando ve a alguien haciendo el tonto.

Por otra parte y según el Diccionario de la Real Academia Española esta palabra es  una vulgarización  del adjetivo “gilí” término que se designa a una persona tonta o lela y que procede del vocablo caló “gilí” cuyo significado es  -inocente o cándido-

Hasta aquí digamos que es la parte oficial de la semántica del vocablo “gilipollas”, pero yo he querido ampliar un poco más este adjetivo singular, plural y masculino, hasta darle el significado que a estas alturas de la vida comprende a más personas y no solo a los cándidos e inocentes.

Siempre he dicho que “gilipollas” tiene varios significados diferentes según la parte geográfica en dónde se pronuncie, no es lo mismo la suavidad de tono de un gallego que al llamar a otro gilipollas lo hace de una forma suave, casi como un reproche y sin ánimo de ofender mucho, o bien de un andaluz quién tiene un buen repertorio de insultos entre que apenas aparece el de “gilipollas” y no digamos en boca de un catalán dónde no se distingue insulto alguno pues su forma de hablar tan pomposa ahoga las dos letras claves del adjetivo, la primera g y la o que desaparecen casi en su boca.

“Gilipollas” es un insulto típicamente madrileño, solo el “gato” es capaz de pronunciarlo como corresponde, es decir alargando la g al comienzo y arrastrando el resto de la palabra, arrastrando bien la p, digamos que sonaría así: gggilippoyas. Siempre, eso sí con una mirada despectiva muy al estilo de los de la capital.

También hay que tener en cuenta a quién se le lanza este insulto y con qué motivo, si es por un pequeño error se suele dulcificarlo colocando por delante la tercera persona del singular del presente de subjuntivo del verbo ir: vaya gilipollas, sí sin más pero cuando se le quiere dar más sentido es sobre todo en el terreno político, quizás porqué en los últimos años la cifra de gilipollas ha crecido bastante entre los que se dedican a ello.

Es raro el día que un español medio en general y un madrileño en particular no vea el telediario o escuche las noticias en la radio que no repita hasta la saciedad “gggilippoyas” al referirse a la mayoría de los que conforman gobierno y  muchos de los que se oponen a este.
Filoxides el Crítico

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