Desde el rebrote
de la pandemia el Gobierno nos ha vuelto a recluir en el domicilio de cada uno,
esto era de prever tal como se estaba comportando una buena parte de la
sociedad y también por las ventajas que ha tenido el confinamiento anterior
para el Ejecutivo, este ha gobernado a su antojo, decreto va y decreto viene,
el lazo se ha ido apretando cada día un poco más sobre el cuello del ciudadano
normal, que al parecer es minoría en este país poblado por un enjambre de
irresponsables, ignorantes e incultos.
Así que cansado de
todo y de todos aprovecho el buen tiempo y me encierro en mi atalaya desde
dónde veo pasar a la gente, las nubes y volar a los grajos y las palomas, nunca
me había fijado en esto, quizás porque haya vivido pensando en vanidades y por
ello he pasado por alto pequeñas cosas que en definitiva son más reales que
todo lo supuestamente vivido anteriormente.
Observo el paso
cansado de los que por cuestiones de trabajo pueden salir a la calle, también
al vecino que sistemáticamente saca a su perro a pasear, el tiempo que emplea,
la parsimonia de su paso y esa tristeza que todo perro lleva reflejada en su
cara. Y me pregunto….¿Porqué están tristes los perros? En cambio veo al salir
el sol varios gatos al acecho de una presa imaginaria o disfrutando de un
parque sin humanos siempre con su paso felino, atentos, con la mirada fija en
un presunto objetivo. Qué deferentes son estos de los perros.
Aún recuerdo los
últimos días de la desescalada, la euforia de casi todos, al menos los que no
habían perdido a algún familiar o a un amigo, esto nos ha llevado a la
situación actual, los Hospitales se han vuelto a colapsar, las UCIS rebosan de
enfermos y el caos apunta en el horizonte. La pregunta es ¿hasta cuándo? El
Gobierno afirma que lo tiene controlado, no dice el qué pero pretende dar
cierta tranquilidad sin aportar solución alguna ¿Cómo se puede controlar una
pandemia sin herir la economía del país? Al fin se dieron cuenta que la
solución debía ser otra ¿pero cuál? Y lo que es peor aún, como aplicarla.
Sigo observando a
los pocos peatones que cruzan la calle ¿Quiénes son, cuál es su destino? Gente
embozada como unos malhechores de cine negro, encorvados, temerosos del virus
del que no sabemos gran cosa solo que mata o deja herido de muerte al enfermo.
¿Lo saben esto nuestros jóvenes, que el virus también les puede matar a ellos?
Creo que no, no son conscientes de esto, del daño que pueden expandir en su
casa a padres, abuelos y otros familiares, ellos son la parte beneficiada de la
pandemia, si antes se creían los amos de la tierra ahora ya piensan que son
inmortales. ¿Les da esto derecho a actuar como lo hacen? ¡No, pero le importa
un bledo!
Días antes de este
segundo confinamiento escuchabas las noticias y no dabas crédito a las
salvajadas que somos capaces de hacer amparados en una presunta superioridad
física (nunca moral) enfrentamientos con la policía, asesinato de un conductor
por negarse a llevar a dos pasajeros magrebíes en el autobús que conducía por
no llevar estos la obligada mascarilla, peleas entre vecinos por absurdo
motivos, concentraciones de jóvenes y no tan jóvenes sin respetar nada solo
para beber y emborracharse.
Y mientras tato
los viejos, esa generación ya cercana al final de sus días confinada,
condicionada a que cualquier negligencia le contagie la enfermedad y fatalmente
muera entre sufrimientos pues es así como se desarrolla la enfermedad. ¿Es
lógico que esto ocurra, sin más? Llevo observando el comportamiento de la gente
y cuanto más elevado es su nivel de vida más irresponsable se vuelve, la noche
es un claro ejemplo de ello. Sentados al caer la noche en varios bancos de una
plazuela que diviso desde mi observatorio veo a una docena de mozalbetes a
cinco metros de los contenedores de deshechos tirando al suelo los desperdicios
y sobrantes de sus reuniones nocturnas, sin mascarillas, sin ninguna protección,
jugándose la salud, tocándose y esparciendo toda la mierda posible por el
suelo. ¿Es lo que enseña la ESO? ¿O es lo que enseñan en casa?. Cierto es que
la opulencia provoca los excesos, en la comida, los hábitos diarios, el consumo
de tecnología y otras necesidades impuestas por una sociedad de consumo brutal.
Jóvenes pegados a
una pantalla del móvil o la tablet, sin temor a contagio alguno y sin el más
mínimo recato a la hora de poder contagiar a sus parientes cercanos son el
estereotipo de una generación que va encaminada al suicidio colectivo, una
generación sin valores ni principios, criados en la opulencia, la comodidad, el
desapego familiar, ignorantes, mal educados por sus familiares y por los medios
educativos que los gobiernos imponen, estos necesitan borregos y hay que criar
borregos, es la perpetuidad del diabólico sistema que nos conduce a una de la
peores catástrofes que la humanidad podía prever la de esclavitud intelectual.
Filoxides el Crítico


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