domingo, 25 de agosto de 2019

Homenaje a Nietzsche



 No he faltado ni un año al homenaje que un grupo de simpatizantes y seguidores le llevamos haciendo a Friedrich Nietzsche desde hace ya la ventolera de veinte años. Comenzó como una forma de lectura de su obra y ha seguido como un entusiasta grupo de fieles seguidores al hombre más controvertido de la Historia.

Bien es cierto, que el grupo se va reduciendo por causa naturales y difícilmente conseguimos que se adhiera algún nuevo espíritu rebelde, nos vamos quedando “démodée”, todo gira convulsamente y arrastra a su paso ideas, personajes y valores, nada queda “puro” tras el paso de esta corriente de modernidad tecnificada y Nietzsche no iba a ser una excepción. 

El acto es más bien sobrio, el presidente explica la razón de la convocatoria y da paso al primer orador, aquí Fernando se luce en cada reunión; no he oído en mi larga vida a nadie que pueda leer en voz alta los complejos ditirambos del Maestro de Röcken, de una forma tan correcta con una vocalización impecable y lo más curioso del caso es que le suspendieron en una entrevista para locutor de televisión por no leer bien.

Le vino bien, hoy día es un afamado periodista y colaborador en una emisora independiente. Escucharle es un placer, el problema es que sitúa el listón tan alto que después todos los que subimos al pequeño estrado no damos la talla.

Son unas pocas horas, pero dignas de cualquier Parnaso, que se pasan en un periquete dada la intensidad de los oradores y su poder de sugestión o al menos a mí me lo parece.
Fernando me entrega un pequeño libro que escribió hace más de cincuenta años, cuando estudiaba en su capital del Reino como él llama a Valladolid, se titula El Asalto a la Razón, me recomienda que lo lea pero que se lo devuelva pues no le quedan más ejemplares y es muy difícil de encontrar en una librería.

No me gusta el “tráfico” de libros, me duele el prestarlos y me crea una engorrosa obligación el que me los dejen, considero que además del valor económico que pueda tener es mayor el valor sentimental, la unión del libro con su dueño, o en este caso con su creador.

Con una técnica exquisita expone una visión de la Historia como una continuación del pensamiento de Nietzsche pero más cercana a la realidad sin alegoría alguna, sin rabia al ver como su mundo, él de los últimos “espartanos” se deforma de una manera lenta pero sin tregua hasta irse convirtiendo en un amasijo de desconcertantes acertijos a los que el “pensador” actual llama “nueva retórica”

En una noche me acabo de leer el librito y como es natural en mí, copió frases, conceptos e ideas para luego leerlos con tranquilidad y enriquecer mi cuaderno de notas.
Le llamaré el lunes para devolverle el libro y comentar con él lo que me ha parecido. El libro respira ataraxia por todas sus páginas, Fernando siempre ha sido una persona excesivamente equilibrada, creo que nunca he visto en sus palabras como en los artículos que ha producido ningún atisbo de turbación o de exaltación, considera los hechos con una serenidad pasmosa y ello choca con mi carácter más bien impulsivo y a veces descontrolado. En uno de lo artículos del libro habla de la “serenidad de Dios, ante el fariseísmo reinante”. No me parece muy nietzschiana esta aseveración, aunque entiendo el nicodemismo en el que se ha refugiado el autor desde hace muchos años, ser un espíritu libre tiene sus consecuencias sobre todo en el plano laboral y el viejo Fernando es “humano, demasiado humano” como para expresarse sin bagajes de todo lo que considera real y no sujeto a normas, cleros ni conductas. 

Hay un apotegma que me intriga y que debo aclarar con él en persona: “De Dios solo esperes desconsuelo y desesperanza”. Prosigue el artículo con unas frases sacadas del Zaratustra o de Como se filosofa a martillazos. Creo que Fernando es el menos nietzschiano de todos nosotros pero sí el más culto.
Me asalta a la cabeza una frase de Flaubert: “No podemos escribir ni pensar como no nos sentemos” A ello Nietszche tenía una contestación: ¡Te he pescado nihilista! Precisamente la carne del trasero sustituye el pecado contra el espíritu santo. Sólo tienen valor los pensamientos que nos vienen mientras andamos.

Uno de los simpatizantes y amigos me dijo una vez: ¡Hay que disparar contra la moral! Pero que entiende mi colega sobre la moral, he aquí la paradoja, puestos a disparar podemos hacer como los anarquistas, intentar herir al príncipe pero lo único que consiguen en la mayoría de los casos es herir a la multitud de curiosos que se acercan al paso del carruaje, no encuentro explicación para esto,  no ser que de cierto acratismo se cruce a la acera del nihilismo más puro ¿Puede ser?

Al fin y al cabo sin quererlo o conscientemente somos unos comediantes, imitamos a nuestros ídolos, sin llegar nunca ni por asomo a parecerles, somos un débil reflejo en un viejo y gastado espejo de circo, este transforma (deforma) la realidad, así igual lo hacemos nosotros con nuestros actos. Ser sinceros es muy duro, sobre todo en esta época que nos ha tocado vivir, por lo que todos intentamos encubrir nuestra verdadera identidad.

Hoy día se utilizan muchas hipérboles para ensalzar a personas corrientes o mejor dicho vulgares, es la tónica del siglo, la mediocridad se ha hecho con el poder, se ha instalado como los pasados bárbaros cuando hacían una conquista, primero arrasaban todo y luego se solazaban entre los escombros, debe ser el “espíritu del siglo” o mejor dicho el final del reino de la calidad. Ha ganado la cantidad, es el ideal democrático. Poco espacio nos queda a los que aún conservamos un diferencial aristocrático, puede que ahora demos náuseas, las minorías siempre han sido como los leprosos, se intenta evadirles.

Prosigo mi camino, algo lento pero constante, me aferro a esas palabras de Confucio “No importa lo lento que vayas, siempre cuando no te detengas”. Así llevo muchos años, los suficientes para olvidarlos, supongo que las pisadas quedarán en el camino, pues mi memoria ya no recuerda el trayecto andado.

Es difícil hacer una valoración de una vida cuando se está próximo al final de esta, uno piensa si ha elegido el camino perfecto (si lo hubiera) Creo que como la mayoría de los espíritus libres me he movido entre la decepción y el desengaño, será por esto que sigo aferrándome a viejos ritos y arcaicas salmodias.”
 A los hombres póstumos- como yo, por ejemplo- se le entiende peor que a los que son hijos de su tiempo, pero se les oye mejor. Dicho con más rigor: no se nos comprende nunca; y en eso radica nuestra autoridad” (F.Nietzsche)

Creo que aquí Nietzsche lo explica muy claro.
Filoxides de Ursalia

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