Es curiosa la voracidad del hombre tratando de alcanzar fama, gloria y
dinero. Expone para ello hasta la misma salud si fuere necesario y yo diría que
hasta la propia familia. Comencé el día leyendo unas viejas sátiras de Plauto,
ese viejo romano al que le encantaba reírse de sus conciudadanos dándoles vida
en sus comedias satíricas; es una forma de escaparme de la realidad, la que me
atosiga y que llega hasta atormentarme.
Aún evoco cuando Don Diego nos las hacía leer y traducir del latín al
castellano, cosa que recuerdo no se me daba mal. ¡Qué tiempos! Nunca olvidé a
mi viejo profesor de Griego y Latín aunque le perdí la pista cuando se jubilo y
marchó a Santander con una hija suya.
Nos decía a los veinte alumnos que conformábamos la clase que para
entender a los clásicos había que saber bien la lengua en la que se expresaban
y por ello no consentía ni un solo libro sobre filosofía helénica que estuviera
traducido, lo que le provocaba algunas discusiones con el resto del
profesorado, especialmente con uno, este recién salido de la Universidad era un
perfecto cretino, se presentaba como el nuevo Cicerón o mejor dicho una especie
de “combinado” con diferentes pensadores clásicos. Yo le odiaba, me resultaba
tan desagradable que buscaba la forma de escaparme de sus clases con cualquier
excusa.
El remate fue cuando al superar la reválida de cuarto y volver de las
vacaciones me lo encontré como nuevo profesor de ¡matemáticas! Aquel imbécil,
paniaguado, barbilampiño y canijo era nuestro profesor de matemáticas para todo
el curso. Aquello acabó conmigo y caí en la desidia más simplista, el primer
trimestre saqué un tres en Algebra y un dos en Matemáticas, no es que yo fuera
un lumbreras en Ciencias, me inclinaba más hacia la Historia y la Literatura
pero no me desagradaba la Física ni la Química por lo que compensé un poco mi caída
en Matemáticas.
Aquel sujeto marcó mi destino, me separó totalmente del mundo de las
Ciencias Matemáticas y me impulso a encerrarme en la ilusión literaria, dejé la
razón y el cálculo a un lado y me adentre en el mundo onírico de las aventuras,
los viajes y los sueños.
Hoy día le tengo que agradecer al funcionario de los números mi total
ignorancia en las materias ya descritas y mi total adhesión a los escritores de
todos los tiempos.
Volveré a Plauto y a pensar en la codicia de los hombres, entre tantos
y tanto recuerdos.
Filoxides
de Ursalia

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